viernes 3 de julio de 2009

Combate dialéctico entre la Luz y la Sombra...

La verdadera espiritualidad no consiste en la certeza de un dogma justificador, o la tranquilizadora práctica de unos ritos adormecedores. Consiste en un permanente diálogo, entre el alma llena de deseos trascendentes, y la realidad material de la Naturaleza que nos rodea. Es un pugilato glorioso, entre lo que es y lo que nos gustaría que fuese. Un combate dialéctico, interior, propio e intransferible, que no acaba nunca, una lucha de incierto resultado que, si es sincera, dura desde que vemos la primera luz hasta que se extingue el último resplandor.
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Salud y fraternidad.

viernes 12 de junio de 2009

“Altarium super duo vadum...”

En la falda del boscoso Monte Pajariel, cruzado el río Boeza, se recuesta el berciano pueblecito del Otero de Vizbayo (León), hoy cambiado su “apellido” por Otero “de Ponferrada”, ciudad que se divisa a un tiro de piedra.
Topónimo latino, “otero” deriva de “altarium” = colina o lugar alto; “vizbayo” viene de “bis” = dos, y “vadum” = vado, paso de un río. Así estaríamos ante “El otero de los dos vados”, pero recordemos que “altarium” es también el lugar donde la Antigua Religión colocaba las “aras”, altares, de ahí la prohibición bíblica, seguida al pie de la letra por la nueva religión: “Suprimiréis todos los lugares donde los pueblos que vais a desalojar han dado culto a sus dioses, en las altas montañas, en las colinas, y bajo todo árbol frondoso: demoleréis sus altares, romperéis sus estelas, cortaréis sus cipos, prenderéis fuego a las esculturas de sus dioses y suprimiréis su nombre de ese lugar” (Deuteronomio, 12, 2-3).
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Sobre el ancestral lugar de culto, celta y romano, se alzó un templo cuyas primeras referencias son del 909, ampliado a fines del s.XI. Nombrado Santa María de Vizbayo, ahora es capilla del cementerio local. Su estilo es de transición entre lo mozárabe y lo románico, a base de mampostería de pizarra, sillarejo y cantos rodados, con sillares en las partes nobles. Por desgracia sufrió reformas en los ss.XVII y XVIII, cuando se añadió la espadaña y el pórtico, perdiendo entonces la esculturada portada sur. En 1916 se hundieron las bóvedas de presbiterio y ábside, en cuya chapucera reconstrucción desaparecieron los canecillos románicos esculturados -excepto dos-. A pesar de todo, desde 1982 está declarado Monumento Histórico Artístico Nacional.
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La portada superviviente, al norte, con arco de ligera herradura, muestra una sencilla arquivolta de ajedrezado jaqués, que continúa en las impostas. El tímpano, liso, embutido de mala manera, la ausencia de tejaroz, todo da la impresión de una estructura que ha sido desmontada y vuelta a montar de cualquier modo.
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En el ábside se encuentra el detalle más bello del templo, sobre una gruesa imposta de ajedrezado y bolas –también con aspecto de haber sido recolocadas sus piezas-, se abre una ventana ajimezada, con señales de “retoques” tardíos en sus elementos, tales como la ampliación de los pequeños vanos laterales.
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Bajo un amplio arco, se cobijan dos arquillos de herradura, cuyo parteluz es una corta columna con capitel, en cuyas esquinas hay esquemáticas cabezas de pájaros y una especie de vegetales entre medias; su basa de garras, sogueada, es típica de lo mozárabe. Todo de un simbolismo, apenas apuntado, muy sugerente.
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Al interior, impropio de un Monumento Histórico Artístico Nacional, es imposible apreciar la ventana pues ha sido cubierta con una “vidriera de diseño”, sin embargo se nota bastante bien donde apoyaban las bóvedas primitivas y la chapuza realizada al sustituirlas.
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En ambos laterales del ábside, a nivel del suelo, bajo una imposta similar a la exterior -también en los “retoques”- que recorre el cilindro absidal, hay sendas credencias con arcos de ligera herradura cobijando “esculturas” de santos.
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A cada lado de unión entre presbiterio y ábside, en el arranque de las bóveda, hay una ménsula con aparejadas cabezas de caballo, que no sabemos si serían el sustento de los nervios para la bóveda original, o un “apaño” tras la reconstrucción.
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En el lado sur del presbiterio, sobresale la imagen de un soldado romano al que acompaña un ciervo. Se trata de un general del emperador Trajano, llamado Placidus, el cual, estando de caza, acorraló un ciervo entre cuyas astas se le apareció el Nazareno que le instó al bautismo. Así lo hizo y recibió el nombre de Eustaquio, pero por hacerse cristiano el emperador mandó encerrarlo en un toro de bronce, bajo el que se encendió una hoguera. Por su milagroso encuentro, este mártir (188 d.C.), fue elegido patrón de los cazadores.
Bueno será recordar que, en la religión celta, los ciervos son animales guía, que conducen los héroes hasta el otro mundo. Algunas divinidades celtíberas, como Cernunnos, tienen cuernos de ciervo, emblema de fertilidad y regeneración, si además lleva una serpiente es portador del conocimiento oculto de la Madre Tierra.
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Recuerdan los viejos del lugar que aquí, cada 15 de agosto, se celebraba una romería popular en honor de Nuestra Señora del Vizbayo, en la que los alimentos típicos de la merienda eran el melón y la sandía, hasta el punto que existían dos “bandos” amigables entre los romeros, el de quienes denominaban el festejo como “Romería del Melón”, por ser este el fruto que aportaban al banquete comunal, y quienes lo nombraban “Romería de la Sandía”, por aportar ellos este otro alimento. Según nos contó una anciana, en agosto de 1981, existía, también, un fraternal pique entre los miembros de cada “facción”, por ver quien entregaba a la mesa común el melón y la sandía más grande, con la gracia pícara, añadida, de que tales ejemplares habían de ser “bautizados”, a espaldas del párroco, en la pila bautismal.
Tradición ésta, la ofrenda de los mejores frutos de la tierra, con su banquete tribal y su “bautismo” ritual, que evoca tiempos más lejanos y divinidades más antiguas. ¿Quizá con cuernos de ciervo...?
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Salud y fraternidad.

sábado 6 de junio de 2009

Lagunas de Somoza, el “eslabón perdido”...

En las lindes leonesas entre La Maragatería y la Valduerna, se encuentra Lagunas de Somoza. Su templo de Nuestra Señora de La Asunción, ha conservado, quizá por “milagro divino”, unas pequeñas, pero no menores, muestras del románico inicial de este reino, de transición desde lo visigodo. Aunque el edificio actual no evoca nada de todo ello, porque es una confusa mezcla: cabecera s.XVI, naves s.XVII-XVIII.
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Lo que hoy vemos se alza sobre un ejemplar románico, realizado a caballo entre los siglos XI y XII, del que solo resta la sencilla portada norte (s.XII), con sus capiteles de caballeros combatiendo monstruos, y los canes músicos del tejaroz, amén de alguna otra pieza suelta. Dicha portada estuvo tapiada y oculta, hasta el 5 abril de 1947, en que fue redescubierta por casualidad.
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En su cabecera sobreviven otros dos canes, empotrados en la esquina de mala manera, uno que muestra su monstruosa cabeza de boca abierta, y otro bajo ese que, cortado y vuelto hacia dentro, se reutilizó como relleno del encintado ocultando al presente su talla.
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No obstante, este edificio tampoco era el original, pues levantó sus cimientos sobre los de un templo visigodo-mozárabe, citado ya en 920, y arrasado por Almanzor en alguna de sus razzias por el reino. Un edificio, cuyos restos debieron influir en quienes levantaron el siguiente una vez pasado el peligro musulmán.
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Pero sus elementos más curiosos, que hoy se guardan en el interior, estuvieron muchos siglos empotrados en el muro norte, expuestos a los crudos elementos y la feroz chiquillería. Agradecemos a su anciano párroco que, el 5 de abril de 2009, justo el día en que se cumplían sesenta y dos años del redescubrimiento de la portada norte, nos permitiese acceder al templo y tomar fotos de las preciosas piezas románicas, mientras él preparaba el oficio del Domingo de Ramos.
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La primera de ellas, es una primitiva imagen de la Virgen, aureolada con la inscripción “María Mater”, como la Diosa Madre. Se halla sedente, sobre una silla curul cuyos laterales son cabezas de leones y las patas figuran las garras de aquellos. El Niño, se sienta centrado en su regazo, mientras bendice con una mano y muestra un libro en la otra. Ambas, presentan restos de policromía en los vestidos. Esta pieza es casi seguro que proceda del perdido tímpano románico, de la portada principal.
Por la postura y el deterioro del Niño, la chiquillería dio en apodarla “el zapatero”, pues les recordaba un remendón haciendo su oficio, y era tradición entre los rapaces apedrearla con sus hondas, lo que acabó con el rostro de la Buena Madre.
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La otra pieza es más curiosa, se trata de una Maiestas Domini, también con restos de policromía. El Cristo coronado, dentro de su mandorla y escoltado por el Tetramorfos, descansa sobre otra silla curul, descalzo, mientras nos bendice con una mano y en la otra muestra abierto el Libro de la Vida, con las siglas “IhS XSP”. Estilísticamente, ha sido relacionado con el no lejano de Castroquilame que se halla sobre un tímpano. Este, sin embargo, se encuentra sobre una ventana, lo cual lo convierte en único. En efecto, el sagrado símbolo está tallado, en la misma pieza, sobre una ventanita geminada, de vano ajimezado, con arquillos visigodos, de herradura, y capitel vegetal.
Estamos ante un clarísimo ejemplo de transición, donde el viejo modelo visigodo se codea con el nuevo quehacer románico, sin demérito para ninguno de ellos. Podríamos decir, y no sería metáfora vana, que la ventanita es el tronco visigodo, del cual brotarán las ramas románicas, del árbol simbólico medieval.
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Y ya que hablamos de árboles, no perdamos de vista el que se alza justo al lado norte del ábside, conocido como “El Moralón”, un moral de al menos quinientos años, venerado por las gentes del pueblo como si de un anciano antepasado se tratase, bajo cuya sombra celebraron Concejo y dirimieron pleitos. Un Árbol, con mayúsculas, heredero de los viejos cultos a los espíritus vegetales que aquí tuvieron lugar entre las célticas gentes, antes que llegasen los romanos, primero con sus dioses y luego con la nueva religión hebraica.
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Salud y fraternidad.

sábado 23 de mayo de 2009

Destriana, alargada sombra de los godos...

En la comarca leonesa de La Valduerna, atravesada por la calzada “Via Nova”, se asentaron los romanos en la ciudad de Argentiolum, cuyo nombre alude a las explotaciones de minerales preciosos que abastecían el Imperio. En sus cercanías se alzó Destriana –del latín dexter, en referencia un possessor y su fundus, un latifundista tardo romano, relacionado con la minería-, pequeña población que se mantuvo tras las oleadas bárbaras. Durante la invasión musulmana la zona se despobló, hasta que García I (910-914), con la fijación de fronteras en la línea del Duero, trasladó la capital a León, proporcionando impulso a la repoblación de estas tierras.
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Ramiro II (931-951) fundó en Destriana un Monasterio de San Miguel, a instancias del obispo de Astorga, san Fortis (920-931), sucesor del eremita de Peñalba, san Genadio. Este monasterio sería panteón de la realeza y sus nobles: el propio san Fortis –que otros dicen reposaba en Santiago de Peñalba-, el rey Ramiro III (966-984) y sus sucesores, así como cortesanos ilustres, hasta el reinado de Vermudo II (986-999), cuando las razzías de Almanzor forzaron el traslado del panteón hasta Asturias.
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La fundación monástica de Ramiro II fue arrasada por Almanzor, sobre las ruinas de su templo se elevó luego otro más pobre, a fines del s.XI o principios del XII, que en 1167 pasó a manos del Monasterio de San Pedro de Montes, y 1181 sería entregado por Fernando II a la Orden de Santiago. En este edificio se reutilizaron diversas piedras labradas del precedente, las pocas que el musulmán Almanzor y sus tropas habían perdonado.
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Se respetó su planta, de tres naves y triple ábside, añadiendo una gran espadaña, todo ello en rudo sillarejo con lajas pizarrosas y cantos rodados. Este templo tampoco había de perdurar, a fines del s.XVI se reconstruyeron sus naves y solo conservó la cabecera, con los ábsides rebajados. Entonces se perdieron algunas de las viejas piedras mozárabes, salvadas en el s.XII, aunque persistieron las absidales.
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Consisten en dos ventanas, que pueden considerarse como de transición entre lo visigodo-mozárabe y lo románico. Están labradas en un solo bloque y tienen arco de herradura, pero su talla, con capiteles frutales y orlas vegetales, anuncia ya la floración románica consiguiente. También se salvó un pequeño óculo, ornado con una roseta central, y hojas en las esquinas del sillar.
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En su interior se conserva un capitel corintio, de origen romano, que sirve de soporte a la pila bautismal, y también se guarda la joya del templo: una lápida de estilo “visigodo-asturiano”. Se trata de una pieza rectangular, que en su mitad superior contiene una cruz “astur”, que recuerda la “Cruz de la Victoria”, de cuyos brazos cuelgan el Alfa y la Omega. A su alrededor un texto reza:
HOC SIGNO TUETUR PIUS / HOC SIGNO VINCITUR INIMICUS [El piadoso se protege con este signo / El enemigo es vencido por este signo].
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En la mitad inferior de la piedra, otra inscripción sentencia:
SIGNUM SANTUM PONE DOMINE / IN DOMO ISTA UT NON PERMITAS / INTROITO ANGELUM PERCUTIENTEM / AMEN [Coloca, Señor, este signo sagrado en esta casa, de tal forma que no permitas que el ángel exterminador entre. Así sea].
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Dicha lápida, junto con los restos arquitectónicos, permite suponer que Ramiro II mandó edificar aquí un templo de cierta importancia, puesto que fue mausoleo real, emparentado con el “prerrománico astur”, quizá en la línea de San Salvador de Valdediós, su obra más tardía, germen de lo que luego había de venir, arquitectónicamente hablando.
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Item mas. Cuando visitamos el lugar era Domingo de Ramos, un hombre llegó en bicicleta hasta el templo, lo abrió de par en par y se dedicó a realizar preparativos para la salida de la procesión. Cuando le solicitamos permiso para visitar el templo, su seca respuesta nos dejó pasmados:
-“No puede ser, no tengo autorización para dejar entrar a nadie. Y yo, sin autorización...”.
Eso incluía, al parecer, cerrarnos en las narices la puerta que hasta entonces había mantenido abierta, para impedir que, ni siquiera desde fuera, fotografiásemos el interior...
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Salud y fraternidad.

miércoles 20 de mayo de 2009

“Ludus lux...”

