sábado, 9 de enero de 2010

La “Comadre” románica...

Escena de la resurrección del Galileo, las tres Marías descubren el sepulcro vacío, prototipo simbólico de la resurrección espiritual del fiel bautizado, tan cara al discurso mitológico de la nueva religión. Colmenares de Ojeda (Palencia), s.XII.
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En la mitología judeo-cristiana, el principal rito “iniciático” era el bautismo. Tras un periodo de estudio, este acto público confirmaba que el aspirante había adquirido los rudimentos de la fe. Por tanto podía integrarse en el grupo de creyentes, como un miembro activo, pues el agua bautismal libremente aceptada lo había purificado, al descender sobre el receptor el “Espíritu Santo”. Un acto litúrgico que, como tantos otros, estaba basado en ritos de la Religión Antigua. No olvidemos que, en la mitología de la nueva religión, Juan el Bautista no era cristiano, sino judío, y llevaba ya tiempo bautizando gente en el Jordán cuando el Galileo acudió a él (Lucas 3, 21-22).
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Los ángeles, que custodian el sepulcro vacío, informan a las santas mujeres en presencia de los soldados adormecidos. (Ídem).
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Son escasas las representaciones medievales del acto bautismal, una de las más completas se encuentra en la pila románica, fines s.XII, del templo de Colmenares de Ojeda (Palencia), tallada por el magíster de Lebanza. Allí, un niño depositado dentro de la pila, recibe el sacramento del sacerdote, quien lo bendice con una mano y porta en la otra los Evangelios, mientras un concelebrante sujeta al niño y la cruz alzada. En ambos lados, se encuentran los familiares, conformando un grupo bien definido. Es una de las pocas figuraciones románicas en que, además de los elementos simbólicos, se nos presenta una escena de sabor popular, “realista”, en torno al rito del bautismo.
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Entre la escena de la resurrección y la del bautismo, aparece el Grifo, que en la mitología judeo-cristiana representa al buen creyente, que custodia los asuntos terrenales con el pensamiento puesto en Dios. También era guardián, de las tumbas de los santos y del Árbol de la Vida. (Ídem).
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Originalmente el rito se efectuaba por inmersión, pero a partir del siglo XV esta se sustituyó completamente por la infusión. En los dos primeros siglos sólo eran bautizados los adultos, aunque desde el s.III se irá imponiendo el “bautismo infantil”. Defendido por Hipólito (215) y Orígenes (254) como si fuera una tradición dada por los apóstoles, y justificado teológicamente por Cipriano (258) en “el pecado original de Adán”, lo que comenzó como “bautismos de urgencia”, por peligro de muerte infantil, se volvió práctica regular en la Iglesia.
En el Concilio de Cartago (397), dirigido por san Agustín, se condena ya a todo el que rechace el “bautismo infantil”. Había un buen motivo: san Agustín –un converso y por tanto un integrista- considera que fuera de la Iglesia no hay salvación, por lo que los no bautizados, adultos o recién nacidos, no podían entrar en la “visión salvífica”.
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Escena “folklórica” de un bautismo del siglo XII, con personajes populares en actitudes naturales. (Ídem).
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En dicho contexto, al hablar de los niños muertos sin bautismo, san Agustín afirma que su destino es el infierno, “están sujetos a las llamas del Infierno”, si bien, previendo el revuelo que sus palabras iban a provocar, matizaba “aunque son unas llamas mitigadísimas”. Esta piadosa matización, teológica forma de “sostenella y no enmendalla”, no evitó que cundiera la “alarma social”. ¡Hace falta ser irresponsable, o sádico, o ambas cosas, para afirmar algo tan teológicamente brutal! Los creyentes podían ser iletrados, pero no eran tontos. ¿A quien le gusta que su hijo recién nacido se queme en el Infierno, aunque sea con llamas “mitigadísimas”?
Quizá dicha afirmación impulsara a los aterrorizados creyentes, para formar colas ante los baptisterios con sus hijos en brazos, a fin de asegurar cuanto antes que sus criaturas no iban a sufrir las “mitigadísimas llamas del Infierno”, pero tan bestial aseveración hubo de ser refutada por otros teólogos, porque más de un creyente se plantearía si merecía la pena practicar una religión tan cruel.
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El cortejo bautismal, con padrinos, sacerdotes, familiares, y la criatura sumergida en la pila. (Ídem).
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Santo Tomás de Aquino (1225-74) propuso una solución de “compromiso”, los niños sin bautizar no irían al Infierno, pero como tampoco podían ir al Cielo, les “inventó” un lugar intermedio: el “Limbo”, peculiar “construcción teológica” para contentar al personal. Sin embargo, aunque aceptada por los fieles, como mal menor, la propia Iglesia nunca hizo de ella “materia de fe”. Era tan sólo una opinión, una “cataplasma teológica” creada para calmar el “dolor de cabeza” producido por las incendiarias afirmaciones de San Agustín.
