martes 31 de enero de 2012

"Juan G. Atienza", peregrino al Misterio.

Juan García Atienza, escritor, pero sobre todo gran viajero por los misterios de la España Mágica, ha emprendido este verano, de 2011, el viaje definitivo. Se ha embarcado, cual machadiano pasajero, en "la nave que nunca ha de volver", y surca el infinito hacia el Misterio final.
Conocí a este polifacético personaje gracias a un amigo común, Paco Padrón Hernández, mecenas y gran compañero de aventuras canarias, también viajero hacia el más allá, que nos puso en contacto cuando finalicé el manuscrito de mi primer libro. Rápidamente, Juan y yo hicimos buenas migas, aunque en eso no tengo mérito alguno, era fácil entablar amistad con "Juan G. Atienza", como él gustaba firmar sus obras.
Con la generosidad que lo caracterizaba, Juan me introdujo en el mundo editorial, propiciando la publicacion de mi primer libro, que se atrevió a prologar, y todavía reincidió prologando mi tercera obra. Sin olvidar, que gracias a él entré como colaborador asíduo en la revista Año Cero.

¿Cómo olvidar tantas tardes, pasadas en la fabulosa biblioteca de su casa madrileña, en animado coloquio sobre templarios, intercambiando confidencias mil, preparando investigaciones sobre la ruta jacobea,  o soñando con inverosímiles descubrimientos de la mágica historia hispana? Cuando, con mi osadía juvenil, le interrogaba sobre preguntas sin respuesta, o me atrevía a reconvenirle por los gazapos que, ocasionalmente, su apasionamiento le hacía deslizar en algún libro. Y él, nobleza obliga, lo aceptaba todo con una sonrisa pícara, desenfadada, e incluso agradecida.
Por tanto, para no caer en el tópico, creo que el mejor homenaje que puedo hacer tras su partida, a quien fue guía, colega y amigo, es relatar una anécdota en la que, involuntariamente, nos envolvió el destino. Un anécdota, con su punto de picaresca, que nos define, y que define las circunstancias en que los investigadores de la historia oculta de Celtiberia hemos tenido que desenvolvernos.

Juan había escrito, sobre la enigmática Capilla de Mosén Rubí de Bracamonte, en Ávila, en dos ocasiones, despertando mi curiosidad [Guía de los recintos sagrados españoles, 1986, p.145-156; y La historia no contada, 1989, p.207-223].
Hablamos del tema, y me animó a visitar dicho templo para que luego le diese razón de cuanto el edificio me hubiese sugerido, y cómo interpetaba yo su presunto simbolismo masónico.
Así que, un 25 de mayo de 1991, me presenté junto a dos esforzadas acompañantes en la Plaza de Mosén Rubí, y acudimos al convento adjunto a la capilla, para solicitar en el torno la caridad de una visita. Ritual aparentemente sencillo, pero que puede resultar muy irritante. Tras un tiempo indefinido de espera, pues quien había de guiarnos estaba ocupada en otros quehaceres más apremiantes, apareció sor Irene. Una "monjita" dicharachera, quien con suma amabilidad y diplomacia, sin darnos apenas tiempo a que nuestros ojos se acostumbren a la penumbra que reina en el interior del templo, nos advierte que por encima de todo está prohibido hacer fotos.
Luego, sutilmente, nos interrogó acerca del interés que nos movía a visitar un monumento tan "carente de importancia". Con igual "sutileza", le  hicimos creer que pensábamos escribir una biografía del citado Mosén Rubí y, de repente, sin que le preguntáramos nada al respecto, nos aleccionó sobre la usencia absoluta de vinculaciones masónicas, mágicas o esotéricas, de dicho monumento.

Espoleada nuestra curiosidad por sus "espontáneas" afirmaciones, formulamos algunas preguntas al respecto, quizá con menos perspicacia de la que pensábamos poseer, o tal vez pareciendo demasiado ansiosos de "magia y misterio". Interrogantes, que ella sorteó con rara habilidad dialéctica y amplia sonrisa conventual, mientras para sus adentros decidía "qué" o "quienes" éramos nosotros.
Porque, al cometer la impertinencia de insistir, casi nos delatamos, y lo más que obtuvimos fueron vagas referencias a "ciertos escritores, a los que Dios haya perdonado, que se atrevieron a escribir sobre lo que no debían, publicando fotos del interior de la capilla obtenidas con engaños y malas artes". Eso, y una sombra de sospecha que se proyectó, amenazando tormenta, en los ojos de la, hasta entonces, presuntamente, simpática y comunicativa "monjita".

Llegados a este punto, sor Irene, con una inquisitorial mirada, que traslucía la sospecha que le rondaba el alma, nos espetó de buenas a primeras:
   -¿Ustedes no conocerán, por casualidad, a un tal Juan García Atienza?
Mis acompañantes, dos damas prudentes, y yo, nos miramos de reojo, respondiendo casi a coro:
   -No, madre, no lo conocemos... ¿Por qué...?
   -Porque, hizo unas fotos que luego se atrevió a publicar, aunque le advertí que no lo hiciera. ¿No les habrá mandado él...?
   -Claro que no, no... que disparate, no sabemos quien es.
   -Mejor, porque ese diabólico escritor me dijo que hacía las fotos para su archivo y prometió no publicarlas. Y bien que me engañó, escribiendo además esos disparates sobre magia.
   -No reverenda madre, nosotros no sabemos nada de eso.

Al igual que el mitológico apóstol Pedro negó, antes que cantase el gallo, nosotros tuvimos que negar tres veces a nuestro amigo, para no delatarnos. Y aunque sor Irene decía no dudar de nuestra buena fe, "Dios no lo permita", se apresuró a dar por terminada la visita, pues le esperaban deberes ineludibles, eso sí, quedó a nuestra disposición para ocasión más propicia.
Y de repente, sin saber si había sido sueño o realidad, nos encontramos de nuevo con el sol cegador del exterior, amén de con la vaga sensación de que, tras las puertas que se cierran sigilosamente a nuestras espaldas, se guarda un enigma insondable. Mucho más, que el sentimiento de culpa por nuestra inocente mentira, "pecadillo venial" que esperamos nos haya sido cumplidamente perdonado por sor Irene, si acaso nos contempla desde su mitológico cielo. 