Templo de San Gil, Luna (Zaragoza), 1 noviembre, 13,36 p.m.
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Cuando hablamos del simbolismo románico, hay un elemento, un símbolo primordial, que nos pasa desapercibido, no porque sea abstruso ni esotérico sino, precisamente, porque es tan evidente que nunca lo consideramos como lo que es: el símbolo de los símbolos. Lógicamente nos referimos a la luz, en concreto al escarceo de luz y sombra, el yin y el yang de una sola y misma cosa, pues ambas nociones, al igual que Dios y el Diablo, por separado no existen. Escarceo que se traduce en el “ludus” que la luz produce en las piedras románicas, y tengamos en cuenta las diversas concomitancias que el término “ludus”, juego, posee en latín.
En dicha lengua, una bailarina es “ludia”, porque se mueve con un ritmo que fascina, como la luz sobre las piedras al correr de las horas. “Ludibundus”, es alguien que bromea, que juguetea con los conceptos, tal cual hacen claridad y sombras entre los sillares. Algo entretenido, divertido, es “ludicrus”, un espectáculo como el de la luz, labrando sugerencias sobre la piedra esculpida. Pero, a su vez, “ludificatio” expresa engaño y burla, los mismos que, con sus contrastes de claroscuros, nos hacen guiños desde las bóvedas a los pórticos. Por último, un “ludio” es un histrión o mimo, alguien que nos entretiene con sus visajes exagerados, mientras nos transmite un mensaje en clave... ¿Y no es eso lo que el edificio románico pretende?
Esperamos vuestra clemencia, para estas “luminosas” especulaciones que no pretenden ser filológicamente exactas, sino tan solo simbólicas, ni buscan agotar el tema, acaso únicamente acariciarlo...
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Templo de San Pedro, Mezonzo (A Coruña), interior hacia fachada oeste, 15 julio, 17,57 p.m.
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La foto con flash mata la luz real, crea una falsa oscuridad, que en el interior del templo no existe, y dota de engañosa luminosidad el primer plano.
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Al anular el flash, todo el poder evocador de la luz penetran por la ventana oeste, recrea la auténtica atmósfera ideada por el Magister. Mundos sutiles, “ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón”, bailan en el rayo de sol poniente, nos bañan en la dorada calidez, espiritual, románica.
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Templo de Santiago, Betanzos (A Coruña), interior de la torre, 21 julio, 11,27 a.m.
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Aquí por el contrario, la luz de flash crea una falsa claridad, en un espacio tan reducido como es la escalera de caracol, crea perfiles violentos que matan la espesa atmósfera de recogimiento.
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Con luz natural, la que penetra a través de la aspillerada ventana, se restaura la suavidad de la penumbra mediante angulosidades suaves, que aligeran el peso de las opresoras sombras.
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Monasterio, Santa Cruz de la Serós (Huesca), 2 noviembre, 15,12 p.m.
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Templo de Santa María, Piasca (Cantabria), 31 marzo, 19,15 p.m.
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Pero no es solo el volumen interior de los templos, el que “baila” con la evolución de luces y sombras, es todo el conjunto, desde el volumen más amplio a la piedra más pequeña. No es lo mismo, por ejemplo, vivir los canes al contraluz del atardecer, que bajo el aguacero primaveral.
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“Luz perfecta, de la tarde,
geométrica, lineal.
Luz en que la luz florece,
mágica, infinitesimal.
Luz perfecta, que declina,
matemática, visual.
Luz en que la luz termina,
promesa de un retornar”.

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Lux aeternam, lux perpetua... El que quiera entender, que entienda.
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Salud y fraternidad.

viernes 15 de mayo de 2009

Peñalba de Santiago, la magia de una edad perdida...

“Cuanta utilidad y gozo divino traen consigo la soledad y el silencio del desierto a quien los ame, sólo lo conocen quienes lo han experimentado. ¿Existe algún otro bien, aparte de Dios?”
(San Bruno).
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Sita en el Reino de León, el Bierzo, es una comarca que atesora numerosas claves ancestrales, porque en ella sucesivos pueblos han ido dejando el poso de su particular forma de entender el fenómeno espiritual, y la manera de intentar aproximarse a la divinidad haciéndosela propicia a sus deseos y necesidades. Ya que allí, quizá por su geología, parece como si las energías terrestres y celestes, que los celtas simbolizaban en las serpentinas “wouivres”, se hubiesen conjurado para manifestarse con más fuerza.
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Unas energías a las que el ser humano atribuyó capacidad para ayudarle a trascender sus límites, abriendo la mente y el espíritu a realidades superiores que son difícilmente alcanzables en el nivel corriente del intelecto. Por ello, desde muy antiguo, hubo por la zona montes, bosques, piedras, fuentes y lagos considerados “mágicos” o “sagrados”.
Durante los tiempos de la Antigua Religión, en las cavernas, bosques y manantiales de la sierra de los Ancares [Ançares = ansares = ocas, animales sagrados que simbolizan la comunicación con el mundo espiritual], y en los picos Teleno, La Guiana, La Valdueza, etc, habitaron sacerdotes y sacerdotisas, personajes mágicos, intermediarios entre los dioses y la humanidad, al estilo de los célticos druidas.
Con la llegada de la nueva religión, se formaron comunidades eremíticas, muchas veces compuestas por antiguos sacerdotes y sacerdotisas, cristianizados en mayor o menor grado, que adaptan los viejos usos a las nuevas costumbres –en los grupos priscilianistas, donde el “clero” era mixto, se aprecian todavía restos rituales de viejos cultos celtas-.
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Conjuntos muy heterogéneos de personas se retiraron a las cuevas y espesuras, para buscar en soledad la comprensión de anhelados mundos superiores, la revelación de soñadas realidades trascendentes y el olvido de un universo material injusto y cruel.
Estos grupos de buscadores independientes, unidos tan sólo por la meta a que aspiraban, fueron por lo mismo sospechosos para las nuevas autoridades religiosas, oficiales, que no gustan de la independencia de sus “ovejas”, y mucho menos en el tema de la búsqueda espiritual, no sea que acaben encontrando algo muy diferente, y más atractivo, de aquello que sus “pastores” les predican como verdad inmutable e indiscutible. Por aquí anduvieron ermitaños visigodos y mozárabes, comandados por san Fructuoso, san Valerio, san Genadio, san Froilán, san Osmundo, etc, que entretenían sus místicas soledades “domando unicornios” o “matando cuélebres”. Algunos de tales “ermitaños” acabaron camuflados bajo la sombra de comunidades monacales, surgidas precisamente para poner coto a su independencia de la Iglesia.
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Hubo también grupos priscilianistas, “herejes” cristianos bañados de gnosticismo oriental y teñidos de religión céltica. Y, cosa más ignorada, en este enclave en pleno Camino de Santiago, hubo cátaros como los del Midí francés, imbuidos de maniqueísmo dualista. Para completar el cuadro, a comienzos del s.XIII, coincidiendo con el renacer medieval del priscilianismo berciano y el rebrote del catarismo, la Orden del Temple se asentó con fuerza en el Bierzo, a partir de su Encomienda y Castillo de Ponferrada estableció una red de fortalezas como Cornatel, Antares, Corullón, Sarracín, Rabanal, Villafranca, Balboa, Bembibre, etc, mediante las cuales controlaba pueblos, tierras y santuarios en toda la zona.
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Una leyenda popular berciana, afirma que en el s.VII, cuando el ascético san Genadio, mezcla de druida y ermitaño, vagaba por las enriscadas montañas del Valle del Silencio y los espesos bosques del Bierzo, tenía por compañero un unicornio, conocido en la región como “Alicornio”. Cuando murió el santo varón, el animal anduvo extraviado, hasta que, recogido por los pobladores del vecino Montes de Valdueza -donde estaba el Monasterio de San Pedro de Montes-, éstos lo tomaron bajo su cuidado, como precioso talismán. Cuando el animalito acabó sus días, los vecinos continuaron venerando su cuerno como prodigiosa reliquia, que utilizaban para bendecir el agua de los manantiales, pues de esta manera se volvía curativa. Y no falta quien asegure que, en el s.XII, dicho cuerno fue custodiado por los templarios de Ponferrada, que lo tenían depositado a los pies de la Virgen Negra del Bierzo: Nuestra Señora de la Encina, en la capilla de su castillo, donde realizo milagros sin cuento, purificando pozos y desenmascarando venenos...
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La espadaña del siglo XVI, estaba unida al templo por escalera de piedra y maderamen de campanario, que se retiró en la restauración de 1968.
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Entre los fantásticos picos La Guiana y Teleno, con fama de acoger antiguos aquelarres, se encuentra el Valle del Silencio, con el río de igual nombre -afluente del Oza-, en cuya cabecera está enclavado el pueblo de Peñalba de Santiago [Conjunto Histórico Artístico Nacional]. En sus cercanías está la Cueva de San Genadio, donde el ermitaño, una vez construido el monasterio y transformados los eremitas en monjes, se retiraba para hacer penitencia y meditar. Cuenta la leyenda que, el nombre de valle y río, proviene de un milagro del santo: Como el murmullo de las aguas le impedía concentrarse en la meditación, Genadio ordenó al río guardar silencio y la corriente se introdujo bajo tierra, surgiendo unos metros más abajo de la cueva, donde su rumor no le molestase.
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Portada sur, estilo mozárabe inspirado en Medina Azahara (al-Andalus): pronunciados arcos de herradura con alfiz.
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Según nos informa una inscripción, existente en el vecino Monasterio de San Pedro de Montes, la historia cenobítica de estos parajes comienza en el s.VII cuando san Fructuoso hizo aquí un pequeño oratorio. Después san Valerio amplió el edificio, y en 895 san Genadio lo restauró, al retirarse a dicho lugar con doce hermanos tras haber renunciado al obispado de Astorga, poco después (909-916) fundó el primer cenobio. El templo de Santiago, construido por su sucesor, el Abad Salomón, en el año 937 para guardar los restos de san Genadio, es el único vestigio que queda de aquella fundación del siglo X. Consagrado en el 1105, el sepulcro de san Genadio se situó en el contra-ábside occidental, pero en el s. XVI la duquesa de Alba hizo llevar sus restos a Villafranca y más tarde a Valladolid.
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Portada norte, visigoda, en su jamba inscripción funeraria de un abad francés, muerto aquí en 1132: “Esteban, ilustre abad que engendró para nosotros la raza franca...., etc.”
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En el siglo XIII llegó el ocaso del cenobio, pasando sus bienes al Obispado de Astorga, los edificios monásticos se arruinaron y el templo permaneció en pie como parroquia del pueblo, crecido alrededor del Monasterio. Su conservación se debe, “ventajas” del infortunio, a la pobreza y aislamiento que rodeó el lugar durante siglos, impidiendo derribarlo para levantar otro más moderno. No se trata de un edificio románico, sino de uno visigodo-mozárabe, pero lo traemos aquí porque esta es una de las raíces de las que brotará el tronco del arte románico, unas raíces que abundan en el viejo Reino de León, por más que estén desperdigadas y olvidadas.
Aunque lo románico, no está completamente ausente de este lugar. Adosado al muro norte de la nave, existe el único elemento de dicho estilo en este singular templo: un tosco lucillo, del siglo XII, que resulta algo exótico dentro del conjunto. La tradición popular lo identifica con el sepulcro de san Fortis, abad que fue del monasterio.
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Lucillo funerario en muro norte, único resto románico del templo de Santiago.
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El templo de Peñalba apenas destaca del resto de edificios del pueblo, levantado con idénticos materiales constructivos: bloques de pizarra, en los muros, y lajas de esquito en bruto para la cubierta, la única concesión son los sillares de caliza para dovelas y canes, o el mármol de las columnas. Presenta planta de cruz latina, compuesta por nave rectangular, con dos ábsides contrapuestos: al este con forma de herradura, lo mismo que el gran arco que separa los dos tramos de la nave; dos capillas laterales forman un falso crucero. Al exterior, sus muros se sustentan por contrafuertes, de tipo asturiano. El suelo de la iglesia tiene las losas de pizarra original, que pisó san Genadio.
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Capitel lateral de portada sur, estilo visigodo.
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En Santiago de Peñalba se mezclan las tradiciones de la arquitectura celtíbera anterior.
1º La tradición basilical romana mantenida en el norte de África y sur de Hispania, entre los ss.VI-VII, con ábsides opuestos, el segundo con funciones funerarias -recordemos que, en Peñalba, los restos de san Genadio y de Urbano, uno de sus sucesores, descansaron en el ábside oeste-, que también tuvo el templo de San Cebrián de Mazote (Valladolid); o las bóvedas gallonadas, sin trompas ni pechinas, de tipo bizantino.
2º La tradición celto-visigoda, en las capillas, o falso crucero, -como las de Quintanilla de las Viñas (Burgos), hoy apreciables a nivel de cimientos-. También en las columnas simétricas, de sus arcos, que separan los volúmenes del templo, los canes cubiertos de poliskeles o rosetas solares, y la celosía del vano oeste.
3º La tradición mozárabe –hispano romanos que habían vivido en territorios de la Hispania musulmana- traslada, a los reinos cristianos, las técnicas y elementos asimilados de la arquitectura andalusí, como el alfiz que enmarca los arcos de herradura o las pinturas, s.X, de almagra, que semejan ladrillos y dovelas al estilo del Palacio Califal en Medina Azahara (Córdoba) levantado en fechas paralelas.
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Ventana del contra-ábside oeste, restos de celosía, tradición astur-visigoda.
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Debido a que no todos estos templos fueron construidos por mozárabes de al-Andalus, y que esta arquitectura del siglo X, en la meseta castellano-leonesa es recuperación de la arquitectura hispano-romana e hispano visigoda, más que de influencia califal, a veces se la nombra como Arquitectura de Repoblación. Aunque, en el caso concreto de Peñalba, es evidente la influencia andalusí, ya viniera de forma directa o indirecta. De Córdoba al Bierzo, pasando por San Miguel de Escalada, los clérigos huidos de la islamización de al-Andalus trajeron al norte los estilos artísticos del Califato Cordobés, de la mano de las gentes mozárabes que los siguieron en la repoblación. Aquí los mezclaron con la herencia céltica, romana, visigoda, y un emergente bizantinismo.
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Canes del alero, simbología solar céltica con rosetas y poliskeles.
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Por último, en el Museo de León se halla la pieza más antigua, conservada, de su tesoro: la cruz que el monarca Ramiro II ofreció, en 940, al Monasterio de Peñalba.
Todos estos elementos, junto con el entorno natural en que se alza, confieren a este templo una belleza, una originalidad y un halo de misterio singulares.

Por las peñas, bosques, cuevas y arroyos, de sus alrededores, todavía habitan espíritus vegetales, trasgos, hadas y duendes, que los ermitaños y monjes no consiguieron expulsar. Si os cruzáis con algunos no los molestéis, son los guardianes que la Madre Tierra ha situado aquí, para conservar las maravillas de su generosa Naturaleza.
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Salud y fraternidad.

jueves 16 de abril de 2009

El “Código Turienzo”...

En el viejo Reino de León, la comarca de La Maragatería apenas conserva muestras de su pasado esplendor medieval. Sin embargo, si buscamos un poco, descubriremos restos magníficos, que nos harán soñar con su exquisito patrimonio desaparecido.
Turienzo de los Caballeros, es hoy poco más que una aldea. Sin embargo fue plaza fuerte de los Caballeros Templarios, luego de los Hospitalarios de San Juan y más tarde de los nobles Osorio, de todo lo cual subsiste un torreón de su castillo, felizmente restaurado. También queda su templo de San Juan Bautista, de inicios del s.XII, aunque si nos acercamos a él por el lado norte, seguramente nos entrarán ganas de pasar de largo, las reformas de los siglos XVI a XVIII han convertido el edificio en una amalgama de estética poco atrayente.
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No obstante, si afrontamos el templo por la fachada sur, y obviamos la estruendosa escalera de acceso a la espadaña, veremos que allí destacan todavía los jirones de su perdida gloria. Un par de magníficas ventanas, que si son muestra de lo que hubo, nos autorizan a calificar el perdido edificio de “Catedral románica”.
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Los dos grandes ventanales, “demasiado” ricos para un aislado ejemplar rural, son aspillerados, enmarcados por destacado baquetón con impostas ajedrezadas y tímpanos decorados con gran riqueza, no solo artística sino espiritual.
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La cornisa tiene roleos, rosetas, y tallos vegetales, símbolo de la fuerza vital en el punto donde el edificio, terrestre, se une a su reflejo, celeste: el abrazo de los muros a la bóveda. Todo ello, obra exquisita de un consumado Magíster.
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Uno de los tímpanos se elabora a base de grandes tallos vegetales, entrelazados, que nos hablan de la exuberancia vivificante de la Naturaleza como reflejo de la obra creadora de la divinidad.
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El otro, trabajado con igual pericia, nos muestra un arcángel que, armado de escudo y lanza, ataca a un dragón de reminiscencias célticas, cuya cola forma el típico nudo o entrelazo imagen de la energía cósmica y natural. Estamos por tanto, ante el símbolo del ser que vence su caótica naturaleza humana, mediante las armas de su naturaleza espiritual. La energía celeste dominando la energía terrestre, de la Madre Naturaleza, a la que hace referencia ese nudo reptiliano.
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De los cuatro capiteles, tres muestran estilizados vegetales de los que cuelgan jugosos frutos, propios del Árbol de la Vida.
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Y otro contiene dos leones, acodados por la grupa, que vuelven sus cabezas para unirlas y cerrar así el círculo de la energía cósmica...
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Un último ejemplo de la riqueza que hubo de contener el templo, está en el residuo de su portada. Queda la parte izquierda del tejaroz, con la cornisa cubierta de rosetas y sostenida por tres canes mutilados -el mejor conservado, es una fiera agazapada-. También un resto de arquivolta dovelada, que descansa en la imposta a base de complicado entrelazo céltico, símbolo del tiempo infinito.
¿Qué excelente edificio románico, pleno de pedagogía simbólica, se alzó en este apartado lugar? ¿Por qué fue salvajemente mutilado y por qué se salvaron esos ventanales?
La explicación, quizá esté en sus primeros patronos, los Caballeros Templarios, y en que, a pesar de estar apartado, se encuentra a un tiro de piedra del Camino de Santiago, vía de expansión para el sincrético simbolismo teológico medieval.
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Salud y fraternidad.

martes 31 de marzo de 2009

Valdenebro, recostado al sol.

