viernes 16 de mayo de 2008

Eunate, un emigma románico con ocho lados y cien puertas

Templo de Nuestra Señora de Eunate, s.XII (Navarra).
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Sobre este Templo de la Humanidad se han dicho muchas cosas, quizá demasiadas cosas, grandes verdades y grandes tonterías. Pero todavía no se ha dicho toda la verdad... ni todas las tonterías.
Y es que este edificio Sagrado, como todo símbolo auténtico, no tiene un solo significado. Tiene tantas interpretaciones como lados, aristas y ángulos, hay en su estructura. Cada cual, según su nivel espiritual, intelectual y humano, puede tomar las que quiera. Pero solo serán válidas, si no desprecia con ello las interpretaciones de los demás, si no pretende imponer “su” idea de Eunate a quienes vean allí otra cosa de lo que el, o ella, ven.
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A nosotros nos gusta meditar sobre su simbolismo geométrico-matemático, tanto como sobre su simbolismo cosmogónico. Aunque, después de todo ¿no son ambos conceptos dos caras de la misma moneda? ¿O mejor, dos lados del mismo octógono? Y acaso, puede que sean dos puertas, de las cien que, dicen, dan su nombre al lugar.
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Descubrimos el Templo Universal de Eunate, camino de Compostela, cuando por aquí no pasaban más que pastores con sus rebaños, algún agricultor a lo suyo, y dos o tres peregrinos durante el buen tiempo. Entonces, la energía del lugar, era tan intensa, que podías sentirla vibrar en la planta de los pies si caminabas descalzo por sus baldosas, ya fuese en su extraño “claustro-al-revés” o en la penumbra del recinto interior.
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Ahora, cuando prácticamente han desaparecido pastores y agricultores, los peregrinos llegan a miles durante todo el año, y los autocares cargados de turistas vomitan su carga humana a las puertas mismas del lugar Sagrado... Bueno, la energía todavía sigue ahí, pero hay que repartirla entre más y más personas, algunas de las cuales no son todo lo positivas que debieran, y distorsionan este octogonal generador telúrico.
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Algunos turistas estorban, con su bullicio fotográfico, a determinados fieles creyentes, éstos parecen fastidiar con sus rezos a ciertos “seudo-ocultistas” o “seudo-esoteristas”, quienes, a su vez, pueden incomodar a unos y otros con sus observaciones sobre “magia” y “misterio”. De añadido, alguna familia con sus bulliciosos retoños, que corretean sin control por el reducido espacio interior, hasta que alguien pierde la paciencia y reconviene a los padres. Cosas de la efervescente diversidad humana.
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No importa, Nuestra Señora de Eunate, última reencarnación de la Madre Tierra que aquí se manifiesta, nos mira a todos con cara de paciencia. Porque, por encima de dogmas y creencias temporales, Madre Naturaleza, Madre Tierra, Diosa Madre, Virgen Madre, ella es sobre todo madre intemporal de la humanidad. Tanto comprende al que cree esto, como al que piensa lo contrario, su enigmática sonrisa lo desvela. Y no escatima, para nadie, la energía que brota de su profundo seno. Al fin y al cabo, como todo lo espiritual, depende en última instancia de cada quien la cantidad que acoja y el uso que haga de ella.
Salud y fraternidad.

martes 13 de mayo de 2008

Amolando, gerundio románico

Templo de Santa María, s.XII, contrafuerte en portada oeste, Talamillo del Tozo (Burgos).
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Es relativamente corriente encontrar, en los sillares de muchos templos románicos, unas extrañas marcas, alargadas, a modo de surcos. Estos peculiares “arañazos”, situados por lo general junto a las puertas de acceso al templo, poco más o menos al nivel del zócalo, no son un capricho de la erosión provocada por el clima al meteorizar la piedra. Tienen una explicación, en apariencia, más prosaica.
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Talamillo del Tozo (Burgos).
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Durante siglos, los aldeanos, pastores, maritornes, peregrinos, arrieros, zagales, mozas de partido, cazadores, trajinantes, mesoneras, pícaros y hasta el propio párroco, no han encontrado mejor piedra de amolar que los románicos sillares de arenisca. Generación tras generación, desde el mismo instante de ser elevados, los templos han ejercido como piedra de afilar. En sus jambas, zócalos y columnas, se han amolado cuanta arma blanca utilizaban desde los honrados villanos hasta la vil gallofa: navajas, pericas, sacabuches, mojarras, semanarios, chairas, facas, cuchillas, sirlas, charrascas, hasta hoces y podaderas. E incluso alguna que otra con pretensiones de más alcurnia, como estiletes, puñalejos, bronchas, almaradas, atacadores, y de añadido algunos rejones.
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Santo Domingo de la Calzada, Catedral, portada norte (La Rioja).
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A veces el mismo tipo de piedra se encuentra a no más de diez pasos del templo, pero las gentes no acudían a esas rocas para afilar sus navajas, lo hacían en los sillares del edificio, de preferencia en las jambas de la puerta. Ergo, dicha acción debía tener un significado más trascendente, además del simple acto, utilitario, de afilar el utensilio.
Sin duda debía tratarse de magia, magia por contacto. De siempre, se ha considerado la piedra como materialización de la energía creadora, ya sea de la energía Cósmica, de la Naturaleza, o de un dios –o Diosa-. El dios de Israel, inicialmente, ordenó a su pueblo que levantasen altares de piedra en bruto, no trabajada por mano humana. La Diosa Madre era representada, en principio, mediante una roca negra, un meteorito caído del cielo. Por tanto, la piedra con la que estaban construidos los templos era doblemente sagrada, o si preferimos “mágica”, puesto que, aparte su simbolismo natural, formaba parte de la casa del dios, o de la Diosa, donde la divinidad se manifestaba.
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Santo Domingo de la Calzada (La Rioja).
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Así, al afilar las armas blancas en las piedras de los templos, tales instrumentos quedaban, además de perfectamente amolados, un punto santificados, o impregnados del poder cósmico-telúrico de la piedra sagrada. De tal modo que, al hacer su trabajo, dichos utensilios podían transferir esa “magia” benéfica, ya fuese al cortar los alimentos, segar, podar.
Hoy es muy probable que, tal costumbre, nos suene a superstición del tiempo pasado y la contemplemos con cierta indulgencia, pero en el medievo, e incluso hasta mucho después, era verdad demostrada y se creía en ella muy seriamente. Los sillares románicos están ahí para demostrarlo.

