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Señal todo ello de las diferentes utilizaciones y reutilizaciones, de este espacio, desde los tiempos romanos hasta la conquista de Fernando III.
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Salud y fraternidad.
Diálogos con las piedras medievales
Con tres naves y triple ábside, entre cuyos contrafuertes se abren ventanas alancetadas de tracerías góticas, tipo Chartres, esta cabecera poligonal sigue modelos de gran difusión en Castilla y Aragón: Colegiata de Aguilar de Campoo (Cantabria), San Miguel de Foces en Ibieca (Huesca), o Santa María de Alcocer en la Alcarria (Guadalajara). No obstante, sus capiteles son de tradición musulmana y mudéjar en mayor medida que en otros templos cordobeses de su época.
Este es uno de los pocos templos cordobeses, junto con San Lorenzo, Santa Clara y la Catedral, que conserva parte del alminar, de la mezquita sobre la cual fue edificado, aunque sea sepultado bajo las capas barrocas. Aún así, los pocos elementos que del mismo podemos observar, nos hablan de un alminar de inicios del s.IX, de serena belleza.
Adosada hacia la mitad del costado norte del templo, los dos primeros pisos de esta torre son islámicos, con una ventana geminada, en arcos de herradura, que asoma al interior de la nave septentrional, mientras el piso superior y la espadaña son barrocos. Entre la fachada oeste y el alminar se levantó una galería, en época medieval, que guarecía la portada correspondiente. En el s.XVII, quizá por su mal estado, ambos elementos fueron sustituidos por otros al gusto barroco.
El alzado de las naves es propio de la tradición románica borgoñona, y la conjunción de cabecera abovedada y naves cubiertas con techumbre de madera proviene tanto de los conquistadores castellanos como de la tradición musulmana. Por su parte, las bóvedas absidales, con espinazo en zig-zag, son propias del gótico del Cister aunque en Córdoba se difundieron entre los siglos XIII y XIV.Este alminar, que ha perdido un tercio de su volumen, es el mejor ejemplo de torre en esquina propio de una pequeña mezquita de barrio, del s.X. Su estructura interna, con escalera de caracol circular, se repite en la torre de la mezquita de Velefique (Almería), que se conserva, también truncada, en el cementerio. Muy maltratado por los elementos, solo resta el primer cuerpo, en el que se aprecian restos de ventanas geminadas y la hilera de arquillos ciegos que lo coronaban.
.El templo medieval, de los Sanjuanistas, desapareció en sucesivas reconstrucciones, 1637 y 1799, sustituido por el actual alzado neoclásico. Por un insólito guiño del destino, el alminar permanece, con su piedra disgregándose inexorablemente, mientras señala el cielo azul de al-Andalus como el dedo admonitorio de un viejo muecín.
. Los arcos en herradura, de sus ventana geminadas, muestran todavía la alternancia de sillares y ladrillos, para conseguir ese juego de colores y volúmenes, desarrollado luego hasta lo infinito en las arquerías de la Mezquita Aljama.

El poeta cordobés Ibn Hudayl (917-998), nos describe los alcázares del palacio al-Zahira, de Almanzor, con estas sugerentes frases:
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“Es como si las albercas que están delante fuesen mares. Como si el murmullo del agua que cae fuese el de las perlas que se esparcen después de haberse reunido.
Están dispuestas a vivificar los jardines, y siempre que riegan una parte, otra espera ser regada.
Llaman a los jardines con una lluvia de agua, y se le despiertan los ojos que parecen monedas de oro que brillan.
Cuando las flores crecen en ellos, parecen las cúpulas, ¡oh Almanzor!, que tú has alzado.
Cuando se cubren con sus ramas, parecen cantoras enveladas con velos verdes.
Y cuando exhalan su perfume y se contonean sobre nosotros, parecen un amante que se despide”.
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El historiador al-Maqqari, nos ofrece una preciosa descripción del jardín en que fue enterrado el poeta cordobés Abú Amir ibn Suhayd (992-1035), donde la imagen espiritual, el placer estético, y el goce sensual son una sola cosa:
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“Este jardín es uno de los lugares más maravillosos, bellos y perfectos. Su patio es de mármol blanco puro; le recorre un arroyo que parece una culebra serpenteante y hay una alberca en la que desembocan las aguas que corren. El techo de su pabellón, sus paredes y muros están decorados con oro y lapislázuli.
El jardín tiene hileras de plantas simétricamente alineadas y sus flores sonríen en sus capullos. El sol no puede ver su húmeda tierra, la brisa esparce sus perfumes en efluvios, día y noche, como si estuviese formada con las miradas de los enamorados o se hubiese desprendido de las páginas de la juventud.
Este jardín era para Abú Amir ibn Suhayd lugar de placer y descanso, cuando el destino colmaba sus deseos, así sobrio como embriagado. Tanto él como el dueño del jardín, al-Zayyali, fueron enterrados allí. Compañeros en su despreocupación juvenil, camaradas de borracheras. A la hora de la muerte estuvieron unidos como lo habían estado en vida”.