Porque, en lo que respecta a Juan G. Atienza, nos lo perdonó al instante de habérselo confesado. Haciendo gala de aquella campechanía y buen humor que lo caracterizaba, nos dijo en latín macarrónico, como si fuese el bufón de un rey:
   -Muy bien hecho, "ego te absolvo... a neccesitatis no hay pecatis".
Once años después, Juan publicó una historia novelada sobre el enigmático Mosén Rubí, bajo el título de "El compromiso", cuya fallida investigación de campo casi nos cuesta el anatema, y el sambenito, de una inquisitorial "monjita" abulense quien, por causa del pícaro Atienza, sospechaba que cada visitante de "su templo" era un "espía de Satanás".
Ahora, nuestro travieso amigo conoce ya todos los enigmas, y nosotros tenemos que consolarnos con su prolífica obra, lo cual no es poco, y con el recuerdo de los buenos momentos vividos, que ya es bastante.
Estés en la casilla que estés, de ese Juego de la Oca que es el ciclo de las vidas, ¡hasta siempre, Juan G. Atienza!

Salud y fraternidad.

martes 17 de enero de 2012

¡Ábrete... Sasamón!

Aquí se alzaba el Monasterio de San Miguel de Maçoferrario, con su impresionante templo de cabecera triple y tres naves. Ahora, sus cimientos nutren el trigo dorado de estas tierras de pan llevar, y nuestros ojos son inútiles para adivinar las formas de su simbólica arquitectura.

Esta, es la historia de un descubrimiento aplazado y un inesperado chasco. En 1984, encontramos de casualidad, en una librería de ocasión, el magnífico libro del Dr. José Pérez Carmona, Arquitectura y escultura románicas en la provincia de Burgos (1959), obra pionera cuyo prólogo, de Fray Justo Pérez de Urbel, comienza así: "La provincia de Burgos no tiene todavía ni su carta arqueológica ni su catálogo monumental...", dándonos con ello una espeluznante visión del peligroso estado en que se encontraba el patrimonio cultural de aquellas comarcas castellanas.
Siguiendo el rastro de aquel trabajo señero, hemos visitado muchos de los templos románicos que allí figuran, aunque algunos de ellos ya han desaparecido, como el precioso ejemplar de San Miguel en Tubilla del Agua. Pocos son los que, al cabo de veinticinco años de andadura, nos quedaban por conocer, entre ellos uno que es reseñado, en la página 262, con esta escueta descripción: "...otra portada tardía es la de la antigua ermita de San Miguel de Mazorreros, muy próxima a Sasamón".

Cardos y rastrojos, gavilanes, conejos y perdices, son los guardianes de la memoria del perdido santuario de San Miguel. Y en la noche castellana, búhos y grillos lo adormecen con sus canciones.

Por fin, el pasado mes de agosto, caímos por Sasamón en busca de tal ermita y su portada. Lo que allí encontramos, nos dejó de piedra, pues no habíamos visto ninguna foto o descripción del edificio. Ya que, ni siquiera las obras presuntamente más completas del presente, sobre arte románico, citan este ejemplar, y las que lo hacen son tan escuetas como lo fue el pionero sacerdote don José Pérez Carmona.
A un kilómetro escaso de Sasamón (Burgos), en el camino que lleva hacia Villahizán de Treviño, existió una villa romana, con un pequeño templo familiar, en la que se halló una inscripción dedicada a Quintia Terencia. Sobre este enclave, se asentó en el medievo la aldea de Maçoferrario*, nombre que indica la presencia de una ferrería, y cuyo núcleo creció al amparo del Monasterio de San Miguel.

Las añejas y olvidadas piedras, parecen musitar aquellos filosóficos versos: "A mis soledades voy, de mis soledades vengo. Porque para andar conmigo, me bastan mis pensamientos".

Actualmente, en dicho lugar sólo podemos ver un extraño arco, al extremo de un campo de cereal. Parece la portada de un importante templo medieval, aunque ahora, desaparecido el resto del edificio, el hueco ojival asemeje la fantasmagórica entrada a una inquietante dimensión, propia de H.P. Lovecraft.
Porque allí, ni hay ermita, ni templo, ni edificio alguno, tan sólo las lisas arquivoltas y el desportillado vano de una abocinada portada, que aún en su desolado abandono pretende conservar el aire digno de un hidalgo, empobrecido, pero todavía orgulloso de sus descoloridos blasones.
Su silueta, nos evoca aquellos versos, entre surrealistas y tremendos, del poeta Miguel Hernández:

"Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.
No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y de cardos:
¡cuanto penar para morirse uno!"

Como un decorado de los cómicos de la legua, abandonado al acabar la representación, el arco de San Miguel semeja el ojo vacío en la calavera de un cíclope, cuyo esqueleto ha pulverizado el padre Cronos.

Sasamón, la antigua Segisama, "la más fuerte", fue capital de los celtíberos turmogos hasta su conquista por Roma. En este lugar, instaló Octavio Augusto su campamento para dirigir la guerra contra cántabros y astures. La ocupación romana dio categoría al lugar, que llegó a contar con foro, teatro, termas, calzadas con sus puentes, etc.
Pasados los tiempos turbulentos de las invasiones bárbaras y musulmanas, el lugar se fue recuperando, poco a poco, y al comienzo del medievo la proximidad al Camino Jacobeo hizo crecer su importancia. Tanto, que se erigió en obispado, citándose en 1059 el obispo Munio, y en 1100 al obispo Pedro Paramón, quienes levantaron la primitiva catedral románica.
Aunque, en 1128, Alfonso VII traslada el obispado a Burgos, su grandeza no decae, pues poco después de tal fecha se sitúa la llegada de los Templarios, cuyas posesiones, entre ellas un Hospital de Peregrinos, dependerán de la cercana Encomienda de Villasirga. 

Extraña puerta, por la que entrar es salir, todo al mismo tiempo. Extraña puerta, que nada guarda, que nada esconde, salvo el misterio de continuar existiendo.

Sasamón alcanzó su cenit entre los ss.XII y XIII, cuando se edifica la catedral románico-gótica de Santa María la Real, hacia la que se desviaban muchos peregrinos jacobeos por la fama milagrosa de Nuestra Señora. Tras las crisis de siglos posteriores, el lugar vivirá la aurea mediocritas de un rico enclave agrícola.
Por desgracia, en la Guerra de Independencia, todos sus tesoros fueron prácticamente aniquilados. Tropas napoleónicas y guerrilleros españoles, compitieron por arruinar y saquear el lugar. Llegados en 1808, los franceses se instalaron en Sasamón durante cuatro años, la catedral se convirtió en cuartel de las tropas de ocupación, el claustro fue transformado en cementerio y lugar de fusilamientos, y la sacristía se habilitó como burdel. Los lugareños colaboraron con los ocupantes, unos voluntariamente y otros obligados, luego, en venganza, los guerrilleros españoles de Santos Padilla remataron la faena, saqueando lo poco que habían dejado los franceses, al considerar que los habitantes de Sasamón eran "afrancesados" que había colaborado gustosos con el enemigo. El pueblo y el magnífico templo que hoy contemplamos, incendiados ambos en 1812, son tan sólo una leve sombra desvaída de su pasado esplendor.