jueves 24 de abril de 2008

Un románico Jardín del Edén

Templo de San Julián, inicios s.XIII, Castilseco (La Rioja).
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Templo de la Concepción, inicios s.XIII, Ochánduri (La Rioja).
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Ermita de Santa Catalina, s.XII, Mansilla de la Sierra (La Rioja).
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Templo de la Concepción, inicios s.XIII, Ochánduri (La Rioja).
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Templo de San Román, s.XII-XIII, Villaseca (La Rioja).
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Templo de San Julián, inicios s.XIII, Castilseco (La Rioja).
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Dicen ciertos místicos medievales, que la vía del amor es siempre el camino más corto para acercarse a lo inexpresable. Amando a la naturaleza, las gentes del románico entreabren la puerta de su secreto. La fraternal espontaneidad del santo de Asís, con el mundo natural, expresada libremente en el s.XIII, se encuentra ya arraigada en el s.XII, aunque es más discreta, menos tierna en sus manifestaciones, sin duda menos colorista que en el poeta franciscano, pero aparece profundamente viva en sus expresiones.
Este amor de la naturaleza, la humanidad de la Edad Media no lo descubría sólo en las Sagradas Escrituras, sino que lo encontraba a su vez en los comentarios de los Padres, y además en las obras de los autores clásicos seguidores de las religiones antiguas. Así, Séneca, enseñaba la unión religiosa con el universo. Y san Agustín, explicaba el sentido de la revelación divina por medio del orden natural.
El amor por la Naturaleza y su deseo de restaurarla, reintegrándola a su pureza primigenia anterior al pecado y la expulsión del Paraíso, daría las tendencias heterodoxas de tantos grupos disidentes de la Iglesia medieval, algunos asimilados, como los de san Isidro Labrador y san Francisco de Asís, y otros, perseguidos hasta la aniquilación, como cátaros y origenistas.
La expresión física de esta naturaleza “espiritualizada”, está en tantos y tantos motivos que, en los templos románicos, suelen pasarnos desapercibidos. Los “doctos doctores”, se han desgañitado para proclamar que, los elementos vegetales tallados en la piedra, son únicamente “elementos decorativos”. Cosas en las que los canteros perdían su tiempo, “para hacer bonito”. ¡Cuanta necedad! En el románico nada es gratuito, nada es “decorativo” aunque decore. Los pétreos vegetales, están ahí para evocar en nosotros el Paraíso perdido. Y para que trabajemos por el Paraíso recobrado...
Los ejemplos que mostramos nos dejan con la miel en los labios, pues son solo fragmentos del románico riojano, que hubo de ser riquísimo en simbolismo ya que no lo fue en grandes templos.

El rebaño de Abel

Templo de Santa María, 1135-1155, carnero en arquivoltas portada sur, Uncastillo (Zaragoza).
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Ídem, cabra (ha perdido los cuernos).
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Ídem, la cabra amamantando al cabritillo.
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La villa de Uncastillo es un joyero repleto de alhajas, entre las que destaca esa prodigiosa portada del templo de Santa María. Un manual de simbología románica donde el Magíster esculpió, con exquisita sensibilidad y buen hacer, todo un tratado en el cual el bestiario manifiesta los temas propios de un discurso para iniciados. Podemos quedarnos horas, extasiados ante sus arquivoltas, analizando la intención de tal o cual figura, el sentido literal y el oculto de éste o del otro detalle, lo esotérico y exotérico de un gesto.
Pero, incluso si no queremos fatigar nuestra mente con divagaciones metafísicas, podemos limitarnos a gozar del simple placer estético de sus formas. Unas representaciones “complejamente-sencillas”, tiernas como un dibujo infantil, pero completas como la obra más complicada. Que pueden ser contempladas de forma aislada, cada una por su lado, con el mismo goce que dentro del conjunto.
Hemos escogido presentar esos tres ejemplos “pastoriles”, de éste rebaño, por la dulzura de sus formas e intención. Sobre todo, esa cabra que amamanta a su cría. El amor románico por la naturaleza, se presenta aquí con este detalle de observación del natural. Y también, el amor del cantero por el trabajo bien hecho, puesto que la pequeña figura se adapta al menor espacio, de esta arquivolta, sin perder en ello expresividad. Dicho Magíster está en línea con lo mejor del Monasterio de Leyre y San Pedro de Echano, en Navarra, y quizá fuese también el autor de la perdida portada del vecino templo de San Miguel. [“Vendida” al Fine Art Museum de Boston, pero esa es ya otra historia y será contada en otro lugar].

domingo 20 de abril de 2008

¿Sansón, era un "comodón"?