La pequeña población soriana de Valdenebro, está dominada por el Templo de San Miguel, edificado a fines del s.XII sobre una ladera que señorea el caserío.
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Es de un románico apreciable, pero humilde, algo tardío y sin embargo original. Su ábside nos recuerda, inevitablemente, el no lejano de Rioseco.
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Las cinco arcadas ciegas, y su ventana absidal, son un trasunto “menor” de la riqueza de formas y volúmenes que vimos en Rioseco de Soria. Lástima que, la añadida sacristía “de turno”, reste pureza de líneas al conjunto.
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Aquí, los capiteles son bulbosos, menos elaborados pero igual de sugerentes, poseen una “carnosidad” que los proyecta como imagen de aquellas frutas paradisíacas, tan prohibidas como jugosas.
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Su portada, al sur, cobijada bajo un porche moderno, tiene cinco arquivoltas lisas, pero la chambrana contiene unos cogollos vegetales que son primos hermanos de aquellos que lucían en Nafría la Llana y en La Soledad de Calatañazor.
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Los capiteles se pueblan de animales afrontados, jugosos bulbos, y un simpático contorsionista que parece burlarse de nuestro asombro por el giro que da a su cuerpo.
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Como en tantos y tantos lugares, noviembre no es buen mes para la visita, el pueblo está desierto, nadie contesta en las casas. Al interior del templo, cerrado a piedra y lodo, tendremos que acceder en ocasión más afortunada y veraniega. Suerte que el clima ha cambiado hoy, las lluvias de octubre han dado paso a un frío sol de noviembre, los declinantes rayos del astro rey bañan los viejos sillares con una tonalidad pastel, propicia a la nostalgia y la evocación.
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Salud y fraternidad.

lunes 16 de marzo de 2009

“La Soledad” sonora... de Calatañazor.

Extramuros de Calatañazor (Soria), al pie del cerro que corona el castillo, se alza el templo de Nuestra Señora de la Soledad. Lo llaman ermita, pero esta categoría no le hace justicia, pues tiene una hermosura y encanto que otros templos, con más fama, quisieran para sí. Acostado sobre esa ladera, incrustado en ella, dijérase un navío varado en alguna playa al borde del Edén.
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El edificio, de mediados del s.XII, no ha llegado completo hasta nosotros, sólo ábside, presbiterio y portada norte, son románicos, la nave es muy posterior, objeto de reconstrucciones en el s.XVII. La aparente sencillez del tambor absidal, no lo es, su alero en el que restan algunas metopas decoradas, se sustenta en modillones ricamente trabajados, lo mismo que las tres ventanas.
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Las chambranas de los vanos llevan cabezas de clavo, flores carnosas, entrelazos vegetales, y sus arquivoltas muestran bezantes, roleos, lóbulos. La imposta que recorre el semicírculo, al igual que en Nafría la Llana –y seguramente en el perdido ábside de Santa María del Castillo, en Calatañazor-, se resalta con ondulantes tallos y cogollos vegetales.
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Los grandes capiteles, que compartimentan el ábside en tres paños, muestran una exuberante vegetación, obra de un buen tallador de la piedra. Al interior, las ventanas aspilleradas sustentan sus arquivoltas mediante capiteles, con vegetación y animales del bestiario.
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En la base del ábside, se abrieron en época moderna dos arcos, para prácticas rituales, por los cuales los fieles podían atisbar la imagen de su devoción. En la restauración de los años ochenta, fueron tapiados. También es antiguo el estropicio causado a la ventana central, cuyo vano se cegó para incrustar una baldosa con el nombre de la ermita. ¡Como si no fuese afamada y conocida en toda la comarca!
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La portada, al norte, tampoco está intacta, sus sillares parecen supervivientes del muro original que han sido acomodados a la nueva fachada. Por desgracia, la portada ha sido saqueada, perdiendo capiteles y fustes.
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Sus arquivoltas a base de cogollos carnosos y tallos ondulantes, delatan, junto con las ventanas, que su artífice es el mismo Magíster de Santa María del Castillo, en lo alto de la villa, y de La Natividad en Nafría la Llana.
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Sobre el paño norte absidal, bajo el alero, han incrustado una buena escultura que representa al rey David, sentado con las piernas cruzadas, tocando el arpa. Es evidente que no corresponde a tal lugar, y puesto que la portada no tiene ahora tímpano, debe pertenecer al grupo escultórico de un perdido tímpano que hubiese en ella o en otra portada desaparecida.
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La lluvia de octubre sigue derramándose mansa, pero implacable, sobre los campos de Soria, humedece los sillares de la ermita y les da ese tono dorado, irreal, más propio de un día soleado. Desde el fondo de los siglos medievales, la memoria de los canteros que aquí labraron llega como un eco, soñamos que, quizá, el rostro inmutable de ese David músico es el del Magíster que talló estos sillares. El Magíster, que duerme un sueño de piedra en medio de esta soledad sonora, donde bien podrían oírse los versos del místico...
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“Mi Amado, las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos,
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la noche sosegada
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora”.
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[San Juan de la Cruz (1542-1591), Cántico espiritual].
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Salud y fraternidad.

viernes 13 de marzo de 2009

“En Calatañazor, el románico Magister perdió el tambor...”

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Calatañazor (Soria), entró en la historia por una leyenda épica. Cuenta la tradición que, en el Valle de la Sangre, sufrió el caudillo musulmán Almanzor una grave derrota, a consecuencia de la cual murió.
El hecho histórico es, que en el año 1002 Almanzor, con 60 años y enfermo, durante el regreso de la razzia en que destruyó el Monasterio de San Millán de la Cogolla, murió antes de llegar a Medinaceli. La retaguardia de las tropas andalusíes fue atacada por castellanos, a la altura de Calatañazor, con cierto éxito, sin que fuera una gran derrota musulmana ni tuviese relación directa con la muerte de Almanzor. Pero esa pírrica victoria, magnificada por los propagandistas cristianos, dio pie a la leyenda culminada por el trabalenguas: “En Calatañazor, Almanzor perdió el su atambor”.
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Este suceso acaparó, desde entonces, todo el acontecer de Calatañazor, ocultando a su agigantada sombra todo lo demás, como la existencia de un magnífico templo románico, Santa María del Castillo, de mediados del s.XII. Obra de un gran Magíster que trabajó en la región y dejó estupendos ejemplos de su buen hacer, cual es la Ermita de la Soledad, extramuros. La lluvia, las fechas y la hora, mantienen el templo cerrado a cal y canto, tendremos que conformarnos con estudiar su exterior.
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Santa María es hoy una especie de rompecabezas, donde las piezas se amontonan sin orden ni concierto. Perdió el ábside en el s.XVI, sustituido por otro tardo-gótico, el descentrado óculo puede ser de esa época, y la nave desapareció en el XVIII. Del románico solo permanece parte del muro sur, con una portadita simple, y la fachada occidental, empotrada en la reforma dieciochesca, en la que por suerte sobrevive la portada principal, en parte desmontada y vuelta a montar.
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Emparedados por los muros, sobreviven algunas piedras del viejo templo, como ese león que asoma medio cuerpo, a gran altura, sobre la portada oeste; o el relieve que a modo de alfeizar, en una ventana de la sacristía, muestra el tema de las Marías ante el sepulcro vacío. En el interior, un pequeño museo alberga otros restos románicos: capiteles, estelas y la sencilla pila bautismal.
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La portada oeste, es curiosa por estar enmarcada en un alfiz, de talla vegetal, sobre el que corre una triple arquería ciega, con el arco central exalobulado y los laterales de medio punto, las arquivoltas se cubren también de vegetación mientras por los capiteles campean seres del bestiario.
Que los artesanos del XVIII ya no eran tan finos como los románicos, se demuestra en el descuidado re-montaje que hicieron del juego de arquillos.
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La arquería en su estado actual.
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Reconstrucción virtual de la arquería.
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Si nos fijamos, apreciaremos rápidamente la falta de armonía del conjunto: el arco central, lobulado, parece la silueta del rostro de “Bart Simpson”, los arcos laterales están achaparrados y sus lados encajan mal. La solución al enigma es muy sencilla, y nos hemos permitido resolverla mediante la informática. Basta prolongar los arquillos laterales, y al lobulado cambiarle de lugar los sillares que reposan sobre los capiteles, así sus lóbulos se recomponen y completan, igual que las curvaturas de “medio punto” de los laterales.
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Nafría la Llana, portada sur.
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El Magíster que trabajó en Calatañazor y creó esta puerta, laboró también el cercano templo de La Natividad, en Nafría la Llana, que presenta una portada idéntica, salvo que allí el arco central es tetralobulado y sus componentes, aunque ocultos muchos años por un falso techo añadido, nunca fueron removidos.
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Nafría la Llana.
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Calatañazor.
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Otra diferencia, es que en Nafría el friso de arquillos descansa directamente sobre el alfiz, mientras en Calatañazor lo hace sobre una hilera de sillares bajo la que aparece dicho alfiz.
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Calatañazor, arquivoltas y alfiz en portada sur.
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Nafría, arquivoltas y alfiz en portada sur.
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En ambos templos, las arquivoltas son también prácticamente idénticas, en Calatañazor solo está terminada la interior, y en Nafría lo están la interna con su chambrana. El esquema vegetal, de arquivoltas y alfiz, es el mismo, con ligeras variantes.
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Nafría, ábside, el muro del cementerio adosado impide una vista de conjunto y le resta esbeltez.
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El caso de Nafría es el opuesto al volucense, aquí han sobrevivido ábside y presbiterio, junto con la portada sur. Esta cabecera puede darnos una idea aproximada, de como sería la desaparecida en Calatañazor. Consta de tres ricas ventanas, con capiteles vegetales y de fauna silense en excelente factura.
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Nafría, ábside, ventana este.
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Nafría, ábside, detalle ventanas este y sur.
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El templo nafriense, mediados s.XII, tiene además la originalidad de que su “arco triunfal” adopta la estructura de una portada, con sus arquivoltas y capiteles, semejantes a los exteriores. Es como si se hubiese retomado el concepto visigodo de iconostasio, “modernizándolo” mediante el simbolismo de ésta portada, que separa el mundo profano, la nave, del mundo sagrado, el ábside.
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La incesante lluvia, de finales de octubre, nos estorba cuanto puede el contemplar y hacer fotos del templo. El lugar está desierto, en ninguna puerta responden, no hay modo de conseguir la llave. Quédese para luego, la visita a su curioso interior. Vale.
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Salud y fraternidad. .

sábado 28 de febrero de 2009

Rioseco, río del tiempo ido.

Rioseco de Soria (Soria), es un pequeño pueblo de gran antigüedad. Su origen estaría en un establecimiento romano, como delatan las ruinas de la villa tardo-imperial de Los Quintanares, con sus treinta y dos cuidados mosaicos, su estatua de Saturno, su broncíneo señor, y demás elementos “menores”, como las tres columnas marmóreas reutilizadas para levantar la picota local.
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El templo de San Juan Bautista, s.XII, situado en las afueras del pueblo, entre los campos de labor, es de un románico muy peculiar en esta zona. Al menos su ábside y presbiterio, pues el resto fue reconstruido tardíamente. Un románico digno de cualquier circuito turístico-cultural, si pusieran empeño en restaurar los desperfectos, no muy numerosos ni muy difíciles de subsanar.
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Tan sólo habría que completar los arcos ciegos, de medio punto, de sus paños absidales, partiendo de los restos existentes, y eliminar el contrafuerte que afea el ábside cegando su ventana central. En caso de necesidad, dicho soporte podría ser sustituido por dos, más pequeños, a ambos lados del vano rescatado. De igual modo, se podrían rebajar levemente los contrafuertes laterales, para descubrir el remate de los arcos en su unión con el presbiterio.
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Es lamentable que se perdiera la portada principal, sita en su fachada oeste, puesto que la del sur, muy sencilla, hubo de ser secundaria. A tenor de lo conservado, no cabe duda que debiera contener un buen grupo de figuras simbólicas.
Originariamente contaba con dos columnas absidales, que dividían la cabecera en tres paños rematados con arquería de nueve arcos, sustentados por ménsulas y por las propias columnas, proporcionando una elegancia y originalidad de líneas que sugiere inspiración en aquella estética del “románico lombardo”.
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Como ya dijimos, parte de las nueve arquerías han desaparecido y de los tres ventanales, que tuvo en origen, el central permanece oculto por un gran contrafuerte. Sabemos que permanece ahí, porque los extremos de su chambrana asoman a cada lado. Una hermosa corona de canes soporta el alero, para completar la belleza y simbolismo del conjunto.
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Los capiteles, de las dos ventanas visibles, poseen temática vegetal: hojas y frutos trabajados con mano exquisita, diferentes en cada vano. Dos impostas recorren el ábside, señalando el arranque de las ventanas y sirviéndoles de cimacios. Al interior, reina igual elegancia de volúmenes, la cabecera se cubre con bóveda de horno y el presbiterio con cañón apuntado. El arco triunfal es también apuntado y descansa en dos columnas provistas de capiteles vegetales. Sin olvidar la pila bautismal, que algunos afirman ser visigoda o mozárabe.
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Estamos en presencia de un magnífico ejemplar románico, olvidado en mitad de los campos, en las afueras de un pueblo que, en la Edad Media, debió haber sido de cierta importancia, como refleja este edificio, en su serena, somnolienta, decadencia.
No obstante, es un lugar y un templo que, por muchos y buenos motivos, merecen ser visitados.
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Salud y fraternidad.

domingo 22 de febrero de 2009

Carnestolendas y Antruejos románicos

Los Antruejos en el pueblo de Villanueva de Valrojo (Zamora), 5 de febrero de 1989
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"Nuestros predecesores, permitieron esta Fiesta. Vivamos como ellos y hagamos lo que ellos hicieron. No con seriedad, sino tan solo por juego y para divertirnos, siguiendo la antigua costumbre, a fin de que la locura que nos es natural y que parece nacida en nosotros desaparezca y se evada por ese canal, al menos una vez al año. Los toneles de vino estallarían si de vez en cuando no se les abriera la piquera para que penetrara el aire en ellos. Ahora bien, nosotros somos unos viejos toneles, que el vino de la Sabiduría haría estallar si lo dejásemos hervir de esa manera con una contínua devoción al servicio divino. Hay que airearlo y aflojarlo por temor a que se pierda y se desparrame sin beneficio alguno".
[Carta circular de la Facultad de Teología de París, fechada en marzo de 1444].
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En Villanueva de Valrojo (Zamora), todavía corretean los zarrones, moharrachos, destrozonas o botargas, a la sombra de la espadaña de su templo románico. Como tantas generaciones de mozos y mozas, desde el Medievo hasta aquí, van y vienen, del templo a la plaza, haciendo sonar los cencerros que agitan en sus espaldas, mientras perpetran mil trapacerías a los convecinos. Luego, se toman con ellos unas copitas de "orujo", en el único bar del pueblo. Los jóvenes, exultantes por sus hazañas, los viejos, nostálgicos por aquellos carnavales perdidos en la lejanía del tiempo.
Y a la postre, todos contentos, porque de un modo u otro, como sus antepasados románicos, han "aireado" el espíritu, antes de que un hervor demasiado concentrado hiciese estallar los "toneles del alma".
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Salud y fraternidad.

lunes 9 de febrero de 2009

Románico “Cubista”...