Grandiosa e irreal, como un mendigo harapiento tocado con corona real, o un monarca engalanado de harapos. Esta portada trata de engañarnos, con los restos de su belleza, y nosotros deseamos ser engañados...

Pero no fue la Catedral de Santa María la Real, el único tesoro destrozado. En las proximidades de Sasamón, se perdió otra pieza excepcional del arte y simbolismo medieval.
El lugar que hoy conocemos como Mazarreros, se afianzó cuando a fines del s.XI se levantó allí un pequeño monasterio, documentado desde 1068. En dicho año, la condesa Momadona concede al obispo de Sasamón el Monasterio de San Miguel de Mazoferrario: "in Maçoferrario concedo monasterium S. Michaelis", donación completada en 1071 cuando le concede sus propiedades patrimoniales en ese lugar. Cuando Alfonso VII (1065-1109) disolvió el obispado de Sasamón, otorgó al obispo de Burgos las posesiones que la diócesis suprimida tenía en San Miguel de Mazarreros.

La imaginación se extravía al contemplarla, notamos que trata de absorber nuestro pensamiento racional, pero aunque su ojo sin pupila nos hipnotice, el vacío que la acompaña se hace palpable y nos inquieta.

El poderío económico del monasterio cisterciense, basado en la explotación agrícola, y en los peregrinos que atraía haciendo la competencia a la Catedral de Sasamón, motivó que, en el s.XIII, Mazarreros fuese cabeza de un Arciprestazgo, como consta en una escritura del Monasterio de Valcárcel. Esta pujanza, permitió a los monjes agrandar el edificio, entre los ss.XIII y XIV, consiguiendo un templo ricamente labrado y lleno de excelentes elementos artísticos.
Sin embargo, las crisis que asolaron Castilla, durante el s.XV, motivaron que su importancia fuese decayedo, de modo que, a fines de dicho siglo, el lugar acabó por unirse a Sasamón, como un barrio más. Al inicio del s.XVI, el monasterio estaba abandonado y muchos habitantes de Mazarreros se trasladaron al vecino Sasamón. A éstos, el prelado burgalés, les dio los solares de propiedad episcopal, que antaño habían sido de los Templarios, para que edificasen sus viviendas. ¿Acaso porque el Temple, con posesiones en Sasamón, había tenido algo que ver con Mazarreros? ¿O fue pura casualidad?

Hay un vértigo, casi cósmico, en la elevación de sus arquivoltas, en el giro de esos arcos hacia la nada, hacia el vacío azul del infinito cielo castellano.

En 1504, en la Catedral de Sasamón se abre la portada de San Miguel, en el costado sur de las naves, que hoy da acceso al Museo Parroquial. Parece ser que fue costeada por los vecinos de Mazarreros, en agradecimiento por la buena acogida que les dio el pueblo de Sasamón, cuando su traslado a la villa.
Consta de un elegante arco conopial, flanqueado por dos agujas góticas, entre las cuales se cobijan cuatro estatuas con dosel: san Juan Bautista, san Juan Evangelista, el obispo burgalés Pascual de Ampudia y Fernando el Católico.
Sobre todos ellos, la imagen de san Miguel. La puerta se divide en dos por un parteluz, coronado por el escudo de los Reyes Isabel y Fernando, con una cartela gótica: "Esta portada y capilla se acabaron el año de mil e quinientos e quatro años".

La piedra se hizo leyenda, o la leyenda quedó petrificada, o todo a la vez, no lo sabemos, porque la turbación que nos producen sus carcomidos capiteles, nos impide leer lo que el cantero dejó allí escrito para asombro de los siglos.

Se sospecha que algunas de tales esculturas, si no todas, pueden proceder del templo de San Miguel de Mazarreros, porque desde el éxodo de sus habitantes, y especialmente desde el s.XVI, monasterio y templo comenzaron a ser desmantelados.
Una parte del santuario se habilitó como ermita, y el resto quedó como cantera, de la que todos tomaron cuanto quisieron. Con sus sillares, se construyeron los contrafuertes de la nave sur de la Catedral de Santa María la Real que, una vez cerrados, se convertirían en las cinco capillas que conocemos, incluida la puerta de acceso, o de San Miguel.
La ermita de San Miguel de Mazarreros, continuó existiendo como tal hasta comienzos del s.XIX, puesto que, en 1793, se pagaron 823 reales por el ladrillo, cal, tejas, canalones, clavos y demás materiales para su reparación, trabajos realizados por el "Magister maçonero Gaspar Rayón". 

No hay entrada, ni salida, ni derecho, ni revés. Estar dentro es estar fuera, y viceversa. En las noches de luna llena, los vaporosos espíritus de sus monjes no saben si van o vienen, vagan sin rumbo por los siglos de los siglos...

Sin embargo, el edificio de Mazarreros estaba condenado. La invasión napoleónica (1808-1812), dejó muy maltrecha su menguada estructura, y las sucesivas  desamortizaciones (1793-1924)**, terminaron por arruinarlo.
En 1913 se construye el nuevo cementerio, en la carretera de Villasidro, empleándose para ello los últimos sillares procedentes del ruinoso templo-ermita de San Miguel, saqueado por los franceses, quedando prácticamente reducido al estado en que ahora se encuentra.
Un misterio final rodea el desaparecido edificio. Se dice, que el templo de San Miguel de Mazarreros tiene una cripta oculta, desde la que parte un pasadizo subterráneo, que llega hasta la Catedral de Santa María la Real, en Sasamón, o hasta las casas del Temple...
¿Qué ignoto "ábrete Sésamo" nos flanqueará el paso hacia su perdida historia, hacia sus escondidos secretos? ¿Será, quizá, un mágico "ábrete Sasamón"?

Salud y fraternidad.
________
* A lo largo de la documentación medieval y moderna, el topónimo evoluciona: Maçoferrario, Mazoferrario, Mazarreros, Mazorrero, Mazaferos, Macuerro, Mazariegos, Mozorreros. Pero el más antiguo, Maçoferrario, es quien señala su origen en la existencia de una "ferrería": mazo-ferrario.
** Las desamortizaciones fueron cuatro, dividida cada una en varios periodos de aplicación: Godoy (1793-1795), Trienio Liberal (1820-1823), Mendizábal y Espartero (1835-1844), y Madoz (1855-1924). Todas fueron igual de nefastas, por una u otra razón, para el patrimonio cultural hispano.

lunes 9 de enero de 2012

Los "niños del Temple", Jaime I y Ramón Berenguer V.