Templo de San Julián, galería porticada, s.XII, Rebolledo de la Torre (Burgos). Sansón hace su escena del león, detrás el "ayudante" sujeta la cola del felino.
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Templo de Santa Cecilia, capitel interior, s.XII, Vallespinoso de Aguilar (Palencia). Sansón, se las ve y se las desea con su fiera favorita.
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Templo de Santa Cecilia, el "ayudante" -¿o es ayudanta?- sujeta la cola del león.
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La representación escultórica de Sansón ha llegado a ser “figura retórica”, en el arte románico. Su simbolismo es, en apariencia, de una claridad meridiana. No hace falta ser teólogo para interpretarlo, un significado puede ser: los creyentes, mientras se mantengan fieles a los mandatos del Creador, disfrutarán de la fortaleza espiritual que da la fe; otra interpretación, sería: esa lucha con el felino, es imagen de la lucha que, cada creyente, debe sostener para vencer las fuerzas internas negativas.
Sin embargo, en simbolismo nada es lo que parece. Cuando creemos haberlos desentrañado todos, siempre hay otro significado que se nos escapa.
Sendos capiteles, en Rebolledo de la Torre (Burgos) y Vallespinoso de Aguilar (Palencia), que parecen salidos del mismo taller de canteros, cuando no del mismo Magíster, nos desafían a interpretarlos. En ellos, Sansón y su Némesis están a la greña, como de costumbre. A horcajadas sobre el león, al que sujeta por las fauces, nuestro apuesto forzudo luce una cuidada cabellera, peinada con delicadeza y sujeta por una cinta a modo de trenza.
Lo extraño, se halla a espaldas de la titánica pelea. Detrás de los batalladores protagonistas, se encuentra un anónimo personaje, muy seriecito, muy formal, que no sabemos si es hombre o mujer. El cual, sostiene entre sus manos la enorme y elaborada cola del león. No tira de ella, como parecería lógico en alguien que tratase de ayudar a Sansón, sino que se limita a sostenerla. ¿Acaso quiere enseñarnos ese apéndice leonino, terminado en tres mechones de pelo, para que lo veamos bien? En tal caso, ¿con qué finalidad? ¿O, simplemente, se debe a que, Sansón, era tan “comodón” que necesitaba alguien, que le sujetase el león, para hacer bien su trabajo?
Debemos confesar sin rubor, que, en este caso, nos encontramos totalmente perdidos dentro del “Laberinto Románico”.

sábado 19 de abril de 2008

Corona vegetal de la Madre Tierra

Templo de San Andrés, s.XII, Valdelomar (Cantabria).
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Templo de Santa María, s.XII, Villahizán de Treviño (Burgos).
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Existen unas curiosas formas, a modo de corona vegetal de rara belleza, esparcidas por capiteles, arquivoltas y canes románicos. ¿Son algo más que hermosos adornos, preciosismos escultóricos salidos de la mano de hábiles canteros?
Para la humanidad románica, la manifestación visible de la divinidad está en su obra, la Naturaleza. Todo en ella refleja el mundo superior o macrocosmos y le habla del Creador. Comprender la Naturaleza es comprender al divino hacedor, amarla es amarle a Él, como escribió san Agustín en sus Confesiones, impregnadas de neoplatonismo: “¿Que amo cuando os amo? El resplandor de la luz, el olor de las flores, el maná y la miel...” Es decir, la Naturaleza.
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Templo de Santa Eugenia, s.XII.XIII, Lences de Bureba (Burgos).

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Templo de Santa María, s.XII, Siones (Burgos).

Es el mismo símbolo de las mitologías y cosmologías orientales de Persia y Egipto, o las occidentales celtíberas, germánicas y nórdicas. El mismo testimonio que prestan todos los filósofos de la antigüedad: Platón, los estoicos, los alejandrinos, los gnósticos y también los druidas.
Cuando la humanidad románica mira hacia la Naturaleza, lo hace con una comprensión todavía próxima al sentimiento que la Religión Antigua tiene por la Madre Tierra. Entiende por qué, Ella, es a la vez siempre virgen y madre: virgen, porque espera de continuo la semilla divina; madre, porque da a luz una sucesión de numerosas vidas, animales y vegetales. La tierra está orientada hacia al cielo del que recibe el rocío, así como el viento, las lluvias y el sol, que van a provocar la germinación de la semilla y su crecimiento.

Templo de Santa María, 1172, Piasca (Cantabria).

Templo de San Julián, s.XII, Rebolledo de la Torre (Burgos).

Este ciclo perpetuo, de creación-regeneración es simbolizado de varias maneras, una de ellas mediante la representación geométrica, vegetal, cuyas líneas evocan la potencia creadora de la Naturaleza. Aquellas figuras de la Religión Antigua, que rememoran las energías celestes y terrestres, mediante formas espirales, o de desarrollo centrífugo, como los poliskeles, se retoman de nuevo, envolviéndolas en una cobertura vegetal, a base de hojas o flores, que giran en torno a un centro.
La humanidad románica, dependiente de la Naturaleza y en contacto directo con ella, observó que muchas cosas manifiestan su crecimiento en espirales centrífugas, desde las conchas de los caracoles, hasta los brotes de las plantas, pasando por el cabello humano. Entonces, interpretó que, esa forma geométrica, era provocada por la energía de la Naturaleza al producir el desarrollo de la vida.
Ese es uno de los sentidos, simbólicos, de las espirales vegetales, presentes en la imaginería románica: mostrar la energía de la Naturaleza, mediante la cual la Madre Tierra, como manifestación física de Dios, produce la vida y nos sustenta.
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Templo de Santa Cecilia, s.XII, Vallespinoso de Aguilar (Palencia).
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Templo de Santa Juliana, s.XII, Lafuente (Cantabria).

domingo 13 de abril de 2008

“Campanitas de san Juan, unas vienen y otras van...”