Cada vez estamos más convencidos de que, en vez de hablar “del románico”, deberíamos hablar de “lo románico”. Pues no se trata de un arte completamente unitario, sino que en él caben toda una serie de variaciones, las cuales, sin apartarse del camino real, toman desviaciones y, a veces, atajos ciertamente sorprendentes cuando no increíbles.
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El templo de San Andrés, en Pedrosa de Tobalina (Burgos), fechado a fines del s.XII, es un buen ejemplo. Debió ser una originalísima obra de la que, por desgracia, sólo ha sobrevivido una ventana, empotrada en el ábside del edificio posterior que sustituyó al medieval.
Está enmarcada por una fronda vegetal con racimos, mientras que las impostas y la base del vano se enriquecen con diminuto ajedrezado.
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El capitel izquierdo, muestra una ornitosirena en lucha con un monstruo irreconocible. Ambos, muy esquemáticos, nos dan el tono para el resto de la ventana.
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En el capitel derecho, se aprecian unos seres indefinidos: ¿Ángeles? Pues parecen tener alas, pero no brazos, realizados con el mismo simplismo anterior.
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Los fustes de ambas columnas tienen sendos personajes: a la izquierda, un hombre que viste corta túnica, con pliegues apenas apuntados, sostiene algo en la mano. La “economía” de formas llega a representarlo sin cabellos y con el rostro esquemáticamente insinuado. Para algunos, se trataría de san José, aunque otros apuntan hacia una adoración de los magos, aunque mejor habría que decir “del mago”, pues solo existe éste.
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A la derecha, en fin, aparece la Virgen mostrando en su mano izquierda una flor de lis, mientras en el brazo izquierdo sostiene al Niño que bendice a sus fieles. Se trata de un conjunto único, obra de un cantero del que no se conocen otros ejemplos. Las figuras son dolorosamente esquemáticas, sin ninguna concesión al detalle, “minimalistas”.
¿Pero su estilo, responde al candor e ingenuidad propios de un artista popular, o es algo buscado? ¿Se trata de un artista torpe o de un visionario?
El conjunto, de tan primitivo resulta “moderno”, casi “cubista”.
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Salud y fraternidad.

domingo 1 de febrero de 2009

Imbolc y Amburbale: “Festa Candelarum”.

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“De los santos de febrero, santa Brígida el primero, el segundo Candelero, el tercero san Blas, santa Águeda, dos más”.
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El primero de febrero, los pueblos celtas, celebraban el Imbolc, en honor a la Diosa Madre Brigit, que en la Galia era conocida como Brigind y en Britania como Brigantia. Se dice que tiene dos hermanas, Brigit la sanadora y Brigit la herrera, por eso fue representada como diosa de rostro triple. Sus animales totémicos son dos bueyes mágicos, Fea y Feimhean, así como un verraco salvaje, Torc Triath.
Es la fiesta de la fertilidad, simbolizada por el fuego de Kildare, mantenido por nueve druidesas sobre la colina de Sidh. El soplo de éstas hace hervir el caldero, donde se cuece el filtro que repara las fuerzas de la Naturaleza adormecida, las cuales, bajo la influencia de la luz creciente, propician la unión de la Tierra Madre y del Sol para reanimar la vida, preparando la multiplicación del ganado y las abundantes cosechas del solsticio de verano.
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Retablo de Nuestra Señora de Candelaria, Virgen Negra de las Islas Canarias, s.XVI. Templo de Santa Úrsula, Adeje (Tenerife).
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La Diosa Madre Brigit, “la ensalzada”, hija de Dagda, el druida de los dioses, es patrona de bardos, herreros, médicos y parturientas. Cuando la nueva religión llegó a Irlanda, Brigit, fue sincretizada como santa Brigit y en otros lugares como Brígida, pero su hagiografía conservó numerosos elementos simbólicos de la divinidad original que suplantaba. En Irlanda, una cabeza triple de la diosa celta, fue empotrada en un templo cristiano y canonizada popularmente como santa Bride de Knockbridge. Y por diversos puntos de la geografía europea siguen celebrando a Brígida-Brigit, como en el celtíbero pueblo de Fuentepiñel (Segovia), donde todavía los vecinos hacen hogueras junto a la ermita románica y a su calor convidan con café, pastas, y vino, a cuantos quieran acompañarles. O en Villanueva de Odra (Burgos), donde hacían lo mismo en otra ermita románica y algunos se disfrazaban como “diablos”, animales o genios de los bosques para “espantar las tinieblas del invierno y llamar a la primavera”.
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La voz “Candelaria” proviene del latín Festa Candelarum, fiesta de las candelas, cuyo origen se sitúa en Oriente hacia el s.IV, que la nueva religión celebra el 2 de febrero, pues según su mitología se conmemora con ello la Presentación del Niño Jesús en el Templo y la Purificación de la Nuestra Señora, según el rito hebreo del que deriva el cristianismo. El nombre proviene de los cirios o candelas bendecidos al principio del oficio religioso, en teoría para recordar al Cristo como “la luz de las naciones”.
Introducida en occidente hacia el s.VII, la fiesta relegó a un segundo plano la figura de Jesús para centrarse en la de Nuestra Señora. Y ello por un motivo muy simple, porque dicha fiesta se introdujo para sustituir unas celebraciones que la Antigua Religión realizaba en tales fechas, desde oriente hasta occidente. Las Amburbale, de origen grecorromano con raíces orientales.
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Las Amburbale, del latín amburo (quemar alrededor), se celebraban en honor de Ceres, la Madre Tierra fecunda. Los participantes iban en procesión desde Atenas a Eleusis, portando antorchas, y en Roma era la imagen de Ceres quien sujetaba en su mano una antorcha. ¡Una candela!
Es la propia Iglesia quien reconoce, tímidamente, este sincretismo, al afirmar que la procesión y utilización de “candelas” en la Candelaria, tiene un carácter “penitencial” como reparación por las “orgías” celebradas durante las Amburbale. E implícitamente, admite que la importancia del símbolo “fuego”, “luz”, “candela”, se materializó al incorporar una vela en la mano de Nuestra Señora, a semejanza de aquella antorcha que Ceres tenía en la suya. Porque la utilización de candelas no deriva de sus textos mitológicos, sólo san Lucas cita el rito hebraico de la Purificación y en ningún momento de la ceremonia aparecen cirios o candelas. No obstante, Europa llenó sus templos románicos de imágenes de la Candelaria con una vela verde en la mano...
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Las fiestas del Imbolc, como las Amburbale, fueron sincretizadas por la nueva religión mediante las celebraciones consecutivas de santa Brígida, la Candelaria, san Blas y santa Águeda, por lo que resultó un sincretismo confuso, siempre a remolque de las manifestaciones populares. La Iglesia asumió este sincretismo y le dio contenido teológico, en aras de un mayor control del “ganado” que pastoreaba, tan sólo cuando comprobó que el pueblo había realizado el acto sincrético a la inversa. Es decir, que había aceptado el cambio de “titularidad” para la fiesta, pero conservando los elementos simbólicos de la antigua celebración: hogueras, velas, alimentos, bailes, disfraces, cencerros...
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Salud y fraternidad.

miércoles 28 de enero de 2009

¿Románico de madera...? ¡Toquemos madera!

Todo hemos quedado, alguna vez, fascinados por esas formas concéntricas que nos muestran los troncos de árbol recién cortados. Son los anillos de crecimiento, cada uno de los cuales indica un año en la vida del ejemplar talado.
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Por su grosor y forma, los expertos, pueden deducir cuales fueron las condiciones climáticas imperantes en el año de creación de cada anillo. Si hubo sequía o abundancia de lluvias, si el árbol padeció plagas o soportó incendios.
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No obstante, nada de eso podremos comprobar aquí, porque estas fotos no corresponden a troncos de árboles, sino a los sillares de arenisca rojiza que forman los muros de un templo románico. Una arenisca, cuyos sedimentos han adoptado estas caprichosas formas, estas engañosas formas vegetales.
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El templo en cuestión es el de Santa Juliana, en el pueblo de Pineda de la Sierra (Burgos), obra románica del s.XII –al que se añadieron bóvedas góticas en el XVI-. Sito en las alturas orientales de la Sierra de la Demanda, debió repoblarse hacia el s.IX, pasando a pertenecer al Alfoz de Oca y luego a la Merindad de Montes de Oca, cuya cabeza era Villafranca.
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Durante el medievo, entre sus bosques de acebos, hayas, abedules y robles vivió una notable población de osos, jabalíes, corzos y lobos, que aprovecharon nobles y monarcas para sus monterías. Pero el poder económico del lugar era la ganadería, junto al aprovechamiento forestal, y las famosas ferrerías donde se forjaron algunas de las espadas de los míticos héroes castellanos.
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La riqueza de sus recursos naturales hizo que la villa prosperase, los señores y burgueses adinerados llenaron el lugar de casonas señoriales, de las que alguna subsiste. Y levantaron el magnífico templo, que todavía nos asombra, con su preciosa galería porticada y las escultura simbólicas de su portada sur.
Aunque lo que más nos impresiona, son esos sillares de arenisca rojiza, tan originales, por su conformación en capas estratificadas.
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En estas sierras se han hallado restos fósiles de varios árboles, del grupo de las angiospermas, quercus y palmoxylon, con más de ciento treinta millones de años. Por eso, no nos cuesta soñar que estas imágenes, de piedra, hayan sido talladas en dichos troncos fósiles. Al menos, el resultado aparente es el de la madera, si no mirad bien esos canes del alero. Se non é vero, é bene trovato...
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Salud y fraternidad.

jueves 22 de enero de 2009

“Tesoro rural galaico...”

Santa Cruz de Retorta (Concello de Guntin, Lugo).
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En el Camino Primitivo de Santiago, entre Lugo y Palas de Rei, se encuentra este peculiar templo de los ss.XI-XII, con restos del s.V. Nadie diría que este sencillo templo rural, pequeño, de encalados muros, y sin nada destacable a simple vista, posee algún valor singular. No obstante, cuando lo examinemos en detalle, vamos a cambiar de opinión para definirlo como una auténtica joya románica.
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Como todos los templos de su época, no dejó de sufrir reformas. Por ello, es más significativo lo poco conservado, que cuanto ha perdido. Su estructura general, con nave y ábside rectangulares, son herencia del primitivo edificio suevo-visigodo, aunque al rehacer los muros perdió el arco triunfal románico. La cubierta también fue sustituida, desapareciendo los canes del alero, pero sabemos que los tuvo porque uno de ellos permanece empotrado, de lado, como enorme sillar en el muro exterior absidal, mostrándonos su característica curvatura en la que se agazapa una figura humana.
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Un elemento destacado, es su ventana absidal que, a pesar de la reforma, permanece intacta. Sus elementos románicos son típicos de los templos de alguna importancia, el arco, de medio punto, está coronado por chambrana ornamentada, así como los cimacios vegetales y los capiteles figurados, uno de ellos sobre columnilla torsa. El vano está cerrado por una piedra calada, reutilizada del templo suevo-visigodo, con motivos cruciformes, de hoja y estrellados. En la sacristía se conservan dos capiteles vegetales, también prerrománicos.
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Otro importante elemento es el crismón, que encontramos en la portada norte, albergado bajo una arquivolta con zig-zag. La figura del crismón no es original por sí misma, sin embargo, este de Santa Cruz es muy característico. Según la simbología mitológica cristiana, los crismones constan de un círculo en el que se inscriben, superpuestas, las letras P(ater), I(esus), X(ristos), S(piritus sanctus); junto a estas aparecen las letras griegas alfa y omega, primera y última del alfabeto, que simbolizan al Cristo como principio y fin de todas las cosas.
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Pues bien, el crismón de Santa Cruz carece de las dos letras griegas y ocupan su lugar cuatro pequeñas esferas, distribuidas simétricamente, en los espacios laterales de la X, encima y debajo de la barra horizontal del crismón –solo existe otro, muy similar, en Melide-. Además, a cada lado del tímpano, dicen los expertos, se aprecian las iniciales "PEL" "PRES", abreviaturas de PELAGIO PRESBÍTERO, que pueden corresponder al Magister que dirigió la obra o bien al fundador.
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El último de sus característicos elementos, es el tímpano de la portada oeste. Representa, en forma esquemática y con extrema sencillez, un Cristo Cosmocrator, bajo un arco trilobulado, rodeado por un Cielo Empíreo: lleno de estrellas, junto con el sol y la luna. La forma tosca y poco hábil, de la talla, nos habla de una obra precoz, quizá de la segunda mitad del siglo XI, cuya técnica está más próxima a la tradición visigótica que a la románica, con resabios de las estelas castreñas celtas. Además, no se trata de la típica piedra de tímpano, semicircular, sino de una pieza rectangular, cuyos extremos se han retallado, para darle curvatura y poder encajarla bajo el arco de la puerta, aún a costa de mutilar parte de lo representado. Es muy posible que se trate de un elemento reutilizado, del primitivo templo suevo-visigodo.
En resumen, un pequeño tesoro olvidado, de esos que tanto abundan en la campiña gallega.
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Salud y fraternidad.

miércoles 14 de enero de 2009

“Ianuarius: Janua Coeli”

El año viejo, lleva sobre sus hombros al año nuevo. Templo de Santa María la Real, arquivoltas portada sur, Sangüesa (Navarra).
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Ahora, que acaban de cumplirse los idus de Enero, vamos a hablar de él. En las pinturas, manuscritos y esculturas románicas, este mes suele representarse mediante un personaje de doble o triple rostro, cuyas caras miran en direcciones opuestas. Se trata de Jano, el patrón de los Collegia Fabrofum: las Cofradías de Constructores, porque era la divinidad de la iniciación a los “misterios”, que, como en todas las civilizaciones tradicionales, estaban vinculados con el ejercicio de las artesanías. Esto, lejos de desaparecer con la civilización romana, pervivió sin interrupción a lo largo de la Edad Media, y se transmitió regularmente a los gremios que mantuvieron el mismo carácter iniciático, en especial el de los albañiles.
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La llave dúplice de Jano, la divinidad que tiene el tiempo en sus manos. Templo de San Juan de la Peña, muro del claustro, (Huesca).
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Este es uno de los escasos dioses latinos que no tiene paralelo en la religión griega, es una divinidad indo-europea antiquísima que los romanos asociaban con el principio de los tiempos. En la religión romana, Jano o Ianus, era la divinidad que simbolizaba el paso de una cosa a otra y presidía, por tanto, todos los principios y finales de algo: las puertas; el primer mes del año; y su primer día: las calendas ianuarias; incluso, la primera hora del día. Presidía además los solsticios, el de verano era “ianua inferni” y el de invierno “ianua coeli”.
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Jano es el “Portero” celeste, que tiene las llaves del tiempo cuya puerta controla. Templo de San Juan de la Peña, capitel claustro, (Huesca).
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Esta divinidad da nombre al mes de Enero: Ianuarius, como puerta de paso desde el año viejo al año nuevo. Le estaba consagrado el noveno día de dicho mes, cuando se celebraban sus fiestas, llamadas Agonalias. En ellas los umbrales de las casas se adornaban con coronas de flores, ramas de laurel, y las gentes se visitaban para intercambiar regalos y felicitaciones.
Al empezar el día, se le hacían ofrendas de vino e incienso para invocar una jornada favorable. Igualmente se le hacían ofrendas, antes de emprender un viaje. En su templo de Roma, sobre la colina del Janículo, se hacían las ceremonias principales, porque según la tradición aquí había hospedado Jano al fugitivo Cronos-Saturno, quien a cambio le concedió el don de la sabiduría y la clarividencia.
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Jano en el banquete del Año Nuevo. Templo de San Pedro, arquivoltas portada norte, Echano (Navarra).
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Se lo representa con doble rostro, Jano bifronte: el pasado y el futuro; o con tres: pasado, presente y futuro. Sus atributos son el bastón y las llaves... Cuando aparece con ellas es Janus Ianitor: el portero celeste.
Durante el periodo románico aparece en varias actitudes: abriendo las puertas del templo, que empuja con sus manos; sobre una muralla, con una llave en cada mano; sentado junto al hogar, calentándose o avivando el fuego; sentado a la mesa, dándose un banquete, como lo nombran los juglares medievales:
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“Estava don Ianero a dos partes catando
cercado de çecinas, cepas acarreando
tenía gruesas gallinas estava-las asando
estava de la percha longaniças tirando”
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(Libro de Alexandre, inicios s.XIII).
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“Hacia dos sitios mira aqueste cabezudo;
capirotada y aves almorzaba a menudo
hacía cerrar cubas, llenarlas con embudo
protegerlas con yesos que guardan vino agudo”.

