lunes 23 de noviembre de 2009

¿Románico andalusí...? (Vª)

Situado en la Ajerquía, junto a la muralla separadora de la Medina, se alzaba el Real Convento de San Pablo, de frailes predicadores, fundado por Fernando III en 1241. Era una rica y extensa propiedad, con claustro, huertos, y el disfrute de numerosas casas, mesones, derechos de agua, etc., en su entorno. No estamos en un enclave cualquiera, se trata del nuevo Foro Provincial de la Colonia Patricia Corduba, justo enfrente se encuentran las ruinas del Templo Imperial Romano, s.I-II d.C., y San Pablo hunde sus cimientos sobre el Circo Romano, de igual fecha.
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Hoy día, tan solo nos queda el templo de San Pablo, habiendo desaparecido todos los edificios conventuales, tragados por el urbanismo de sucesivos siglos, y a punto estuvo de perderse el propio templo en la desamortización del s.XIX. Una afortunada restauración, de 1900, rescató del olvido este magnífico edificio, aunque, como en el caso de Santiago de los Caballeros, se encuentre “sitiado” por numerosas casas adosadas y solo puede ofrecernos íntegro su magnífico interior.
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La estructura del templo es borgoñona, cisterciense, de transición románico-gótica: tres naves de altura desigual y cabecera triple, ábside central poligonal, y laterales rectos con interior curvo. Esto solo se vuelve a encontrar en el templo de San Pedro, y refleja cierto primitivismo, a más de una estrecha relación con el modelo del Cister, propio de la escuela hispano-languedociana, uno de cuyos ejemplos está en el Monasterio de Palazuelos (Burgos). La peculiar estructura románica, arcaizante, se aprecia también en los vanos absidales, todos de medio punto.
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Las piezas “de acarreo”, o reempleo, son claramente visibles, pues su utilización en un edificio para el que no fueron creadas hace evidente el añadido. Tenemos columnas, superpuestas y adosadas a los pilares del edificio, algunas recortadas, hasta completar la altura deseada, y sujetas al muro mediante grapas metálicas. Los capiteles, por su parte, son romanos o de tradición romana a través de visigodos y musulmanes, con hojas de acanto corintias, mientras que otros son directamente islámicos propios del arte califal, de los ss.IX-X, con trépano en avispero, procedentes tanto de mezquitas como de edificios particulares.
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Como en los demás templos del grupo cordobés, solo aparece abovedada la cabecera, con crucería apoyada en ménsulas, mientras las naves, por influencia mudéjar, se cubren con armadura en madera a base de par y nudillo de lacería. La cubierta de los ábsides laterales, al igual que los de San Pedro, son singulares en Córdoba, ya que presentan bóvedas de horno, señal de su “primitivismo” tardío.
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En su fachada oeste, las reformas del s.XVI, hicieron desaparecer la portada medieval y taparon parte de los contrafuertes que enmarcan el rosetón. La cornisa es típicamente románica, a base de modillones de rollos y cinta lisa, de tradición islámica, aunque existen algunos de talla mudéjar, muy maltratados y encajonados entre la Capilla de Doña Leonor. Estos últimos, decorados con rizos vegetales y motivos abstractos, serían evolución de ejemplares emirales a través de los mozárabes.
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La portada norte sigue el modelo ya descrito en otros templos cordobeses, con la típica faja ornamentada, aunque aquí cabe destacar que los capiteles son musulmanes, ss.IX-X, de avispero con trépano, colocados durante la restauración. No obstante, el tejaroz puede datarse en la reforma del s.XV, obra mudéjar en madera. En conjunto reproduce modelos cistercienses del s.XIII, como la portada oeste de Sasamón (Burgos), aunque más estilizada.
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La portada sur, que daba acceso al claustro, queda hoy en función de entrada a una pequeña capilla, y es otra originalidad de este templo. De arco ligeramente apuntado, con cierto abombamiento, que le confiere un claro aire islámico de sabor mudéjar, su extradós lleva cabezas de clavo y el intradós unos dientes de sierra, de tradición románica en el Cister. Estas peculiaridades, nos hacen añorar el desaparecido claustro medieval. ¿Sería igual de sorprendente?
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La curiosa capilla de Doña Leonor López de Córdoba, s.XV, hija del Maestre de Calatrava, tenía ocho rosetones, de los que restan cinco, uno de ellos entremezcla lacerías mudéjares con tracerías góticas, en singular maridaje cultural prolongado a través de los siglos.
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La Capilla de los Hoces, conserva tres ventanas mudéjares, con arco lobulado y alfiz, más celosía de piedra, califal, con lacería de estrellas. En su interior hay capiteles musulmanes y romanos, que delatan su antigüedad y carácter mestizo. No olvidemos que la Capilla de los Santos Mártires, aprovecha las piedras de un oratorio almohade, cuya cúpula octogonal se inspira en las capillas laterales del mihrab de la Mezquita Aljama. Y que luego, fue fama que allí se habían aparecido las ánimas de diversos mártires, que derramaron su sangre en el circo romano enterrado bajo sus cimientos.
Señal todo ello de las diferentes utilizaciones y reutilizaciones, de este espacio, desde los tiempos romanos hasta la conquista de Fernando III.
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Salud y fraternidad.

viernes 20 de noviembre de 2009

¿Románico andalusí...? (IVª)

Por su ayuda en la conquista de Córdoba, en 1236, Fernando III entregó a la Orden del Temple la mezquita del Amir Hisham, en la zona baja de la Ajerquía, muy próxima al Guadalquivir, donde los monjes guerreros alzaron el templo de Sant Yago el Viejo, o Santiago de los Caballeros, y junto a él un Convento con claustro, adosado al muro sur, que poseyeron hasta 1312. En el s.XV hay documentos que citan “las Claustras” de Santiago y, todavía hoy, la calle donde estuvo se denomina “del Claustro”. Aunque éste no es el mayor milagro del edificio templario.
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Durante muchos años, el templo estuvo cerrado al culto, en espera de rehabilitación. En 1979 tuvo lugar un terrible incendio que debilitó, todavía más, el edificio, y provocó que en 1981 se derrumbara un pilar arrastrando gran parte de la nave central. Como en el caso de La Magdalena, esto salvó el templo, pues decidió su restauración. Sin prisa, claro, que la prisa es mala consejera, por lo que no se concluyó hasta 1991, al cabo de diez años. No obstante, el edificio continúa encerrado: el ábside y fachada sur entre las viviendas adosadas; su fachada oeste encajonada por construcciones en la estrecha calleja, antaño llamada “del Viento”.
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Con tres naves y triple ábside, entre cuyos contrafuertes se abren ventanas alancetadas de tracerías góticas, tipo Chartres, esta cabecera poligonal sigue modelos de gran difusión en Castilla y Aragón: Colegiata de Aguilar de Campoo (Cantabria), San Miguel de Foces en Ibieca (Huesca), o Santa María de Alcocer en la Alcarria (Guadalajara). No obstante, sus capiteles son de tradición musulmana y mudéjar en mayor medida que en otros templos cordobeses de su época.
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Este es uno de los pocos templos cordobeses, junto con San Lorenzo, Santa Clara y la Catedral, que conserva parte del alminar, de la mezquita sobre la cual fue edificado, aunque sea sepultado bajo las capas barrocas. Aún así, los pocos elementos que del mismo podemos observar, nos hablan de un alminar de inicios del s.IX, de serena belleza.
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Adosada hacia la mitad del costado norte del templo, los dos primeros pisos de esta torre son islámicos, con una ventana geminada, en arcos de herradura, que asoma al interior de la nave septentrional, mientras el piso superior y la espadaña son barrocos. Entre la fachada oeste y el alminar se levantó una galería, en época medieval, que guarecía la portada correspondiente. En el s.XVII, quizá por su mal estado, ambos elementos fueron sustituidos por otros al gusto barroco.
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De sus tres portadas, la norte desapareció según dijimos, aunque debió ser semejante a la del sur, que sigue la línea que hemos visto en La Magdalena y Santa Marina, aunque más simples: arquivoltas lisas, sobre un friso corrido, vegetal, que se convierte en capitelillos sobre las columnas. La portada de poniente, coronada por un tejaroz a base de modillones califales de rollos, copia el modelo, con extradós de cabezas de clavo, arquivoltas lisas y friso con vegetales y animales, todo muy destrozado.
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La fachada oeste -imposible de fotografiar correctamente, por la cercanía de los edificios vecinos-, tiene un magnífico rosetón ojival, con incrustaciones de azulejo mudéjar, comparable a los de San Miguel y San Lorenzo, y sendos óculos en las naves laterales.
Aunque si queremos disfrutar del bello rosetón, mejor será que lo hagamos desde dentro del templo, pues el cristal protector que le ha tocado “en suerte”, nos impide contemplar sus góticas tracerías.
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El alzado de las naves es propio de la tradición románica borgoñona, y la conjunción de cabecera abovedada y naves cubiertas con techumbre de madera proviene tanto de los conquistadores castellanos como de la tradición musulmana. Por su parte, las bóvedas absidales, con espinazo en zig-zag, son propias del gótico del Cister aunque en Córdoba se difundieron entre los siglos XIII y XIV.
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Un último enigma ronda el edificio templario, tan repleto de ellos, se trata de la extraviada “Virgen de Mármol”, s.XIII, ante la que juró su cargo el Comendador templario Juan Yañez de Cea, hacia 1270. Nª Sª de la Blanca, presidió el altar mayor y tras la supresión del Temple fue instalada en la Capilla de la Epístola, luego su pista se pierde. Solo quedan las leyendas, sobre su misteriosa aparición y cierto tesoro encantado...
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Salud y fraternidad.

miércoles 18 de noviembre de 2009

¿Románico andalusí...? (IIIª)

En la zona norte de la Ajerquía cordobesa, se alzaba un templo visigodo, donde continuó el culto mozárabe durante los primeros años de la ocupación musulmana. Luego fue derribado y, tras la conquista de Fernando III, se reconstruyó bajo la advocación de Santa Marina de Aguas Santas, con un estilo híbrido, pero impresionante, reutilizando materiales musulmanes. ¿Estamos ante un románico que quiere ser gótico, o ante un gótico que todavía no ha dejado de ser románico? Quizá ambas cosas a un tiempo.
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De la torre medieval, rehecha en 1550, se aprovechó la parte baja para capilla conservando el arranque de la escalera original. Luego, el templo sufrió importantes reformas internas en 1590, 1645 y 1680, que no afectaron a su singular y característica fachada principal. Fachada remata en piñón, con sus dos parejas de enormes botareles escalonados, que le dan aspecto de fortaleza, y enmarcan el rosetón sobre la portada. Este tipo de refuerzo, propio del primer gótico europeo, es aquí un exotismo que no se repetirá en otros templos cordobeses.
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La fachada oeste, que acusa la distinta altura de sus tres naves, contaba con otros tantos vanos. Un gran rosetón central, cuyas tracerías se reconstruyeron de forma esquemática, en el s.XIX, y dos óculos menores en los laterales, de los cuales ha desaparecido el de la nave sur sustituido por una ventana.
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Si el rosetón central procede de un románico-gótico “retardado”, los óculos de las naves laterales están en el ámbito de lo mudéjar, y si juzgamos por otros templos cordobeses similares, ambos debían poseer tracerías diferentes.
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Como todos los templos de su época, posee tres portadas ligeramente apuntadas. La principal, se encuadra entre los dos botareles centrales, sus lisas arquivoltas descansan sobre una franja que integra los pequeños capiteles y se expande a cada lado del extradós del arco; esta franja es semejante a la del templo de La Magdalena, con vegetales y animales, e igual que aquella está muy deteriorada.
Las arquivoltas están encuadradas por un alfiz mudéjar, trabajado con motivos geométricos, y protegidas por un tejaroz a base de modillones musulmanes de rollo simple. La portada sur es muy similar, y ambas responden a un gótico incipiente.
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En cuanto a la portada norte, otro símbolo de identidad del templo, tiene la originalidad de estar enmarcada por un destacado gablete gótico, en cuyo centro se abre una hornacina, con dos contrafuertes laterales a modo de pináculos, todo ello recorrido por cabezas de clavo.
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De arquivoltas lisas, el intradós contiene unos “dientes de perro” de puntas curvas. Como en las otras portadas, las arquivoltas apean sobre una faja de vegetales y animales. A pesar de su fuerte arcaísmo, podría datar de inicios del s.XIV.
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En la triple cabecera poligonal se aprecia también el estilo arcaizante, mientras los vanos de las naves son saeteras románicas, el ábside central tiene vanos tipo Chartres: alancetados, óculo lobulado y columnitas con capitelillos vegetales; al tiempo que, en los ábsides laterales, hay ventanas con celosías mudéjares de lacería.
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Su interior muestra pilares de origen románico del tipo de Poblet y Veruela; los arcos de separación de las naves son apuntados y doblados, sobre ellos corren otros de medio punto, que apean sobre las pilastras, y aquellos sobre las columnas de los pilares. Elementos que, en la zona norte peninsular, son propios del paso del s.XII al XIII, y del tránsito entre románico y gótico, pero que en Córdoba se emplean con un siglo de retraso. Los capiteles de la nave fueron picados, para colocar las falsas bóvedas barrocas que ocultaron las techumbres medievales, hacia 1645, siendo sustituidos por otros tallados a más bajo nivel seguramente imitando aquellos.
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Salud y fraternidad.

martes 17 de noviembre de 2009

¿Románico andalusí...? (IIª)

El curioso templo de La Magdalena (Córdoba), que se alza en la Ajerquía, auna caracteres del gótico incipiente, con un decadente soplo románico, y ha llegado hasta nosotros por puro milagro. Sufrió siglos de remodelaciones, hasta que al inicio del XX fue cerrado al culto. Hacia los años sesenta se retiraron las falsas bóvedas barrocas, y se produjo el espejismo de una pronta restauración. Todo en vano, continuó cerrado y abandonado a su deterioro, eso sí, se aprobó un proyecto de restauración nunca realizado, y en 1982 fue declarado Monumento Nacional. Al fin, en 1990, sufrió un incendio. El fuego arruinó el templo, la techumbre vino al suelo y arrastró los arcos. ¡Aleluya!
¡Ahora sí! ¡Ahora había, por fin, motivos para una “restauración seria”! Seria, pero sin prisas, se tardó una década para convertirlo en centro cultural, patrocinado por una Caja de Ahorros, cerrado al turismo y vedado a los fotógrafos...
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Este fue uno de los primeros templos en levantarse tras la conquista, quizá por ello conserva elementos mas “primitivos”. Su ábside mayor es poligonal y los laterales rectos, cubiertos con bóvedas de crucería góticas. Este tipo de cabecera, viene influido por templos burgaleses, como San Andrés del Arroyo, Las Huelgas, o el templo abacial de SªMª de Huerta. La torre medieval desapareció, reedificada a fines del XVIII.
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Su fachada oeste refleja la estructura interna, de tres naves, aunque carece de los contrafuertes que caracterizan este tipo de templos, función que parece ejercer el macizo cuerpo saliente de la portada.
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El cuerpo central presenta un gran rosetón con cabezas de clavo y tracerías de gusto mudéjar -muy restauradas-, bajo él está la portada principal.
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Sobre grueso cuerpo saliente, coronada por un incipiente gablete en cuyo ángulo hay un pequeño óculo ojival, de tres lóbulos, que pudo contener una imagen, destaca la portada de arcos apuntados.
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Sus arquivoltas, con extradós de espirales y florones vegetales, son propias de un gótico inicial que empieza a desprenderse lentamente de las fórmulas románicas.
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No obstante, el intradós, con sus dientes de sierra calados, nos remite al románico final de templos burgaleses y sorianos. Las arquivoltas reposan sobre un friso corrido, en el que se integran las columnillas, esculpido con vegetales entre los que corretean animales y picotean pájaros, todo muy deteriorado, casi perdido .
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La portada norte, también en saledizo, presenta tejaroz de modillones califales, extradós de cabezas de clavo, y capiteles a base de vegetales y personajes, todo muy deteriorado; en las enjutas queda un arcángel san Gabriel, fines s.XIII, parejo de la perdida Virgen del otro lado.
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La portada sur, es también de gran originalidad. Un alfiz mudéjar, a base de cabezas de clavo, enmarca las arquivoltas, de medio punto, cuyo intradós presenta los clásicos dientes de sierra, que fueron tan comunes en cierto románico.
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Otro recuerdo musulmán, son los modillones de rollos, con cinta lisa, de tradición califal.
En resumen, un templo donde se dan cita, a pesar de su arcaísmo, los diversos impulsos artísticos que, sumados, hicieron posible este peculiar “románico andalusí”.
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Salud y fraternidad.