Signo lapidario del gremio de campaneros, claustro románico de San Pedro, s.XII, (Soria). [Diapositiva 19-7-1982].
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En el mundo románico, y en general en todo el mundo anterior a nuestra "civilización" tecnológica, las campanas no eran sólo instrumentos sonoros, para convocar feligreses a los oficios religiosos. Tenían otras funciones, tanto o más útiles, en la vida cotidiana. Podían avisar de un incendio, llamar para la defensa ante un ataque, reunir a los vecinos para una junta del Concejo, comunicar una boda o una defunción. Y mucho más...
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Las campanas de El Salvador, en Béjar (Salamanca), todavía son tañidas por los mozos durante la fiesta de “Los hombres de musgo”, celebración ancestral sincretizada en el Día del Corpus, igual que se hacía en el medievo, para pedir al Cielo que se guarezca la sementera y haya buenas cosechas. [Diapositiva 13-6-1993].
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La esquila del Paso de Ibañeta (Navarra), se tocaba los días con especial ventisca de nieve, o espesa niebla, para que su sonido guiase a los peregrinos y no extraviasen la ruta, llegando a salvo hasta la Hospedería del Camino Jacobeo. [Diapositiva 11-8-1993].
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Cuando alquien hace promesa, de peregrinar a San Andrés de Teixido (A Coruña), y muere sin haberla cumplido, su alma en pena vagará hasta que alguien cumpla por ella. El bronce de San Andrés, dicen que tiene la facultad de sonar solo, avisando así cada vez que, una de esas almas, se ha librado de vagar sin rumbo por la tierra. [Diapositiva 16-4-1992].
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En Fuentegelmes (Soria), se tañía la campana para “conjurar” las plagas agrícolas, amenazando de excomunión a los insectos, o a los pájaros, si se atrevían a dañar las cosechas. Costumbre, muy común en la España medieval y en la del Siglo de Oro, que sobrevivió hasta épocas no tan lejanas. Las rosetas grabadas, en la melena, son símbolos solares celtas, amuletos contra los rayos. [Diapositiva 14-7-1998].
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La campana parroquial de Zugarramurdi (Navarra), dejaba oír sus tañidos al anochecer, para espantar a las brujas que se dirigían a los aquelarres en las cuevas cercanas al pueblo. Y eso, desde mucho antes de los célebres procesos brujeriles. [Diapositiva 11-8-1993].
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En Bargota (Navarra), cuna del célebre fraile conocido como Brujo de Bargota, tocaban la campana cuando se aproximaba alguna tormenta, para "ahuyentar el nublo" o “espantar la truena” y deshacer las nubes de granizo, tan dañinas a las cosechas. [Diapositivas 12-8-1993].
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Así por tantos y tantos rincones, de la geografía celtíbera. Hoy, apenas quedan campaneros en los pueblos, la electricidad los ha sustituido. Tan solo en algunos afortunados lugares, como el templo románico de Montecillo (Cantabria), cuentan todavía con un intérprete de este viejo y asombroso arte musical. Un arte que, sin aprenderse en ninguna escuela, suena a nuestros nostálgicos oídos como la más bella de las sinfonías. Y remueve, en nuestros espíritus, no se qué dormidas creencias, o supersticiones, o ambas a un tiempo... [Diapositiva 12-10-2001].

martes 8 de abril de 2008

"Cinco esquinitas tiene mi estrella..."

Templo de San Bartolomé, s.XII, rosetón brazo norte, Ucero (Soria).
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Catedral de Notre Dame, 1220-1259, rosetón norte, Amiens (Francia). [Diapositiva 22-8-79].
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Hay que desterrar, de una vez por todas, el estúpido significado que, los “ocultistas” del siglo XIX, atribuyeron a la estrella pentalfa “invertida”, con la punta hacia abajo, como símbolo diabólico, brujeril y maléfico, algo que la Edad Media desconoció en absoluto. Pues para esoteristas, filósofos, teólogos y Compañeros Constructores, la estrella de cinco puntas, pentalfa si tenía un pico arriba, o remfam, si lo tenía abajo, fue siempre un símbolo positivo.
Dicen las tradiciones de los Compañeros Constructores, que uno de los significados, simbólicos, de esta estrella, está en que sus cinco puntas son reflejo de las cinco heridas con las que, cinco malos Compañeros, causaron la muerte al Maestro Jacques, arquitecto del Templo de Salomón y fundador de las asociaciones gremiales de la construcción.
Aunque su mayor cualidad, es la de servir como módulo arquitectónico, a partir del cual se desarrolla el esquema constructivo del templo medieval, ordenando y armonizando todos sus elementos, estructurales y simbólicos. No en vano se atribuía su origen, nada menos que al rey Salomón, como señal de su sabiduría, pues en este “nudo sin fin” había encerrado los conocimientos geométrico-matemáticos que le permitieron construir el Templo de Jerusalén. Dicho valor, se trasluce en los dibujos del Magíster Villard de Honnecourt, en el s.XIII, aunque la tradición viene de antiguo.
Los pitagóricos utilizaban esta estrella como señal de reconocimiento, pues representa geométricamente el número de oro, la proporción áurea, la armonía arquitectónica, la belleza de la mónada: el Gran Arquitecto Cósmico. No olvidemos, que Pitágoras era hijo de un cantero. También simboliza el amor y la generación, pues resulta de sumar el 2, número par femenino, con el 3, número impar y masculino. “Número hierogámico” o “nupcial” era llamado por los pitagóricos, por unir los principios celeste, masculino, y terrestre, femenino.
Así, la pentalfa con una punta hacia arriba representa el principio cósmico celeste, masculino, y con esa punta hacia abajo, simboliza la parte femenina, la Madre Tierra. Por ello, se adjudicó a diversas diosas de la Religión Antigua, como Afrodita o Artemisa, y por ello llegó a figurar en el nimbo o en la capa de algunas Vírgenes Negras medievales.