(Arcipreste de Hita, Libro de Buen Amor, 1330).
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Jano Triforme. Templo de San Martín, capitel portada sur, Artaiz (Navarra).
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Existe sin embargo otra versión, quizá relacionada con el solsticio de invierno: Janua coeli, “Puerta del cielo”, en la que Jano es un anciano, de triple rostro, sentado entre vegetales que inician ahora su etapa de crecimiento interno, para acabar brotando en primavera y madurando en verano. Así aparece Jano, en el templo de Artaiz (Navarra). Su cabeza triforme, tiene los rostros laterales con los labios fruncidos, como si estuviese silbando la enigmática canción de los tiempos, idos y por venir, mientras el rostro que nos mira permanece con sus labios cerrados, mudo.
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René Guénon, el gran simbolista, nos define así el sentido de esos tres rostros:
El auténtico rostro de Jano, invisible, es el de quien contempla el presente y no los dos visibles: el del pasado que ya no existe, o el del futuro que está por venir. Ese tercer rostro, en efecto, es invisible porque el presente, en la manifestación temporal, no constituye sino un instante inasible. Pero cuando el ser se eleva por encima de la temporalidad transitoria y contingente, toda realidad queda preñada de presente. El tercer rostro de Jano simboliza el “sentido de la eternidad”. Una mirada de ese tercer rostro lo reduce todo a cenizas, es decir, destruye toda manifestación. Con todo, cuando la sucesión se trueca en simultaneidad, lo temporal en intemporal, todos los seres vuelven a encontrarse y moran en el “eterno presente”, de modo que la destrucción aparente es en realidad una “transformación”.
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Salud y fraternidad.

viernes 26 de diciembre de 2008

“Un vacío cofre del tesoro...”

"Feroz animal" románico. Restos del templo de Santa María del Castillo, Ayllón (Segovia).
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En una pequeña plazuela de Ayllón, descubrimos sobre la fachada de un templo del s.XVII, cierta figura que nos pareció románica. Estábamos haciendo fotos, cuando un dicharachero y zangolotino muchachito se nos acercó, para declarar que él conocía en qué lugar del templo había más "piedras antiguas". Así, fue mostrándonos por aquellos vetustos muros una serie de imágenes románicas, resto según afirmó de una iglesia desaparecida. Para nosotros fue, como encontrar un cofre del tesoro, saqueado ya desde antiguo, en cuyo fondo quedó olvidada una moneda o una joya, con las cuales soñar y lamentar lo perdido.
Entre templos y ermitas, Ayllón tuvo cerca de una docena de edificios religiosos románicos. En la actualidad sólo quedan en pie San Miguel, ya sin culto, muy reformada; y San Juan, convertida en museística vivienda particular. Las exiguas ruinas de San Nicolás, sirven como portada del cementerio; y la ermita de Santiago, es un montón de escombros entre los campos.
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Restos del templo de San Nicolás, Ayllón (Segovia), reutilizados en el cementerio. [Diapositivas 7 octubre 2000].
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Ídem anterior.
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La parroquial de la villa, es hoy Santa María la Mayor. Donde se encuentra este templo, se hallaba la antigua parroquia de Santa María del Castillo, cuya ruinosa nave se hundió la madrugada del 4 de marzo de 1697. Sabemos que, en 1523, el templo románico todavía se encontraba en pie, pues la documentación inquisitorial cita como testigo a “Pero Sainz, cura de Santa María del Castillo”. Poco más sabemos de este edificio románico, aunque Santa María la Mayor ha “heredado” algunos restos significativos de su precioso antecesor, pues aprovechando las piedras de aquel se levantó el templo actual, acabado en 1701.
Los canteros que levantaron el nuevo edificio, debieron encontrar interesantes, por algún motivo, determinados sillares esculturados del templo arruinado, pues los intercalaron por los muros de la nueva construcción. Si bien los colocaron un poco al azar, dichos elementos delatan haber formado parte de una típica portada. Y no cabe duda, que cuando fueron reutilizados debían encontrarse mejor conservados que ahora, al cabo de trescientos años.
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Restos del templo de Santa María del Castillo, Ayllón (Segovia), empotrados en los muros de Santa María la Mayor. [Fotos 20 diciembre 2008].
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Tenemos la pareja de “monstruos” andrófagos, que solían ir en las enjutas a cada lado de la portada, más otro animal “feroz” que formaría parte de algún conjunto historiado.
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Y esa preciosa pieza, quizá un dintel que soportara el tímpano, en la cual aparece magnífico crismón sostenido por una pareja de ángeles –aunque sólo resta uno y las manos del otro-, en actitud de volar. Y a su izquierda, un estupendo san Miguel con la balanza en la mano, pesando almas, una de las cuales parece aferrarse a sus alas solicitando ayuda. A pesar de la erosión, se aprecia que todo ello fue trabajado con cierta delicadeza en el detalle, y nos recuerda aquel dintel –si bien con más arte- de Nuestra Señora de la Peña, en Sepúlveda.
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No menos significativas son las otras piedras, aunque se trate de elementos “menores”. Como ese anillo con entrelazo céltico, o las rosáceas de doce pétalos inscritas en círculos perlados, o el encadenado en forma de “ochos” sobre arquillos. Todo lo cual, puede encontrarse en portadas segovianas o sorianas de los contornos.
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Sin olvidar la pequeña hornacina, con personaje inserto; o el arquillo –quizá de un alero-, bajo el que se cobija una severa cabeza, con barba y bigote, que parece llevar en el cabello una tonsura celta.
Pequeños fragmentos, leves sombras, humildes fósiles de un gigante, que atestiguan cómo aquí hubo un templo significativo. Lo bastante, para que los canteros del s.XVIII decidieran dejarnos este mapa del tesoro.
Y nos queda una duda razonable. Algunos de los sillares del nuevo templo, ¿si los pudiésemos ver por su cara interna, no resultarían ser los románicos compañeros esculturados, de aquellos pocos que nos guiñan su simbolismo desde los sombríos muros actuales?
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Salud y fraternidad.

viernes 19 de diciembre de 2008

¡Feliz solsticio de invierno!

¡Que el nuevo solsticio nos traiga lo mejor a cada cual! ¡Que el próximo ciclo cósmico, sea próspero para todos y para el arte románico!
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Salud y fraternidad.

jueves 18 de diciembre de 2008

San Crispín Leprechaun, el románico “zapatero de las hadas”.

Ese viejísimo libro románico de piedra, que es la portada sur en el templo de Santa María la Real, de Sangüesa (Navarra), muestra, entre otras muchas, la historia de unos curiosos genios de la Antigua Religión, de profesión zapateros...
Entre el embarullado tropel de personajes, que pueblan enjutas, pilares y arquivoltas, pasa desapercibido un dúo que está trabajando un zapato. Uno solo. Ambos tienen la pieza, terminada, sobre el regazo, mientras la repasan para rematarla y abrillantar el cuero.
No parece que haya en ellos mucho misterio, se trataría de san Crispín y su hermano Crispiniano, patronos de los zapateros medievales. Sin embargo, si algo conocemos de los imagineros románicos, es que sus obras nunca son lo que parecen, aunque parezcan lo que son.
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Dice la mitología cristiana que, en el s.III, los patricios romanos Crispín y Crispiniano abrazaron la nueva fe, repartieron sus bienes entre los pobres, y marcharon a Soissons, en la Galia. Allí aprendieron el oficio de zapatero, que ejercitaban con gran arte, para ganar el sustento, mientras predicaban a los irreductibles galos. Hacia el 288, por persistir en sus creencias contrarias al Imperio, fueron “premiados” con el martirio. Sus discípulos enterraron los cuerpos en Soissons, pero llevaron las cabezas a Roma.
En Britania, existe otra versión de este mito. Arviragus, rey celta de Powisland (Gales), tenía un hijo llamado Hugh en honor a uno de los cuervos de Odín. A pesar de ser fiel a la Antigua Religión, casó con una princesa cristiana, Winifred de Flintshire. Siguiendo el refrán de que “tiran más dos tetas que dos carretas”, Hugh hizo caso a su mujer y abrazó el cristianismo. El resultado fue, un completo rechazo social y la pobreza. Para sobrevivir, el galés se hizo zapatero. No le fue mal, predicaba por el día, trabajaba por la noche y mantenía su casa medianamente. Hasta que, condenados por agitadores, fueron ahorcados hacia el 300. Aquí, los discípulos hicieron algo bastante más extraño que los de Soissons. Siguiendo un viejo ritual céltico, descarnaron los cadáveres, y con los huesos hicieron herramientas propias del oficio. De aquí vino la tradición medieval, de llamar “Los huesos de san Hugh” a un lote de herramientas de zapatero.
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Así que tenemos a tres personajes, Crispín, Crispiniano y Hugh, celtas o relacionados con ellos, convertidos en santos patronos de los zapateros. Pero ¿su conexión celta es simple casualidad, o esconde algo más profundo?
Los dos primeros, van a vivir y predicar en la Galia. El tercero, no solo es galés de pura sangre, sino que en su matrimonio se une la Antigua Religión con la nueva.
En los países celtas de los primeros siglos, cuando el cristianismo no era todavía más que una oscura nubecilla en el horizonte, el gremio de los zapateros tenía por patronos a los Lugoves, tres personajes que no eran sino la manifestación triple del dios Lug. En nuestra Celtiberia, han quedado testimonios de ellos en diversas aras votivas de Galicia y Osma (Soria), en las que solo cambia el nombre del oferente: “Lugovibus sacrum L. Licinivs Vrcico collegio sutorum d.d.”. [A los sagrados Lugoves lo dedica L. Licinio Urcico del gremio de zapateros].
Una leyenda irlandesa, para explicar el carácter triple de Lug, dice que éste es el único superviviente de tres hermanos de igual nombre, los Lugoves. Estos tres personajes, no murieron cuando la Antigua Religión fue suplantada, los templos derribados y los druidas perseguidos.
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Las leyendas irlandesas y galesas, que son el último refugio de los viejos dioses, nos hablan del Leprechaun, el “zapatero de las hadas”, aunque este es el nombre para numerosos duendes de idéntica profesión, resabio de aquellos Lugoves. Los que aquí conocemos como trasgos, trasnos, o trasgus. Viven en las raíces de los árboles, o en las viejas ruinas, dedicados por el día a fumar su pipa y beber cerveza, y por la noche, mientras cantan alegremente, a su tarea de fabricar el calzado de las hadas, pero solo una pieza, nunca dos. ¿Quizá porque es para ciertas hadas, que tienen un pie humano y otro de oca?
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“Grandes botas de caza, zapatillas de salón
blancas de boda y rosas para bailar.
De esta manera, de esta manera,
fabricamos un solo zapato
y nos enriquecemos a cada puntada.
¡Tick-tack-tuck...! ¡Tick-tack-tuck...!”
(William Allingham 1824-1889).
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Cuando hay luna llena, se emborrachan y acaban cabalgando los campos sobre gatos, perros, o ganado doméstico. Tienen grandes riquezas, pues las hadas les pagan bien sus trabajos, y si alguien captura un Leprechaun, cosa difícil pues son sumamente escurridizos, éste entregará su oro a cambio de la libertad, aunque generalmente es un truco y al día siguiente el oro se ha convertido en carbón.
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El último eco, de los triples Lugoves, aparece en un cuento de los Hermanos Grimm, titulado “El zapatero y los duendes”. Trata de un artesano, reducido a la pobreza, al que esa noche solo le queda un trozo de cuero para un par de zapatos. A la mañana siguiente, lo encuentra convertido un precioso par de zapatos, que pudo vender a buen precio y comprar más cuero. El prodigio continuó, día tras día, y el zapatero salió de la miseria, aunque cada vez más intrigado. Faltando poco para la fecha mágica de la Navidad, la esposa del zapatero no pudo más. Propuso espiar escondidos, durante toda la noche, para ver al fin el misterio del caso. Dejaron una pequeña vela encendida y esperaron. Al dar las doce campanadas, vieron como, surgidos de la nada, entraban tres seres desnudos, pequeños como duendes, que se pusieron a la faena con presteza y antes del amanecer habían terminado numerosos pares de zapatos.
Ya solos, la mujer propuso al zapatero mostrar su gratitud a los duendecillos: ella confeccionaría tres pequeños trajes y él tres pares de botitas. Cuando los personajillos volvieron a la noche, encontraron los presentes. Se los encasquetaron, cantando y bailando ante el espejo: -“Ahora somos duendecillos agradables de ver. ¿Por qué zapateros tenemos que ser?”. Y desaparecieron para no volver más, aunque el zapatero ya no tuvo necesidad de sus servicios, pues todo le fue bien desde entonces.
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Lugoves, Leprechaun, duendecillos zapateros, todos ellos ramas de un solo tronco, el mismo del que brotarían Crispín, Crispiniano y Hugh. El tronco de la Antigua Religión, cuyos célticos retoños podemos apreciar en la magnífica portada de Santa María en Sangüesa. Allí, junto al Leprechaun, podemos contemplar al herrero Regin restaurando la mágica espada, Gram, con la cual Sigurd mata al dragón Fafnir, y al bañarse en su sangre entiende el “lenguaje de los pájaros”; también podemos ver el anillo de poder Andvarinaud, al Caballero del Ragnarok, la Serpiente del Midgard, la maga Kundry, la druidesa Morgana, y a tantos otros, que ya se han perdido en las nieblas de Avalon...
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Salud y fraternidad.

domingo 7 de diciembre de 2008

Lumias románicas, con patas de oca....