En la villa aragonesa de Monzón (Huesca), su Plaza de San Francisco acoge el monumento dedicado al rey Jaime I el Conquistador y a los Caballeros del Temple, obra del burgalés José María Casanova, quien lo modeló, en 2003, utilizando gres con textura que asemeja bronce.
Sobre pétreo pedestal, se yerguen seis templarios dispuestos a la batalla, armados con sus espadas, protegidos con escudos, cascos y cota de malla. A sus pies, sentado, un niño sostiene el casco que hizo famoso al rey Jaime I, con el mítico dragón por cimera. Más abajo, en mitad del pedestal, sobre un entrante, está sentado otro niño, quien tañe con gracia juglaresca un laúd.
Para quien no esté avisado, tales niños pueden parecer extraños en dicho monumento. ¿Serán escuderos del Temple, pajes de los caballeros?

La inscripción que acompaña el grupo escultórico, tampoco aclara gran cosa:
   "Año 1213. Muere el rey Pedro II en la batalla de Muret. La reina María de Montpellier, es acogida en Roma por el Papa Inocencio III. Su hijo Don Jaime, rey de Aragón y conde de Barcelona, es confiado a los caballeros templarios del castillo de Monzón: el Gran Maestre Guillermo de Montrodón, Juan de Miravell, Luis de Estemariu y otros, se ocupan de su formación de caballero y de rey".
Dicho texto, escaso y confuso, relata la historia de manera sesgada e incompleta, sin acabar de aclarar quienes son esos niños y qué hacen entre tan feroces gentes de armas.
Jaime I nace el 1 de febrero de 1208, hijo del rey Pedro II de Aragón y María de Montpellier. Pedro II muere en 1213, durante la batalla de Muret, luchando contra los "cruzados papales" que invadían y se anexionaban Occitania, con el pretexto de exterminar la herejía cátara. El rey Pedro, se lanzó a combatir contra los cruzados porque esas tierras, del país de Oc, eran feudo de la Corona de Aragón, y estaba obligado a defender a sus vasallos, aunque algunos de ellos estuviesen considerados como herejes.
Singular detalle histórico omitido en la inscripción del monumento, quizá ¿por pudor histórico?

Jaime, heredero del reino aragonés, había quedado "en prendas" del sanguinario cruzado Simón de Montfort, a cuya hija había sido prometido en matrimonio, como acto de futura paz entre ambos bandos. 
Ese mismo año, muere la reina madre, refugiada en Roma bajo la protección papal, la cual, en su testamento, confió el niño a la custodia del Temple. Los nobles aragoneses, respaldados por los templarios encabezados por el Comendador de Monzón, Guillèm de Montredón, Maestre de Aragón, acuden al santo padre Inocencio III, para que interceda ante su mercenario "cruzado", Simón de Montfort, a fin de que les devuelva al príncipe Jaime y el reino no quede sin rey.
En 1214, el cruel "cruzado", tras recibir toda clase de garantías de paz por parte de los aragoneses, entrega el niño a los templarios. Unos templarios, que en la sangrienta "cruzada" se han mostrado tibios, cuando no claramente partidarios de los nobles occitanos y los herejes cátaros.

Reunidas las Cortes en Lleida, en el mismo 1214, el príncipe Jaime es jurado como heredero, llegando a la Encomienda del Temple de Monzón en agosto de tal año, cuando contaba seis de edad.
Para que el forzado retiro le resultase más llevadero, trajeron para acompañarle a un niño de edad similar, su primo, Ramón Berenguer V, conde de Provenza, pues en aquella época dichas tierras pertenecían a la Corona de Aragón (entre 1166 y 1246). Con Ramón, el príncipe compartió estudios, ocios y trabajos, mientras ambos eran educados por los caballeros del Temple, tanto intelectual como militarmente, según correspondía a caballeros de su rango, al tiempo que estaban protegidos del ambiente levantisco que asolaba el reino. Estos son los dos infantes, representados en el monumento arriba citado.
Los nobles seguidores de Jaime temían que el regente, conde Sancho Raimúndez del Rosellón, tío abuelo del niño, y el abad de Montearagón, don Fernando, tío del príncipe, pudieran coaligarse para controlar el gobierno, incluso tal vez eliminar al joven heredero. Tales nobles, dudando si los templarios se decantarían por los tíos del niño, exigieron al Comendador, Guillèm de Montredón, que les entregase al príncipe para mejor custodiarlo, pero los templarios lo retuvieron alegando su tutela, según el mandato papal que vigilaba el legado pontificio Pedro de Benevento.    

La situación se puso tan tensa que, al temer el Comendador un intento de asalto y rapto de los niños, por los nobles o los partidarios del conde o el abad, trasladó a los infantes con gran secreto hasta la cercana fortaleza templaria de Ontiñena, donde permanecieron durante seis meses. Cuando el Comendador consideró pasado el peligro, los hizo devolver a Monzón.
Durante el verano de 1216, se enviaron mensajeros a los nobles de su bando, Pedro Fernández de Azagra, Blasco de Alagón, Pedro de Ahones y Guillèm de Cervera, entre otros, para que al cumplir el príncipe los nueve años, acudiesen a Monzón para jurarle por rey. En septiembre aparecieron todos ante los muros templarios, para hacer pleito homenaje y jurarlo por su señor natural, en un espléndido acto celebrado en la capilla románica de San Nicolás del Castillo.
Los caballeros del Temple formaron un pasillo de honor, ataviados con sus blancas capas de rojas cruces, alzaron las espadas y crearon un dosel sobre la cabeza del príncipe. En la puerta de la capilla, el Comendador Guillèm de Montredón, tomó la mano de Jaime I y lo condujo por la nave, hasta dejarlo sobre un trono sito en el presbiterio. A continuación, todos los nobles se llegaron a él, para arrodillarse, besar la mano del niño rey y jurarle fidelidad.

En noviembre de 1216, el pequeño Ramón Berenguer partió hacia Provenza, para hacerse cargo de su condado, y afirma la Crónica que, el rey niño, Jaime I, lloró con gran sentimiento esa despedida. abrazado a su primo.
Atrás quedaban largos días de camaradería, tediosas horas de estudio, esforzados entrenamientos de armas, emocionantes investigaciones en la biblioteca templaria, aventureras travesuras por las estancias y subterráneos del castillo, o noches de serena contemplación del cielo estrellado desde las almenas.
Por fin, en junio de 1217, con nueve años y cinco meses de edad, Jaime I salió de Monzón con sus partidarios, y una nutrida tropa templaria, a reclamar de don Sancho y don Fernando, sus tíos, el gobierno de la Corona de Aragón que ambos ejercían tiránicamente, pretextando la minoría de edad de su sobrino. Y en septiembre de 1218, las Cortes Generales de Aragón y Cataluña, lo declararon mayor de edad con tan solo diez años. A pesar de haber pactado, con don Sancho, el fin de la regencia, durante los siguientes quince años, tuvo que luchar contra los levantiscos nobles, azuzados por sus tíos, lo que finalizó en 1227 con la Concordia de Alcalá. 