miércoles 2 de abril de 2008

Rosetón: rueda de luz cósmica

Templo de Sant Pere de Galligans, 1130, Girona. [Diapositiva 19 agosto 1990].
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Ídem, detalle central del rosetón.
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Templo de Sant Ramón, s.XIII, El Plà de Santa María (Alt Camp, Tarragona). [Diapositiva 23 agosto 1990].
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Ídem, detalle del simbolismo central del rosetón.
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Monasterio de San Ero, 1168, Armenteira (Meis, Pontevedra). [Diapositiva 10 agosto 1981].
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Templo de Santa Mariña, s.XII-XIII, Augas Santas (Allariz, Ourense). [Diapositiva 19 agosto 1999].
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Monasterio de San Pedro de Ramirás, s.XII, Mosteiro (Ramirás, Ourense). [Diapositiva 29 agosto 1999].
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Templo de San Bartolomé, s.XII, Ucero (Soria). [Diapositiva 16 agosto 2001].
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Templo de Santa María da Atalaia, s.XIII, Laxe (A Coruña). [Diapositiva 9 agosto 2002].
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En la Edad Media, ese gran ventanal calado, que llamamos rosetón, era conocido como “rota”, la rueda. Y, en efecto, muchos adoptan una cierta forma de rueda, con su llanta, radios y cubo. Rueda de la fortuna y del eterno retorno, este símbolo, nos habla del devenir de la creación. Su sentido cósmico, se expresa mediante la inclusión de estrellas, el creciente lunar, poliskeles, entrelazos. Elementos que, por otra parte, delatan cuan hundidas se hallan las raíces románicas en la Antigua Religión. En ella, estas figuras hacen referencia a las energías cósmicas, tanto del sol como la luna y demás esferas celestes, cuyas influencias, al interactuar con la energía propia de la Tierra, son el motor que genera el ciclo vital del planeta.
Casi todos los rosetones desarrollan sus elementos a partir del número ocho, símbolo del infinito. Ocho radios, ocho lóbulos, ocho lazos, ocho rosetas. Cuando el rosetón es bastante grande, el número de elementos del cubo será ocho y el de los círculos externos su doble, dieciséis. En casos específicos, los rosetones tienen “precisiones” simbólicas particulares, que complementan su sentido genérico, como sucede con el rosetón de San Bartolomé de Ucero (Soria), que se basa en la cabalística estrella Remfam de cinco puntas, o el de Santa María da Atalaia, en Laxe (A Coruña), basado en la rosácea céltica de seis pétalos.
Los rosetones, integrados en el ciclo luminoso del templo, hacen que la luz desgrane sus ondas en una danza que nos habla, tanto sobre la infinitud del universo como sobre sus ciclos regeneradores. La suave luz naciente entra por la ventana absidal, se vuelve ardiente claridad en el rosetón meridional, amansa su fulgor hasta el dorado del atardecer cuando entra por el gran rosetón occidental, y es pura claridad sin sol, en el perpetuamente sombrío rosetón septentrional. Así, día tras día, siguiendo el devenir de las estaciones, para comenzar de nuevo cada año. Todo ello, como imagen de la nueva tierra y los nuevos cielos, que han de surgir cuando el Apocalipsis cierre este ciclo cósmico y comience el siguiente. Con todos los espíritus, regenerados y purificados, reintegrados a la perfección paradisíaca.
Sí, pero también como recuerdo de una esperanza más antigua, puesto que, en muchos casos, los templos están orientados hacia el punto del cielo por donde el sol se levanta, el día de la fiesta de la divinidad antigua a la que sucedió el santo cristiano, patrón del nuevo edificio. Porque, numerosos Magíster, incorporaban, al simbolismo general de la construcción, el respeto por las viejas características sagradas del lugar. Ya que ellas definen ese sitio, como propicio para unir el espacio y el tiempo, el cielo y la tierra, lo que nos permite situar nuestro cosmos interior en resonancia con el gran Cosmos.
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"Soberbia es la altura del templo
que no se inclina hacia la izquierda
ni hacia la derecha,
su elevada fachada mira el oriente del equinoccio"
(Sidonio Apolinar, siglo V).

jueves 13 de marzo de 2008

Hic habitat Magna Mater

Monasterio de la Mare de Deu de Montserrat, la Moreneta (Barcelona). [Diapositiva 14 agosto 1990].
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Dicen las leyendas, que Dios mandó sus ángeles a Montserrat, para hacer un santuario, donde habitase la presencia de la Virgen entre los humanos. Primero, bajó el arcángel san Miguel, para destruir un templo que allí había, dedicado a la diosa Venus. Después, llegó una legión de ángeles, quienes serraron la montaña -acción que le dio su nombre-, para despejar el terreno y sacar la piedra con que luego levantaron el santuario, más las casas de los ermitaños que habían de cuidarlo.
La leyenda, auténtica poesía de la Historia, nos revela muchas veces más verdades que las propias crónicas. Al margen de vestuario y decorados, queda claro que, esta montaña tan especial, fue en tiempos de la Religión Antigua un lugar de adoración a la Madre Tierra. Adoratorio y divinidad, que fueron sincretizados en el templo y efigie de la Mare de Deu de Montserrat. Por si no estaba "claro", la "oscuridad" de la Moreneta, una Virgen Negra, lo proclama silenciosa pero firmemente.
A veces sucede que, los templos, mueren de abandono, pero otras perecen bajo el influjo de su fama. Del precioso santuario románico solo subsiste una portada, muy maltratada, pues en el siglo XVI se levanta un edificio más grande para atender las demandas del creciente número de pregrinos. Luego, el peso de la Historia, aplastando todo cuanto se le pone por delante, y los reconstructores, aplastando lo restante, nos trajeron hasta el conjunto de edificios actuales. Por suerte, el valor de Montserrat, la montaña, y Montserrat, la Virgen Negra, no está en las construcciones, sino en el enclave mismo. La espiritualidad, energía telúrica, corrientes magnéticas o como queramos llamarlo, brota de las piedras y lo envuelve todo. Sólo hay que tener el alma como una esponja y empaparse, hasta la última fibra, con los latidos de la Madre Tierra, cuyo pulso es aquí tan evidente. Que el templo esté decicado a Venus o la Virgen, da igual, Montserrat no es una imagen concreta, es un estado interior. Como dijo Goethe "En ningún lugar hallará el hombre la felicidad y la paz si no es en su propio Montserrat".

martes 11 de marzo de 2008

"Tableros de juego" y Pata de Oca...