“¡Si tuvieras un rato para adentrarte andando por el valle angosto del río Talegones, hasta Lumías! Cuando estuve en abril había ruiseñores en la fronda de los huertos, por el molino viejo. Hay una iglesuela tan bien malhecha que parece perfecta. Y las casas de adobe y piedra, se cobijan contra el tajo abrupto de las rocas cortadas a pico que coronan racimos de nidos de golondrina y palomares en salientes y agujeros. Protegido del regañón y del cierzo, por el estrecho, el río manso apenas mueve al pasar las mimbres y los berros. Aquí saben aun los viejos las más primitivas rondas de Castilla...”
(Avelino Hernández “Donde la Vieja Castilla se acaba”, 1982).
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Enclavado en la Hoz del río Talegones, en las estribaciones de la Sierra de Pela, se encuentra el pueblo soriano de Lumías. Numerosos elementos del entorno: topónimos, megalitos, tainas, castros, tradiciones, nos dicen que estamos en tierra de arévacos, celtíberos que tanto dieron que hacer a Roma y luego a Almanzor.
Su templo, es obra del s.XIII elevado sobre uno anterior, aunque muy transformado en el XVI. Pero aquí, lo verdaderamente interesante, es lo que no se ve pero se conserva en la memoria. Porque se trata de restos culturales de la Religión Antigua, camuflados entre la mitología de la nueva fe. Las sacerdotisas y sacerdotes celtíberos, fueron transformados en brujas y brujos, sus santuarios en lugares de aquelarre, y sus divinidades en seres diabólicos, pero no fueron olvidados. Recordemos que estamos a dos pasos de la gran ciudad arévaca de Termancia, y a otros dos del enclave brujeril de Barahona.
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Estos mitos vienen de bien antiguo y eran perfectamente conocidos por los habitantes medievales, que en el siglo XII los nombran con total naturalidad, como sabidos por todos, hasta el punto de que uno de ellos figura en el Cantar del Mío Cid. La narración cuenta, cómo la hueste del mercenario Rodrigo Díaz de Vivar transitaba por la Calzada de Quinea, que viene de Osma y va hacia Sigüenza:
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Assiniestro dexan Agriza
que Álamos pobló.
Allí son los cannos
do a Elpha encerró
”.
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En trascripción moderna: “A izquierda dejan Agriza que Álamos pobló. Allí están los túneles donde a Elfa encerró”. El autor del Cantar se refiere a un pueblo de esta zona soriana, hoy desaparecido, que sitúa como escenario de una mítica gesta de Hércules, a quien cita por su sobrenombre de “Álamos” a causa del árbol que le estaba consagrado, el cual hizo desaparecer bajo tierra a una lamia llamada Elfa.
Da igual el lugar concreto, lo importante es que en Castilla pervivían creencias y mitos de las antiguas divinidades celtíberas, que el autor del Cantar empleó en un contexto culto, acorde con el “Renacimiento clásico” que tenía lugar en la Europa del s.XII, asimilando el mito a una hazaña de Hércules cuando, en la tradición popular, se trataba de algo más cercano.
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En la religión de los pueblos célticos, existen unos espíritus o ninfas de las aguas dulces, cuya apariencia física aúna caracteres humanos y animales: jóvenes de gran belleza, tienen pies de oca, o gallina, o como colas de serpientes, o de pescados. Son de carácter ambivalente, como el elemento en el que viven, cuya naturaleza mágica es creadora y destructora a un tiempo. De igual modo, los nombres por los que son conocidos, en ocasiones prestados de religiones posteriores: Korrigans, en Britania; Melusinas, en la Galia; Xanas, en Asturias; Janas, en León; Mozas de Agua, en Cantabria; Dones d’Aigua, en Cataluña; Lamiñak, en Euskadi; Lainas, en Aragón; Lumias, en Galicia; Lamias, en Castilla; etc., no son siempre exclusivos de una región, y pueden aparecer en otras con cierta frecuencia.
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Quien primero nos ilustró, sobre el origen mágico del topónimo Lumías (Soria), fue el erudito sacerdote del Burgo de Osma, don Francisco Palacios, un verano ya lejano de 1981. Dos veranos más tarde, nos confirmó sus datos don Doroteo García Yagüe, el culto guarda jurado de la cercana ciudad arévaco-romana de Termancia-Tiermes. En esencia, salvando los recursos narrativos, ambos atribuyeron el topónimo Lumías, a la presencia de estos seres míticos en la Hoz del río Talegones, según la leyenda que, cada uno por separado, habían recogido de los ancianos del lugar.
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“Marchando por el monte con su rebaño, un pastor sorprendió cierta lamia, la cual acicalaba sus cabellos con peine de oro, junto a una fuente, en la entrada de su cueva. Aquella lamia era tan hermosa, que el mozo quedó prendado. Sin pensarlo dos veces la requirió de amores, y aunque ella se hacía de rogar no se desanimó. Cada vez que pasaba por la cueva, volvía a proponerle matrimonio. Ante tanta insistencia, la lamia, consintió aceptarlo por esposo, pero tan sólo si el mozo conseguía averiguar, a la primera, cuantos años tenía ella.
El pastor regresó a la majada, muy abatido, pues encontraba imposible solucionar tal enigma. Cuando sus compadres lo vieron tan cabizbajo, le aconsejaron consultar a cierta vecina del cercano Barahona, afamada de bruja. Porque aquella era una boda ventajosa, ya que la lamia custodiaba un fabuloso tesoro, entre otras cosas un cordero de oro, y una gallina de lo mismo con sus polluelos. Ni corto ni perezoso, se confió el mozo con la de Barahona, quien a cambio de siete ovejas rollizas se ofreció para resolver el caso.
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A los tres días se encaminó la bruja para la cueva, se colocó en su entrada, levantó sus sayas y retorció el cuerpo con tal arte que asomaba la cara entre las nalgas, al tiempo que enseñaba su sexo desnudo. Así puesta, llamó con voces estridentes, acudió la lamia al escándalo y, estremecida de asombro por lo que veía, exclamó:
-¡Que horror! En mis ciento veinte años, nunca he visto algo tan espantoso.
La bruja, salió volando para entregar al pastor la solución del enigma y cobrar su paga. Al enamorado mozo le faltó tiempo para presentarse en la cueva, al día siguiente, y responder el enigma de la lamia:
-Puedo decirle que, ni más ni menos, acaba de cumplir ciento veinte años cabales.
Al encanto no le quedó más remedio que cumplir su promesa, aunque puso la condición de que él jamás debería mirarle los pies. Fue el pastor a pedir el consentimiento de los padres, más al saber su abuela la noticia, le advirtió que, sin hacer caso de condiciones, procurase averiguar como eran aquellos pies que su amada lamia pretendía ocultarle.
Acudió el mozo a la cueva, regularmente, como si fuese de cortejo y, al cabo de varias visitas, pudo espiar de reojo los pies de la dama. ¡Eran igualitos que patas de ocas! Pero, puso tal cara de asombro, que la lamia se dio cuenta. Una vez descubierto su secreto, ella desapareció por ensalmo, junto con la cueva y solo dejó la fuente. El pastor quedó tan triste, por sus burlados amores, que enfermó de melancolía y a las pocas semanas murió sentado al borde de la fuente, sin dejar de soñar con su amada lamia”
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San Martín Dumiense ya decía de los celtas hispanos, en el siglo VI: “En el mar invocan a Neptuno, en los ríos a las Lamias, en los bosques a Diana, que son todos demonios malignos...” Demonios que, huyendo de la nueva fe, se convirtieron en leyenda. Una leyenda que corría libremente por estos contornos, allá por el siglo XII, cuando el anónimo autor del Cantar del Mío Cid, incluyó en su relato, como dato orientador al parecer conocido de todos, el mito del héroe que hizo desaparecer bajo tierra una peligrosa Lamia... Una leyenda, con la cual, hemos doblado otro recodo del laberinto románico.
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[Dedicado a mi particular "bandada de ocas"...]
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Salud y fraternidad.

lunes 1 de diciembre de 2008

“Noviembre, dichoso mes, que entra con los Santos y sale con san Andrés”

Comenzamos el mes de noviembre con la festividad de los Santos y, siguiendo el refrán popular, vamos a terminarlo con la de san Andrés. Si aquella era trasunto de la celebración celta de Samhain, sobre los espíritus del Más Allá que vuelven de visita, ésta hace referencia a las almas errantes y el camino que les conduce al Otro Mundo.
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Donde los tremendos acantilados de la sierra Capelada se despeñan al Océano Tenebroso, se alza el santuario de San Andrés de Teixido. Este apartado lugar de Galicia, fue concurrido enclave de peregrinos desde la más remota antigüedad. Se trata de un santuario relacionado con el culto que las poblaciones célticas, del litoral atlántico, vinculaban a los promontorios terminales del mundo antiguo. No en vano, éste se conoce también como “Santo André de Lonxe” y “Santo André do cabo do mundo”, cuyos cultos y ritos referidos a la fertilidad, a través del ciclo muerte-renacimiento, apenas quedan disimulados por la advocación sincrética que la nueva religión adjudicó al lugar, mediante el apóstol san Andrés. Los druidas y druidesas que continuaron acudiendo al lugar, fueron desprestigiados por los sacerdotes de la nueva religión al asimilarlos a bruxos y meigas. Sin embargo, el viejo culto con los viejos ritos no murieron por completo, y todavía hoy los “creyentes” de la nueva religión siguen con las prácticas de la Antigua.
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Los documentos nos dicen que, en el s.XII, el lugar de Santo Andrés y su capilla románica están bajo la protección de los condes de Trava. En 1196 pertenecen a los caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén y luego pasan a los señores de Andrade, aunque el edificio actual es producto de las reformas sufridas entre los ss.XVI y XVIII. Del primitivo santuario románico, tan solo es visible un capitel, muy maltratado, convertido hoy en pila benditera.
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La leyenda hagiográfica, creada para suplantar a las divinidades célticas afines a Bran-ab-Llyr, dice que san Andrés llegó en barca a estos acantilados, donde hubo de naufragar. El santo se salvó y, por milagro del cielo, su navío se convirtió en piedra en el mismo lugar en que se estrellara contra las rocas. Ese peñasco, es todavía conocido como A Barca.
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Ó Santo Andrés do Lonxe
hei de ir...
Viñas polo mar do fondo

e polo ceo de enriba;
viñas axiña e dispacio,
non chegabas, pero viñas.
(Xosé Ángel Valente, Sete Cántigas de Alén 1981).
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Nuestro santo, levantó un pequeño templo y se dedicó a evangelizar las poblaciones célticas de la comarca. Pero eran tan pocos los fieles, que consiguió reunir, y menos los que acudían al santuario, a pesar de sus milagrosas curaciones, que cada día Andrés se lamentaba amargamente.
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Así las cosas, se presentaron, disfrazados de peregrinos, el propio Dios con san Pedro. Al comprobar lo legítimo de sus quejas, el Supremo prometió que su humilde templo se convertiría en santuario, cuya romería duraría hasta el fin de los tiempos, y al cual tendrían que ir todos los mortales al menos una vez para poder pasar a la Otra Existencia. Y el que no lo hiciera de vivo, tendría que venir tras haber muerto: “Ao Santo Andrés de Teixido, vai de morto o que non foi de vivo”. Y diz que, una vez cumplida su romería gallega, las almas embarcaban al anochecer para el más allá en la “barca de piedra” del apóstol de Teixido.
Casualmente el héroe celta Cú Chulainn, es visitado por el rey de Otro Mundo, Donn o Derga, que le invita a visitar su reino. Este dios de los muertos, tiene una escarpada isla rocosa “Tech nDuinn” –la Casa de Donn-, donde se reúnen las almas de los difuntos antes de emprender su viaje al Más Allá, en una embarcación mágica...
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En esta comarca de Cotobade, llaman Camiño de Santo André a la Vía Láctea y dicen que acaba sobre el santuario. Este es el “camino” que las almas perdidas deben tomar para llegar al otro mundo. En la antigüedad la función de acompañantes de almas estaba encomendada a los Lares Cecaeci, pues ellas andaban como desconcertadas y no atinaban a encontrar el rumbo del Más Allá, de la Isla de los Bienaventurados.
Cuando alguien fallece sin haber cumplido el viaje, a Teixido, los familiares lo hacen en su lugar. Antes de emprender la peregrinación “delegada”, los deudos van al cementerio donde, con tres golpes de bastón sobre la tumba, invitan al espíritu del difunto para que haga el viaje con ellos. Luego hay que hacerle sitio en el carro o aparejarle una cabalgadura (modernamente se le compra billete para el autobús, o le dejan asiento libre en el coche). También hay que hablarles de cuando en cuando, por el camino, para que no se extravíen de su lado.
Dicen que una vez unos mozos que subían a la romería de San Andrés de Teixido encontraron una calavera en medio del monte. Lejos de asustarse, comenzaron a jugar con ella como si esta fuese un balón de fútbol; y así, patada va patada viene, llegaron al santuario. Entonces, la calavera, habló para agradecer a los jóvenes haberla subido hasta allí y permitirle completar una peregrinación que la muerte había interrumpido en mitad del ascenso.
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Cuentan los lugareños, que al caer la noche se escuchan sonidos de pasos perdidos en la oscuridad y lamentos de almas en pena que vagan en busca del perdón. Los que no hicieron el viaje en vida y tras la muerte no tienen familiares que “lleven sus almas”, volverán reencarnados en alimañas que deben vagar desde su tumba hasta el santuario, por eso las gentes tienen cuidado de no maltratar las que encuentran durante la romería o cerca del santuario: lagartijas, moscas, culebras, sapos, garduñas, orugas, escarabajos, etc. Una reencarnación, o trasmigración, que se asemeja mucho a aquella en la que creían los celtas.
En relación con esto, hay un curioso ritual lítico. Los romeros van dejando en los cruces de camino una piedrecilla, como testimonio de su paso, crean así montículos llamados amilladoiros, se dice que las piedrecillas de los amilladoiros “hablarán” el día del Juicio Final para decir quien cumplió con la peregrinación. (Lo mismo hacían los antiguos, con las esculturas del dios Jano y Mercurio sitas en las encrucijadas).
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Quienes habían estado en peligro de muerte, eran llevados por sus familiares dentro del ataúd, o ellos mismos lo llevaban a cuestas, para dejarlo como exvoto, en la creencia de que la Muerte se quedaría allí y no volvería a visitarlos en mucho tiempo.
Todas estas prácticas rituales contienen el recuerdo del viaje de las almas al mundo de ultratumba, propio de las creencias religiosas de los pueblos célticos. No deja de ser significativo que, en la casa del dios Donn -o Derga- solo pueden entrar los muertos o aquellos que van a morir.
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Otra costumbre es la de las “candelas”, o velas, que se dejan allí para que alumbren las almas difuntas, aquellas carentes de familiares que se las lleven, y encuentren el camino del santuario. También son habituales las figuras de cera, con la forma de aquella parte del cuerpo que se desea sanar, y que se deja como exvoto para que el santo “sepa” dónde duele y debe actuar.
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Poco más abajo del santuario, se encuentra “A fonte do tres canos” o “Fonte do santo”. Su agua, bebida con fe, se dice curativo-milagrosa, y además concede deseos. Para que se cumplan los deseos, hay que beber por los tres caños de la fuente y para estar seguro de que se conceden se debe tirar un trocito de pan en el agua, si este flota se cumplirá lo pedido, si se hunde habrá que intentarlo el año siguiente.
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En este lugar, no podían faltar los amuletos. Los más evidentes se conocen como “Sanandreses”, unas figuritas de miga de pan, pintadas de vivos colores. Originalmente eran tres: hombre, mujer y paloma. Ahora son cinco y el que los tenga consigo nunca estará desamparado: La mano, para el amor y las buenas compañías. El pez, para el trabajo y el sustento. La barca, para los viajes, la casa y los negocios. El santo, para la salud física y mental, y la buena convivencia. La flor, para los estudios, las pruebas y el buen sentido, contra envidias y maleficios.
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El otro importante amuleto es la “Herba namoreira” o “herba de namorar”, una especie de “clavel de aire” (Armeria pubigera), propicio para el erotismo y la fertilidad.
Se dice buena para solventar los problemas de amores, y afectivos en general. Metiendo una ramita de ésta hierba en el bolsillo de la persona amada, se supone que caerá rendida por nuestros huesos. Además de favorecer el casamiento, es buena para facilitar la fertilidad. Un refrán gallego dice: “A San Andrés van dous y veñen tres: milagros que o santo faes”, no tanto por el poder fertilizante del santuario, sino porque su fiesta facilita los encuentros íntimos entre los jóvenes que acuden.
Una de las tradiciones, sobre fertilidad, consiste en volver de la romería con “El ramo de san Andrés”, el cual está compuesto por una vara de avellano que lleva atadas varias ramitas de tejo y una herba de namorar.
Algo muy parecido al báculo de los druidas, aunque aquel añadiría ramas de muérdago...
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Teño una herba de namorar,
Teño pensado quen á levar
Na faltriquiera heicha de poñer
Para namorarte a ti muller.
(Cantar de la foliada).
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El recuerdo de las viejas gentes célticas y su religión, ha quedado también en una serie de leyendas que tapizan los bosques y laderas rocosas de la región. Camino del cementerio, hay una peña “do encanto”, que contiene una doncella encantada, la cual se manifiesta cada año en la noche de San Juan, esperando que algún hombre la desencante. Según éste se acerca ella se va transformando, de hermosa doncella en monstruo abominable, si alguien se atreve a besarlo se rompe el encanto y el galán puede casarse con la joven y disfrutar de los tesoros que guarda en la peña.
La tradición se repite en el Coto das Fondas, con otras mozas encantadas, las cuales están así por desobedientes, al negarse a tomar por maridos los pretendientes asignados por los padres.
Otra leyenda habla de la meiga Aldonza, que convirtió a la bella mora Miriam Xelda en zarzal encantado, en el cual quedaban atrapadas, y hechizadas para siempre, cuantas mozas por descuido allí se enganchaban.
Aún en la actualidad, el lugar de Teixido es sitio de reunión para la brujería regional. Por eso, dicen, el tejado del santuario está plagado de piedras puntiagudas: para que las meigas no se sienten sobre él. Haberlas ahílas...
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Pó-lo camiño ei ven un home
aínda ven lonxe, lonxe, lonxe...
Eu non sei si anda ou si corre,
porque ven lonxe, lonxe, lonxe.
¡Quen fora galgo,
quen fora paxaro,
quen fora vento!
(Anónimo s.XVI).
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Salud y fraternidad.

miércoles 19 de noviembre de 2008

Canteros, caracoles de la piedra...