lunes 16 de noviembre de 2009

¿Románico andalusí...? (Iª)

Puede parecer un cuento de Las mil y una noches, hablar de románico en al-Andalus, sin embargo no es ninguna ensoñación. En Córdoba, por ejemplo, encontramos un románico muy especial, un “románico andalusí”, fuera del espacio y el tiempo, de su espacio y su tiempo. Un románico, levantado entre surtidores, palmeras, jazmines y naranjos, bajo el cálido azul, a orillas del Guadalquivir. Románico que, para arraigar tan lejos de sus tierras de origen, ha necesitado nutrirse con el fértil abono de las culturas que aquí le precedieron. Sus venas pétreas llevan gotas de savia romana, visigoda, mozárabe, musulmana, mudéjar... Por ello, sus frutos son híbridos, un poco exóticos, pero con todo el vigor que tal mestizaje le proporciona. Las riberas del nutricio Betis, han venido a ser las playas en que, mansamente, en silencio, nuestro románico, el arte simbólico por excelencia, arribará para desvanecerse.
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La ciudad califal es reconquistada en 1236, por Fernando III (1217-1252), quien le da fuero en 1241 y organiza la ciudad en “collaciones” -barrios- cuyo centro es una parroquia. Se fundan catorce, siete en la Medina, zona alta equivalente a la urbe romana, y siete en la Ajerquía, zona baja, aunque en un primer momento se utilizaron como parroquias las mezquitas, hasta que, entre mediados del s.XIII e inicios del XIV, se levantan los templos cristianos.
Se denominan “templos fernandinos”, aunque sería mas exacto llamarlos “templos alfonsinos”, pues fue bajo el reinado de Alfonso X (1252-1284) que comenzaron a levantarse la mayoría, sobre todo por la precariedad económica tras la conquista.
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Estos templos, pertenecen a un estilo avanzado de transición, del románico al gótico, catalogado como tardorrománico o románico arcaizante de aire mudéjar. Aunque se aprecian fuertes influencias de la severidad del Cister, e incluso muchas semejanzas con templos cistercienses gallegos. Las cabeceras, sin embargo, presentan todavía características del primer gótico burgalés: planta de tres naves y ábsides poligonales, con cubrición abovedada en la cabecera y techumbre de madera en el resto. Los capiteles son de temática vegetal, aunque a veces se incluyan personas o animales.
Las reformas a partir del s.XVI y los terremotos, de 1680 y 1755, van a causar diversos daños en los templos, que al ser restaurados resultan recubiertos con revestimientos barrocos. No obstante, todavía conservan numerosos elementos, que nos permiten apreciar como fue este “románico andalusí”, último chispazo de aquel fuego del espíritu medieval.
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El primer ejemplo, de esta arquitectura ensoñada es un templo medieval que desapareció, aunque persiste un elemento de aquella pequeña mezquita sobre la que pretendió prevalecer. ¿Justicia poética?
La Orden de San Juan de Jerusalén, recibió en donación esta mezquita de barrio, en la Medina, que transformó en templo, denominado San Juan de los Caballeros. Sobre ella, alzaron luego un edificio tardorrománico, pero conservando el alminar como torre campanario.

Este alminar, que ha perdido un tercio de su volumen, es el mejor ejemplo de torre en esquina propio de una pequeña mezquita de barrio, del s.X. Su estructura interna, con escalera de caracol circular, se repite en la torre de la mezquita de Velefique (Almería), que se conserva, también truncada, en el cementerio. Muy maltratado por los elementos, solo resta el primer cuerpo, en el que se aprecian restos de ventanas geminadas y la hilera de arquillos ciegos que lo coronaban.
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El templo medieval, de los Sanjuanistas, desapareció en sucesivas reconstrucciones, 1637 y 1799, sustituido por el actual alzado neoclásico. Por un insólito guiño del destino, el alminar permanece, con su piedra disgregándose inexorablemente, mientras señala el cielo azul de al-Andalus como el dedo admonitorio de un viejo muecín.
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Los arcos en herradura, de sus ventana geminadas, muestran todavía la alternancia de sillares y ladrillos, para conseguir ese juego de colores y volúmenes, desarrollado luego hasta lo infinito en las arquerías de la Mezquita Aljama.

A pesar de tratarse de una mezquita humilde, debió poseer cierta elegancia, pues las columnas y capiteles de mármol blanco, que se conservan en dudoso equilibrio, son débiles reflejos de una sóbria belleza.
Las “restauraciones” que ha padecido, a más de incompletas, han sido chapuceras. Muchas piedras están en precario equilibrio, tanto que se ha colocado una estructura metálica a media altura para proteger a los viandantes de presumibles desprendimientos.

Salud y fraternidad.

domingo 8 de noviembre de 2009

El Jardín de Alláh...

[fotos: Alcazaba de Almería y Córdoba].
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Bismillah ir-Rahman ir-Rahim...
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El “mundo románico” deberíamos contemplarlo, con más frecuencia, de forma global. Su riqueza no proviene de sí mismo, sino de la suma de influencias que lo vigorizan, y una de ellas era el mundo musulmán, comprenderlo es comprender ambos.
Los persas habían construido jardines, a imagen del Paraíso Celeste, dividido en cuatro partes por dos canales perpendiculares, que en su lugar de intersección contenía una fuente o surtidor, representando la Montaña Cósmica que está en el centro del Universo. El Islam retomará dicho esquema, sublimará estos conceptos, y hará de su Paraíso un jardín.
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“En cuanto a aquellos que realizan buenas obras, se trate de hombres o de mujeres, y que son creyentes, éstos entrarán en el Paraíso”.
“A los que creen y practican el bien, les haremos entrar en los jardines, en los cuales corren arroyos, y allí permanecerán eternamente”.
“A quienes creen y hacen el bien, les haremos entrar en jardines, bajo los cuales fluirán ríos, eternamente para ellos. Y les haremos estar bajo frondas umbrosas”
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(Corán, sura IV, En-Niça, vs. 60, 121, 123).
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El jardín musulmán derivará, muy pronto, desde el oasis idealizado, como lugar de reposo donde restituir la energía vital, hacia el oasis-jardín colmado de placer estético-espiritual: siempre como una imagen, o anticipo, del Jardín-Paraíso prometido por el Profeta, con él sea la paz. Y es curioso que, en la tradición culta musulmana, se identifique con el Paraíso un país, al-Andalus, que fue famoso por los jardines construidos por el pueblo del desierto.
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La literatura andalusí, nos ofrece numerosos ejemplos de esta imagen poética. Así, el poeta Ibn Jaffaya de Alcira, apodado “el Jardinero” (1058-1139), lo expresa de forma inmejorable:
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“¡Oh gentes de al-Andalus! De Allah benditos sois
con vuestra agua, sombra, ríos y árboles.
No existe el Jardín del Paraíso
sino en vuestras moradas
si yo tuviese que elegir, con éste me quedaría;
no penséis que mañana entraréis en el fuego eterno:
no se entra en el Infierno tras vivir en el Paraíso”
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El poeta cordobés Ibn Hudayl (917-998), nos describe los alcázares del palacio al-Zahira, de Almanzor, con estas sugerentes frases:
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“Es como si las albercas que están delante fuesen mares. Como si el murmullo del agua que cae fuese el de las perlas que se esparcen después de haberse reunido.
Están dispuestas a vivificar los jardines, y siempre que riegan una parte, otra espera ser regada.
Llaman a los jardines con una lluvia de agua, y se le despiertan los ojos que parecen monedas de oro que brillan.
Cuando las flores crecen en ellos, parecen las cúpulas, ¡oh Almanzor!, que tú has alzado.
Cuando se cubren con sus ramas, parecen cantoras enveladas con velos verdes.
Y cuando exhalan su perfume y se contonean sobre nosotros, parecen un amante que se despide”.
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El historiador al-Maqqari, nos ofrece una preciosa descripción del jardín en que fue enterrado el poeta cordobés Abú Amir ibn Suhayd (992-1035), donde la imagen espiritual, el placer estético, y el goce sensual son una sola cosa:
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“Este jardín es uno de los lugares más maravillosos, bellos y perfectos. Su patio es de mármol blanco puro; le recorre un arroyo que parece una culebra serpenteante y hay una alberca en la que desembocan las aguas que corren. El techo de su pabellón, sus paredes y muros están decorados con oro y lapislázuli.
El jardín tiene hileras de plantas simétricamente alineadas y sus flores sonríen en sus capullos. El sol no puede ver su húmeda tierra, la brisa esparce sus perfumes en efluvios, día y noche, como si estuviese formada con las miradas de los enamorados o se hubiese desprendido de las páginas de la juventud.
Este jardín era para Abú Amir ibn Suhayd lugar de placer y descanso, cuando el destino colmaba sus deseos, así sobrio como embriagado. Tanto él como el dueño del jardín, al-Zayyali, fueron enterrados allí. Compañeros en su despreocupación juvenil, camaradas de borracheras. A la hora de la muerte estuvieron unidos como lo habían estado en vida”
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Un jardín bien formado, grande o pequeño, debe tener tres elementos esenciales: vegetación, a base de plantas ornamentales y alimenticias; un pabellón, donde disfrutar en reposo, del placer de los sentidos; y agua, distribuida en acequias, surtidores y albercas.
El poeta al-Buhturí (c.f. 897), en su obra Diwan, nos desvela el sentido de la alberca, como imagen del famoso sarh, o “pavimento líquido”, con el cual el rey Salomón engañó a Bilqis, reina de Saba, para verle los pies y comprobar si los tenía de oca, cabra o asno:
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“¡Que bella alberca! ¡Su vista, su belleza
iluminan las mansiones!
Es como si la hubiesen construido los genios de Salomón
según un proyecto cuidadoso.
Y si caminase sobre ella la reina de Saba diría:
parece como si fuese el pavimento de cristal.
Hacia ella se deslizan las corrientes de agua
como corceles a rienda suelta,
es blanca plata derretida que se funde de los lingotes,
cuando la cubre el sol, ríe,
cuando cae la lluvia, llora;
cuando las estrellas se miran en ella
se convierte en el firmamento donde están ellas colocadas”
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El colmo de este mimetismo salomónico, fueron las albercas rellenas, no con agua, sino con mercurio. Conocemos dos igualmente famosas, la del palacio de Jumarawayh ibn Tulun, (c.f. 884) en al-Qatai, una ciudad residencial sita junto a Fustat, -el Cairo Viejo-. En el jardín levantó un pabellón, que en su interior contenía una alberca llena de mercurio líquido:
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“Esta alberca es lo más grandioso que se ha oído de las obras de los reyes. En las noches de luna se veía un maravilloso espectáculo cuando se armonizaban la luz de la luna con la del azogue”. (Maqrizi, Kitab al-Jitat).
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Un siglo después, el califa Abd al-Rahmán III, levantó una ciudad residencial similar en las afueras de Córdoba, y en ella un pabellón con otra alberca de “azogue” o mercurio líquido, según relato de al-Maqqarí:
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“En el palacio de Madinat al-Zahra, construyó un pabellón de oro, plata y mármol, en medio del cual había una alberca llena de azogue. Cuando el sol penetraba en el pabellón y el califa quería asombrar a alguien, mandaba a uno de sus esclavos que agitase el azogue y aparecían como relámpagos de luz que estremecían los corazones, hasta el punto de que el pabellón parecía volar, mientras el azogue se movía”.
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Para conseguir tal tersura en el agua, era necesario que el chorro afluente no cayese de golpe, o a borbotones, turbando la calma superficial, de espejo, que debía poseer la alberca. Por ello, en la entrada del líquido, se instalaba una pieza alargada con ensanches y estrechamientos, donde el agua se refrenaba para caer dulcemente sobre la alberca sin turbar su remanso.
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Los surtidores, de los que se “surten” las albercas, también inspiraron a los poetas por su carácter tan opuesto al de aquellas. Así, el granadino Ibn Said al-Magribi (1213-1286), cita a un poeta sevillano:
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“¡Qué bello es el surtidor que apedrea el cielo con estrellas errantes, que saltan como ágiles acróbatas!
De él se deslizan a borbotones sierpes de agua que corren hacia la taza como amedrentadas víboras.
Y es que el agua, acostumbrada a correr furtivamente debajo de la tierra, al ver un espacio abierto aprieta a huir.
Mas luego, al reposarse, satisfecha de su nueva morada, sonríe orgullosamente mostrando sus dientes de burbujas.
Y entonces, cuando la sonrisa ha descubierto su deliciosa dentadura, inclínanse las ramas enamoradas a besarla”
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El colmo de la sofisticación, fue unir en una sola pieza pabellón, surtidor y alberca. Los más famosos fueron el del emir al-Mamún ibn Di l-Nún, señor de Toledo (1037-1075), alzado en el alcázar; y el del visir granadino Ibn al-Jatib (1313-1374), levantado en su finca de recreo, conocida como Jardín de las Lágrimas.
En ambos casos se trataba de un jardín de arrayán, con una alberca, en cuyo centro se encontraba un pabellón con claraboya acristalada, bajo el que se guarecía un surtidor. El agua brotaba en alto chorro, para caer y desbordar mansamente la taza hacia la alberca, y también, mediante ingeniería hidráulica, se derramaba sobre la cúpula-claraboya del pabellón, para caer a modo de cortina por sus laterales.
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En la cúpula cristalina de su pabellón granadino, sobre la Fuente de las Lágrimas, Ibn al-Jatib hizo inscribir:
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“Soy única, aunque he reunido cosas diferentes. Yo soy la novia; los arrayanes son mis ropajes; el pabellón es mi corona; la alberca es mi espejo.
Me levanto detrás de la Casa de la Felicidad como una sirviente: ¡Sed como yo hermanas mías!
Como una sirviente cristiana estoy de pie y levanto sobre mi cabeza a la hija de mi señora”
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Y el mismo Ibn al-Jatib cantó al pabellón, surtidor y alberca, del Jardín de las Lágrimas, en el poema Ihata, con estas estrofas:
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“¿Acaso es el firmamento o es una construcción en la que se levantan estrellas que oscurecen con su altura a los astros auténticos?
Sus formas están enfrentadas entre sí y miran a la Casa de la Felicidad como si fuese el centro y los lados de su collar.
Las aguas corren en ella como largas colas que se asemejan a cometas. Se moja con el agua el mirto que le rodea como una boca que sonríe”
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Para terminar, oigamos las palabras de al-Fath ibn Jacán (c.f. 1134), sobre el jardín de al-Mamún de Toledo:
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“El pabellón de la almunia de la Noria de Toledo, brillaba como el sol sobre el horizonte y la luna en mitad de la noche; las flores fragantes bebían mañana y tarde en las aguas. Las aceñas gemían como una camella tras sus crías; el aire perfumaba con ámbar la lluvia; el jardín había sido bordado por el rocío. Con razón lo cantó Ibn al-Sid de Badajoz (1052-1127):
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¡Oh qué paisaje! Si miras su belleza, te recordará la belleza del Jardín del Paraíso.
La tierra es almizcle, el aire ámbar,
las nubes, incienso, la lluvia, agua de rosas.
El agua es como lapislázuli en el que arrojasen perlas”
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Porque, en definitiva, el Paraíso musulmán no es tan sólo un lugar para la expansión del espíritu, es en gran medida un lugar para la expansión de los sentidos, porque para el goce del alma o de la inteligencia, al árabe medieval le basta el arte por excelencia: el lenguaje, pero, el complemento de este goce abstracto, es la satisfacción de los sentidos. Por ello, su Paraíso, no es solo una concepción espiritual, sino estética y sensorial, cuyo símbolo máximo es el jardín donde todos los sentidos pueden ser satisfechos... Sencillamente por los elementos de la naturaleza, el agua, las plantas, los pájaros.
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Mientras los monjes medievales de la nueva religión, judeo-cristiana, se encerraban en bellos claustros románicos –espejos invertidos, del jardín musulmán-, huyendo de los sentidos y de la naturaleza, para replegarse al último rincón del espíritu, mientras renegaban de la materia y daban forma a un Paraíso contemplativo, escasamente atractivo, los musulmanes creaban una arquitectura integrada en la naturaleza, y recreaban un Paraíso ajardinado, con una naturaleza regenerada, donde espíritu y sentidos no serían enemigos sino complementarios.
Si nos dieran a elegir, entre ambos paraísos, ¿quién se resistiría a escoger el Jardín de Allah...?
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Salud y fraternidad.