Templo de San Pedro Fiz, tímpano portada oeste, final s.XII, Cangas (Pantón, Lugo). [Diapositiva 21 agosto 1999].
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Templo de Santa María, metopa muro sur, 1160, Beade (Ourense). [Diapositiva 13 abril 1992].
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Templo de Santa María, banco puerta sur, fin s.XII, Gomariz (Leiro, Ourense). [Diapositiva 13 abril 1992].
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En Galicia es más fácil apreciar las raíces de estos símbolos geométricos, pues es relativamente corriente verlos en los petróglifos prehistóricos, a veces no muy lejos de los templos cuyas piedras "adornan". Algunos autores, opinan que varios de estos grabados podrían ser piedras prehistóricas, o celtas, reutilizadas como sillares por los constructores románicos. Precisamente por el componente, "mágico" o "talismánico", del simbólico esquema geométrico conocido como Triple Recinto, llegaron a ser colocados hasta en los tímpanos de las portadas.
Pero, también, por estar relacionados con el complejo simbolismo propio de los Compañeros Constructores. En griego, éstos tableros se conocían como "merelle": Madre de la Luz. Y "merelle" es, además, el apelativo medieval de la vieira o Concha de Peregrino. Emblema jacobeo, cierto, pero al mismo tiempo símbolo esquemático de aquella "pata de oca" adoptada, en tiempos de la Religión Antigua, por los constructores que recorrían el Camino como aprendices de las distintas logias de canteros. Cuando el Camino fue cristianizado, el símbolo de la "pata de oca" -semejante a la runa de la vida- se sincretizó en la concha de vieira, tal como da a entender en el siglo XII el Liber Sancti Jacobi, en su sermón Veneranda dies: "Estas dos conchas de la venera, que están talladas como los dedos de una mano". O de una pata, palmípeda...

jueves 6 de marzo de 2008

Románico granítico, voz céltica de nuestra Madre Tierra

Estos grifos, que sustentan el pórtico mágico de Compostela, son imagen sincrética de la Antigua Religión, las raíces que alimentan a la religión nueva. Pero, también, son símbolo de la piedra granito que, en todo éste reino, ha dado lugar a un románico muy particular.
Catedral de Santiago, Pórtico de la Gloria, 1188, Compostela (A Coruña) [Diapositiva 9-8-81].
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Monasterio del Salvador, mediados s.XII, San Salvador de Bergondo (A Coruña) [Diapositiva 8-8-02].
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Templo de San Martiño, s.XII, Cameixa (Boborás, Ourense) [Diapositiva 17-8-99].
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Ya sea en los grandes conjuntos monásticos, como en las humildes parroquias de aldea, bajo la lluvia, o en días soleados, el encanto de estas piedras se hace presente. Podemos sentir cómo es posible que el Apóstol Santo, un Mouro, Nuestra Señora, o una Meiga, nos estén esperando al revolver un ábside o traspasar la portada.
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El románico galaico, de piedra granito, aunque responde a los mismos principios simbólicos que el románico de piedra caliza, es de una sensibilidad diferente. Sus templos tienen una especial cualidad “magmática”, “telúrica”, porque la energía de mil volcanes, olvidados de puro viejos, duerme en sus sillares.
La piedra de estos templos, no tiene la cálida luz de los sillares calcáreos, es cierto. Sus esculturas, no poseen la afinada corporeidad, casi etérea, de las más logradas obras de caliza. Por contra, los sillares graníticos, con sus tonos acerados, que van del gris perla al gris azulado y veladuras rosáceas o verdosas, con los contornos de aristas dulcificadas, nos están hablando de la transmutación que su materia primigenia ha sufrido en el seno de la Madre Tierra. Sus esculturas, dejan traslucir el fuego interior, que ha forjado esas piedras, aunque suavizado por la vaporosa humedad de las brumas atlánticas.
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Templo de San Martiño, 1110, fachada oeste, Loiro (Barbadás, Ourense) [Diapositiva 20-8-99].
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Templo de San Miguel, inicio s.XII, portada norte, Eiré (Pantón, Lugo) [Diapositiva 9-8-81].
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Colegiata de Santa María do Sar, claustro fines s.XII, Compostela (A Coruña) [Diapositiva 18-4-92].
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El compañero constructor, el cantero, al trabajr este granito románico, añade, al simbolismo propio de su arte, una faceta más. La de aquella energía ígnea, proteica, que escapa por los poros de esta roca tan especial, para manifestarse en el enclave donde se levanta el templo y que, según nuestro grado de evolución espiritual, nos envuelve y penetra para abrirnos, mente y alma, a nuevos grados de plenitud.
Este componente telúrico no ha sido comprendido por todos, puesto que el románico de granito, además, al desarrollarse en una tierra de climatología adversa ha sufrido enormes desperfectos. Sus esculturas, que a los no avisados pueden parecer toscas, imperfectas, han llegado a ese estado, en muchos casos, por la acción de los meteoros naturales. La bruma y la lluvia mansa, venidos del céltico mar por el Finis terrae, han limado las aristas, los ángulos, de las graníticas figuras, más no su espíritu. En aquellos pórticos que, protegidos de los elementos, han llegado a nosotros en buen estado, las figuras no tienen nada que envidiar a las del románico de caliza.
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Los sabios centauros, primordiales maestros iniciáticos, se ríen de aquellos que irreflexivamente consideran inferior el románico de granito.
Monasterio de San Paio, 1170, portada oeste, Diomondi (O Saviñao, Lugo) [Diapositiva 15-4-92].
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Monasterio de San Pedro, fines s.XII, portada oeste, Ramirás (Ourense) [Diapositiva 20-8-99].
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Estos guardines, no se ríen, vigilan para que las energías negativas no se cuelen en el templo, ni en el alma de los fieles.
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Monasterio de San Pedro, fines s.XII, portada oeste, Ramirás (Ourense) [Diapositiva 20-8-99].
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Otro aspecto, de éste románico, es la profunda vena céltica de sus símbolos, entrelazos, poliskeles, serpientes, rosetas y demás, predominando en los templos sobre las imágenes "ortodoxas" de la nueva religión. Pero esa ya es otra historia, y hablaremos de ella en otro momento...
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La Última Cena. Monasterio de San Xian, s.XII, portada sur, Moraime (Muxia, A Coruña) [Diapositiva 9-8-02].
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La barca con el cuerpo de Santiago arriba a Galicia. Templo de Santiago, s.XII, portada sur, Cereixo (Vimianzo, A Coruña) [Diapositiva 9-8-02].
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En las imágenes románicas de granito, el magma en ebullición, cíclico y regenerador por ser materia cósmica condensada, corre por sus venas de piedra. Cual sangre espesa de la Madre Tierra, palpita en sus rocosos corazones, mientras el espíritu de la Naturaleza primigenia nos habla, por sus cristalizados labios. Y lo hace con lengua celta, para darnos un mensaje sobre el devenir cíclico.
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Catedral de Santiago, Pórtico de la Gloria, 1188, Compostela (A Coruña) [Diapositiva 12-4-92].
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"Santos i apóstoles, ¡védeos!, parece
que os labios moven, que falan quedo
os uns cos outros: i aló na altura
do ceu a música vai dar comenzo,
pois os groriosos concertadores
tempran risoños os instrumentos.
¿Estarán vivos? ¿Serán de pedra
aqués sembrantes tan verdadeiros,
aquelas túnicas maravillosas,
aqueles ollos de vida cheos?"