Templo de San Miguel, Caltojar (Soria), inicios s.XIII. [Fotos 31 octubre 2008].
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Caltojar (Soria).
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Caltojar (Soria).
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Monasterio de Nuestra Señora, Granja de Moreruela (Zamora), s.XII-XIII. [Diapositivas 12 octubre 1984].
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Granja de Moreruela.
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Granja de Moreruela.
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Granja de Moreruela.
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Granja de Moreruela.
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Templo de Santa María del Azoque, Benavente (Zamora), mediados s.XII. [Fotos 29 junio 2008].
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Benavente.
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En numerosos signos lapidarios, dejados por los Compañeros Constructores sobre los sillares de aquellos templos que ayudaron a levantar, aparece la figura geométrica espiral, en forma más o menos compleja.
Esa espiral, lo primero que nos evoca es la concha del caracol. El sencillo caracol, con su avance lento pero cierto. Así, al margen de otros significados más complejos de la espiral, a los que no son ajenos estos signos lapidarios, los canteros bien pueden presumir del caracol como símbolo de oficio. Y pueden hacerlo por muchas razones, la más simple y directa porque, al igual que el sabroso molusco, el compañero lapidario debe avanzar lento y seguro, trabajar de forma pausada, para sacar de la piedra lo que su espíritu le dice que hay encerrado en ella. La obra bien hecha, nunca es apresurada. Las prisas, sólo sirven para extraviarse por el laberinto...
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Salud y fraternidad.

lunes 17 de noviembre de 2008

San Frutos “Pajarero”, tráenos un buen tempero... (refrán popular).

Templo de San Frutos del Duratón (Segovia). [Foto 27 mayo 2006].
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Hay una frase del medievalista Michelet, que conviene especialmente al templo de San Frutos del Duratón: “Hombres vulgares que creéis que esas piedras sólo son piedras, que no sentís circular la savia, cristianos o no, reverenciad, besad el signo que contienen. Aquí hay algo grande, eterno”.
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El templo sobre el espolón rocoso, sagrado desde tiempos celtíberos. [Diapositiva 24 julio 1984].
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La tradición eremítica del Desierto del Duratón parece provenir de época visigoda, -quizá en sustitución de viejos cultos druídicos-, para alcanzar en el s.VIII su época dorada, con san Frutos (642-715) y sus hermanos, Engracia y Valentín, quienes levantarían una sencilla ermita. Para el s.IX, en un intento de controlar a estos “solitarios de Dios”, se ha fundado ya un pequeño cenobio que es donado al Monasterio de Silos, en 1076, cuyo abad ordena construir el primer templo dedicado a San Frutos.
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Los ábsides, del 1100, fueron remodelados a fines del s.XII. [Diapositiva 24 julio 1984].
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Será obra del Magíster Dom Michael, natural de Tournus, según inscripción en un contrafuerte del sur. Era un templo no muy grande, pero si rico en símbolos, a tenor de los escasos restos que han llegado hasta nosotros. Está emparentado, estilísticamente, con el Salvador, de Sepúlveda, compartiendo con él su rico lenguaje céltico, a base de entrelazos.
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Restos de sillares tallados del templo primitivo, reutilizados en la remodelación del s.XII [Diapositiva 24 julio 1984].
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Aquel edificio primitivo, fue remodelado a fines del s.XII, ya que el aumento de peregrinos hizo necesario un templo capaz de contenerlos cómodamente. En dicha campaña, se sustituyó el ábside central por otro mayor, en el que se reutilizaron sillares decorados, del anterior, empotrados sin orden ni concierto –aunque, en el primitivo, ya se habían utilizado piedras romanas-. También se añadieron dos ábsides menores, a norte y sur –éste prácticamente desaparecido-, cuyas naves formaron capillas separadas. Se completó el conjunto, con una galería porticada en la fachada oeste –de la que subsisten escasos restos- y una nueva puerta en ese lado.
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"Cuadrado mágico", en el muro sur. [Diapositiva 24 julio 1984].
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Del templo primitivo, que hunde sus raíces en la roca y crece sobre ella, quedan dos elementos que denotan la mano simbólica de la “cuadrilla constructora” de Dom Michael. Una, el “cuadrado mágico” del muro sur, transposición geométrica de la piedra cúbica, y otra, la “piedra milagrosa” en el interior del ábside norte.
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Ábside norte, bajo el retablo se encuentra el pasadizo "milagrero". [Foto 27 mayo 2006].
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Se trata de un gran sillar, oculto en la base del retablo, dentro de un pasadizo que solo se puede recorrer de rodillas. La piedra allí escondida, dicen que cura y previene las hernias, amén de otros muchos males, si se practica el ritual conocido como “pasar por la piedra del santo”, que consiste en hacer tres veces el recorrido gateando ante ella, con fe, por supuesto.
Entre los Compañeros Constructores, el primer trabajo del aprendiz consistía en trabajar una piedra en bruto, hasta darle forma cúbica. Porque se supone que, el trabajo de los canteros, era imagen del trabajo del Arquitecto Supremo, Dios. Así, según la mitología cristiana, a semejanza del Creador, que trabajó la piedra bruta del caos para construir el mundo, el cantero trabaja la piedra y la desbasta para crear el Templo que es imagen de la Ciudad Celeste.
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¿Dónde estaría la "piedra milagrosa" antes de construirse el ábside lateral? [Foto 27 mayo 2006].
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La piedra en bruto, es símbolo del caos primitivo, que contiene todas las posibilidades, y en el que hay que restaurar el orden para fundar el universo según las normas de un plan preconcebido. Por ello, la piedra cúbica, es una “piedra de fundación” o piedra fundamental. Según la tradición hebrea, su Dios construye sobre la piedra: “El mundo sólo comenzó a existir cuando Dios tomó cierta piedra, que se llama piedra de fundación, eben shetiyah, y la lanzó al abismo de las posibilidades universales, de suerte que se implantara allí solidamente, para poder construir el mundo sobre ella”. Esta piedra es también, eben shelimah, la “piedra perfecta”, y eben Shelomon, la “piedra de Salomón” y por analogía “piedra del Templo”.
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La "milagrosa piedra cúbica", o casi cúbica. [Foto: cortesía de Esca, blog “Conoce tu comarca”].
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Pero el simbolismo de la piedra es muy complejo, podríamos perdernos en disquisiciones sobre sus variantes, como la “piedra angular”, caput anguli, la “piedra clave”, la “piedra negra”, etc., porque el tema es inagotable. Finalizaremos con una cita del filósofo René Guénon:
La piedra cúbica es esencialmente una piedra de fundación. Es, pues, ciertamente terrestre, como indica de por sí su forma. Asimismo la idea de estabilidad que conlleva encaja perfectamente con la función de Cibeles en cuanto Madre Tierra, es decir, como representación del principio sustancial de la manifestación universal” Y lo más interesante: “Hay un caso particular en que existe relación entre la piedra negra y la piedra cúbica: cuando esta última es, no ya una de las piedras de fundación situadas en los cuatro águlos de un edificio, sino la piedra shetiyah que ocupa el centro de la base de aquél, correspondiente al punto de caída de la piedra negra”.
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Cuando murieron algunos de los monjes-ermitaños, como no hubiese tierra para darles sepultura, rezaron a san Frutos y éste, cual "cantero celestial", hizo que la roca se fundiese bajo los cadáveres. Tumbas antropomorfas, ante los ábsides. [Diapositiva 3 noviembre 1985].
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No deberíamos dejar de lado el hecho de que muchos milagros, de san Frutos, están relacionados con la Naturaleza: las tormentas, fuentes, pájaros –es apodado “el Pajarero”-. Y otros, con los artesanos de la piedra... Como aquel lapidario que, ciego, talló una imagen del santo, guiado por la mano invisible de éste, y curó su ceguera al llegar a los ojos de la escultura. O el cantero manco, que sanó su mano al meterla por un hueco que hizo en los sillares de la Catedral de Segovia, donde estaban escondidas las reliquias del santo.
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San Frutos, con su bastón de constructor y el libro "mágico-milagroso". [Foto 27 mayo 2006].
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Porque el primer milagro que hizo san Frutos, fue de Magíster Constructor, golpeó con su vara la roca y esta se separó formando una zanja de cien metros de profundidad, conocida como “La Cuchillada”, para impedir el paso a los musulmanes que pretendían asaltar su ermita. Allí sigue, cruzada por un puentecillo, ante los ábsides del templo, convirtiendo el peñasco rocoso donde se alza en una isla inexpugnable.
Y dicen los que saben de ello, que cada 25 de octubre, a las doce en punto de la noche, una escultura del santo, situada en la puerta de la catedral de Segovia, pasa otra hoja de su libro de piedra. Cuando el druídico santo eremita pase la última hoja, llegará el día del Juicio Final.
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La hoz del río Duratón y el peñasco sobre el que se asienta el mágico templo de San Frutos. Persistencia sincrética del culto a las fuerzas de la Naturaleza, de la Madre Tierra, memoria de sus sacerdotes y sacerdotisas... [Foto 3 noviembre 1985].
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Salud y fraternidad.

martes 11 de noviembre de 2008

Románico con más conchas que un galápago...

Templo de San Miguel, Caltojar (Soria). [Fotos 31 octubre 2008].
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El viajero puede contemplar el templo de Caltojar (Soria), extasiarse con su peculiar belleza, y aquí paz y después gloria... Pero la cosa no es tan sencilla.
Y no lo es porque, el edificio, presenta una serie de signos que evidencian un pasado tortuoso. Cuando lo descubrimos, hace veinticinco años, nos resultó chocante, y hoy nos afirmamos en tal apreciación. Lo que, a simple vista, parecen peculiaridades constructivas, si nos fijamos con detenimiento, dan cuenta de los turbios manejos que tuvieron lugar en sus elementos arquitectónicos. ¿Se debe a que fue construido, al iniciarse el s.XIII, en una época de convulsa transición?
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El primer chasco es la perspectiva del lado Este, con el magnífico ábside “lombardo” y sus desfasados canes “mozárabes”. Perdón, ábsides, en plural, porque debía tener tres. ¿Cómo, que solo ven uno en la foto? Muy sencillo, ello se debe a que, los absidiolos laterales, han sido devorados por tardías estructuras –quizá del XVII o XVIII- que utilizaron los mismos sillares. ¿Sacados de otras partes del edificio?
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Restos visibles del pequeño ábside norte.
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El absidiolo correspondiente al sur fue demolido, y el norte quedó reducido a un fragmento semioculto. Al interior, ambas estructuras están cubiertas por sendos retablos que ocultan el desaguisado. La torre, románica, fue también muy transformada, aunque conserva la traza.
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Fijémonos, ahora, en la fachada sur. El cuerpo saliente que acomoda la portada, tiene un tejaroz de canes a base de rollos, como el resto del edificio, pero aquí los centrales, los que caen sobre la chambrana de la portada, han sido burdamente rotos para acomodar la curvatura del arco con cabezas de clavo. ¿Cómo es posible tal estupidez en una portada tan perfecta? Da la sensación de que falta una hilera de sillares, entre la chambrana y los canes, que ha obligado a destrozar éstos para acomodar forzadamente el tejaroz. ¿Es el resultado de alguna reforma?
No debemos fijarnos, sin embargo, en el distinto color de los sillares, los que aparecen grises es porque la erosión les arrancó el baño protector, de color, con el que los canteros medievales protegían los sillares endureciendo la piedra.
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Hay más notas chocantes, la serena simplicidad de las románicas arquivoltas con cabezas de clavo y dientes de sierra, contrasta con el “barroquismo” de los capiteles, prácticamente góticos, y la vulgaridad plana de los relieves, a base de hojas, en las jambas escalonadas de los intercolumnios.
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Por si fuera poco, el tímpano, que recuerda el de Santiago del Burgo en Zamora, está presidido por un ángel de rudeza tal, que no sabe uno si imaginarlo obra de un artista primitivo o de un torpe artesano arcaizante. Desdice por completo del resto, pero, a su vez, el capitel pinjante que se encuentra bajo tal escultura, dividiendo el tímpano geminado, es de nuevo pomposamente gotizante con su “florido florón”, por más que la pieza escultórica del ángel parezca introducida con calzador entre las demás dovelas del tímpano. Item mas, ¿por qué lleva un bastón, que parece vara de constructor, en lugar de lanza o espada? ¿Por qué se protege tras un escudo, de sospechosa estructura céltica? ¿Qué gesto es el que hace con su mano derecha? ¿Y por qué falta el sillar original que estaba sobre la cabeza del ángel...?
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Regresando a las arquivoltas, hay un detalle que suele pasar desapercibido, los dientes de sierra llevan un baquetón curvo en su borde y tras él un surco, en todos sus picos. No, en todos no. De ellos, sólo veinte responden a este esquema. Uno, el segundo empezando por la izquierda, ha convertido el pequeño surco en grueso calado, como se ve en la foto, dejando el trozo de baquetón exento. ¿Por qué? ¿Acaso el cantero pensaba hacer ese trabajo en toda la arquivolta, pero hubo que terminar la obra aprisa y corriendo? ¿O se trata de un guiño, un signo, una clave que el artista medieval nos ha dejado para indicarnos algún sentido oculto?
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Otros elementos, como el rosetón occidental decorado con ojas de acanto, la sencilla portada norte a base de capiteles vegetales, o una parte del ábside, están tan maltratados por el desgaste de los siglos, que no es posible analizar sus disonancias con ecuanimidad.
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No obstante, una ventanita en el lado norte del presbiterio, presenta su arco superior tallado con un sogueado y relieves vegetales –todo ello muy desgastado-, aunque el brusco corte del sillar en sus laterales, da idea de que puede proceder de otra parte del edificio y ha sido reutilizada.
Es todo tan sereno y tan confuso, tan cisterciense, pre-gótico y arcaizante a un tiempo. Tan “lombardo” al par que “borgoñón”. Tan normal y tan extraño. Eso, sin contar lo que esconde en su interior...
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Salud y fraternidad.

viernes 7 de noviembre de 2008

¡Al druida lo pintan “calvo”!