Modernamente, el Catecismo de la Iglesia Católica (1992), en su afirmación 1261 declaraba: “los niños muertos sin Bautismo se puede esperar que puedan llegar a la visión beatífica”. O sea, según el prestigioso teólogo jesuita Meter Gumpel: “No podemos decir con certeza que se salvarán. Podemos esperar, y el hecho de que podamos esperar es una clave interpretativa. Nadie espera o puede esperar legítimamente algo si está seguro de que es imposible”.
Como esto no pasaba de ser un cristianísimo sofisma: “ni si, ni no, sino todo lo contrario”, la jerarquía judeo-cristiana ha preferido optar ahora por “enmendalla y no sostenella”. Así, desde 2007 el “Limbo” ha sido oficialmente abolido: “porque representa una visión demasiado restrictiva de la salvación y hay bases teológicas y litúrgicas serias para creer que cuando mueren, los bebés no bautizados se salvan”.
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A la izquierda, se encuentra un pariente varón, que sujeta con su mano al típico niño alborotador, que quiere colarse entre el grupo, para verlo todo en primera fila.
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Al margen del nivel de fe y compromiso religioso de los padres, el rito bautismal ha sido considerado desde sus orígenes como un “amuleto”, mediante el cual los recién nacidos podían protegerse de los numerosos peligros, imaginarios o reales, que lo acechan durante los primeros meses de vida. Por ello, el rito religioso oficial, estaba rodeado de una serie de “ritos religiosos populares”.
Así, era costumbre que los pequeños recibiesen el agua con la mayor brevedad, casi siempre el primer día festivo que siguiera al de su nacimiento, en caso de tardanza se decía que el bebé estaba “moro”, y ese mote le podía quedar por apodo para los restos. Antes de salir a la calle por vez primera, el pequeño debía ser lavado por la madrina, en un barreño a estrenar, en el que se sumergían diversas hierbas benéficas: hierbabuena, laurel, salvia, y cuya agua debía arrojarse al fuego para evitar que fuese empleada en hechizos contra el ahijado. “Y en el cabello de la criatura no debe usarse un peine, sino las manos, para evitar que le crezcan los dientes puntiagudos...”
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A continuación está el padre de los infantes a bautizar, con uno de ellos en brazos, bien envuelto en sus ropajes para que no se enfríe.
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Si el principal protagonista de tal acto es el “bautizando”, los siguientes en el escalafón son la madrina y el padrino, cada cual con funciones específicas en el ceremonial. Dependiendo de regiones y comarcas, pueden serlo unos u otros parientes, aunque hay excepciones: no pueden las embarazadas, pues ambas criaturas son incompatibles, y el ahijado podría morir en breve mientras el gestante tendría un desarrollo irregular; tampoco quienes tienen las manos “tintas en sangre”, porque la criatura puede convertirse en asesina; e incluso se llega a más, el séptimo infante nacido ha de ser apadrinado por el hermano mayor, so pena de que el pequeño se convierta en “hombre lobo”.
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Siguen los actores principales del rito: el padrino, que ayuda a sujetar al bautizando y se compromete así en su educación religiosa; la criatura, de la que, medio sumergida en la pila, sólo asoma la cabecita; el sacerdote, tonsurado, quien bendice con su derecha y porta los Evangelios en la izquierda; y el acólito, que ayuda en la inmersión mientras sostiene la cruz alzada.
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En la religiosidad popular, la ceremonia bautismal es también emisora de augurios.
Durante el ritual, la madrina ha de tener ambas plantas de los pies bien afirmadas al suelo, para que el ahijado no sufra parálisis en el futuro; debe encargar al sacerdote que derrame suficiente sal, para que el bebé “tenga gracia” y no resulte un “desaborío”; también tendrá buen cuidado de la vela, porque si esta se apaga durante la ceremonia, al infante le ocurrirán toda clase de desgracias. Desventuras que tendrán lugar si, al invocar a la Santísima Trinidad, el padrino coge la mano izquierda del niño en vez de la derecha.
Si a la hora de ungir a la criatura, el oficiante se equivocase y en lugar de utilizar “óleo de catecúmenos” emplease “óleo de enfermos”, el bautizado moriría antes de su mayoría de edad. Si el ahijado no llora al caerle encima el agua, será una persona fuerte; de lo contrario, resultará débil y enfermizo. Por lo que respecta al nombre del bautizado, había una fuerte creencia en la “onomancia” y por tanto era elegido escrupulosamente, para escapar de los caracteres tópicos que acompañaban ciertas onomásticas: las Cirila, son deslenguadas; los Juan, tímidos; las Timotea, simplonas; los Felipe, cabezotas; las Crísteta, putoncillos; los Tomás, ladronzuelos... (aunque todo ello variaba de una región a otra).
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Finalmente, pero no menos importante, una mujer con tocas de casada, la madrina, que también coloca una de sus manos sobre el infante, para testimonio del compromiso que está contrayendo con éste. Esta mujer, de suma importancia en todo el ritual laico, es también conocida como “la comadre”...