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Un jardín bien formado, grande o pequeño, debe tener tres elementos esenciales: vegetación, a base de plantas ornamentales y alimenticias; un pabellón, donde disfrutar en reposo, del placer de los sentidos; y agua, distribuida en acequias, surtidores y albercas.
El poeta al-Buhturí (c.f. 897), en su obra Diwan, nos desvela el sentido de la alberca, como imagen del famoso sarh, o “pavimento líquido”, con el cual el rey Salomón engañó a Bilqis, reina de Saba, para verle los pies y comprobar si los tenía de oca, cabra o asno:
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“¡Que bella alberca! ¡Su vista, su belleza
iluminan las mansiones!
Es como si la hubiesen construido los genios de Salomón
según un proyecto cuidadoso.
Y si caminase sobre ella la reina de Saba diría:
parece como si fuese el pavimento de cristal.
Hacia ella se deslizan las corrientes de agua
como corceles a rienda suelta,
es blanca plata derretida que se funde de los lingotes,
cuando la cubre el sol, ríe,
cuando cae la lluvia, llora;
cuando las estrellas se miran en ella
se convierte en el firmamento donde están ellas colocadas”.
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El colmo de este mimetismo salomónico, fueron las albercas rellenas, no con agua, sino con mercurio. Conocemos dos igualmente famosas, la del palacio de Jumarawayh ibn Tulun, (c.f. 884) en al-Qatai, una ciudad residencial sita junto a Fustat, -el Cairo Viejo-. En el jardín levantó un pabellón, que en su interior contenía una alberca llena de mercurio líquido:
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“Esta alberca es lo más grandioso que se ha oído de las obras de los reyes. En las noches de luna se veía un maravilloso espectáculo cuando se armonizaban la luz de la luna con la del azogue”. (Maqrizi, Kitab al-Jitat).
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Un siglo después, el califa Abd al-Rahmán III, levantó una ciudad residencial similar en las afueras de Córdoba, y en ella un pabellón con otra alberca de “azogue” o mercurio líquido, según relato de al-Maqqarí:
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“En el palacio de Madinat al-Zahra, construyó un pabellón de oro, plata y mármol, en medio del cual había una alberca llena de azogue. Cuando el sol penetraba en el pabellón y el califa quería asombrar a alguien, mandaba a uno de sus esclavos que agitase el azogue y aparecían como relámpagos de luz que estremecían los corazones, hasta el punto de que el pabellón parecía volar, mientras el azogue se movía”.
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Para conseguir tal tersura en el agua, era necesario que el chorro afluente no cayese de golpe, o a borbotones, turbando la calma superficial, de espejo, que debía poseer la alberca. Por ello, en la entrada del líquido, se instalaba una pieza alargada con ensanches y estrechamientos, donde el agua se refrenaba para caer dulcemente sobre la alberca sin turbar su remanso.
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Los surtidores, de los que se “surten” las albercas, también inspiraron a los poetas por su carácter tan opuesto al de aquellas. Así, el granadino Ibn Said al-Magribi (1213-1286), cita a un poeta sevillano:
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“¡Qué bello es el surtidor que apedrea el cielo con estrellas errantes, que saltan como ágiles acróbatas!
De él se deslizan a borbotones sierpes de agua que corren hacia la taza como amedrentadas víboras.
Y es que el agua, acostumbrada a correr furtivamente debajo de la tierra, al ver un espacio abierto aprieta a huir.
Mas luego, al reposarse, satisfecha de su nueva morada, sonríe orgullosamente mostrando sus dientes de burbujas.
Y entonces, cuando la sonrisa ha descubierto su deliciosa dentadura, inclínanse las ramas enamoradas a besarla”.
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El colmo de la sofisticación, fue unir en una sola pieza pabellón, surtidor y alberca. Los más famosos fueron el del emir al-Mamún ibn Di l-Nún, señor de Toledo (1037-1075), alzado en el alcázar; y el del visir granadino Ibn al-Jatib (1313-1374), levantado en su finca de recreo, conocida como Jardín de las Lágrimas.
Y el mismo Ibn al-Jatib cantó al pabellón, surtidor y alberca, del Jardín de las Lágrimas, en el poema Ihata, con estas estrofas:
Para terminar, oigamos las palabras de al-Fath ibn Jacán (c.f. 1134), sobre el jardín de al-Mamún de Toledo:
Mientras los monjes medievales de la nueva religión, judeo-cristiana, se encerraban en bellos claustros románicos –espejos invertidos, del jardín musulmán-, huyendo de los sentidos y de la naturaleza, para replegarse al último rincón del espíritu, mientras renegaban de la materia y daban forma a un Paraíso contemplativo, escasamente atractivo, los musulmanes creaban una arquitectura integrada en la naturaleza, y recreaban un Paraíso ajardinado, con una naturaleza regenerada, donde espíritu y sentidos no serían enemigos sino complementarios.
Entre la variada iconografía y simbología románicas, seguro que nunca se habían tropezado ustedes con una pieza como ésta: el “capitel de los cocineros”. Algo insólito, algo que va más allá de todo cuanto podíamos atribuir a la imaginación medieval.