jueves 5 de noviembre de 2009

“Y fueron felices... y vivieron en Perdices”.

En la soriana Sierra de Perdices, está el pueblo que lleva el nombre de estas sabrosas aves. Allí se alza el templo de San Pedro Apóstol, un bello ejemplo del arte románico en su ocaso, cuando el impulso espiritual que lo motivó ha cambiado de rumbo. En el s.XIII, la frontera del Duero queda asegurada tras la batalla de Las Navas. Los núcleos de repoblación crecen y se renuevan, los templos son reconstruidos.
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La profusión escultórica, del románico pleno, ha dado paso a una sobriedad decadente. Su belleza reside en la geometría, los volúmenes, las líneas. Es como si la piedra se hubiese vuelto menos pesada, “más espiritual”. Se vislumbra ya una transición entre lo románico y lo gótico, de regustos cistercienses.
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Así, en éste templo de Perdices (Soria), parece haber tres momentos constructivos: la nave, fines del s.XII; ábside poligonal con presbiterio, y portada sur, inicios del XIII; espadaña, mediados del XIII. La distinta calidad de los sillares y su talla, así como la recolocación de elementos más antiguos, delata la reconstrucción-remodelación.
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En la gran espadaña, insertaron canes procedentes de la perdida nave del XII, que ahora ya no sustentan nada. Tres al norte (uno se ha roto y desaparecido), más tres al sur, todos ellos de buena factura. En el interior se conserva, como base de la pila benditera, un capitel vegetal y su basa, que podrían haber pertenecido a una perdida galería porticada.
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En la portada sur, podemos comprobar esa sobriedad cisterciense que acabará por hacer desaparecer el arte románico, el cual, sustituido por el gótico, refugiará su decadencia en pequeños templos rurales, con un mensaje deformado, errático y confuso, ya irreconocible.
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Esas arquivoltas a base de bezantes, bocel y ajedrezado, más la chambrana de motivos estrellados, son un cielo abstracto del que han desaparecido los ángeles. Es como si el dios de la nueva religión hubiese abandonado los círculos celestes.
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Esos sencillos capiteles vegetales, todos ellos con una talla poco voluminosa y muy esquemática, representan una Naturaleza empobrecida, insignificante. Es, tan solo, una mala caricatura del Paraíso y son, a su vez, un Paraíso Perdido.
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La única concesión a lo figurativo, está en un capitel absidal, donde varias cabezas en los ángulos contemplan la lucha de dos dragones o grifos, planos y esquemáticos. Al interior, los capiteles repiten la temática vegetal, alguna pelea de animales y varias escenas humanas: Sansón y el león; ángeles; un obispo; la liberación de san Pedro.
Todo muy rudo, muy basto, como si el románico, más que su canto del cisne, estuviese entonando el canto del “patito feo”…
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Salud y fraternidad.

sábado 31 de octubre de 2009

Románico... “para chuparse los dedos”.

Entre la variada iconografía y simbología románicas, seguro que nunca se habían tropezado ustedes con una pieza como ésta: el “capitel de los cocineros”. Algo insólito, algo que va más allá de todo cuanto podíamos atribuir a la imaginación medieval.
Sobre un frondoso cuerpo vegetal, aparecen cocinera y cocinero, de alto gorro, cucharón y tenedor en ristre, como quien presenta armas o hace guardia.
¿En qué templo se encuentra este original capitel? Pues en el “Templo del Buen Yantar”, presidido por “Nuestra Señora de la Buena Mesa”, en las Merindades de Burgos.
Ante él, nos resulta inevitable recordar aquella canción tan popular en la radio de nuestra infancia, que el grupo vasco “Los Xey” repetía incansable para las “Peticiones del oyente”:
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Buen menú, señor...
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Camarero, señor, camarero, señor.
-¿Que hay para hoy?,
Señor, un buen menú:
Solomillo asado con patatas fritas,
sesos huecos, hígado, liebre chatobrian.
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Sopa de albondiguillas, caldo de tortuga,
sopa húngara, consomé de almejas,
gran cocido parisien, huevos al graten.
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Tenemos pollo asao, asao, asao,
asao, con ensalada, buen menú, buen menú,
buen menú, señor.
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Y frescos calamares, gallo, pescadillas fritas,
salmonetes, barbos, bacalao a la vizcaína,
atún, besugo, almejas, truchas, sábalo,
langosta a la americana, faisán relleno,
pavo asao, asao...
Pavo asao, asao, asao, asao, con ensalada,
buen menú, buen menú, buen menú, señor.
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Frito de espinacas, berenjenas fritas,
habichuelas, fríjoles y tortilla al ron.
Crema, tocino de cielo, mazapán, natillas,
hojaldre, franchispán, flan de avellanas, frutas,
queso roquefort y también gruyer.

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Y después, buen helao, y café,
buen provecho le haga a usted.
Buen provecho le haga a usted.
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Se trata de la adaptación de una canción muy popular a fines del s.XIX, titulada Der Speisezettel, compuesta por el alemán Karl Zöllner (1800-1860), líder del movimiento coral masculino que se difundió por toda Europa.
En 1927, sentados a la mesa de la cocina del histórico Café Iruña de Bilbao, Miguel Arregui Trecet (1894-1944), pianista del local, y Jesús Unzué, hijo del fundador, que ejercía como jefe de cocina, compusieron la versión castellana de esta canción humorística, ahora basada en la carta de platos del emblemático café de la calle Berástegui.
Y bien podríamos cantarla, con la vertiginosa entonación de “Los Xey”, ante este curioso capitel románico, cuyo misterio no reside más que en el buen humor de los publicistas.
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Porque la simpática fotocomposición, es únicamente el reclamo para las “Jornadas Gastronómicas de las Merindades”, jolgorio alimenticio que comenzó en 2006 y va por su IVª edición, con la participación de diversos establecimientos hosteleros de esa región burgalesa, que ofrecen una degustación por estación, cuatro fines de semana al año, a saber:
Invierno. Febrero: potajes y productos de la matanza.
Primavera. Abril: setas, caracoles y trucha.
Verano. Julio: carne de vacuno, cordero y productos de la huerta.
Otoño. Noviembre: hongos y caza.
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Si tienen tiempo, posibles, y ganas, no se priven. Vayan a las Merindades, que desde Siones, hasta San Pantaleón de Losa, pasando por Tabliega, Valdenoceda, Oña o Frías, el románico está para chuparse los dedos y su gastronomía también.
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Salud, fraternidad y... “Buen provecho le haga a usted”.

lunes 28 de septiembre de 2009

Monzón, templario y románico (II).

La Capilla de los Caballeros, en el castillo de Monzón (Huesca), hoy dedicada a San Nicolás y antaño a Nuestra Señora, apenas conserva huellas de su estilo románico. Ello por dos motivos principales, el primero su estética cisterciense tardía (hacia 1163), enemiga de figuraciones, y el segundo por los destrozos ocasionados en los sucesivos asaltos a la fortaleza, junto con el abandono final.
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Su portada oeste, extremadamente sencilla, está trabajada a base de grandes dovelas que abarcan todas sus arquivoltas, pero tan solo en el frontal de la mas externa hubo figuraciones, aunque ha sido repicada y solo quedan restos de unas ondas.
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En la clave, destaca un curioso crismón de tipo “oscense”, con todos sus elementos correctamente colocados, pero que en cinco de sus seis gajos tiene unos insólitos semicírculos internos, más otros extraños elementos en el cruce de sus segmentos, a izquierda y derecha.
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El interior desborda también simplicidad cisterciense, lo cual sería bello de contemplar si no fuese por esa blasfema pantalla, sobre la que se proyecta cansinamente, una y otra vez, repetido hasta la náusea, un horrendo vídeo presuntamente ilustrativo del lugar y sus constructores. Sentimos ganas de arrancar los candados del túnel que, bajo el ábside, perfora la roca, se divide en tres y acaba lejos del cerro, para que nos permitia escapar al martirio audiovisual que profana este lugar sagrado.
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No obstante, si rebuscamos un poco veremos ciertos detalles figurativos. Alguna inscripción, las abundantes marcas de cantero, algún capitel tímidamente escondido en las ventanas, acertadamente cerradas con placas de alabastro que tamizan la luz, y alguna otra pieza esculpida.
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Se trata de capiteles vegetales, sencillos pero bien trabajados, donde la única concesión figurativa consiste en elementos de la Naturaleza: hojas, tallos, algún fruto, como reflejo de la gloria de su divino creador. Porque san Bernardo proponía a sus monjes una meditación interiorizada, ajena al mundo físico que nos rodea.
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Tan solo en las ménsulas, que sirven de quicialeras, a cada lado de la puerta, se han permitido los templarios “la alegría” de unas figuras reconocibles. Una cabeza de cabra, de largos cuernos y luenga barba, a un lado, y una cabeza de lobo, al otro, como guardianes de la capilla.
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Seguramente, habría algunas otras piezas escultóricas repartidas por los diferentes edificios de la fortaleza, pero la estupidez humana y sus guerras las hicieron desaparecer.
En 2009, al cumplirse 700 años de la caída del castillo y la rendición de los templarios, todavía debemos dar gracias porque resten estas humildes muestras de aquella pasada grandeza.
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Salud y fraternidad.

domingo 27 de septiembre de 2009

Bercedo, oculto y misterioso.

Si la portada del templo de San Miguel, en Bercedo (Burgos), fin s.XII, puede considerarse un tratado de simbología románica, en varios niveles interpretativos, el interior presenta un panorama no menos interesante. Sus elementos escultóricos pueden definirse, sin exagerar, como misteriosos y secretos. Ello por varios motivos, primero por la dificultad para acceder al templo; segundo por la posibilidad de tomar fotografías, que es aleatoria; y tercero, por el estado de conservación de la piedra, recubierta de yeso repintado. Y no olvidemos un siniestro motivo añadido, el peligro de que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas. Si nos fijamos en la foto, veremos que el empuje de la bóveda ha hecho que pierda su curvatura, el peso ha abierto los muros, torciendo los pilares hacia fuera, con grave peligro de toda la estructura.
. En octubre de 2006, tuvimos la inmensa suerte de coincidir con un amable albañil local que hacía reparaciones en el atrio, el cual, al comprobar nuestro entusiasta asombro por la magnífica portada sur, se ofreció amablemente a enseñarnos el interior, para que comprobásemos cómo, el templo, respondía a una unidad de criterios en cuanto a “decoración”, con las figuras que, en sus capiteles, esperan todavía ser rescatadas.
Perdidos los del arco triunfal, el capitel más interesante, a nuestro parecer, es el del jinete cubierto con yelmo, el cual combate un monstruo, al que clava su lanza en las fauces, mientras el indefinible animal le arrebata el escudo con su zarpa.
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A espaldas del guerrero, transcurre una escena no menos interesante. Se trata de dos ictio-sirenas, afrontadas, que cruzan sus colas. La del lado derecho, toca un cuerno, mientras ofrece un pez a la del izquierdo, que lleva otro pescado en su mano. El estado de las figuras, impide distinguir si son sirenas macho y hembra, aunque alguien haya insinuado que quien porta el cuerno musical es un “sireno”.
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En otro capitel, apreciamos un grifo, guardián del oro de los nórdicos Hiperbóreos, y compañero de Némesis, diosa de la retribución, por ser custodio de la Justicia y encargado de hacer girar la Rueda de la Vida. De ser la cabalgadura de Apolo, la mitología judeo-cristiana hizo de él una representación del Dios-Hijo, como símbolo de su doble naturaleza: humana y divina. Se halla escoltado por dos ornito-sirenas, y “vigilado” por dos grandes rostros (el de la izquierda, muy destrozado).
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A espaldas del grifo, hay otra ornito-sirena, uno de cuyos valores simbólicos es representar las almas, y entre ambos el enorme rostro de un personaje de grandes y puntiagudas orejas. ¿Un trasgo, o genio de la Naturaleza? ¿Un remoto descendiente del viejo dios Pan?
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Otros capiteles son de más dificil interpretación, aquí no se distingue si se trata de ictio-sirenas con alas, o de arpías, posadas junto a un regenerador Árbol de la Vida, sobre el que reposan sus colas.
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El último, muestra otros dos rostros, a los que la capa de pintura presta una faz enigmática y que, a pesar del deterioro, dejan entrever los brazos sobre los que parecer hacer equilibrios o contorsiones...
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Si algún día el templo es restaurado, y sus esculturas libradas de este yeso blasfemo, quizá puedan mostrarnos aún la riqueza simbólica que ocultan.
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Salud y fraternidad.

viernes 25 de septiembre de 2009

Monzón, templario y románico (I).