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(Rosalía de Castro, Na Catedral 1880).

domingo 2 de marzo de 2008

Alquerque, un juego muy serio

Templo de San Miguel, galería porticada, s.XII, Fuentidueña (Segovia).
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Templo de San Pedro, muro fachada sur, s.XII, Tejada (Burgos).
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Catedral, pavimento interior nave sur, s.XII-XIII, Ourense. [Diapositiva 9 agosto 1981].
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Catedral de Saint Martín, gótica 1220-1259, pavimento nave central, Amiens (Francia). [Foto agosto 1976].
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Al igual que los laberintos, la figura geométrica conocida como “triple recinto” se manifiesta tanto como tablero de juego, cuanto como vehículo simbólico, una vía, hacia el interior místico e intangible del universo personal. Además, por derivación de su significado como imagen de la tríada divina y de la Ciudad Celeste, es utilizado en el medievo con carácter apotropaico, como talismán protector.
El “triple recinto”, en cuanto tablero de juego, era utilizado para partidas de “alquerque”, una mezcla entre “damas” y “tres en raya”. Cuando aparece grabado, sobre las piedras románicas, es ya un viejo amigo de la humanidad. Lo encontramos en petroglifos neolíticos, o en templos griegos y romanos. Jugar sobre estos tableros, o recorrerlos, constituye una ascesis ya presente, bajo diferentes, formas en todos los ritos mistéricos de la Antigua Religión. En esencia de trata de llegar al Centro del Triple Recinto –como sucede con el laberinto-, tras vencer una serie de pruebas, guiados por el buen juicio de nuestros cálculos y un poco de suerte, lo que provocará la victoria o transformación espiritual. Por su mismo carácter simbólico, jugarlos es participar del gran Juego Cósmico de la Creación.
La principal manifestación de los tableros de juego, como símbolos mágico-sagrados, sobrevive en la Catedral de Notre-Dame de Amiens (Francia), que muestra en su pavimento dos grandes “Tablas Cuadradas” junto a un enorme laberinto octogonal, lo que representa la culminación de aquella capacidad medieval para instrumentalizar las cosas más triviales encauzándolas hacia la trascendencia. Porque una cosa es evidente: un tablero de juego, presente en una catedral, no convierte a ésta en un salón de juegos, pero ésta si convierte al tablero en un símbolo sagrado y al juego allí realizado en algo trascendente.
Los templos románicos, también debieron tener sus “tablas cuadradas” en el pavimento, aunque no se ha conservado ninguna. En cambio, si nos quedan esos pequeños tableros grabados en las piedras, algunos de los cuales serían utilizados por los canteros para jugar sobre ellos. El hecho de que, al colocar los sillares sobre el muro, el tablero se haya dejado en su cara vista, demuestra que esta figura geométrica tenía un simbolismo mágico-sagrado.

viernes 29 de febrero de 2008

La altura no importa, la luz sí

La grandeza del templo románico, es de un orden diferente al de las catedrales góticas.
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La Sierra de San Juan de la Peña, desde el interior de la torre. Naturaleza interiorizada.
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Templo monástico de Santa María, ss.XI-XII, Santa Cruz de la Serós (Huesca).
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La grandiosidad de numerosos templos románicos, deja en entredicho el tópico que afirma la pequeñez de éstos edificios. Por desgracia, el transcurrir histórico les ha deparado un destino muchas veces efímero. Han sobrevivido más templos góticos que románicos, y aquellos son más grandes que éstos. Aunque no siempre. En la mentalidad de quienes se quedan con la cáscara, sin llegar al fruto, la enorme altura y luminosidad de las catedrales góticas, ha eclipsado la comedida proporción y tenue penumbra de las catedrales románicas.
Porque la realidad es, que ambos tipos de edificio religioso responden a conceptos simbólicos bien diferentes. El gótico es ascendente, luminoso, etéreo, grácil, un espíritu que vuela a los círculos celestes, porque ha evolucionado del románico, que estaba recogido sobre sí, interiorizado, como en la caverna primigenia a imagen del útero de la Madre Tierra. En el espacio románico, bañado por la luz filtrada a través del alabastro de sus vanos, se gestó la evolución filosófico-espiritual del gótico.
La humanidad románica, dentro del templo, se repliega hacia su yo profundo, se empapa de energías primigenias, al tiempo que comulga con una Naturaleza de la que aún no se ha divorciado. Allí, la Madre Tierra y la Virgen Madre, a veces una Virgen Negra, son todavía una sola realidad. La gente románica no entra al templo para aislarse del mundo natural, o escapar del cosmos, sino para hacerse uno con ellos mediante la interiorización.

miércoles 27 de febrero de 2008

¡El séptimo sello!