[Ramón Berenguer V, conde de Provenza, primo de Jaime I y compañero de su aventura en Monzón. Escultura en el templo de San Juan de Malta, en Aix-en-Provence. Foto, cortesía de wikipedia].

El "bon rei en Jaume I", jamás olvidó esta azarosa etapa de su joven vida. Durante el resto de su reinado, conservó la amistad y el favor hacia los Caballeros del Temple, otorgándoles numerosas mercedes y recibiendo la ayuda militar de la Orden, en las campañas guerreras por las que recibió el título de "el Conquistador".
Aunque quizá, tampoco le habría sentado mal el apodo de "rey Templario". Pero esa, ya es otra historia...

Salud y fraternidad.

miércoles 4 de enero de 2012

Leyendas del Camino: "El Cristo Templario y la maldición del Santiagobeltza".

La casa que poseía la Orden del Temple en Puente la Reina (Navarra), quizá una Preceptoría Menor, dependiente de la cercana Encomienda de Aberin, debe su popularidad a un afamado santuario mariano dedicado a Nuestra Señora de los Huertos.
No obstante, a pesar de la fama y devoción que gozaba entre los agricultores de los contornos, y entre los peregrinos jacobeos, la imagen templaria de la Virgen de los Huertos, las principales leyendas de este templo proceden del fabuloso Cristo gótico. Colocado allí a finales del s.XIII, su adoración llegó a eclipsar la que el pueblo sentía por aquella humilde Virgen agrícola, patrona de la casa de los Caballeros Templarios y de su Hospital jacobeo.

Resulta curioso, que la veneración del Cristo comenzase alrededor de los difíciles años que precedieron al juicio, y posterior disolución, de la Orden del Temple. Sucesos que, sin embargo, no afectaron la fama que, con singular rapidez, había adquirido entre el pueblo, hasta el punto de cambiar la advocación de la capilla templaria, que pasó a denominarse "del Crucifijo".
Quizá eso fue lo que permitió que, a la disolución de la Orden, se formase una enigmática cofradía para segurar el culto y mantenimiento de la capilla y el Hospital. En ella, ingresaron nobles locales y algunos caballeros ex templarios, a quienes, una vez depurados, se permitió recibir una pensión y continuar en la casa, según las resoluciones del Concilio de Vienne. 

Pero, ¿que tiene de extraordinario este crucificado, aparte de haber pertenecido a los caballeros del Temple?
Sorprendentemente, lo insólito no reside en el  Cristo, sino en la forma que adopta su cruz. Forma de ¡Pata de Oca! Uno de los principales símbolos de los Compañeros Constructores, imagen de la mano divina, que guía la construcción de todos los edificios, levantados según las reglas de oficio de la tradición, enseñada por los Maestros Antiguos. Símbolo del iniciado que, trascendiendo sus limitaciones, ha alcanzado el grado de Magister. Pero también, símbolo rúnico de la Vida, utilizado por los pueblos de cultura céltica.
Muchas leyendas rodean esta peculiar imagen pero, en esta ocasión, nos centraremos en una que implica también a otra imagen puentesina.

Cuentan en Puente la Reina, que cuando la Orden del Temple fue extinguida, mediante inicuas falsedades y calumnias, al abandonar el último caballero el templo de Nuestra Señora de los Huertos, se despidió del Cristo emplazándolo en voz alta: "A ti pongo, Señor, por testimonio de nuestra inocencia".
Entonces, Jesús inclinó la cabeza, como asintiendo a la exculpación que se le demandaba, y de su costado brotó sangre, en presencia de todos los vecinos que habían acudido al desalojo. Desde ese día, la sagrada llaga está roja y fresca, como si acabara de abrirse ante el lanzazo de Longinos. Y el Cristo, nunca ha vuelto a levantar la cabeza, tanta es su vergüenza por la inicua complicidad de la Iglesia en este fraudulento proceso.

Dicen también, que la imagen del Santiago peregrino, existente en la iglesia puentesina de su advocación, conocida entre el pueblo como Santiagobeltza -"el negro"-, por el tono oscuro que el humo de las velas le había dado a su rostro, era en aquellos días una figura serena y mansa, como corresponde al que peregrina.
Pero, en la misma jornada que el Cristo templario bajó su cabeza en avergonzado asentimiento, Santiagobeltza, recordando ser "Hijo del Trueno", se encendió en ira por el atropello que se cometía con el Temple, se le arrebolaron las mejillas, y abrió los labios para maldecir a los indignos destructores de la Orden.

Y quedose así, para que su protesta, por la infamia cometida contra los caballeros, se perpetuara por los siglos, de modo que sus labios no se cerrarán hasta el Dia del Juicio Final, cuando verdugos y víctimas comparezcan ante el terrible tribunal divino.
Aseguran, que sus amenazantes palabras fueron conservadas de padres a hijos y, poco más tarde, grabadas como eterno recuerdo en la peana de Nuestra Señora de los Huertos. Aunque las transformaciones, y restauraciones, sufridas por dicha imagen han hecho que se perdieran.

Salud y fraternidad.

sábado 31 de diciembre de 2011

El Páramo: "pulvis, cinis, nihil..." [¿Un despoblado sin historia?]

En la frontera de Guadalajara con Soria, encastillada entre las sierras de Pela, al norte, y Alto Rey, al sur, se creó en tiempos de la repoblación castellana una villa, perteneciente al señorío de Atienza, y luego al común de Miedes, que alcanzaría cierta prosperidad en los ss.XII-XIII. La suficiente, para alzar allí un precioso templo, románico, con galería porticada, bellamente decorado.
Con posterioridad, el lugar fue perdiendo su importancia, en favor del vecino pueblo de Condemios de Suso -ahora, Condemios de Arriba-, para acabar desapareciendo, hacia el s.XVII, de modo que hoy incluso su nombre medieval resulta confuso, aunque algunos lo nombran Despoblado del Páramo. 

Ese nombre, le viene por estar situado en el alto páramo al norte de Condemios de Suso -o, de Arriba-, junto al camino que lleva a Campisábalos, en un erial donde sólo quedan montones de irreconocibles piedras.
El tiempo y la incuria humana no mostraron respeto por los venerables restos, una vez arruinado el templo sus sillares fueron aprovechados, por los vecinos del contorno, para los más diversos menesteres.
Hoy, desconoceríamos por completo la riqueza de dicho templo, si no fuese por el azar. Según algunos ancianos de Condemios de Arriba, cuando ya todo había desaparecido, a fines del s.XVII o principios del XVIII, arando unos campos contiguos a las ruinas del Despoblado del Páramo, aparecieron enterradas algunas piedras primorosamente labradas, que se trajeron al pueblo para aprovecharlas en la construcción de varias viviendas.