El Gran Salón (izda.), la Torre Residencia del Comendador (centro), y la Capilla de los Caballeros (dcha).
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El castillo de Monzón (Huesca), no es más que un pálido fantasma de su grandeza pasada. El cerro sobre el que se alza estuvo fortificado desde muy antiguo, en sus cercanías se localiza la ciudad íbera de los ilergetes, que el Itinerario de Antonino nombra como Tolous. Aquí se asentaron los romanos, para controlar el paso del río Cinca, luego vinieron visigodos y árabes. La fortaleza musulmana, citada por al-Razis, es conquistada por el Cid en 1083, cuando estaba al servicio del gobernador musulmán de Zaragoza. En 1089 fue retomada por Sancho Ramirez, y pasó en 1104 al señor de Monzón don Ramiro Sánchez de Navarra, casado con Cristina Rodríguez, hija del Cid. Un hijo de cuya pareja llegó a ser rey de Navarra, García IV Ramírez “el Restaurador”.
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Ábside de la Capilla de los Caballeros, en función de torreón defensivo.
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El lugar pasó a poder de la Orden del Temple en 1143, que convierte el castillo en monasterio fortificado, como cabeza de encomienda. Añade dormitorios, caballerizas, capilla, casa del comendador, y refectorio-sala capitular. Esta rica posesión, en economía y política, custodiaba tesoros como la espada de Cid, “Tizona”, y una magnifica biblioteca, de la que los monarcas obtenían volúmenes en préstamo, como el Apocalipsis de Beato que consta se llevó Jaime I de Aragón, pues “el Conquistador” se educó aquí con los templarios, entre 1214 y 1217.
Cuando el proceso contra el Temple, iniciado en 1307, los caballeros se resisten al arresto y el castillo es asediado por Jaime II. Bajo el mando del Comendador Berenguer de Bellvis, resistió año y medio hasta que los rindió el hambre. Luego pasó a la Orden de San Juan, y finalmente a la Corona.
Continuó teniendo guarniciones, sufriendo ataques, destrucciones y reformas hasta el s.XIX. El interior ha sido “restaurado” hace poco, con vistas a convertirlo en “Parque Temático Templario”...
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Muro sur de la Capilla de los Caballeros.
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Pocos elementos han quedado intactos, de su pasado esplendor medieval. La Capilla de los Caballeros, es un austero edificio cisterciense, de fines del s.XII, con ábside poligonal incrustado como torereón de la muralla. Al exterior, solo restan migajas románicas, su paramento, cien veces destrozado y malamente remendado con ladrillos, es una verdadera ruina carcomida. Aunque allí, quedan vestigios de su riqueza pasada.
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De sus varias ventanas, solo la del muro sur, conserva un poco corriente capitel vegetal, con collarino sogueado...
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...y restos de casetones ovoides al interior de su arquivolta.
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Más curiosa es la puertecilla del lado suroeste, con grandes dovelas repletas de símbolos solares: rosetas, círculos concéntricos, estrellas, cruces.
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Curiosos elementos, porque ni siquiera son románicos, se trata de elementos reutilizados de una construcción anterior. Quizá de un templo visigodo, pues no otro es el estilo de las dovelas, trabajadas a bisel. Debió existir en el cerro, o sus alrededores, una construcción visigoda arruinada que los templarios aprovecharon para levantar su capilla.
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Y recuperaron tales piedras, porque su simbología no debía serles ajena. Recuerda la reflejada en otras construcciones de la Orden del Temple, como las pinturas en muros y bóveda de la capilla templaria en la encomienda de Montsaunés (Francia).
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Una dovela visigoda, compañera de las antedichas, se encuentra empotrada, como material de reempleo, al interior del Gran Salón. A pesar de su deterioro, se aprecia perfectamente el paralelismo con las de la Capilla. Un trabajo arqueológico, de prospección y restauración, en profundidad, seguramente sacaría a la luz otras piezas similares.
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Salud y fraternidad.

jueves 17 de septiembre de 2009

Mezonzo: belleza de la santa geometría.

En un monasterio galaico profesó, el 952, cierto joven de veintidós años llamado Pedro, quien llegó a santo con el apellido del lugar donde entró en religión: san Pedro Mezonzo (930-1003).
Su brillante trayectoria, eclipsó la del lugar en que ejercitó intelecto y espiritualidad durante sus años mozos. De Mezonzo (A Coruña) salió Pedro para Sobrado, a ser abad (966), y Antealtares (975), para ascender luego a obispo de Iria Flavia y Compostela (985), donde salvaría el sepulcro de Santiago durante la razzía de Almanzor.
Autor de la Salve Regina, como invocación ante los peligros musulmanes y normandos, fue también infatigable predicador contra el pánico mileniarista, propagado por los seguidores de Beato de Liébana.
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El monasterio donde oró y estudió Pedro Mezonzo, no es el que ha llegado hasta nosotros, sino una versión posterior. Sus orígenes son inciertos, como todo en esa edad de transición, cuando el Imperio romano se disgrega mientras cambia de religión como quien cambia de camisa. Parece que, entre los siglos VI a VIII, se levantó aquí algún tipo de templo sobre un santuario celto-romano dedicado a los genios de las aguas. A fines del s.IX, quizá por la fama adquirida por la “Fuente Santa” y sus aguas “milagrosas”, se creó el cenobio familiar, dúplice, de Monsontio –o Monte Santo- bajo el mandato benedictino del abad Reterico.
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En el s.XII pasó a la obediencia del Cister, y en 1200 el viejo templo, con su monasterio, fue reformado. Bajo la advocación de Santa María de Mezonzo, se levantó el edificio románico que hoy vemos, con un elegante claustro del que, por desgracia, solo quedan los cimientos junto a la fachada sur, entre cuyas piedras todavía brota la vieja fuente céltica, habitada por una bella ondina. Ante ella, paseando por el claustro, los monjes declamarían las palabras de san Bernardo dedicadas a Nuestra Señora:
“María ...tan grande acueducto que sobrepasase los cielos y pudiese llegar a aquella vivísima fuente de las aguas que está sobre los cielos... ¿Cómo llegó este nuestro acueducto a aquella fuente tan sublime? ...según está escrito: la oración del justo penetra en los cielos. ¿Quién será más justo si no lo es María?”.
El nuevo templo, plenamente integrado en la “estética cisterciense”, basada en la pureza y simplicidad de líneas, con un simbolismo geométrico alejado de toda ornamentación figurada, responde a la orientación elaborada por san Bernardo de Claraval.
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Un personaje bien curioso, este Bernardo, con una concepción neoplatónica del alma aunque despreciaba a Platón; que predicaba la desnuda pureza arquitectónica, rayana en la herejía iconoclasta, al tiempo que sostenía la tesis del herético Orígenes, sobre el valor de la “revelación verbal”, exégesis alegórica, de los textos bíblicos; y discurría sobre el “amor físico” como espejo del “amor divino”, mediante el equívoco texto del Cantar de los Cantares, libro “sagrado” en el que no aparece el nombre del Dios ni una sola vez... Pero que Bernardo interpreta alegóricamente, utilizando el herético método de Orígenes. Un Padre de la Iglesia que dudaba de la Inmaculada Concepción, y era contrario a la idea de Asunción de María... Aunque ayudó a propagar el culto popular a la Virgen. Un místico, sensible y pacífico, que sin embargo era acérrimo partidario de la “doctrina de las dos espadas”, que defiende el derecho de la Iglesia a emplear los ejércitos seglares, lo que desembocó en su patrocinio de la Orden del Temple, los primeros monjes-soldado.
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Bernardo partía de un espíritu de pobreza y ascetismo totalmente rigurosos, para predicar su “iconoclastia”: los gastos en figuraciones, pintadas o esculpidas, son un derroche inútil del pan de los pobres; los monjes no precisan de esas imágenes para reflexionar sobre la ley del Dios, deben hacerlo a través de la escritura, las figuras solo son una distracción vana y el goce sensible es contrario al espíritu de la vida monástica. La desnudez del templo cisterciense traduce el voto de pobreza, entendido como una mortificación de los sentidos que favorece el perfeccionamiento de la contemplación.
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San Bernardo, que conoce la naturaleza humana, propone a los monjes, y solo a ellos, una piedad intelectualizada basada en la meditación de la ley divina, más allá de los sentidos. Por lo tanto no se trata de iconoclastia, sino de una regla ascética, y sólo para quienes han elegido la vía de perfección. Regula un arte que se aparta de la curiositas y se conforma con la necessitas, enemigo de lo superfluo y conforme a la razón. Por eso, admite las imágenes, que instigan a la devoción, en las catedrales y pequeños templos visitados por gentes sencillas e iletradas.
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El templo de Mezonzo –Monsontio- es un hermoso ejemplo de esta teología, el ábside triple y sus tres naves, simbolizan la Trinidad, sin mas adorno que el juego de volúmenes mediante las diferentes alturas de sus módulos, el rosetón lobulado, las chambranas y cimacios ajedrezados, o los arquillos de tradición lombarda. Todo parece responder al concepto medieval que parte del Libro de la Sabiduría (XI, 20): “Dios lo ordenó todo por medida, número y peso”, lo que san Agustín traducirá en “modo, forma y orden”.
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Sus tres portadas son igualmente sencillas, tan sólo la sur se permite la alegría de unos arquillos lobulados, similares a los que encontraremos en otros tantos templos gallegos y en algunos leoneses. En las demás entradas, lo único destacable son varias columnas reutilizadas del primitivo templo celto-romano. Los capiteles de todas ellas, aluden a la Naturaleza a través del mundo vegetal, porque la estética medieval es simultáneamente realista y simbolista, cualquier cosa puede ser considerada como cosa creada y como alegoría de lo divino.
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A la humanidad medieval, el universo creado se le presenta como un decorum simulacrum del Dios, según expresión del “judeoconverso” Pablo de Tarso:
“Porque las perfecciones invisibles de Dios, como su eterna potencia y su divinidad, se hacen visibles, desde la creación del mundo, en las cosas que han sido creadas” (Romanos, I, 20).
Como la amorosa voluntad del Dios se reconoce en todas partes, las cosas poseen una doble belleza: como existentes en sí, en cuanto criaturas, y como signos en los que se descifra la belleza absoluta del Creador.
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Sin embargo, los templos cistercienses no están exentos de imágenes. Aunque sea en escaso número, como algo testimonial, entre los capiteles vegetales se cuela siempre alguno figurativo. Porque, a pesar de todo, la visión de Dionisio el Areopagita difundida por el abad Suger de Saint Denis (Francia), está profundamente enraizada en la mentalidad medieval:
“Todo lo que existe, de las almas a las piedras, es una cristalización de la efusión iluminadora del Bien. Las imágenes tienen un papel santificador, nos elevan espiritualmente de lo sensible a lo inteligible, y de las imágenes sagradas y simbólicas a las cumbres de las jerarquías celestiales”.
Ni los monjes, ni los canteros, podían sustraerse a este mensaje.
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Salud y fraternidad.

sábado 12 de septiembre de 2009

“Lo valiente no quita lo cortés...”

“Quien da, debe olvidarlo pronto; y quien recibe, no debe olvidarlo nunca; en esto consiste el buen obrar”. (Séneca).
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En nuestras correrías románicas, hemos encontrado sacerdotes, y sacerdotisas, de la nueva religión, que durante las visitas a sus templos han tenido un comportamiento indigno del sagrado ministerio que, presuntamente, administran. Y no nos hemos privado de denunciarlos, para vergüenza suya y de sus superiores, cómplices por acción u omisión.
Pero como dice el refrán, “lo cortés no quita lo valiente”. Por eso, creemos imprescindible dejar constancia, también, de tantos otros sacerdotes, que no solo nos han tratado con deferencia, sino que se han desvivido por atendernos “hasta más allá del deber”.
Muchas de estas personas, quisieron permanecer anónimas. Las buenas acciones son, sin embargo, sus mejores apellidos. De otros, conocimos sus datos porque tuvieron la amabilidad añadida de cartearse con nosotros, para compartir sabiduría y conocimientos. Caso de don Elías Valiña, O Cebreiro (Lugo), don Santos Beguiristáin, Obanos (Navarra), don Francisco Palacios, Burgo de Osma (Soria), y tantos que harían el listado excesivo.
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Queremos destacar, no obstante, el comportamiento de dos sacerdotes, no por ser mejores que los demás, sino por ser los más recientes ejemplos de una entregada amabilidad que va más allá de lo que merecíamos.
El primero, don Bernardino, así a secas, octogenario y activo personaje, que a pesar de sus muchos achaques, desborda humanidad y conocimiento del románico a partes iguales, mientras pastorea las numerosas parroquias de Las Merindades (Burgos) que lleva sobre sus anchas espaldas.
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Este verdadero hombre de su Dios, nos regaló toda una tarde, gozosa por la compañía y llena de cultura, entre sus templos de Vallejo de Mena, Siones y El Vigo, ilustrándonos de forma apasionada sobre estos edificios medievales, con sencillez y espíritu abierto a todas las ideas, aunque fuesen ajenas a su fe.
Cuando nos despedimos, un poco “borrachos” de tanto símbolo románico, lo hicimos convencidos de haber contendido con un poderoso rival espiritual e intelectual, pero también con la seguridad de dejar allí un amigo.
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El segundo, el anónimo párroco del templo de Mezonzo (A Coruña), hombre humilde, quien al igual que los robles se tuerce por el peso de los años pero sigue en pie, hombre rebosante de fe en su Dios y confianza en la humanidad.
Cuando llegamos al lugar, eran ya las siete de la tarde, el sol declinaba y el románico templo estaba cerrado. De la casa rectoral, sita al lado, salía el sacerdote con decidido paso como el que tiene una cita ineludible. Lo abordamos, con nuestra petición de visitar el templo y se excusó por no poder atendernos, pues debía acudir a la llamada de un feligrés. Sin embargo, tras mirarnos de arriba abajo, dijo que esperásemos un instante y volvió a la rectoría.
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Al cabo salió de allí, con una gran llave en la mano y nos la tendió sonriente. –“Tengan, entren en el templo, hagan fotos, oren si lo desean, o simplemente descansen, están en la casa de Dios y por tanto están ustedes en su casa. Cuando acaben y deban marchar, cierren la puerta y dejen la llave en la cerradura. Ya la recogeré yo, cuando vuelva”.
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Al pronto quedamos desconcertados, ¿dejar la llave en la cerradura? ¿Aquella vistosa, descomunal, llave? Así, expuesta... –“Si, si, en la cerradura. No se preocupen, los ladrones cuando quieren entrar lo hacen con llave o sin ella. Recuerden el Salmo 127: nisi Dominus custodierit civitatem frustra vigilat qui custodit eam, que en cristiano quiere decir: si el Señor no guarda la ciudad, en vano vela la guardia”.
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Nos dio su bendición, con la misma confiada sonrisa que había manifestado todo el tiempo, y se fue a paso ligero, todo lo ligero que sus cansados años y el bastón con que se ayudaba le permitían. Y mientras lo veíamos alejarse, sin volver la vista atrás, pensamos: -“Allá va un hombre de fe, de fe en su Dios y en las palabras de su libro sagrado. Algo que nadie podrá robarle, con llave o sin ella”.
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Cuanto ganarían, todas las religiones, si hubiese más de sus miembros llenos de la cálida humanidad y robusta fe de estos personajes. Los cuales, con su honesta actuación, si no redimen las faltas de sus compañeros, al menos se redimen a si mismos como seres humanos.
Nuestro agradecimiento y amistad para todos ellos, por encima de diferencias espirituales e ideológicas.
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Salud y fraternidad.

domingo 6 de septiembre de 2009

Los gatos de Freyja.