Templo de San Esteban, tímpano portada sur, 1188, Moradillo de Sedano (Burgos).
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Templo de San Juan y San Pedro, friso fachada sur, hacia 1185, Moarves de Ojeda (Palencia).
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Las imágenes románicas más “ortodoxas” son también las de simbolismo más complejo. El Cristo Pantocrátor, no es “el buen Jesús” del evangelio, es el “Juez del dies irae” apocalíptico. Este Dios del “Día de la Ira”, tiene en su mano el libro sellado, con siete sellos, cuya apertura convoca a los cuatro jinetes y los siete ángeles del Apocalipsis, para las terribles pruebas que purgarán la humanidad y darán lugar a un nuevo ciclo cósmico.
El Dios-Juez aparece sobre un trono, a veces soportado por leones, o por un arco iris y rodeado de dos semicírculos que, dispuestos verticalmente, conforman la “mandorla” o “almendra mística”. Es el símbolo del mundo superior, el cielo (lado derecho), y el inferior, la tierra (lado izquierdo). Entre estos dos, equilibrándolos, se manifiesta el Juez Justo, el Dios “de la cólera, la ira y la venganza” –no entraremos en semánticas teológicas, ni en lo afortunado o desafortunado de tales expresiones, para una divinidad que se presupone todo amor y bondad-.
La mandorla, es la conjunción de los opuestos: cielo-tierra, yin-yang, donde se equilibran las fuerzas cósmicas y del espíritu, para renovar la fuerza creadora, vida-muerte, involución-evolución. Por ello, la Suprema Divinidad es presentada dentro de la almendra, justo en el acto de juzgar la vieja humanidad y dar paso a una nueva. Así, su mensaje es también doble: de advertencia a los transgresores, de esperanza a los justos.
Aunque esta Divinidad se manifieste en forma masculina, la Divinidad femenina no está lejos. Esa almendra adopta la forma del símbolo sexual femenino, al colocar el Creador-Recreador en el centro se quiere subrayar la idea de “Nacimiento-Renacimiento” de la humanidad, propio de la Diosa Madre. Simbolismo reforzado porque, dicha figura almendrada, adopta una morfología asimilada al huso de hilar consustancial a la Magna Mater y a las hilanderas de la Religión Antigua, como las Moiras, Parcas, Nornas o hadas. Huso con el que hilaban, para tejer la vida de los seres humanos.

martes 26 de febrero de 2008

Espíritu Verde de la Madre Tierra

Templo de San Pedro, fin s.XII, Perorrubio (Segovia).
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Templo de los Santos Julián y Basilisa, 1186, Rebolledo de la Torre (Burgos).
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Templo de San Andrés, fin s.XII, Valdelomar (Cantabria).
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Templo de San Pedro, principio s.XII, Tejada (Burgos).
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La imagen del “Hombre Verde” se encuentra entre las de aquellas más antiguas divinidades, como el sumerio Tammuz, el babilónico Dumuzi, o el egipcio Osiris, símbolos del ciclo natural de muerte y resurrección. Y más próxima a nosotros, aparece personificada en el Dionisos griego, el Silvano romano, o el Cernunnos celta. Aunque más que divinidades, estos hombres verdes, son figuraciones del espíritu que anima los seres vegetales. Todas sus representaciones, figuradas como “Hombre Verde”, aparecen con el cabello cubierto de vegetación. A partir del periodo románico, el símbolo se unificó y pasó a representarse como una cabeza de anciano, o mezcla de humano y animal, que vomita vegetación en largos tallos, los cuales se enroscan en espiral o se anudan en forma de entrelazos.
Entre los celtas, el Hombre Verde moría durante el festival de Samhain (31 octubre - 1 noviembre), y renacía en el de Beltaine (30 abril - 1 mayo). Conocido en Britania como Green Man, en la Galia como Le Feuillou, y en Germania como Blattqesicht, las celebraciones que la Religión Antigua realizaba, alrededor de este personaje, no desaparecieron con la llegada de la nueva religión, simplemente se transformaron por sincretismo, en Britania, por ejemplo, pasó a festejarse como "Jack in the Green", y en Iberia, se convirtió, entre otras, en "Santiago el Verde" o en los "Hombres de Musgo". En todas estas festividades, alrededor de abril-mayo, aparecen personajes cubiertos de flores y vegetación, como imagen de la energía fecundante, masculina, de que se vale la Madre Naturaleza.
Aunque también aquí, como en el caso de la espiral, el simbolismo románico estableció un paralelismo entre el renacer físico, material, y el renacer espiritual. El "Hombre Verde", de los templos románicos, nos está hablando del renacer, la completa renovación, que puede experimentar la tierra, la humanidad, si se regenera en espíritu.

Los remolinos del espíritu

Templo parroquial, s.XII, portada norte, Olcoz (Navarra).
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Templo de San Lorenzo, s.XII, Vallejo de Mena (Burgos).
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La espiral es un elemento geométrico natural, desde las galaxias a las flores, pasando por las conchas de los caracoles y los cabellos de nuestras cabezas, es la trayectoria por la que se desenvuelven numerosos elementos de la naturaleza. De ahí, que simbolice el camino del desarrollo, de la evolución cíclica, tanto del espíritu, inmaterial, como de la vida, material. Por ello, este símbolo, está relacionado muy estrechamente con el laberinto, la concha, la luna, o el cuerno, todos ellos referentes a la fertilidad, en sentido amplio. Pues si, por un lado, aluden a la fertilidad femenina –en figurillas neolíticas el sexo femenino aparece figurado mediante una espiral-, y de la Madre Naturaleza en general, por otro, señalan la fertilidad de la mente y el espíritu, en evolución. No en vano, el camino del Juego de la Oca es una espiral, por la que, a semejanza de la vida, el jugador intenta evolucionar hacia un estado superior.
En el románico, este símbolo se presenta en numerosas formas, algunas de ellas bien curiosas, como esas barbas del personaje de Olcoz, o los cuernos del carn