Se trata de la adaptación de una canción muy popular a fines del s.XIX, titulada Der Speisezettel, compuesta por el alemán Karl Zöllner (1800-1860), líder del movimiento coral masculino que se difundió por toda Europa.
Porque la simpática fotocomposición, es únicamente el reclamo para las “Jornadas Gastronómicas de las Merindades”, jolgorio alimenticio que comenzó en 2006 y va por su IVª edición, con la participación de diversos establecimientos hosteleros de esa región burgalesa, que ofrecen una degustación por estación, cuatro fines de semana al año, a saber:De sus varias ventanas, solo la del muro sur, conserva un poco corriente capitel vegetal, con collarino sogueado...
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Queremos destacar, no obstante, el comportamiento de dos sacerdotes, no por ser mejores que los demás, sino por ser los más recientes ejemplos de una entregada amabilidad que va más allá de lo que merecíamos.
Este verdadero hombre de su Dios, nos regaló toda una tarde, gozosa por la compañía y llena de cultura, entre sus templos de Vallejo de Mena, Siones y El Vigo, ilustrándonos de forma apasionada sobre estos edificios medievales, con sencillez y espíritu abierto a todas las ideas, aunque fuesen ajenas a su fe.
“Y entonces vino Njord con su barba negra,
El carácter “solar” y “revitalizador”, abarca toda su genealogía. Es hija de Njord, dios gaélico del viento y el mar, y de Nerthus, la Madre Tierra. Su hermano gemelo es Freyr, dios de la luz solar fertilizadora junto con la lluvia. Su esposo es Odur, el sol del verano que trae la abundancia. Incluso su aspecto oscuro es positivo, cuando participa en los combates, como Walfreyja, “conductora de las Walkirias”, se reparte con Odín los espíritus de los héroes muertos en batalla, que ella hace habitar en su luminoso palacio de Sessrumnir.
Tenía numerosos templos por toda Europa, que persistieron en la Edad Media, el gran santuario de Freyja en Magdeburgo fue destruido por Carlomagno (742-814), aunque pervivieron los pequeños templos rurales al menos hasta el s.XII. El gran templo de su hermano Freyr, en Uppsala (Suecia), sobrevivió hasta mediados del s.XIII. Cuando sus templos fueron destruidos por la prepotente intolerancia judeo-cristiana, los campesinos continuaron su veneración a los hermanos, Freyja y Freyr, mediante cuencos de leche que colocaban en los sembrados, para refrigerio de los divinos gatos.
No obstante las restricciones, anatemas y persecuciones, una gran parte de las gentes sencillas continuaron venerando a los gatos de Freyja, y al morir escogían ser enterrados, no bajo el signo del dios judeo-cristiano, sino bajo la protectora rueda solar, el poliskel de numerosos brazos, símbolo de la energía revitalizadora del Sol. Así, numerosos templos románicos conservaron, hasta no hace mucho, gran cantidad de estelas funerarias marcadas por el símbolo de Freyja y sus gatos sagrados.Salud y fraternidad.
“Diez negritos se fueron a cenar.
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En las enjutas, a cada lado de las arquivoltas, podemos apreciar un friso con el mítico Collegium apostolorum, los doce discípulos en dos grupos de seis. Bajo éstos, en otra placa a la izquierda, aparece el Cristo en la última cena, con Judas a su diestra y Juan a su siniestra, y en la enjuta derecha, está el típico león que cobija bajo sus patas un personaje tendido.
Esto es otra rareza, pues lo común es que aparezcan dos leones con personaje, uno a cada lado de la portada. Aquí solo hay uno y esa peculiar “Santa Cena para tres”, la cual merecería, por si sola, todo un tratado de simbología. Con ese Judas que, al tiempo de ser “alimentado” por el Cristo, no pierde la ocasión y atrapa un pescado de la fuente, mientras Juan duerme plácidamente confiado sobre el pecho del Maestro. Y el tema de los "peces" es, en este templo, algo digno de estudio sobre lo que deberemos volver...
Aquella cena mística es lo más extraño, puesto que la lógica interna exigiría, como mínimo, que el particular banquete estuviese, al menos, en el centro del grupo apostólico. Lo cual habría creado un problema mayor, ya que nos encontraríamos –y aún separados nos los encontramos- con “catorce apóstoles”. Los doce del friso, mas los dos de la mesa, que junto al Cristo, hacen un total de quince personajes.
En Villanueva de Valrojo (Zamora), todavía corretean los zarrones, moharrachos, destrozonas o botargas, a la sombra de la espadaña de su templo románico. Como tantas generaciones de mozos y mozas, desde el Medievo hasta aquí, van y vienen, del templo a la plaza, haciendo sonar los cencerros que agitan en sus espaldas, mientras perpetran mil trapacerías a los convecinos. Luego, se toman con ellos unas copitas de "orujo", en el único bar del pueblo. Los jóvenes, exultantes por sus hazañas, los viejos, nostálgicos por aquellos carnavales perdidos en la lejanía del tiempo.