“Y entonces vino Njord con su barba negra,
y detrás de él Freyja, con su túnica ligera,
y alrededor de sus esbeltos tobillos
jugaban los gatos grises”
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[William Morris, “Los amantes de Gudrun”, 1876].
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Freyja, emanación de la Madre Tierra, es una divinidad celto-nórdica de carácter dual. Por un lado es la diosa del amor fructífero y la lujuria, como fuerza fertilizadora, vital; así, durante la estación cálida, recorre los cielos sobre un carro tirado por gatos, símbolo de sus cálidos afectos y fecundidad, haciendo germinar semillas y frutos, bendiciendo las cosechas. De otra parte, es divinidad de la muerte, en el sentido de madre amorosa que reclama a sus hijos para que descansen en su regazo; por ello, durante la estación fría, desde su carro, cubre la tierra de hielo y nieve para protegerla hasta que regrese el sol.
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El carácter “solar” y “revitalizador”, abarca toda su genealogía. Es hija de Njord, dios gaélico del viento y el mar, y de Nerthus, la Madre Tierra. Su hermano gemelo es Freyr, dios de la luz solar fertilizadora junto con la lluvia. Su esposo es Odur, el sol del verano que trae la abundancia. Incluso su aspecto oscuro es positivo, cuando participa en los combates, como Walfreyja, “conductora de las Walkirias”, se reparte con Odín los espíritus de los héroes muertos en batalla, que ella hace habitar en su luminoso palacio de Sessrumnir.

Tenía numerosos templos por toda Europa, que persistieron en la Edad Media, el gran santuario de Freyja en Magdeburgo fue destruido por Carlomagno (742-814), aunque pervivieron los pequeños templos rurales al menos hasta el s.XII. El gran templo de su hermano Freyr, en Uppsala (Suecia), sobrevivió hasta mediados del s.XIII. Cuando sus templos fueron destruidos por la prepotente intolerancia judeo-cristiana, los campesinos continuaron su veneración a los hermanos, Freyja y Freyr, mediante cuencos de leche que colocaban en los sembrados, para refrigerio de los divinos gatos.
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Todavía hoy, entre los nórdicos, los nombres levemente modificados de estos hermanos sirven para designar “señor” y “señora”. Y el día que conocemos como “viernes”, es para ellos “Freytag”, el día de Freyja. Al estar consagrado a tan singular pareja, propiciadora del amor y la fertilidad, era el día indicado para contraer matrimonio, costumbre que persistió, hasta que los sacerdotes de la nueva religión se negaron a celebrar bodas en viernes, alegando que ese fue el día en que murió el mítico Cristo.
.No obstante las restricciones, anatemas y persecuciones, una gran parte de las gentes sencillas continuaron venerando a los gatos de Freyja, y al morir escogían ser enterrados, no bajo el signo del dios judeo-cristiano, sino bajo la protectora rueda solar, el poliskel de numerosos brazos, símbolo de la energía revitalizadora del Sol. Así, numerosos templos románicos conservaron, hasta no hace mucho, gran cantidad de estelas funerarias marcadas por el símbolo de Freyja y sus gatos sagrados.
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Freyja, la Diosa más hermosa en el cielo, la más honrada
por todos después de Frigg, la esposa de Odín”
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[Mathew Arnold, “Balder Dead”].

Salud y fraternidad.

martes 1 de septiembre de 2009

“Quince israelitas se fueron a cenar…”

“Diez negritos se fueron a cenar.
Uno de ellos se atragantó, y quedaron
Nueve…”
(Antigua canción de cuna, británica).
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El templo románico de San Pedro de Tejada (mediados s.XII), en un prado cerca de Puente Arenas (Burgos), contiene numerosos interrogantes y un simbolismo de dudosa ortodoxia.
Su portada oeste se estructura, escultóricamente hablando, de forma poco usual. Los canes del alero, ocho, muestran los cuatro símbolos de tetramorfos, mas tres ángeles con libros y un cuarto con escudo y espada. En la metopa central, entre los canes, el Cristo Pantocrátor está dentro de una asimétrica “almendra mística”, que parece proceder de otro lugar (la desigual distancia entre canes indica, al menos, una remodelación o reparación del conjunto).
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. En las enjutas, a cada lado de las arquivoltas, podemos apreciar un friso con el mítico Collegium apostolorum, los doce discípulos en dos grupos de seis. Bajo éstos, en otra placa a la izquierda, aparece el Cristo en la última cena, con Judas a su diestra y Juan a su siniestra, y en la enjuta derecha, está el típico león que cobija bajo sus patas un personaje tendido.
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Esto es otra rareza, pues lo común es que aparezcan dos leones con personaje, uno a cada lado de la portada. Aquí solo hay uno y esa peculiar “Santa Cena para tres”, la cual merecería, por si sola, todo un tratado de simbología. Con ese Judas que, al tiempo de ser “alimentado” por el Cristo, no pierde la ocasión y atrapa un pescado de la fuente, mientras Juan duerme plácidamente confiado sobre el pecho del Maestro. Y el tema de los "peces" es, en este templo, algo digno de estudio sobre lo que deberemos volver...
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Aquella cena mística es lo más extraño, puesto que la lógica interna exigiría, como mínimo, que el particular banquete estuviese, al menos, en el centro del grupo apostólico. Lo cual habría creado un problema mayor, ya que nos encontraríamos –y aún separados nos los encontramos- con “catorce apóstoles”. Los doce del friso, mas los dos de la mesa, que junto al Cristo, hacen un total de quince personajes.
¿Cuál era la importancia del mensaje simbólico, para presentarnos tan solo tres comensales de la crucial cena, y al margen los doce apóstoles, hasta hacer un absurdo total de quince personajes? ¿Se trata de resabios gnósticos? ¿Estamos ante una simbología de tradición céltica? ¿O es románica casualidad…?

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Salud y fraternidad.

viernes 31 de julio de 2009

Se restaura “en andaluz”, razón aquí.

En el paso gris y lluvioso, de octubre a noviembre, arribamos hasta aquel pequeño pueblecito soriano. En lo alto estaba el templo románico, con su magnífica galería porticada. El edificio fue restaurado en 1992, cuando todavía no se había puesto de moda la presuntuosa manía de colocar gigantescos cartelones, en colores chillones, anunciando a bombo y platillo el coste y autoría de la obra. A fines del siglo pasado eran más modestos, se conformaron con una sencilla placa, más bien pequeña, labrada por algún artesano local con mejor voluntad que capacidad literaria.
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La placa campea sobre el arco de acceso a la galería, muy bien puesta, muy adornada, muy estética. Y también, confusa hasta lo dantesco:
“IGLESIA DE SAN MIGUEL ARCANGEL RESTAURADA EN ANDALUZ AÑO - 1992”.
Si, si, como lo leen: “Restaurada en andaluz”. Bajo la persistente llovizna, que arreciaba por momentos y aflojaba a ratos, quedamos en suspenso.
Miramos galería y templo, remiramos y volvimos a mirar. ¿Qué clase de restauración era aquella para anunciarla de tal modo y manera? No veíamos nada especial, pero debía haberlo. Porque allí, se anunciaba que el templo había sido “restaurado en andaluz”. ¿Se trataba de una especial forma técnica de restaurar? ¿Es que los arquitectos y canteros restauradores eran andaluces? ¿O es que ahora se puede restaurar en un idioma concreto?
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Resguardados de la lluvia, dentro de la preciosa galería, fantaseamos. ¿Si existiera la empresa Restauraciones Políglotas S.A. podríamos oír conversaciones como esta?
-¡Oiga jefe! Quiero que me restaure el chalet “en aragonés”.
-¡A ver, arquitecto! Me restaure dos bloques de apartamentos “en mallorquín”.
-¡A mí, a mí, señor “paleta”! Necesito una restauración del cortijo “en gallego”.
-¡Eh, que yo estaba primero! Lo mío va a ser, restaurar el adosado “en extremeño”.
Espejismos de la lluvia. La cosa era mucho más simple. El pueblo, a pesar de estar en Soria, se llama “Andaluz” –quizá por las gentes que lo repoblaron, cuando era frontera con la medieval morisma-, y al artesano que labró la placa le perdió su ansia de adornar. Donde debía haber puesto: “Iglesia de San Miguel Arcángel. Andaluz. Restaurada en el año 1992”, puso lo otro y salió lo que salió…
Ustedes disculpen estas añoranzas del otoño, en mitad de la canícula de agosto.
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Salud y fraternidad.

jueves 30 de julio de 2009

Peregrino quiere ser, el románico templo...

Por las puertas del viejo templo, que ya ha visto de todo, el peregrino pasa cansado y lento. Pasa el peregrino, como pasan los siglos, como pasa el camino. El templo permanece, impertérrito, mudo, somnoliento. Al menos, eso parece al espíritu que no está bien atento.
Sin embargo, al románico edificio, también lo sacudieron los tiempos. Desde que sus cimientos se clavaran, sobre los huesos de diosas y dioses más viejos, ha perdido formas, ha ganado elementos. Se enriqueció, con la presencia de fieles, propios y ajenos. Lo empobreció, la ausencia y el olvido de los que se fueron.
Así creció, despacito y callado, siempre viendo como la vida pasaba ante el, como un río eterno, mientras sus ojos, ojos pétreos, parecían llenarse con un no se qué inquieto. ¿Tal vez un ansia de marchar, tras los pasos del peregrino, lejos, muy lejos?
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El peregrino se aleja, cansado y lento, a mitad de camino entre su extraviado ayer y su mañana incierto. Mientras camina, parece que musita un rezo. ¿O serán los versos que le ha susurrado el viejo templo?
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Para mí el bordón solo.
A vosotros os dejo
la vara justiciera,
el caduceo,
el báculo
y el cetro.
Para mí el bordón sólo del romero…
Yo quiero el camino blanco y sin término.
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(León Felipe, “Antología Rota”, 1957).
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Salud y fraternidad.

lunes 20 de julio de 2009

“Humano, demasiado humano...”

Como en ese pétreo calendario medieval, el mensario, donde se simbolizaban los trabajos y los meses, o los meses por sus trabajos, este campesino contemporáneo pasa ante la portada del templo románico. Concentrado en su labor, indiferente al edificio y su mensaje, porque ahora solo tiene pensamientos para la tierra que trabaja y el fruto que espera de ella.
En lugar de la yunta de bueyes o las mulas, lleva un tractor, pero da igual, sólo ha cambiado la herramienta de trabajo, su humanidad es la misma humanidad del siervo románico.
Y al pasar ante el templo, es como si todas las generaciones pasaran con él, la de quienes levantaron el edificio, la de aquellos que lo repararon, los que vieron su ruina tardía, o quienes levantaron uno nuevo trayendo la portada de otra ruina mejor conservada.
La misma claridad inclemente, el mismo calor azotando los campos y la aldea, los mismos afanes, inquietudes y deseos. Solo ha cambiado la herramienta, al tractor no hay que ponerle herraduras, pero se deben revisar sus neumáticos; la máquina no come cebada, pero debe alimentarse con carburante; no enferma del tabardillo ni tiene mataduras de la moscarda, pero a veces se le avería esta pieza o aquella.
Porque no hay nada nuevo bajo el sol, solo las herramientas cambian, el espíritu humano permanece invariable, con sus sentimientos siempre iguales y semejantes a sí mismos. Es la humana condición...

Salud y fraternidad. Y un buen y soportable verano.

viernes 3 de julio de 2009

Combate dialéctico entre la Luz y la Sombra...

La verdadera espiritualidad no consiste en la certeza de un dogma justificador, o la tranquilizadora práctica de unos ritos adormecedores. Consiste en un permanente diálogo, entre el alma llena de deseos trascendentes, y la realidad material de la Naturaleza que nos rodea. Es un pugilato glorioso, entre lo que es y lo que nos gustaría que fuese. Un combate dialéctico, interior, propio e intransferible, que no acaba nunca, una lucha de incierto resultado que, si es sincera, dura desde que vemos la primera luz hasta que se extingue el último resplandor.
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Salud y fraternidad.

viernes 12 de junio de 2009

“Altarium super duo vadum...”