Se trataba de algunos capiteles esculturados, dobles, con sus cimacios, que por su estructura se revelaban pertenecientes a una galería porticada -hay una pareja prácticamente idéntica en la galería de San Pedro de Caracena, y otra en la de Santa María de Tiermes, ambas en la vecina Soria-.
Aparecieron también restos de cornisas con trabajos de entrelazos, varios canecillos esculpidos, "uno que figuraba un bonito jabalí, y otro un músico con rabelillo", más algunos relieves de figuras, regularmente conservados, y otros con círculos crucíferos.

El hallazgo más misterioso, consistió en una sepultura, con restos óseos, en la que se hallaba una espada "muy, muy vieja", indicio de que allí estaba enterrado un caballero.
Aparecieron también "otras cosas curiosas y de valor, figuras de piedra y monedas antiguas, que se perdieron sin saber cómo..." Aunque quizá no "se perdieron", sino que las guardaron algunos vecinos, cuyos descendientes todavía las conservan, celosamente, si no las vendieron a cualquier astuto trajinante... Pero sobre ese tema, nadie se pronuncia claramente entre los lugareños "barranqueros", todos acaban coincidiendo, como mucho, en que tales objetos se hallan "en paradero desconocido".

En lo que si permanecen unánimes, es en afirmar que, desde el descubrimiento de la sepultura, en las noches sin luna, se aparece por el páramo "la Pantasma", el espectro del caballero, como presencia fantasmal, que vaga entre las ruinas buscando su espada.
Por eso, desde que se pone el sol, nadie del pueblo se acerca por allí, los pastores prefieren dar un rodeo para volver a sus rediles, y los perros de los cazadores aúllan lúgubremente si pasan por las cercanías.

Condemios de Arriba, cuyo nombre parece provenir de Kanadmios o Kandamios, epíteto de una divinidad celtíbera, asimilada a Júpiter por los romanos, conserva una rica arquitectura popular, típica de la zona serrana, con casonas de piedra sillar, vanos adintelados y esculpidos, etc.
Integradas en ella, se encuentran las poquísimas piedras románicas de aquel templo del Despoblado del Páramo, que todavía son visibles. Podemos verlas, incrustadas en una casona de dos plantas, en la calle mayor.

En la parte superior de la esquina sudeste, que da a un estrecho callejón, bajo el alero, como acobardado entre cables, canalones, la farola y una antena de TV, podemos ver un doble capitel de excelente factura, con bien tallado relieve de cestería, incrustado en posición invertida, y coronado por su cimacio de entrelazo.
La fachada principal luce, empotrado a media altura entre puerta y ventana del piso bajo, el citado relieve de círculos crucíferos, desafiante en su enigmático simbolismo... En el alfeizar de las ventanas superiores, se emplean restos de otros cimacios, con bellos entrelazos.
Eso es todo cuanto hoy nos es permitido contemplar del perdido templo del Páramo. De haber allí algunas otras piedras trabajadas, no son visibles. 

El día de la fiesta, los danzantes de Condemios de Suso -o, de Arriba-, enrazados en la tradición celtibérica, dirigidos por el Zarragón -o, Zagarrón-, interpretan canciones y bailes de paloteo, al son de dulzainas, castañuelas y tamboriles, siendo la más vistosa "El Cordón", porque en ella se utiliza un tronco alrededor del cual, los danzantes, van entrelazando cintas según el ritmo del baile.
No preguntéis aquí por el Despoblado del Páramo, y las perdidas piedras de su templo, porque sólo os darán evasivas o vagas noticias de su existencia. En cambio, si preguntáis a los amables vecinos por los danzantes, os relatarán gustosos todo cuanto hay que saber sobre ellos, incluso es posible que entonen alguna estrofa de sus cánticos tradicionales.

"Cantan las ranas,
bailan los sapos,
tocan las castañuelas
los renacuajos".

"El que tenga batán y molino,
puerta falsa y mala mujer,
poco pan y muchos hijos,
no le faltará que hacer".

"Si quieres que te ronde la puerta,
tabernera de mi corazón,
si quieres que te ronde la puerta,
dame del vino mejor".

Salud y fraternidad.

sábado 17 de diciembre de 2011

¡Feliz solsticio invernal 2012!

A cuantos compadres, amigos, admiradores, o simples curiosos, siguen fielmente este blog, les deseamos todo lo mejor en el nuevo ciclo solar que ahora comienza.
Que la Madre Tierra os llene de energías positivas, para hacer frente a los desafíos de la vida cotidiana en todos sus aspectos.
Que el nuevo Solsticio de Invierno, esté lleno de todo lo bueno que deseáis, Ánimo y adelante.

Salud y fraternidad.

martes 13 de diciembre de 2011

Morenglos, un tesoro perdido. [Historia de un despoblado].

En las serranías norteñas de Guadalajara, muy cerca de Alcolea de las Peñas, destaca la silueta de un peñasco, sobre el que se alzan los restos de un airoso, enigmático, torreón medieval... 

Si recorremos los páramos de Atienza (Guadalajara), que anteceden a la Sierra Gorda fronteriza con Soria, descubriremos que allí se yerguen unas melancólicas ruinas, sobre las que, por los pueblos vecinos, circulan mágicas leyendas, aunque sus habitantes ya no recuerden ninguna otra historia sobre dicho lugar. Se trata, del despoblado de Morenglos.
Dicen los lugareños, que el pueblo de Morenglos quedó deshabitado a causa de "una plaga de termitas", ocurrida, según unos, por los hechizos de una bruja envidiosa, según otros, por castigo ejemplarizante de Dios a causa de los pecados de sus vecinos.
También hablan sobre viejos tesoros de los godos, custodiados por fantasmas en las cuevas del lugar, aunque nadie haya encontrado nunca nada, por más que excavasen allí durante siglos.

El extraño peñasco, pétreo pedestal del torreón, esconde celosamente sus misterios, aunque nos muestre alguna que otra pista...

Todavía está por hacer un profundo estudio, sobre el poblamiento de estas comarcas en la antigüedad. Por aquí abundan los castros celtíberos y las villas romanas, que ocuparon luego visigodos, musulmanes y mozárabes. 
Existen bastantes señales de que, en su origen, hacia el siglo VI, Morenglos fue un eremitorio visigodo -en el cercano "Cerrado de las Monjas", existe una necrópolis visigoda, establecida junto a una villa romana-, que durante los siglos X y XI estuvo vinculado a los mozárabes, y posteriormente se transformó en lugar de repoblación castellana. Resulta muy semejante a los eremitorios del norte de Palencia, Burgos y La Rioja, y no es aquí un caso aislado, debemos tener en cuenta las cuevas-eremitorio de "la Celda" o "la Cárcel" en el cercano Alcolea de las Peñas, o las de "los Corrales" en el vecino Tordelrábano.