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La madrina de bautismo, como encargada de la salud espiritual de la criatura, pasa a convertirse en la “madre auxiliar” o “comadre”, apelativo que ostentará respecto del padre, la madre y el padrino. Por reciprocidad, la madre será también “comadre” de la madrina, como señal de parentesco, familiaridad y confianza, denominándose su relación: “comadrazgo”. Por igual regla de tres, el padrino se convierte en “compadre”.
Es de rigor que los vestidos que el niño lleve para la ceremonia sean obsequio de la madrina, así como los amuletos que tiempos atrás le colgaban de la ropa para protegerlo del “alunado”. Los gastos parroquiales también corren por su cuenta. La madre, que no debe acudir al templo, entrega la criatura a la madrina, quien reclinará al ahijado en su brazo derecho, para prevenir que salga “zocato” o “zurdo”. También debe cuidar que, durante el trayecto, ningún desconocido se acerque al infante, para prevenir el “aojamiento”. Irá acompañada por la partera, portadora de las ofrendas: pan, vela, sal y, en tiempo frío, un jarra con agua caliente.
Una vez terminada la ceremonia, al regresar a la casa, la madrina entrega el ahijado a la madre, con una peculiar fórmula: “moro me lo diste”, y la madre replica: “cristiano me lo entregas”. En algunos lugares eran más explícitos, una dice: “me lo entregaste de Alá”, y otra contesta: “me lo devuelves de Cristo Nuestro Señor”. ¿Reminiscencias del tiempo en que judíos y moriscos fueron obligados a convertirse para no ser expulsados?
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Calle “de la Comadre”, un homenaje a este tradicional personaje popular (Córdoba).
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El aspecto más popular y picaresco, del rito bautismal, quizá sea el que transcurre al acabar la ceremonia religiosa, durante el trayecto del templo al domicilio de la criatura. Aunque en algunos lugares, también tenía lugar en el trayecto inicial.
La costumbre ancestral, es que la chiquillería del lugar se agolpe ante la comitiva, estorbándole el paso y coreando diversas coplillas ripiosas, a fin de que madrina y padrino demuestren la alegría del acto arrojándoles golosinas y monedas. Aquí, tanto o más que en el banquete posterior, los padrinos deben echar el resto en cuanto a generosidad, si no quieren recibir los reproches, e incluso maldiciones, de la chiquillería si se siente decepcionada en sus expectativas.
Al principio, los rapaces corean estrofas más o menos “inocentes”:
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“Eche usted padrino,
no se lo gaste en vino.
Eche, eche, eche,
no se lo gaste en leche”
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Los previsores padrinos, arrojaban un puñado de monedas y golosinas, que los rapaces se afanaban por rapiñar, pues parte del rito era competir por ver quien se hacía con un mayor botín. La rapidez en la recogida era esencial, pues cuanto antes terminase antes podían volver a la carga en sus peticiones. Cuando la generosidad del padrinazgo flaqueaba, las estrofas se volvían más agresivas:
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“Bautizo roñoso,
madrina rásquese el bolso.
Eche usted comadre,
o en el infierno arde”
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Finalmente, cuando golosinas y monedas escaseaban, tocando a su fin, si la exaltada chiquillería consideraba que el óbolo había sido tacaño, con su agresividad crecida, entonaba las más temidas estrofas:
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“Bautizo pelao, bautizo pelao,
si cojo al chiquillo lo tiro al tejao”.
“Padrino maldito, padrino maldito,
que el niño pierda el pito”.
“Roña pura, roña pura,
se mueran la comadre y la criatura”
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Pues era creencia, que la tacañería del padrinazgo podía ocasionar que en el futuro el bautizado quedase tan calvo como vino al mundo, e incluso que sufriese de impotencia. No era raro que, cuando alguna persona comenzase a quedarse calva, sobre todo si era a temprana edad, se comentase que sus padrinos habían sido “de la Virgen del Puño Apretao” y ahora la maldición le hacía efecto al ahijado.
Un truco de los padrinos, era arrojar los obsequios lo más lejos y desparramados, para que los impertinentes pedigüeños tardasen lo más posible en recogerlos y volver a la carga. Aunque otros, optaban por arrojarlos apiñados, para que la pelea fuese más dura y eso retrasara la siguiente petición.
El anecdotario podría eternizarse y llenar varios libros, así que terminaremos con un sabio consejo popular, en la peculiar habla extremeña de nuestros abuelos paternos:
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“A boa y a niñu bautizáu, no vayah sin sel llamáu”.
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[Dedico esta entrada a Dona Baruk, ella sabe por qué...]
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Salud y fraternidad.
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[Si queréis más información sobre el rito popular del bautismo, podéis consultar las obras del gran folklorista “Demófilo”, Antonio Machado Álvarez (1848-1893), el padre de los Machado, poetas, quien recogió retahílas rimadas, propias de los bautizos, no solo de la tradición andaluza y extremeña sino celtibérica en general].