En la falda del boscoso Monte Pajariel, cruzado el río Boeza, se recuesta el berciano pueblecito del Otero de Vizbayo (León), hoy cambiado su “apellido” por Otero “de Ponferrada”, ciudad que se divisa a un tiro de piedra.
Topónimo latino, “otero” deriva de “altarium” = colina o lugar alto; “vizbayo” viene de “bis” = dos, y “vadum” = vado, paso de un río. Así estaríamos ante “El otero de los dos vados”, pero recordemos que “altarium” es también el lugar donde la Antigua Religión colocaba las “aras”, altares, de ahí la prohibición bíblica, seguida al pie de la letra por la nueva religión: “Suprimiréis todos los lugares donde los pueblos que vais a desalojar han dado culto a sus dioses, en las altas montañas, en las colinas, y bajo todo árbol frondoso: demoleréis sus altares, romperéis sus estelas, cortaréis sus cipos, prenderéis fuego a las esculturas de sus dioses y suprimiréis su nombre de ese lugar” (Deuteronomio, 12, 2-3).
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Sobre el ancestral lugar de culto, celta y romano, se alzó un templo cuyas primeras referencias son del 909, ampliado a fines del s.XI. Nombrado Santa María de Vizbayo, ahora es capilla del cementerio local. Su estilo es de transición entre lo mozárabe y lo románico, a base de mampostería de pizarra, sillarejo y cantos rodados, con sillares en las partes nobles. Por desgracia sufrió reformas en los ss.XVII y XVIII, cuando se añadió la espadaña y el pórtico, perdiendo entonces la esculturada portada sur. En 1916 se hundieron las bóvedas de presbiterio y ábside, en cuya chapucera reconstrucción desaparecieron los canecillos románicos esculturados -excepto dos-. A pesar de todo, desde 1982 está declarado Monumento Histórico Artístico Nacional.
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La portada superviviente, al norte, con arco de ligera herradura, muestra una sencilla arquivolta de ajedrezado jaqués, que continúa en las impostas. El tímpano, liso, embutido de mala manera, la ausencia de tejaroz, todo da la impresión de una estructura que ha sido desmontada y vuelta a montar de cualquier modo.
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En el ábside se encuentra el detalle más bello del templo, sobre una gruesa imposta de ajedrezado y bolas –también con aspecto de haber sido recolocadas sus piezas-, se abre una ventana ajimezada, con señales de “retoques” tardíos en sus elementos, tales como la ampliación de los pequeños vanos laterales.
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Bajo un amplio arco, se cobijan dos arquillos de herradura, cuyo parteluz es una corta columna con capitel, en cuyas esquinas hay esquemáticas cabezas de pájaros y una especie de vegetales entre medias; su basa de garras, sogueada, es típica de lo mozárabe. Todo de un simbolismo, apenas apuntado, muy sugerente.
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Al interior, impropio de un Monumento Histórico Artístico Nacional, es imposible apreciar la ventana pues ha sido cubierta con una “vidriera de diseño”, sin embargo se nota bastante bien donde apoyaban las bóvedas primitivas y la chapuza realizada al sustituirlas.
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En ambos laterales del ábside, a nivel del suelo, bajo una imposta similar a la exterior -también en los “retoques”- que recorre el cilindro absidal, hay sendas credencias con arcos de ligera herradura cobijando “esculturas” de santos.
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A cada lado de unión entre presbiterio y ábside, en el arranque de las bóveda, hay una ménsula con aparejadas cabezas de caballo, que no sabemos si serían el sustento de los nervios para la bóveda original, o un “apaño” tras la reconstrucción.
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En el lado sur del presbiterio, sobresale la imagen de un soldado romano al que acompaña un ciervo. Se trata de un general del emperador Trajano, llamado Placidus, el cual, estando de caza, acorraló un ciervo entre cuyas astas se le apareció el Nazareno que le instó al bautismo. Así lo hizo y recibió el nombre de Eustaquio, pero por hacerse cristiano el emperador mandó encerrarlo en un toro de bronce, bajo el que se encendió una hoguera. Por su milagroso encuentro, este mártir (188 d.C.), fue elegido patrón de los cazadores.
Bueno será recordar que, en la religión celta, los ciervos son animales guía, que conducen los héroes hasta el otro mundo. Algunas divinidades celtíberas, como Cernunnos, tienen cuernos de ciervo, emblema de fertilidad y regeneración, si además lleva una serpiente es portador del conocimiento oculto de la Madre Tierra.
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Recuerdan los viejos del lugar que aquí, cada 15 de agosto, se celebraba una romería popular en honor de Nuestra Señora del Vizbayo, en la que los alimentos típicos de la merienda eran el melón y la sandía, hasta el punto que existían dos “bandos” amigables entre los romeros, el de quienes denominaban el festejo como “Romería del Melón”, por ser este el fruto que aportaban al banquete comunal, y quienes lo nombraban “Romería de la Sandía”, por aportar ellos este otro alimento. Según nos contó una anciana, en agosto de 1981, existía, también, un fraternal pique entre los miembros de cada “facción”, por ver quien entregaba a la mesa común el melón y la sandía más grande, con la gracia pícara, añadida, de que tales ejemplares habían de ser “bautizados”, a espaldas del párroco, en la pila bautismal.
Tradición ésta, la ofrenda de los mejores frutos de la tierra, con su banquete tribal y su “bautismo” ritual, que evoca tiempos más lejanos y divinidades más antiguas. ¿Quizá con cuernos de ciervo...?
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Salud y fraternidad.

sábado 6 de junio de 2009

Lagunas de Somoza, el “eslabón perdido”...

En las lindes leonesas entre La Maragatería y la Valduerna, se encuentra Lagunas de Somoza. Su templo de Nuestra Señora de La Asunción, ha conservado, quizá por “milagro divino”, unas pequeñas, pero no menores, muestras del románico inicial de este reino, de transición desde lo visigodo. Aunque el edificio actual no evoca nada de todo ello, porque es una confusa mezcla: cabecera s.XVI, naves s.XVII-XVIII.
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Lo que hoy vemos se alza sobre un ejemplar románico, realizado a caballo entre los siglos XI y XII, del que solo resta la sencilla portada norte (s.XII), con sus capiteles de caballeros combatiendo monstruos, y los canes músicos del tejaroz, amén de alguna otra pieza suelta. Dicha portada estuvo tapiada y oculta, hasta el 5 abril de 1947, en que fue redescubierta por casualidad.
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En su cabecera sobreviven otros dos canes, empotrados en la esquina de mala manera, uno que muestra su monstruosa cabeza de boca abierta, y otro bajo ese que, cortado y vuelto hacia dentro, se reutilizó como relleno del encintado ocultando al presente su talla.
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No obstante, este edificio tampoco era el original, pues levantó sus cimientos sobre los de un templo visigodo-mozárabe, citado ya en 920, y arrasado por Almanzor en alguna de sus razzias por el reino. Un edificio, cuyos restos debieron influir en quienes levantaron el siguiente una vez pasado el peligro musulmán.
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Pero sus elementos más curiosos, que hoy se guardan en el interior, estuvieron muchos siglos empotrados en el muro norte, expuestos a los crudos elementos y la feroz chiquillería. Agradecemos a su anciano párroco que, el 5 de abril de 2009, justo el día en que se cumplían sesenta y dos años del redescubrimiento de la portada norte, nos permitiese acceder al templo y tomar fotos de las preciosas piezas románicas, mientras él preparaba el oficio del Domingo de Ramos.
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La primera de ellas, es una primitiva imagen de la Virgen, aureolada con la inscripción “María Mater”, como la Diosa Madre. Se halla sedente, sobre una silla curul cuyos laterales son cabezas de leones y las patas figuran las garras de aquellos. El Niño, se sienta centrado en su regazo, mientras bendice con una mano y muestra un libro en la otra. Ambas, presentan restos de policromía en los vestidos. Esta pieza es casi seguro que proceda del perdido tímpano románico, de la portada principal.
Por la postura y el deterioro del Niño, la chiquillería dio en apodarla “el zapatero”, pues les recordaba un remendón haciendo su oficio, y era tradición entre los rapaces apedrearla con sus hondas, lo que acabó con el rostro de la Buena Madre.
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La otra pieza es más curiosa, se trata de una Maiestas Domini, también con restos de policromía. El Cristo coronado, dentro de su mandorla y escoltado por el Tetramorfos, descansa sobre otra silla curul, descalzo, mientras nos bendice con una mano y en la otra muestra abierto el Libro de la Vida, con las siglas “IhS XSP”. Estilísticamente, ha sido relacionado con el no lejano de Castroquilame que se halla sobre un tímpano. Este, sin embargo, se encuentra sobre una ventana, lo cual lo convierte en único. En efecto, el sagrado símbolo está tallado, en la misma pieza, sobre una ventanita geminada, de vano ajimezado, con arquillos visigodos, de herradura, y capitel vegetal.
Estamos ante un clarísimo ejemplo de transición, donde el viejo modelo visigodo se codea con el nuevo quehacer románico, sin demérito para ninguno de ellos. Podríamos decir, y no sería metáfora vana, que la ventanita es el tronco visigodo, del cual brotarán las ramas románicas, del árbol simbólico medieval.
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Y ya que hablamos de árboles, no perdamos de vista el que se alza justo al lado norte del ábside, conocido como “El Moralón”, un moral de al menos quinientos años, venerado por las gentes del pueblo como si de un anciano antepasado se tratase, bajo cuya sombra celebraron Concejo y dirimieron pleitos. Un Árbol, con mayúsculas, heredero de los viejos cultos a los espíritus vegetales que aquí tuvieron lugar entre las célticas gentes, antes que llegasen los romanos, primero con sus dioses y luego con la nueva religión hebraica.
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Salud y fraternidad.

sábado 23 de mayo de 2009

Destriana, alargada sombra de los godos...

En la comarca leonesa de La Valduerna, atravesada por la calzada “Via Nova”, se asentaron los romanos en la ciudad de Argentiolum, cuyo nombre alude a las explotaciones de minerales preciosos que abastecían el Imperio. En sus cercanías se alzó Destriana –del latín dexter, en referencia un possessor y su fundus, un latifundista tardo romano, relacionado con la minería-, pequeña población que se mantuvo tras las oleadas bárbaras. Durante la invasión musulmana la zona se despobló, hasta que García I (910-914), con la fijación de fronteras en la línea del Duero, trasladó la capital a León, proporcionando impulso a la repoblación de estas tierras.
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Ramiro II (931-951) fundó en Destriana un Monasterio de San Miguel, a instancias del obispo de Astorga, san Fortis (920-931), sucesor del eremita de Peñalba, san Genadio. Este monasterio sería panteón de la realeza y sus nobles: el propio san Fortis –que otros dicen reposaba en Santiago de Peñalba-, el rey Ramiro III (966-984) y sus sucesores, así como cortesanos ilustres, hasta el reinado de Vermudo II (986-999), cuando las razzías de Almanzor forzaron el traslado del panteón hasta Asturias.
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La fundación monástica de Ramiro II fue arrasada por Almanzor, sobre las ruinas de su templo se elevó luego otro más pobre, a fines del s.XI o principios del XII, que en 1167 pasó a manos del Monasterio de San Pedro de Montes, y 1181 sería entregado por Fernando II a la Orden de Santiago. En este edificio se reutilizaron diversas piedras labradas del precedente, las pocas que el musulmán Almanzor y sus tropas habían perdonado.
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Se respetó su planta, de tres naves y triple ábside, añadiendo una gran espadaña, todo ello en rudo sillarejo con lajas pizarrosas y cantos rodados. Este templo tampoco había de perdurar, a fines del s.XVI se reconstruyeron sus naves y solo conservó la cabecera, con los ábsides rebajados. Entonces se perdieron algunas de las viejas piedras mozárabes, salvadas en el s.XII, aunque persistieron las absidales.
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Consisten en dos ventanas, que pueden considerarse como de transición entre lo visigodo-mozárabe y lo románico. Están labradas en un solo bloque y tienen arco de herradura, pero su talla, con capiteles frutales y orlas vegetales, anuncia ya la floración románica consiguiente. También se salvó un pequeño óculo, ornado con una roseta central, y hojas en las esquinas del sillar.
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En su interior se conserva un capitel corintio, de origen romano, que sirve de soporte a la pila bautismal, y también se guarda la joya del templo: una lápida de estilo “visigodo-asturiano”. Se trata de una pieza rectangular, que en su mitad superior contiene una cruz “astur”, que recuerda la “Cruz de la Victoria”, de cuyos brazos cuelgan el Alfa y la Omega. A su alrededor un texto reza:
HOC SIGNO TUETUR PIUS / HOC SIGNO VINCITUR INIMICUS [El piadoso se protege con este signo / El enemigo es vencido por este signo].
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En la mitad inferior de la piedra, otra inscripción sentencia:
SIGNUM SANTUM PONE DOMINE / IN DOMO ISTA UT NON PERMITAS / INTROITO ANGELUM PERCUTIENTEM / AMEN [Coloca, Señor, este signo sagrado en esta casa, de tal forma que no permitas que el ángel exterminador entre. Así sea].
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Dicha lápida, junto con los restos arquitectónicos, permite suponer que Ramiro II mandó edificar aquí un templo de cierta importancia, puesto que fue mausoleo real, emparentado con el “prerrománico astur”, quizá en la línea de San Salvador de Valdediós, su obra más tardía, germen de lo que luego había de venir, arquitectónicamente hablando.
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Item mas. Cuando visitamos el lugar era Domingo de Ramos, un hombre llegó en bicicleta hasta el templo, lo abrió de par en par y se dedicó a realizar preparativos para la salida de la procesión. Cuando le solicitamos permiso para visitar el templo, su seca respuesta nos dejó pasmados:
-“No puede ser, no tengo autorización para dejar entrar a nadie. Y yo, sin autorización...”.
Eso incluía, al parecer, cerrarnos en las narices la puerta que hasta entonces había mantenido abierta, para impedir que, ni siquiera desde fuera, fotografiásemos el interior...
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Salud y fraternidad.

miércoles 20 de mayo de 2009

“Ludus lux...”

Templo de San Gil, Luna (Zaragoza), 1 noviembre, 13,36 p.m.
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Cuando hablamos del simbolismo románico, hay un elemento, un símbolo primordial, que nos pasa desapercibido, no porque sea abstruso ni esotérico sino, precisamente, porque es tan evidente que nunca lo consideramos como lo que es: el símbolo de los símbolos. Lógicamente nos referimos a la luz, en concreto al escarceo de luz y sombra, el yin y el yang de una sola y misma cosa, pues ambas nociones, al igual que Dios y el Diablo, por separado no existen. Escarceo que se traduce en el “ludus” que la luz produce en las piedras románicas, y tengamos en cuenta las diversas concomitancias que el término “ludus”, juego, posee en latín.
En dicha lengua, una bailarina es “ludia”, porque se mueve con un ritmo que fascina, como la luz sobre las piedras al correr de las horas. “Ludibundus”, es alguien que bromea, que juguetea con los conceptos, tal cual hacen claridad y sombras entre los sillares. Algo entretenido, divertido, es “ludicrus”, un espectáculo como el de la luz, labrando sugerencias sobre la piedra esculpida. Pero, a su vez, “ludificatio” expresa engaño y burla, los mismos que, con sus contrastes de claroscuros, nos hacen guiños desde las bóvedas a los pórticos. Por último, un “ludio” es un histrión o mimo, alguien que nos entretiene con sus visajes exagerados, mientras nos transmite un mensaje en clave... ¿Y no es eso lo que el edificio románico pretende?
Esperamos vuestra clemencia, para estas “luminosas” especulaciones que no pretenden ser filológicamente exactas, sino tan solo simbólicas, ni buscan agotar el tema, acaso únicamente acariciarlo...
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Templo de San Pedro, Mezonzo (A Coruña), interior hacia fachada oeste, 15 julio, 17,57 p.m.
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La foto con flash mata la luz real, crea una falsa oscuridad, que en el interior del templo no existe, y dota de engañosa luminosidad el primer plano.
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Al anular el flash, todo el poder evocador de la luz penetran por la ventana oeste, recrea la auténtica atmósfera ideada por el Magister. Mundos sutiles, “ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón”, bailan en el rayo de sol poniente, nos bañan en la dorada calidez, espiritual, románica.
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Templo de Santiago, Betanzos (A Coruña), interior de la torre, 21 julio, 11,27 a.m.
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Aquí por el contrario, la luz de flash crea una falsa claridad, en un espacio tan reducido como es la escalera de caracol, crea perfiles violentos que matan la espesa atmósfera de recogimiento.
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Con luz natural, la que penetra a través de la aspillerada ventana, se restaura la suavidad de la penumbra mediante angulosidades suaves, que aligeran el peso de las opresoras sombras.
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Monasterio, Santa Cruz de la Serós (Huesca), 2 noviembre, 15,12 p.m.
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Templo de Santa María, Piasca (Cantabria), 31 marzo, 19,15 p.m.
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Pero no es solo el volumen interior de los templos, el que “baila” con la evolución de luces y sombras, es todo el conjunto, desde el volumen más amplio a la piedra más pequeña. No es lo mismo, por ejemplo, vivir los canes al contraluz del atardecer, que bajo el aguacero primaveral.
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“Luz perfecta, de la tarde,
geométrica, lineal.
Luz en que la luz florece,
mágica, infinitesimal.
Luz perfecta, que declina,
matemática, visual.
Luz en que la luz termina,
promesa de un retornar”.