Sobre la arquitectura románica peregrinan unos singulares personajes, que causan nuestra extrañeza por el peculiar corte de pelo que lucen. Porque se trata de corte de pelo, intencionado, y no de calvicie.
¿Estamos ante una moda, impuesta por los estilistas románicos? ¿Es un símbolo de rebeldía, adoptado por los inconformistas del primer medievo? ¿Se trata de una señal de reconocimiento, para los componentes de algún grupo heterodoxo?
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Los compañeros escultores, por norma, representaban escenas simbólicas referidas a los mensajes religiosos que cada patrón les encomendaba fijar sobre la piedra. Pero, salvo en el caso de los monstruos y animales mitológicos, sus personajes reflejan exactamente los tipos corrientes de la época. Vestidos, utensilios, rostros, armas, adornos y peinados están sacados de la vida diaria. Se puede hacer un perfecto catálogo, de la moda del momento, con las imágenes de los templos románicos: capiteles, arquivoltas, canes, tímpanos, despliegan la rica variedad de vestimentas, joyas y peinados de la sociedad, en todos sus estratos.
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Entonces ¿a qué responde el extraño corte de pelo, antes aludido? No son calvos, pues aquellos afectados de alopecia están representados tal cual. Y tampoco parece ser una moda, pues los ejemplares conservados son escasos, comparados con la rica variedad de modelos capilares más comunes.
¿Y qué otros peinados existen que sean poco usuales, que correspondan a un grupo específico de individuos? Que nosotros sepamos, tan sólo la tonsura, esa corona circular de cabello sobre el cráneo afeitado de los monjes, para indicar su entrega al hábito y al dios que sirven. Y aquí está “la madre del cordero”, porque esa tonsura, conocida como “de San Pedro”, surgida hacia el s.IV, es propia del clero que en la nueva religión sigue el rito romano.
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Sin embargo, durante el medievo, existieron diversos ritos: bracarense, visigodo, celto-irlandés, sirio, armenio, copto, etíope, etc. Algunos subsisten hasta hoy –quedan unos veinte ritos litúrgicos-, otros, como el visigodo o el celta, fueron suprimidos pronto. Y precisamente entre los monjes célticos, una peculiaridad de su rito era la tonsura llamada “de San Juan”, Maghi o Mag, rasurando la parte central y delantera del cráneo, pero dejando un mechón posterior y los laterales.
Cuando el Sínodo de Whitby, en el 664, unificó con el romano el rito irlandés –es decir que lo borró del mapa-, una de las características que se prohibió expresamente fue la tonsura celto-irlandesa, implantada por San Patricio, pero de herencia druídica. Cuya condena habían recogido ya los Concilios de Toledo y Braga, en el s.VII, demostrando que tal práctica era común en los reinos hispano-romanos, evangelizados en parte por monjes celtas.
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Y visto lo visto, en diversas esculturas románicas, parece que las costumbres rituales del monacato céltico continuaron mucho después de su prohibición, hasta bien entrado el siglo XII, según demuestran las tonsuradas esculturas de los templos.
¿Cómo es posible? ¿Se trata de monjes rebeldes a la obediencia romana? ¿Grupos de creyentes heterodoxos? ¿La fuerza de la costumbre? No olvidemos, que las creencias y sus prácticas son más fáciles de condenar que de erradicar... No olvidemos, que el mundo románico es un laberinto del que desconocemos muchos recovecos...
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[Dedicado a mis "bruj@s" de Barahona].
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Salud y fraternidad.

lunes 3 de noviembre de 2008

Día de "Todos los Santos", día de Todos los Espíritus...

Hacia el año 835, el papa Gregorio III estableció, para las fechas del 31 de octubre y 1 de noviembre, las festividades de "La víspera" y el "Día de Todos los Santos", con el fin de que la nueva religión acabase con las creencias, de la Antigua Religión, celebradas en idénticas fechas: la Fiesta de Samhain, o del año nuevo celta.
Es lo que se llama "sincretismo", es decir: apropiarse una creencia anterior, camuflándola con los pretextos teológicos de la nueva creencia, para atraerse a los fieles de la Antigua Religión que se resisten a cambiar de credo.
¿Por qué traemos a colación ésto? Muy sencillo, es un simple ejemplo de como numerosas creencias, del mundo celta, de la Religión Antigua, pasaron a la nueva religión y a su programa iconográfico dentro de la arquitectura románica. Sincretismo, asimilación, disimulo, o robo descarado -como queramos llamarlo-, de ideología religiosa, en el que participaron activamente las comunidades celtas cristianizadas y los monjes irlandeses de San Columbano.
El mundo románico, no lo olvidemos nunca, está formado, en gran parte, por los restos del mundo céltico. Aunque, los que realizaron tal sincretismo, se hayan encargado de ocultarnos celosamente tal circunstancia.
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Salud y fraternidad.

jueves 30 de octubre de 2008

¡Feliz fiesta de Samhain!

Feliz año nuevo celta a todos...

Salud y fraternidad.

jueves 23 de octubre de 2008

Geometría románica. ¿El "quinto elemento"?

Templo de Santa María la Mayor, s.XII, ventana absidal, Abajas (Burgos).
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Se han hecho toda clase de estudios sobre el simbolismo de las imágenes románicas: humanas, animales o vegetales, ahí está la magnífica obra de L. Charbonneau-Lassay, El bestiario de Cristo, por ejemplo. Sin embargo, prácticamente, no existen estudios similares sobre el simbolismo geométrico del templo románico, cuando en él abundan dichos elementos. ¿A qué oscura simbología pitagórica aluden esos trazos? ¿Hasta que esotéricos conceptos platónicos, iniciáticos, nos remontan? ¿O son tan sólo líneas “decorativas”?
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Templo de San Juan, s.XII, ventana absidal, Portomarín (Lugo).
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Templo de San Juan, s.XII, ventana absidal, Portomarín (Lugo).
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En la Grecia clásica, las ciencias matemáticas eran cuatro: aritmética, geometría, astronomía y música. Platón, el gran neopitagórico, afirmaba: “Hay que comenzar con el estudio de los números, seguir con la geometría, la estereometría y la armonía, para alcanzar la verdadera ciencia astronómica. Todas ellas permiten captar la Unidad de todos los fenómenos por contemplación. Por medio de estas cuatro ciencias puede elevarse la mejor parte del alma a la contemplación del mejor de los seres”. Había colocado una sentencia sobre el frontispicio de su Academia: “Nadie entre aquí si no es geómetra”.
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Templo de San Miguel, s.XII, ventana absidal, Carcedo de Bureba (Burgos).
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El esotérico filósofo, denominó a las figuras geométricas: “cosas después de los números”, o también: “líneas, planos y sólidos que vienen tras los números”. Pues, al igual que estableció una relación entre las Ideas y los Números, estableció otra entre las Ideas y la Geometría. Desarrollando, con terminología diferente, los conceptos pitagóricos de las figuras cósmicas: “Cinco son las figuras sólidas que se llaman también matemáticas, Pitágoras dice que del cubo se ha generado la tierra, de la pirámide el fuego, del octaedro el aire, del icosaedro el agua, del dodecaedro la esfera del universo”.
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Salud y fraternidad.

martes 16 de septiembre de 2008

La catedral celta de Britonia sobre la fuente del hada "Lumia".

Templo de San Martiño, ss.X-XII, San Martiño de Mondoñedo (Lugo). [Fotos 17 julio 2008].
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A 5 kms de Foz (Lugo) se encuentra el lugar de San Martiño de Mondoñedo, la pequeña aldea de hoy fue antaño, cuando era llamada Mendunieto, sede de un Obispado y capital de una próspera provincia. De todo aquel esplendor sólo queda el templo de San Martiño, imponente rompecabezas pétreo, al presente lleno de remiendos pero que fue un día espléndida Catedral románica. Un templo que se levantó a la sombra de una fuente medicinal, custodiada por una “Lumia” con pies de ganso, según unas tradiciones populares, o cola de serpiente, según otras. En realidad, un hada de los manantiales venerada entre los galaicos desde tiempo inmemorial.
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Ábsides, los dos laterales de estilo "lombardo" [contrafuertes de 1866].
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En Britania, tras la retirada de los romanos, los celtas bretones comenzaron a ser presionados por pictos, jutos, anglos y sajones. Entre los ss.IV-VI, varios millares de bretones emigraron al continente en oleadas sucesivas. La mayoría se asentó en Armórica (Galia), donde crearon el reino de Bretaña, los restantes fueron hasta Gallaecia (Hispania), para instalarse en una comarca marítima, al norte, entre Ferrol y el río Navia, que llamarían Britonia. La capital de esta Provincia galaico-romana era Bretoña (entre Meira y Mondoñedo), donde en tiempos de la invasión sueva (411-585) se creó un obispado por influencia de san Martín Dumiense. Esta sede formaba parte de una “federación monástica”, inspirada en modelos celtas irlandeses y bretones, junto a otras diócesis-monasterio que alcanzaron su apogeo con san Fructuoso. Y, en el lugar de Mendunieto, se fundó el Monasterio Máximo (hacia 560) para cristianizar un lugar de culto celto-romano-suevo, establecido alrededor de una fuente consagrada al genio acuático Lumia.
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Lado sur, se aprecian las "restauraciones", la torre es del s.XV-XVIII.
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Por sus buenas relaciones con los obispos suevos de Braga, cuando los visigodos arrasan la capital del reino (585), los notables suevos encontraron refugio en Britonia. Más tarde, en el 860, se acogen aquí al abad Sabarico y los monjes de Dumio (Braga, Portugal) que huyen de los musulmanes. Estos emigrados ponen el Monasterio bajo la advocación de los santos Martín de Tours y Martín Dumiense, este último apóstol de los suevos. Luego todos deben huir para Asturias, por la invasión árabe. Regresan hacia el 866, cuando el rey Alfonso III (866-911) traslada la sede episcopal de Bretoña a Mendunieto por el peligro de las incursiones vikingas. En efecto, el 966 y el 971 Bretoña fue arrasada por los normandos, y la capital se trasladó también a Mendunieto, junto al Monasterio Máximo.
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Fachada oeste, en la portada quedan restos suevos, del s.VI, columnas y capiteles.
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Durante éste período, a caballo entre los ss.X y XII, se levanta el templo actual, finalizado por san Gonzalo, catedral que es hoy la más antigua de Celtiberia. Por esta sede pasaron quince obispos, entre ellos san Rosendo (925-948), “san” Gonzalo (1070-1108) –santo por aclamación popular- y Nuño Alonso (1112-1136), coautor de la Historia Compostelana. En el s.XII, la parte oriental de la Provincia-obispado fue cedida a Oviedo, y en 1112 la reina Urraca (1109-1126) traslada definitivamente la sede episcopal a Villamayor de Val de Brea, rebautizada como Mondoñedo en honor de la antigua Mendunieto. Así, el viejo Monasterio Máximo, entra en una aurea mediocritas de la que no se recuperará.
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Muro norte, se aprecian los numerosos "remiendos" de sucesivas reconstrucciones.
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El templo, comenzado en el s.VI, fue reedificado en los ss.X y XII, con numerosas reparaciones intermedias y posteriores. Su planta basilical, con crucero señalado en alzada, tuvo torre cimborrio que se hundió; triple ábside, los laterales de estilo lombardo; y naves de alzado desigual con portadas al lado norte, hoy cegadas o deformadas. Su fachada oeste muestra reformas tardías y elementos reutilizados de la obra anterior. La portada de este lado es sencilla, con crismón, y sobre él Agnus Dei en círculo tetralobulado, casi seguro piezas suevas o visigodas del s.VII reutilizadas. La torre, adosada al sur de la fachada, es muy posterior al románico, ss.XV a XVIII. [Los contrafuertes absidales son de 1866].
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Interior, naves hacia los ábsides, en la central se aprecian los arranques del perdido cimborrio.
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Su interior contiene capiteles ricos en simbología, mezcla de mitología cristiana y céltica: Madre Tierra que amamanta animales y está acompañada por una Lumia, bajo un entrelazo; banquete de Epulón y Lázaro; pareja, con andrófagos de doble cuerpo que comparten cabeza; serpiente sigmoidea; monstruos afrontados. Por el templo se encuentran empotradas, sin orden ni concierto, diversas piezas de los sucesivos edificios aquí levantados y reconstruidos durante siglos. Un capitel vaciado y reutilizado como pila de agua bendita; canes de los aleros recolocados en los muros interiores, para sostener tribunas de madera, arcos añadidos, etc.
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Interior, capitel de la Madre Tierra y la Lumia con cola de serpiente.
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También es material de reempleo el frontal de altar, o antipendio, del s.X, con Maiestas Domini dentro de mandorla circular, Agnus Dei, águila (¿parte del Tetramorfo?), cuatro ángeles y tres personajes (¿los obispos de las siete iglesias del Apocalipsis?). Parece que está incompleto, faltaría una placa de piedra al lado derecho, completando el presunto Tetramorfo y los citados obispos apocalípticos.
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Interior, capitel de las pareja con andrófagos y serpiente sigmoidea.
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Al puzzle se añaden las pinturas románicas del muro sur, mezcladas con otras posteriores, góticas y renacentistas, en los ábsides. Y el sarcófago de “san” Gonzalo, dentro del cual se encontraron su báculo, acabado en cabeza animal que tiene una esfera en su boca, y su anillo de oro con la piedra de cuarzo sujeta por cuatro cabezas de ave, con la inscripción NOLO ESSE DATUS NEQUE VENUM DATUS, “no quiero ser dado ni vendido”. Alzando este báculo y orando, dicen que detuvo cierta invasión normanda pues creó una tormenta que hundió la flota vikinga.
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La fuente de A Zapata, "la zapatilla", custodiada por una Lumia con pies de ganso...
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A este don Gonzalo atribuyen que volviera a fluir la Fuente de "A Zapata", s.XI, con aguas curativas, por el “milagroso” procedimiento de arrojar una zapatilla contra la roca, para espantar la Lumia que tenía retenido el manantial porque los cristianos habían levantado el templo junto a su fuente. Extraño proceder para un obispo cristiano, puesto que recuerda procedimientos de los aquilegus y tempestarii, zahoríes celto-romanos, que así alejaban las tormentas y atraían el agua de lluvia. Y acabamos de ver como “san” Gonzalo actuó de tempestarii, creando la tormenta que impidió la invasión vikinga... ¿Será por eso que sólo es santo “popular” y no “oficial”? Durante siglos las gentes vinieron por esta agua de la Lumia, incluso desde sitios muy distantes, debido a la fama de mágico-milagroso-curativas que gozaban.
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La fuente de "A Zapata", cegada por la Lumia en venganza por haber levantado un templo cristiano sobre ella.
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Como todos los integristas de “corazón puro”, san Martín Dumiense (515-580), pensaba que las creencias espirituales de los demás eran “superstición” y las suyas “religión”. Por eso había advertido, en sus De correctione rusticorum, sobre éstos antiguos seres sagrados, pues el pueblo galaico estaba imbuido de creencias religiosas célticas, romanas y germánicas que, para el santo evangelizador de los suevos, no eran más que “paganismo del Diablo”:
Muchos demonios, expulsados del cielo, presiden el mar, los ríos, las fuentes, las rocas y los bosques, y los hombres les dan culto como a dioses. En el mar los llaman Neptuno, en los bosques Diana, en los ríos Ninfas y en las fuentes Lamias...”
¡Así escriben la historia los vencedores!
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Salud y fraternidad.