9 comentarios:

esca dijo...

Ma gustao ,ma encantao ,me lo voy a leer otra vez y luego te comentare´ algo
Un saludo Esca

Baruk dijo...

Que decir ante la originalidad de este tema?, que decir ante la cualidad de su exposición?, que decir ante la relevancia de esta dedicatoria?????

querido compadre... mora empecé a leer y cristiana he terminado.


Besos mil

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Pilar Moreno Wallace dijo...

buenísimo, interesante tema. encantada de leerlo.

Saludos.

Paco Torralba dijo...

Un placer (y mucha risa) leer tu entrada sobre el bautismo. Casi todos augurios negativos por cierto,siempre a la defensiva. En fin, es nuestra historia.
Salu2

Malvís dijo...

Por tal de tenerte de compadre, yo me bautizaba hasta en el pilón del abrevadero.

Chapeau, ... compare¡¡

Montacedo dijo...

Por cambiar un poco el tono, al leer lo de "comadre" pensé que te ibas a referir a la mujer que abre la iglesia, que es un poco digamos peculiar (hablo de la semana santa del 2008, que con personas mayores nunca se sabe)

Alkaest dijo...

Compadre Malvís.

No me ofrezcas según que cosas... que soy capaz de "bautizarte", yo mismo, en el primer pilón que nos pille de camino. O, en su defecto, en la primera tasca donde sirvan "Anís del Simio".
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Dona Baruk.

Si me llamas "compadre"... te estás arriesgando a la recíproca. Tú mísma... porque sabes que yo no tengo problemas en "comadrearte".
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Compadre Montacedo.

Nosostros visitamos el lugar en diciembre de 2006, y tuvimos la suerte de encontrar en el templo un grupo de "comadres", que estaban adornando el interior para las ceremonias religiosas.
Nos atendieron con gran amabilidad, explicándonos lo que ellas sabían de su historia y anécdotas.
Además, con gran sorpresa por nuestra parte, nos animarona tomar cuantas fotos quisiéramos.
No tenemos para ellas más que palabras de agradecimiento.
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Al resto del "compadrazgo".

Me alegro que os gustasen mis reflexiones, sobre el tema del agua bautismal. Lo cual tiene su mérito, después de tanta lluvia y tanta nieve...

Salud y fraternidad.

RIVIERE dijo...

Muy buena exposición del tema,muy entretenido...Que "simpáticos" los muchachos...con sus coplillas...
Un abrazo.

pallaferro dijo...

Pues por estas latitudes, me cuentan en la "llar d'avis" que cuando ellos eran pequeños las coplillas que cantaban eran más letales, con más mala leche aún, pues más que coplilla era maldición, cantaban los "inocentes" infantes:

"Tireu confits,
escarransits,
si no en llenceu
el nen se us morirà"


Que traducido más o menos es a decir:

"Echad confites
gente rancia,
si no los lanzáis
el niño se os morirá!"


Para que veaís la mala leche que tenían