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Lux aeternam, lux perpetua... El que quiera entender, que entienda.
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Salud y fraternidad.

viernes 15 de mayo de 2009

Peñalba de Santiago, la magia de una edad perdida...

“Cuanta utilidad y gozo divino traen consigo la soledad y el silencio del desierto a quien los ame, sólo lo conocen quienes lo han experimentado. ¿Existe algún otro bien, aparte de Dios?”
(San Bruno).
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Sita en el Reino de León, el Bierzo, es una comarca que atesora numerosas claves ancestrales, porque en ella sucesivos pueblos han ido dejando el poso de su particular forma de entender el fenómeno espiritual, y la manera de intentar aproximarse a la divinidad haciéndosela propicia a sus deseos y necesidades. Ya que allí, quizá por su geología, parece como si las energías terrestres y celestes, que los celtas simbolizaban en las serpentinas “wouivres”, se hubiesen conjurado para manifestarse con más fuerza.
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Unas energías a las que el ser humano atribuyó capacidad para ayudarle a trascender sus límites, abriendo la mente y el espíritu a realidades superiores que son difícilmente alcanzables en el nivel corriente del intelecto. Por ello, desde muy antiguo, hubo por la zona montes, bosques, piedras, fuentes y lagos considerados “mágicos” o “sagrados”.
Durante los tiempos de la Antigua Religión, en las cavernas, bosques y manantiales de la sierra de los Ancares [Ançares = ansares = ocas, animales sagrados que simbolizan la comunicación con el mundo espiritual], y en los picos Teleno, La Guiana, La Valdueza, etc, habitaron sacerdotes y sacerdotisas, personajes mágicos, intermediarios entre los dioses y la humanidad, al estilo de los célticos druidas.
Con la llegada de la nueva religión, se formaron comunidades eremíticas, muchas veces compuestas por antiguos sacerdotes y sacerdotisas, cristianizados en mayor o menor grado, que adaptan los viejos usos a las nuevas costumbres –en los grupos priscilianistas, donde el “clero” era mixto, se aprecian todavía restos rituales de viejos cultos celtas-.
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Conjuntos muy heterogéneos de personas se retiraron a las cuevas y espesuras, para buscar en soledad la comprensión de anhelados mundos superiores, la revelación de soñadas realidades trascendentes y el olvido de un universo material injusto y cruel.
Estos grupos de buscadores independientes, unidos tan sólo por la meta a que aspiraban, fueron por lo mismo sospechosos para las nuevas autoridades religiosas, oficiales, que no gustan de la independencia de sus “ovejas”, y mucho menos en el tema de la búsqueda espiritual, no sea que acaben encontrando algo muy diferente, y más atractivo, de aquello que sus “pastores” les predican como verdad inmutable e indiscutible. Por aquí anduvieron ermitaños visigodos y mozárabes, comandados por san Fructuoso, san Valerio, san Genadio, san Froilán, san Osmundo, etc, que entretenían sus místicas soledades “domando unicornios” o “matando cuélebres”. Algunos de tales “ermitaños” acabaron camuflados bajo la sombra de comunidades monacales, surgidas precisamente para poner coto a su independencia de la Iglesia.
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Hubo también grupos priscilianistas, “herejes” cristianos bañados de gnosticismo oriental y teñidos de religión céltica. Y, cosa más ignorada, en este enclave en pleno Camino de Santiago, hubo cátaros como los del Midí francés, imbuidos de maniqueísmo dualista. Para completar el cuadro, a comienzos del s.XIII, coincidiendo con el renacer medieval del priscilianismo berciano y el rebrote del catarismo, la Orden del Temple se asentó con fuerza en el Bierzo, a partir de su Encomienda y Castillo de Ponferrada estableció una red de fortalezas como Cornatel, Antares, Corullón, Sarracín, Rabanal, Villafranca, Balboa, Bembibre, etc, mediante las cuales controlaba pueblos, tierras y santuarios en toda la zona.
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Una leyenda popular berciana, afirma que en el s.VII, cuando el ascético san Genadio, mezcla de druida y ermitaño, vagaba por las enriscadas montañas del Valle del Silencio y los espesos bosques del Bierzo, tenía por compañero un unicornio, conocido en la región como “Alicornio”. Cuando murió el santo varón, el animal anduvo extraviado, hasta que, recogido por los pobladores del vecino Montes de Valdueza -donde estaba el Monasterio de San Pedro de Montes-, éstos lo tomaron bajo su cuidado, como precioso talismán. Cuando el animalito acabó sus días, los vecinos continuaron venerando su cuerno como prodigiosa reliquia, que utilizaban para bendecir el agua de los manantiales, pues de esta manera se volvía curativa. Y no falta quien asegure que, en el s.XII, dicho cuerno fue custodiado por los templarios de Ponferrada, que lo tenían depositado a los pies de la Virgen Negra del Bierzo: Nuestra Señora de la Encina, en la capilla de su castillo, donde realizo milagros sin cuento, purificando pozos y desenmascarando venenos...
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La espadaña del siglo XVI, estaba unida al templo por escalera de piedra y maderamen de campanario, que se retiró en la restauración de 1968.
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Entre los fantásticos picos La Guiana y Teleno, con fama de acoger antiguos aquelarres, se encuentra el Valle del Silencio, con el río de igual nombre -afluente del Oza-, en cuya cabecera está enclavado el pueblo de Peñalba de Santiago [Conjunto Histórico Artístico Nacional]. En sus cercanías está la Cueva de San Genadio, donde el ermitaño, una vez construido el monasterio y transformados los eremitas en monjes, se retiraba para hacer penitencia y meditar. Cuenta la leyenda que, el nombre de valle y río, proviene de un milagro del santo: Como el murmullo de las aguas le impedía concentrarse en la meditación, Genadio ordenó al río guardar silencio y la corriente se introdujo bajo tierra, surgiendo unos metros más abajo de la cueva, donde su rumor no le molestase.
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Portada sur, estilo mozárabe inspirado en Medina Azahara (al-Andalus): pronunciados arcos de herradura con alfiz.
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Según nos informa una inscripción, existente en el vecino Monasterio de San Pedro de Montes, la historia cenobítica de estos parajes comienza en el s.VII cuando san Fructuoso hizo aquí un pequeño oratorio. Después san Valerio amplió el edificio, y en 895 san Genadio lo restauró, al retirarse a dicho lugar con doce hermanos tras haber renunciado al obispado de Astorga, poco después (909-916) fundó el primer cenobio. El templo de Santiago, construido por su sucesor, el Abad Salomón, en el año 937 para guardar los restos de san Genadio, es el único vestigio que queda de aquella fundación del siglo X. Consagrado en el 1105, el sepulcro de san Genadio se situó en el contra-ábside occidental, pero en el s. XVI la duquesa de Alba hizo llevar sus restos a Villafranca y más tarde a Valladolid.
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Portada norte, visigoda, en su jamba inscripción funeraria de un abad francés, muerto aquí en 1132: “Esteban, ilustre abad que engendró para nosotros la raza franca...., etc.”
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En el siglo XIII llegó el ocaso del cenobio, pasando sus bienes al Obispado de Astorga, los edificios monásticos se arruinaron y el templo permaneció en pie como parroquia del pueblo, crecido alrededor del Monasterio. Su conservación se debe, “ventajas” del infortunio, a la pobreza y aislamiento que rodeó el lugar durante siglos, impidiendo derribarlo para levantar otro más moderno. No se trata de un edificio románico, sino de uno visigodo-mozárabe, pero lo traemos aquí porque esta es una de las raíces de las que brotará el tronco del arte románico, unas raíces que abundan en el viejo Reino de León, por más que estén desperdigadas y olvidadas.
Aunque lo románico, no está completamente ausente de este lugar. Adosado al muro norte de la nave, existe el único elemento de dicho estilo en este singular templo: un tosco lucillo, del siglo XII, que resulta algo exótico dentro del conjunto. La tradición popular lo identifica con el sepulcro de san Fortis, abad que fue del monasterio.
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Lucillo funerario en muro norte, único resto románico del templo de Santiago.
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El templo de Peñalba apenas destaca del resto de edificios del pueblo, levantado con idénticos materiales constructivos: bloques de pizarra, en los muros, y lajas de esquito en bruto para la cubierta, la única concesión son los sillares de caliza para dovelas y canes, o el mármol de las columnas. Presenta planta de cruz latina, compuesta por nave rectangular, con dos ábsides contrapuestos: al este con forma de herradura, lo mismo que el gran arco que separa los dos tramos de la nave; dos capillas laterales forman un falso crucero. Al exterior, sus muros se sustentan por contrafuertes, de tipo asturiano. El suelo de la iglesia tiene las losas de pizarra original, que pisó san Genadio.
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Capitel lateral de portada sur, estilo visigodo.
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En Santiago de Peñalba se mezclan las tradiciones de la arquitectura celtíbera anterior.
1º La tradición basilical romana mantenida en el norte de África y sur de Hispania, entre los ss.VI-VII, con ábsides opuestos, el segundo con funciones funerarias -recordemos que, en Peñalba, los restos de san Genadio y de Urbano, uno de sus sucesores, descansaron en el ábside oeste-, que también tuvo el templo de San Cebrián de Mazote (Valladolid); o las bóvedas gallonadas, sin trompas ni pechinas, de tipo bizantino.
2º La tradición celto-visigoda, en las capillas, o falso crucero, -como las de Quintanilla de las Viñas (Burgos), hoy apreciables a nivel de cimientos-. También en las columnas simétricas, de sus arcos, que separan los volúmenes del templo, los canes cubiertos de poliskeles o rosetas solares, y la celosía del vano oeste.
3º La tradición mozárabe –hispano romanos que habían vivido en territorios de la Hispania musulmana- traslada, a los reinos cristianos, las técnicas y elementos asimilados de la arquitectura andalusí, como el alfiz que enmarca los arcos de herradura o las pinturas, s.X, de almagra, que semejan ladrillos y dovelas al estilo del Palacio Califal en Medina Azahara (Córdoba) levantado en fechas paralelas.
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Ventana del contra-ábside oeste, restos de celosía, tradición astur-visigoda.
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Debido a que no todos estos templos fueron construidos por mozárabes de al-Andalus, y que esta arquitectura del siglo X, en la meseta castellano-leonesa es recuperación de la arquitectura hispano-romana e hispano visigoda, más que de influencia califal, a veces se la nombra como Arquitectura de Repoblación. Aunque, en el caso concreto de Peñalba, es evidente la influencia andalusí, ya viniera de forma directa o indirecta. De Córdoba al Bierzo, pasando por San Miguel de Escalada, los clérigos huidos de la islamización de al-Andalus trajeron al norte los estilos artísticos del Califato Cordobés, de la mano de las gentes mozárabes que los siguieron en la repoblación. Aquí los mezclaron con la herencia céltica, romana, visigoda, y un emergente bizantinismo.
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Canes del alero, simbología solar céltica con rosetas y poliskeles.
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Por último, en el Museo de León se halla la pieza más antigua, conservada, de su tesoro: la cruz que el monarca Ramiro II ofreció, en 940, al Monasterio de Peñalba.
Todos estos elementos, junto con el entorno natural en que se alza, confieren a este templo una belleza, una originalidad y un halo de misterio singulares.

Por las peñas, bosques, cuevas y arroyos, de sus alrededores, todavía habitan espíritus vegetales, trasgos, hadas y duendes, que los ermitaños y monjes no consiguieron expulsar. Si os cruzáis con algunos no los molestéis, son los guardianes que la Madre Tierra ha situado aquí, para conservar las maravillas de su generosa Naturaleza.
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Salud y fraternidad.

jueves 16 de abril de 2009

El “Código Turienzo”...

En el viejo Reino de León, la comarca de La Maragatería apenas conserva muestras de su pasado esplendor medieval. Sin embargo, si buscamos un poco, descubriremos restos magníficos, que nos harán soñar con su exquisito patrimonio desaparecido.
Turienzo de los Caballeros, es hoy poco más que una aldea. Sin embargo fue plaza fuerte de los Caballeros Templarios, luego de los Hospitalarios de San Juan y más tarde de los nobles Osorio, de todo lo cual subsiste un torreón de su castillo, felizmente restaurado. También queda su templo de San Juan Bautista, de inicios del s.XII, aunque si nos acercamos a él por el lado norte, seguramente nos entrarán ganas de pasar de largo, las reformas de los siglos XVI a XVIII han convertido el edificio en una amalgama de estética poco atrayente.
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No obstante, si afrontamos el templo por la fachada sur, y obviamos la estruendosa escalera de acceso a la espadaña, veremos que allí destacan todavía los jirones de su perdida gloria. Un par de magníficas ventanas, que si son muestra de lo que hubo, nos autorizan a calificar el perdido edificio de “Catedral románica”.
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Los dos grandes ventanales, “demasiado” ricos para un aislado ejemplar rural, son aspillerados, enmarcados por destacado baquetón con impostas ajedrezadas y tímpanos decorados con gran riqueza, no solo artística sino espiritual.
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La cornisa tiene roleos, rosetas, y tallos vegetales, símbolo de la fuerza vital en el punto donde el edificio, terrestre, se une a su reflejo, celeste: el abrazo de los muros a la bóveda. Todo ello, obra exquisita de un consumado Magíster.
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Uno de los tímpanos se elabora a base de grandes tallos vegetales, entrelazados, que nos hablan de la exuberancia vivificante de la Naturaleza como reflejo de la obra creadora de la divinidad.
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El otro, trabajado con igual pericia, nos muestra un arcángel que, armado de escudo y lanza, ataca a un dragón de reminiscencias célticas, cuya cola forma el típico nudo o entrelazo imagen de la energía cósmica y natural. Estamos por tanto, ante el símbolo del ser que vence su caótica naturaleza humana, mediante las armas de su naturaleza espiritual. La energía celeste dominando la energía terrestre, de la Madre Naturaleza, a la que hace referencia ese nudo reptiliano.
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De los cuatro capiteles, tres muestran estilizados vegetales de los que cuelgan jugosos frutos, propios del Árbol de la Vida.
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Y otro contiene dos leones, acodados por la grupa, que vuelven sus cabezas para unirlas y cerrar así el círculo de la energía cósmica...
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Un último ejemplo de la riqueza que hubo de contener el templo, está en el residuo de su portada. Queda la parte izquierda del tejaroz, con la cornisa cubierta de rosetas y sostenida por tres canes mutilados -el mejor conservado, es una fiera agazapada-. También un resto de arquivolta dovelada, que descansa en la imposta a base de complicado entrelazo céltico, símbolo del tiempo infinito.
¿Qué excelente edificio románico, pleno de pedagogía simbólica, se alzó en este apartado lugar? ¿Por qué fue salvajemente mutilado y por qué se salvaron esos ventanales?
La explicación, quizá esté en sus primeros patronos, los Caballeros Templarios, y en que, a pesar de estar apartado, se encuentra a un tiro de piedra del Camino de Santiago, vía de expansión para el sincrético simbolismo teológico medieval.
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Salud y fraternidad.

martes 31 de marzo de 2009

Valdenebro, recostado al sol.

