viernes, 27 de mayo de 2011

Aberin, un tesoro del Temple en Navarra...

La distribución administrativa, de las posesiones del Temple, no coincidía necesariamente con las fronteras de los reinos en que se encontraban. En el de Navarra, sus bienes estuvieron siempre bajo el gobierno del Maestre Provincial de Provenza y de la Corona de Aragón, primero, y del Maestre de Cataluña, Aragón y Valencia, más tarde. Es decir, que los templarios navarros permanecieron unidos a sus hermanos de la Corona de Aragón, bajo la autoridad de un mismo Maestre Provincial.
Aunque, para mejor gobernar el territorio, Navarra se puso bajo el mando de un Lugarteniente del Maestre, que residía en la casa de Puente la Reina. Uno de los más conocidos, es frey Pedro Tizón, en 1161, que fue abuelo del Consejero del rey navarro y cronista de Las Navas de Tolosa, el arzobispo don Rodrigo Jiménez de Rada (1170-1247).
 
La primera y más importante donación correspondió al rey García Ramírez (1134-1150), a la que siguieron muchas más, que permitieron a la Orden reunir un importante patrimonio, especialmente en la Ribera del Ebro, entre Tudela y Ribaforada, compuesto por numerosas villas, siervos, templos, dominios rurales y un castillo, el de Novillas, obtenido en 1135, que fue la primera sede de una encomienda en Navarra -esta villa, era entonces de dicho reino-.
La mayor expansión ocurrió durante el maestrazgo provincial de Pedro de la Rovera (1141-1158), y sus posesiones se articularon en torno a tres centros principales: Funes y Novilla, al sur, y Puente la Reina, al norte.
No obstante, las sedes encomendatarias fueron variando con el tiempo, en función de su importancia económica y estratégica. Así, en 1186, un documento cita las encomiendas meridionales de Novillas, Ribaforda y Cintruénigo, en la Ribera Baja, donde se concentraban las mayores posesiones agrícolas, y la septentrional de Puente la Reina. A partir del s.XIII, solo tenemos constancia de tres encomiendas: Novillas y Ribaforada, al sur, y Aberin, al norte.
 
Documentos de la primera mitad del s.XII, citan diversas posesiones del Temple en Aberin, es decir, que ya estaban solidamente asentados en la villa cuando, en octubre de 1177, el rey Sancho VI "el Sabio" les concede "la villa y siervos de Aberin". Al poco, el Temple dio fuero a sus habitantes, y lo mejoró por documento del 7 de mayo de 1234.
Aberin, pudo adquirir rango de Encomienda alrededor de 1184, año en que algunos de sus caballeros están presentes en el Capítulo General de Aragón. Tal categoría, le habría sido cedida por el enclave de Puente la Reina, que, al ser residencia del Lugarteniente, actuaría como centro de la administración general sobre sus posesiones navarras, y sede diplomática para las relaciones de la Orden con el reino.
Además, el enclave puentesino, se configuraba como centro espiritual templario, en el Camino Jacobeo, pues a las puertas de su santuario de Nuestra Señora de los Huertos se unían los dos ramales de la ruta peregrina. Y no olvidemos la capilla octogonal de Eunate, con su "cofradía"... Ni el Cristo de la Pata de Oca... 
 
Así pues, el valor de Aberin no radica en lo espiritual, o "esotérico", sino en lo económico. Cosa, por otra parte, que también tiene su interés en el plano histórico, porque el Temple, como toda organización humana, no vivía sólo de elucubraciones filosóficas o religiosas. Tenía un ejército que mantener, y no uno ocioso sino en campaña, tanto en Palestina como en los reinos ibéricos. Para cuyo buen funcionamiento, dependía de la correcta administración de sus bienes materiales.
Esos bienes, campos de cultivo, rebaños, granjas, casas, regadíos, bosques, pastos, hornos, molinos, etc, se controlaban desde la Encomienda, unidad administrativa que centralizaba las posesiones de una comarca, a la que rendían cuentas y por cuyas normas se regían.
 
Esta de Aberin, es una de esas "encomiendas de retaguardia", que ejercieron su labor, callada y eficazmente, aportando su granito de arena al patromino común de la Orden. Las explotaciones agrícolas, ganaderas, madereras, e incluso inmobiliarias, y la recogida de donativos en los santuarios, proporcionaban unas ganancias económicas nada despreciables, tanto en efectivo como en especie. De modo que, en muchos aspectos, los templarios eran autosuficientes.
Trigo, carne, madera, lana, vino, cera, caballos, hierro, y cuanto pudiera necesitar el Temple, era proporcionado por estas encomiendas rurales que, sabiamente administradas, constituían el verdadero "tesoro" de la Orden.
 
Conocemos los nombres de trece Comendadores de Aberin, el primero citado es frey Aimerich de Estuga, en 1225, y el último frey Tomás, en 1304. Algunos, tuvieron dos mandatos no consecutivos, como frey Guillém de Alcalá en 1258 y 1266. Quien más duró en el cargo, fue frey Arnal Garín, que asistió al Capítulo General de Monzón, en 1234, y todavía estaba al mando en 1249, cuando el papa Inocencio IV cita la "Encomienda de Aberin" en una bula del 11 de septiembre.
Parece que aquí, los templarios, sustituyeron a una de las muchas "cofradías militares" repartidas por el reino. Los "Cofrades de Aberin", que vivían agrupados en un Monasterio, habían recibido diversos privilegios del abad de Irache, Arnaldo, en 1105. Al tomar posesión del lugar, el Temple, como hizo en Eunate, asimiló a dichos cofrades.
Estos se hicieron cargo de las actividades religiosas, como el culto de "Lignum Crucis", y de las labores asistenciales del albergue-hospital, muy seguramente atendido por "sorores", o "freiras", mujeres cofrades. 
 