En las noches de luna llena, formas vaporosas vagan entre las ruinas, se escuchan inquietantes susurros, y las buenas gentes evitan pasar por las cercanías...

Este conjunto, se estructura en dos enclaves bien diferenciados. El primero, al oriente, es la roca sobre la que se alza el templo románico, rodeado de sepulturas antropomorfas y excavaciones rupestres. El segundo, unos cien metros al occidente, es otra eminencia rocosa con restos de cuevas y construcciones.
Del templo románico, dedicado al Salvador, se conserva únicamente el muro oeste de la torre-campanario, sita a los pies del edificio. En la cara norte de este elemento, queda la base del husillo, con escalera de caracol, que permitía el acceso a las estancias superiores y al cuerpo de campanas. En el piso bajo de la torre, hay una estancia abovedada, que se supone actuaba de baptisterio.
Tuvo una sola nave, de regular tamaño, con ábside semicircular coronado de canecillos, y portada al sur. Estructuras de estilo románico, relacionadas con la arquitectura de repoblación castellana, del s.XII, que nos hablan de la presencia de un sustancial grupo de colonos.
  
El lienzo oeste de la torre, último retazo de una grandeza desaparecida, aunque se desmorona lentamente, conserva un no sé qué de hidalgo empobrecido, pero digno...

La explanada, junto al muro sur del templo, concentra el conjunto sepulcral, excavado en la roca, consistente en tumbas cuadrangulares, unas de tipo "bañera" y otras antropomorfas, algunas de las cuales presentan un elemento poco corriente: el rebaje lateral del borde, para el encaje de las lápidas. Son de varios tamaños, para adultos y niños, orientadas de oeste a este.
En la base de la pared rocosa, que limita este sector, hay una serie de excavaciones que delatan el tipo de construcción utilizado: casas de adobe y entramado de madera, apoyadas en la roca, cuya pared de arenisca se excava para crear estancias adicionales, alacenas, silos, cisternas, establos, e incluso chimeneas. Todo lo cual se encuentra hoy, o cegado por rellenos de tierra, o cubierto por la maleza.

La arquería del cuerpo de campanas, cual ojo ciego de un cíclope de piedra, mira sin ver, hacia los infinitos horizontes, mientras sus piedras mantienen un equilibrio imposible...

El sector occidental, conserva en su afloramiento rocoso signos semejantes: mechinales de las vigas y oquedades varias, en las cuales se encastrarían las habitaciones de adobe y madera, con sus accesorios. Aquí hubo al menos cinco viviendas excavadas en la arenisca, actualmente cegadas todas con relleno, aunque sobrevive una cueva, con dos estancias, sustentadas por un pilar, y restos de cubiertas de madera. En esta zona también existieron enterramientos, pero los sepulcros están deteriorados por construirse viviendas sobre ellos.
Poco más puede decirse sobre los restos del enclave, sin recurrir a la intervención arqueológica. Por su parte, la documentación antigua sobre Morenglos es tan escasa como los restos físicos que afloran en el lugar. Dichos papeles, se concentran esencialmente en el Archivo Histórico Diocesano de Guadalajara y el Archivo Histórico Provincial de Guadalajara. 

El lugar sagrado de Morenglos pasó, de retiro eremítico visigodo, a refugio de pastores, cobijo de vagabundos, campa de mozos enredadores, cueva de bandoleros, depósito de contrabandistas, y dominio de espíritus errantes...

Las primeras referencias escritas, que nos quedan sobre Morenglos, son bastante tardías, ya que comienzan mediado el s.XIII, cuando con el nombre de "Moregnos", figura en un documento de 1269. Así reaparece en 1301, en el elenco de parroquias que conforman la Mayordomía de la Mesa Capitular de la Diócesis de Atienza. En 1345, Pedro Martín, su párroco, comparece como testigo en un pleito con la villa de Atienza. En 1353 se recoge en el censo parroquial de la Diócesis de Sigüenza, bajo el nombre actual de "Morenglos".
Extrañamente, cuando en 1365 se realiza una relación de parroquias de la zona, no se cita Morenglos. ¿Quizá porque en esa época carece de sacerdote, debido a un notable descenso de su población? En cualquier caso, parece que a partir de aquí se inicia su sostenida decadencia, con notables altibajos, pues unas veces es citado casi como despoblado, y otras el censo de vecinos aumenta. Su categoría como parroquia, aparece y desaparece de los censos a tenor del número de vecinos que posee en cada ocasión.

La estancia inferior, de la torre, se va cegando poco a poco con los escombros del arruinado templo. El espacio que sirvió como baptisterio, es ahora morada ocasional de lechuzas y murciélagos...

Su historia posterior, denota que a partir de este momento el lugar contará con una población "flotante", o circunstancial, que ocupaba el lugar por un tiempo y se marchaba en cuanto surgían oportunidades de mejora en otro lugar.
Al paso de los siglos, el recuerdo del enclave se vuelve tan borroso como sus piedras y, cual Guadiana, aparece y desaparece de los documentos. ¿Tal vez porque éstos se han perdido, o por la poca importancia del lugar?
En 1650, se cita en un pleito por cierta campana que, Morenglos, prestó al vecino Alcolea de las Peñas y nunca le fue devuelta. En 1681, se realizan reparaciones en el campanario del templo, según el Libro de Fábrica de Morenglos, y en 1695 se trajo una campana nueva, lo que demuestra que el templo continuaba en uso porque había vecinos suficientes para ello.

En un destructor trabajo coordinado, el viento y la lluvia han moldeado los viejos sillares del baptisterio, la simbólica pila románica se ha esfumado, pero aún se respira aquí una espesa presencia ancestral...

Las citas documentales escasean cada vez más, Morenglos aparece nombrado en 1705, en la compra-venta de una casa. Hacia 1722, parece que el lugar está prácticamente despoblado, el Santísimo Sacramento es retirado del templo y llevado a la parroquial de Alcolea de las Peñas. Los escasos vecinos, han de ir allí si quieren asistir a los oficios religiosos. Esto es recogido por el Catastro de Ensenada, donde se afirma que, en 1753, Morenglos contaba con "tres vecinos".
Sin embargo, por esos vaivenes poblacionales, ya citados, en 1767 sus habitantes han aumentado lo suficiente para pedir que se restituya al templo el Santísimo Sacramento y el culto, pues no quieren sufrir las incomodidades de cruzar el arroyo, muchas veces crecido, que les separa de Alcolea, cuando desean acudir a misa.
Con dicho motivo, tiene lugar una "visita regular" del cura de Tordelrábano, don Juan Cebolla, acompañado del notario de Paredes de Sigüenza, don Juan de Dios Luzia, y el alcalde de dicha villa, don Pedro la Fuente, quienes dan fe de existir ahora "cuatro vecinos censados, que con sus familias forman un total de catorce personas".