La pequeña población soriana de Valdenebro, está dominada por el Templo de San Miguel, edificado a fines del s.XII sobre una ladera que señorea el caserío.
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Es de un románico apreciable, pero humilde, algo tardío y sin embargo original. Su ábside nos recuerda, inevitablemente, el no lejano de Rioseco.
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Las cinco arcadas ciegas, y su ventana absidal, son un trasunto “menor” de la riqueza de formas y volúmenes que vimos en Rioseco de Soria. Lástima que, la añadida sacristía “de turno”, reste pureza de líneas al conjunto.
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Aquí, los capiteles son bulbosos, menos elaborados pero igual de sugerentes, poseen una “carnosidad” que los proyecta como imagen de aquellas frutas paradisíacas, tan prohibidas como jugosas.
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Su portada, al sur, cobijada bajo un porche moderno, tiene cinco arquivoltas lisas, pero la chambrana contiene unos cogollos vegetales que son primos hermanos de aquellos que lucían en Nafría la Llana y en La Soledad de Calatañazor.
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Los capiteles se pueblan de animales afrontados, jugosos bulbos, y un simpático contorsionista que parece burlarse de nuestro asombro por el giro que da a su cuerpo.
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Como en tantos y tantos lugares, noviembre no es buen mes para la visita, el pueblo está desierto, nadie contesta en las casas. Al interior del templo, cerrado a piedra y lodo, tendremos que acceder en ocasión más afortunada y veraniega. Suerte que el clima ha cambiado hoy, las lluvias de octubre han dado paso a un frío sol de noviembre, los declinantes rayos del astro rey bañan los viejos sillares con una tonalidad pastel, propicia a la nostalgia y la evocación.
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Salud y fraternidad.

lunes 16 de marzo de 2009

“La Soledad” sonora... de Calatañazor.

Extramuros de Calatañazor (Soria), al pie del cerro que corona el castillo, se alza el templo de Nuestra Señora de la Soledad. Lo llaman ermita, pero esta categoría no le hace justicia, pues tiene una hermosura y encanto que otros templos, con más fama, quisieran para sí. Acostado sobre esa ladera, incrustado en ella, dijérase un navío varado en alguna playa al borde del Edén.
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El edificio, de mediados del s.XII, no ha llegado completo hasta nosotros, sólo ábside, presbiterio y portada norte, son románicos, la nave es muy posterior, objeto de reconstrucciones en el s.XVII. La aparente sencillez del tambor absidal, no lo es, su alero en el que restan algunas metopas decoradas, se sustenta en modillones ricamente trabajados, lo mismo que las tres ventanas.
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Las chambranas de los vanos llevan cabezas de clavo, flores carnosas, entrelazos vegetales, y sus arquivoltas muestran bezantes, roleos, lóbulos. La imposta que recorre el semicírculo, al igual que en Nafría la Llana –y seguramente en el perdido ábside de Santa María del Castillo, en Calatañazor-, se resalta con ondulantes tallos y cogollos vegetales.
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Los grandes capiteles, que compartimentan el ábside en tres paños, muestran una exuberante vegetación, obra de un buen tallador de la piedra. Al interior, las ventanas aspilleradas sustentan sus arquivoltas mediante capiteles, con vegetación y animales del bestiario.
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En la base del ábside, se abrieron en época moderna dos arcos, para prácticas rituales, por los cuales los fieles podían atisbar la imagen de su devoción. En la restauración de los años ochenta, fueron tapiados. También es antiguo el estropicio causado a la ventana central, cuyo vano se cegó para incrustar una baldosa con el nombre de la ermita. ¡Como si no fuese afamada y conocida en toda la comarca!
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La portada, al norte, tampoco está intacta, sus sillares parecen supervivientes del muro original que han sido acomodados a la nueva fachada. Por desgracia, la portada ha sido saqueada, perdiendo capiteles y fustes.
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Sus arquivoltas a base de cogollos carnosos y tallos ondulantes, delatan, junto con las ventanas, que su artífice es el mismo Magíster de Santa María del Castillo, en lo alto de la villa, y de La Natividad en Nafría la Llana.
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Sobre el paño norte absidal, bajo el alero, han incrustado una buena escultura que representa al rey David, sentado con las piernas cruzadas, tocando el arpa. Es evidente que no corresponde a tal lugar, y puesto que la portada no tiene ahora tímpano, debe pertenecer al grupo escultórico de un perdido tímpano que hubiese en ella o en otra portada desaparecida.
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La lluvia de octubre sigue derramándose mansa, pero implacable, sobre los campos de Soria, humedece los sillares de la ermita y les da ese tono dorado, irreal, más propio de un día soleado. Desde el fondo de los siglos medievales, la memoria de los canteros que aquí labraron llega como un eco, soñamos que, quizá, el rostro inmutable de ese David músico es el del Magíster que talló estos sillares. El Magíster, que duerme un sueño de piedra en medio de esta soledad sonora, donde bien podrían oírse los versos del místico...
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“Mi Amado, las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos,
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la noche sosegada
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora”.
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[San Juan de la Cruz (1542-1591), Cántico espiritual].
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Salud y fraternidad.

viernes 13 de marzo de 2009

“En Calatañazor, el románico Magister perdió el tambor...”

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Calatañazor (Soria), entró en la historia por una leyenda épica. Cuenta la tradición que, en el Valle de la Sangre, sufrió el caudillo musulmán Almanzor una grave derrota, a consecuencia de la cual murió.
El hecho histórico es, que en el año 1002 Almanzor, con 60 años y enfermo, durante el regreso de la razzia en que destruyó el Monasterio de San Millán de la Cogolla, murió antes de llegar a Medinaceli. La retaguardia de las tropas andalusíes fue atacada por castellanos, a la altura de Calatañazor, con cierto éxito, sin que fuera una gran derrota musulmana ni tuviese relación directa con la muerte de Almanzor. Pero esa pírrica victoria, magnificada por los propagandistas cristianos, dio pie a la leyenda culminada por el trabalenguas: “En Calatañazor, Almanzor perdió el su atambor”.
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Este suceso acaparó, desde entonces, todo el acontecer de Calatañazor, ocultando a su agigantada sombra todo lo demás, como la existencia de un magnífico templo románico, Santa María del Castillo, de mediados del s.XII. Obra de un gran Magíster que trabajó en la región y dejó estupendos ejemplos de su buen hacer, cual es la Ermita de la Soledad, extramuros. La lluvia, las fechas y la hora, mantienen el templo cerrado a cal y canto, tendremos que conformarnos con estudiar su exterior.
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Santa María es hoy una especie de rompecabezas, donde las piezas se amontonan sin orden ni concierto. Perdió el ábside en el s.XVI, sustituido por otro tardo-gótico, el descentrado óculo puede ser de esa época, y la nave desapareció en el XVIII. Del románico solo permanece parte del muro sur, con una portadita simple, y la fachada occidental, empotrada en la reforma dieciochesca, en la que por suerte sobrevive la portada principal, en parte desmontada y vuelta a montar.
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Emparedados por los muros, sobreviven algunas piedras del viejo templo, como ese león que asoma medio cuerpo, a gran altura, sobre la portada oeste; o el relieve que a modo de alfeizar, en una ventana de la sacristía, muestra el tema de las Marías ante el sepulcro vacío. En el interior, un pequeño museo alberga otros restos románicos: capiteles, estelas y la sencilla pila bautismal.
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La portada oeste, es curiosa por estar enmarcada en un alfiz, de talla vegetal, sobre el que corre una triple arquería ciega, con el arco central exalobulado y los laterales de medio punto, las arquivoltas se cubren también de vegetación mientras por los capiteles campean seres del bestiario.
Que los artesanos del XVIII ya no eran tan finos como los románicos, se demuestra en el descuidado re-montaje que hicieron del juego de arquillos.
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La arquería en su estado actual.
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Reconstrucción virtual de la arquería.
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Si nos fijamos, apreciaremos rápidamente la falta de armonía del conjunto: el arco central, lobulado, parece la silueta del rostro de “Bart Simpson”, los arcos laterales están achaparrados y sus lados encajan mal. La solución al enigma es muy sencilla, y nos hemos permitido resolverla mediante la informática. Basta prolongar los arquillos laterales, y al lobulado cambiarle de lugar los sillares que reposan sobre los capiteles, así sus lóbulos se recomponen y completan, igual que las curvaturas de “medio punto” de los laterales.
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Nafría la Llana, portada sur.
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El Magíster que trabajó en Calatañazor y creó esta puerta, laboró también el cercano templo de La Natividad, en Nafría la Llana, que presenta una portada idéntica, salvo que allí el arco central es tetralobulado y sus componentes, aunque ocultos muchos años por un falso techo añadido, nunca fueron removidos.
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Nafría la Llana.
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Calatañazor.
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Otra diferencia, es que en Nafría el friso de arquillos descansa directamente sobre el alfiz, mientras en Calatañazor lo hace sobre una hilera de sillares bajo la que aparece dicho alfiz.
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Calatañazor, arquivoltas y alfiz en portada sur.
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Nafría, arquivoltas y alfiz en portada sur.
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En ambos templos, las arquivoltas son también prácticamente idénticas, en Calatañazor solo está terminada la interior, y en Nafría lo están la interna con su chambrana. El esquema vegetal, de arquivoltas y alfiz, es el mismo, con ligeras variantes.
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Nafría, ábside, el muro del cementerio adosado impide una vista de conjunto y le resta esbeltez.
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El caso de Nafría es el opuesto al volucense, aquí han sobrevivido ábside y presbiterio, junto con la portada sur. Esta cabecera puede darnos una idea aproximada, de como sería la desaparecida en Calatañazor. Consta de tres ricas ventanas, con capiteles vegetales y de fauna silense en excelente factura.
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Nafría, ábside, ventana este.
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Nafría, ábside, detalle ventanas este y sur.
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El templo nafriense, mediados s.XII, tiene además la originalidad de que su “arco triunfal” adopta la estructura de una portada, con sus arquivoltas y capiteles, semejantes a los exteriores. Es como si se hubiese retomado el concepto visigodo de iconostasio, “modernizándolo” mediante el simbolismo de ésta portada, que separa el mundo profano, la nave, del mundo sagrado, el ábside.
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La incesante lluvia, de finales de octubre, nos estorba cuanto puede el contemplar y hacer fotos del templo. El lugar está desierto, en ninguna puerta responden, no hay modo de conseguir la llave. Quédese para luego, la visita a su curioso interior. Vale.
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Salud y fraternidad. .

sábado 28 de febrero de 2009

Rioseco, río del tiempo ido.

Rioseco de Soria (Soria), es un pequeño pueblo de gran antigüedad. Su origen estaría en un establecimiento romano, como delatan las ruinas de la villa tardo-imperial de Los Quintanares, con sus treinta y dos cuidados mosaicos, su estatua de Saturno, su broncíneo señor, y demás elementos “menores”, como las tres columnas marmóreas reutilizadas para levantar la picota local.
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El templo de San Juan Bautista, s.XII, situado en las afueras del pueblo, entre los campos de labor, es de un románico muy peculiar en esta zona. Al menos su ábside y presbiterio, pues el resto fue reconstruido tardíamente. Un románico digno de cualquier circuito turístico-cultural, si pusieran empeño en restaurar los desperfectos, no muy numerosos ni muy difíciles de subsanar.
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Tan sólo habría que completar los arcos ciegos, de medio punto, de sus paños absidales, partiendo de los restos existentes, y eliminar el contrafuerte que afea el ábside cegando su ventana central. En caso de necesidad, dicho soporte podría ser sustituido por dos, más pequeños, a ambos lados del vano rescatado. De igual modo, se podrían rebajar levemente los contrafuertes laterales, para descubrir el remate de los arcos en su unión con el presbiterio.
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Es lamentable que se perdiera la portada principal, sita en su fachada oeste, puesto que la del sur, muy sencilla, hubo de ser secundaria. A tenor de lo conservado, no cabe duda que debiera contener un buen grupo de figuras simbólicas.
Originariamente contaba con dos columnas absidales, que dividían la cabecera en tres paños rematados con arquería de nueve arcos, sustentados por ménsulas y por las propias columnas, proporcionando una elegancia y originalidad de líneas que sugiere inspiración en aquella estética del “románico lombardo”.
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Como ya dijimos, parte de las nueve arquerías han desaparecido y de los tres ventanales, que tuvo en origen, el central permanece oculto por un gran contrafuerte. Sabemos que permanece ahí, porque los extremos de su chambrana asoman a cada lado. Una hermosa corona de canes soporta el alero, para completar la belleza y simbolismo del conjunto.
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Los capiteles, de las dos ventanas visibles, poseen temática vegetal: hojas y frutos trabajados con mano exquisita, diferentes en cada vano. Dos impostas recorren el ábside, señalando el arranque de las ventanas y sirviéndoles de cimacios. Al interior, reina igual elegancia de volúmenes, la cabecera se cubre con bóveda de horno y el presbiterio con cañón apuntado. El arco triunfal es también apuntado y descansa en dos columnas provistas de capiteles vegetales. Sin olvidar la pila bautismal, que algunos afirman ser visigoda o mozárabe.
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Estamos en presencia de un magnífico ejemplar románico, olvidado en mitad de los campos, en las afueras de un pueblo que, en la Edad Media, debió haber sido de cierta importancia, como refleja este edificio, en su serena, somnolienta, decadencia.
No obstante, es un lugar y un templo que, por muchos y buenos motivos, merecen ser visitados.
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Salud y fraternidad.

domingo 22 de febrero de 2009

Carnestolendas y Antruejos románicos

Los Antruejos en el pueblo de Villanueva de Valrojo (Zamora), 5 de febrero de 1989
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"Nuestros predecesores, permitieron esta Fiesta. Vivamos como ellos y hagamos lo que ellos hicieron. No con seriedad, sino tan solo por juego y para divertirnos, siguiendo la antigua costumbre, a fin de que la locura que nos es natural y que parece nacida en nosotros desaparezca y se evada por ese canal, al menos una vez al año. Los toneles de vino estallarían si de vez en cuando no se les abriera la piquera para que penetrara el aire en ellos. Ahora bien, nosotros somos unos viejos toneles, que el vino de la Sabiduría haría estallar si lo dejásemos hervir de esa manera con una contínua devoción al servicio divino. Hay que airearlo y aflojarlo por temor a que se pierda y se desparrame sin beneficio alguno".
[Carta circular de la Facultad de Teología de París, fechada en marzo de 1444].
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En Villanueva de Valrojo (Zamora), todavía corretean los zarrones, moharrachos, destrozonas o botargas, a la sombra de la espadaña de su templo románico. Como tantas generaciones de mozos y mozas, desde el Medievo hasta aquí, van y vienen, del templo a la plaza, haciendo sonar los cencerros que agitan en sus espaldas, mientras perpetran mil trapacerías a los convecinos. Luego, se toman con ellos unas copitas de "orujo", en el único bar del pueblo. Los jóvenes, exultantes por sus hazañas, los viejos, nostálgicos por aquellos carnavales perdidos en la lejanía del tiempo.
Y a la postre, todos contentos, porque de un modo u otro, como sus antepasados románicos, han "aireado" el espíritu, antes de que un hervor demasiado concentrado hiciese estallar los "toneles del alma".
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Salud y fraternidad.