Dicen unos, que en estas tumbas se enterraron los primitivos eremitas visigodos, dicen otros, que aquí recibieron sepultura los ricos del lugar. En cualquier caso, eso ya no importa, ahora todos son polvo y olvido...

En la "visita", el padre Cebolla escribe: "pasé a la iglesia de Morenglos a verla y reconocerla, su ajuar y sus llabes y zerraduras..." Luego describe al detalle el estado del templo, con sus bienes.
Así, nos enteramos de su buen estado general y de que se conservaba la pila bautismal románica, pero carente de pie y base. Tenía un digno mobiliario sacro, bien abastecido, con hermosas imágenes. Aunque los tejados y el suelo necesitaban reparaciones, por valor de 40 ducados. Contaba además con un rico patrimonio, de fincas rústicas, cuyos réditos bastaban a mantener el templo, dado los pocos gastos que generaba.
Después de estos informes favorables, el culto es restituido en Morenglos hacia 1768 ó 1769.

Cuentan algunos, que aquí fueron enterrados quienes murieron por causa de la plaga de termitas que, por hechizo de una bruja envidiosa, arruinó el pueblo y asoló sus campos...

Los textos antedichos, de fines del s.XVIII, desmienten las apresuradas afirmaciones de algunos autores, sobre que sus arruinadas piedras habían sido desmontadas y reutilizadas para la obra de San Juan del Mercado, en la villa de Atienza, realizadas entre 1548 y 1670, más de doscientos años antes.
Esta equívoca noticia -actualmente muy repetida, sin contrastarla- parece derivar de una mala interpretación del siguiente texto de Francisco Layna Serrano, (Historia de la Villa de Atienza, Guadalajara 2004, p.401), donde los diversos "copistas" confunden la mención de las "canteras" con las "ruinas" del despoblado:
   "En 1629 se empiezan a consignar pagos al maestro Peña, yerno de Llamas, y ese mismo Peña ajustó en 1630 traer piedras de las canteras de Los Morenglos, despoblado cercano a Alcolea de las Peñas, ayudándoles varios oficiales vizcaínos que labraron los sillares de la portada y columnas del templo..."
Bien claro se dice, que la piedra procedía de las canteras, donde se tallaron in situ, no de un templo en ruinas utilizado como cantera. Además, los documentos conservados dan fe de que el templo seguía en pie y con culto activo, hacia 1768, como acabamos de comprobar.

Y no falta quienes afirmen que, en uno de tales sepulcros, apareció enterrada la milagrosa imagen de Nuestra Señora de la Artesilla, oculta allí desde tiempos de moros...

En 1800, el lugar estaba todavía habitado, pues existe una denuncia sobre cierto vecino, acusado de agredir al guardés del ganado de Tordelrábano. A este pueblo se trasladó la última vecina de Morenglos, en 1803.
De 1807 son las últimas referencias, en el Libro de Fábrica de Morenglos, diciendo claramente que el lugar está despoblado.
Como si fuese un fantasmal arcaísmo, Morenglos es citado en 1827, con datos ya caducos y claramente anteriores a la ruina del lugar:
   "Morenglos. L.S. de España, provincia de Guadalajara, partido de Sigüenza, A.P., 7 vecinos, 32 habitantes, 1 parroquia. Situado en los confines orientales de esta provincia con la de Soria, lindando con los pueblos de Cercadillo, Morazobel y Tor del Rábano. Produce trigo, cebada, avena y ganado lanar. Dista 4 leguas de la cabeza de partido. Contribuye con 94 rs, 30 mrs". (Sebastián de Miñano Bedoya, Diccionario Geográfico-Estadístico de España y Portugal. Madrid 1827, Tomo VI, p.148).

La roca madre, sobre la que se asienta el templo, está agujereada con las covachas de los eremitas, que luego fueron habitación de los vecinos. Y ahora, espacio para sobrenaturales manifestaciones de almas en pena...

La cita final data de 1850. En el Diccionario de Madoz es nombrado como "Torre Morango", término corrompido, que luego recogen los mapas del Servicio Cartográfico del Ejército y del Instituto Geográfico Nacional.
El pueblo, que entonces pertenecía al Conde de Coruña, está completamente en ruinas, y su templo del Salvador, aunque muy maltrecho, mantiene precariamente parte de su románica figura, de la que llaman la atención al señor Madoz su agrietada torre y el derrumbado husillo, con escalera de caracol, para subir a las estancias superiores y al cuerpo de campanas. (Pascual Madoz, Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de ultramar. Madrid 1845-1850).

El tiempo implacable, va royendo la roca, derriba los pocos sillares restantes, ciega las tumbas. La maleza lo cubre todo, y este tesoro, de arte y tradiciones, desaparece enterrado en el olvido...

A partir de aquí, la ruina del edificio se acelera. Las posesiones materiales del templo de San Salvador de Morenglos se repartieron por los pueblos aledaños, sus piedras sirvieron a los vecinos para levantar casas, cercados, huertas, cuadras...
Hoy, de todo aquello, la única reliquia cierta es la "Virgen de la Artesilla", conservada en la parroquial de Tordelrábano, cuya advocación le viene de estar expuesta en una hornacina, parte de un desaparecido retablo, que tiene forma de "artesa".
Esta imagen, del s.XVI, es sustituta del perdido ejemplar románico, que la leyenda sitúa aparecido en época visigoda, o musulmana, y "muy hacedora de milagros". Ella es el último eslabón con las ninfas de los arroyos, los trasgos del bosque, las hechiceras de las cuevas, y todos los personajes mágicos de la Antigua Religión, que habitaron estas comarcas hasta época no tan lejana...

[Post scriptum. El Cronista Provincial de Guadalajara, D. Antonio Herrera Casado, en su obra El Románico en Guadalajara, Ed. AACHE 1994, p.61, dice: "Morencos, un despoblado cerca de Alcolea de las Peñas...", refiriéndose al que todos conocemos como Morenglos. Tratándose de un investigador tan meticuloso, resulta chocante esta equivocación, a menos que se trate de una errata de imprenta, de la que ningún escritor está libre. Apoya nuestra suposición, el hecho de que en la página web "Los escritos de Herrera Casado. Rumbo Guadalajara", en el artículo "Viaje a los pueblos que ya no lo son", 22 mayo 2009, su autor habla de varios despoblados y entre ellos cita el de "Morenglos", correctamente escrito].

Salud y fraternidad.