El conjunto arquitectónico, se alza sobre una loma, por cuya ladera sur se encarama el caserío, a su alrededor los cultivos se distribuyen en terrazas que bajan al valle. Los edificios de la Encomienda, de dos plantas, estaban integrados en un recinto cuadrangular, amurallado, con torreones esquineros, en cuyo ángulo sureste se alza el templo, de fines del s.XII, dotado de una gran torre rectangular fortificada.
Dentro del conjunto, alrededor de un patio con pozo central, se agrupan los diversos edificios estructurados en crujías, como la residencia del Comendador, el dormitorio de los caballeros, las cocinas, el refectorio, la enfermería, y diversas estancias acordes con la función agrícola: granero, bodega, almacen de aperos, cuadras, etc.
Varios pasadizos, subterráneos, parten del conjunto y van a parar a ciertas viviendas sitas al sur de la loma... Bajo las terrazas del lado occidental, permanece oculto un aljibe similar al de Artaiz. También existe una estructura octogonal, camuflada entre las casas, que pudo ser un palomar.
 
Entre 1307 y 1312, la Orden del Temple es disuelta y sus posesiones redistribuidas. El 27 de julio de 1313, el portero real, Miguel de Salinas, toma posesión de la Encomienda de Aberin, en nombre del Prior sanjuanista Pedro de Chalderach, por orden del Lugarteniente del Gobernador, Hugo de Visac, y pasa a depender de su Encomienda de Bargota.
El conjunto fortificado, templo-granja, sufrió diversas reformas para adaptarlo a las necesidades de sus nuevos propietarios, aunque su estructura básica permaneció inalterada. Los peores deterioros, ocurrieron con la desamortización y las guerras civiles del s.XIX, y con la posterior ocupación por particulares.
A pesar de todo, es el mejor ejemplo de Encomienda rural templaria, estructuralmente hablando, conservado en la Península Ibérica, comparable a la encomienda catalana de Barbens (Lleida), y a las francesas de Le Mas Deu (Rosellón), o La Cavaleríe (Larzac).
Lástima que, al cabo de los siglos, en lugar de ser un  museo vivo de aquella época y gentes, sea tan sólo lo que siempre fue, una explotación rural, anónima y silenciosa.
 
Salud y fraternidad.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Roncesvalles: ¿Tumba del "Magister Goticus"?

"¡Ah, Durandarte, mi buena espada Durandarte, lástima de vos! Voy a morir, y dejaréis de estar a mi cuidado. ¡Pero no caeréis jamás en otras manos!
Roldán tiene ante él una roca parda, da contra ella diez golpes. Gime el acero, mas no se rompe ni mella, al ver que no puede quebrarla se lamenta. Hiere Roldán la parda roca, y quiebra la piedra. Rechina la espada, mas no se astilla ni parte, y rebota hacia los cielos. Cuando advierte que no podrá romperla, le habla con dulzura: ¡Ah Durandarte, no es justicia que caigas en poder de los infieles!
Siente Roldán que la muerte arrebata todo su cuerpo, bajo un pino se tiende sobre la verde hierba. Bajo el cuerpo pone su espada y su olifante. Enarbola hacia Dios el guante derecho. Los ángeles descienden hasta él y toman su mano. Al paraíso se remontan llevando el alma del conde".
(Chançon du Roland, anónimo s.XI). 

Los dos principales pasos de peregrinos, entre la Galia e Iberia, coronaban los Pirineos en Ibañeta y Somport. Cuando en 1134 se produjo la separación de Aragón y Navarra, como reinos independientes, Somport quedó del lado aragonés, e Ibañeta del navarro. El rey García Ramírez, queriendo potenciar la entrada de peregrinos por su joven reino, favoreció el desarrollo del burgo de Roncesvalles, crecido alrededor de su hospital, la Colegiata y la reedificada capilla del Sancti Spíritus, conjunto regido por los Canónigos Regulares de San Agustín.
Esta capilla, es conocida también como "Silo de Carlomagno", por suponerse su origen en el enterramiento de los guerreros carolingios abatidos en el combate del 778, en Roncesvalles, entre ellos Roldán y los doce Pares francos. Además, la tradición decía que allí se custodiaba aquella roca que Roldán partió con su espada, Durandarte, antes de morir. 

Este templo del siglo XII, la construcción más antigua conservada en Roncesvalles, pues los edificios románicos han desaparecido, es considerado el más misterioso del lugar, tanto por su cometido funerario como por las leyendas que allí se materializan.
Su aura de arcano enigma, quedó plasmada en el códice anónimo La Preciosa, conservado en la Colegiata:
"Como dicho templo se halla destinado a recibir difuntos, carnario es llamado. Que legiones de ángeles lo hayan visitado, por dichos de muchos resulta probado, que así a sus peregrinos custodia Santiago".
El edificio actual, es una mezcla de los siglos XII al XVII. De la capilla original queda la estructura interior, cuya cubierta piramidal, quizá rematada antaño por una linterna, sobresale al exterior. La cubierta inferior, apoyada sobre la galería porticada que rodea el edificio, abierta por tres de sus lados, es, al igual que ésta, de 1612.

El "Silo de Carlomagno", alza su estructura cuadrada sobre la cripta, o pozo funerario, cuya bóveda sobresale del pavimento, haciendo que el suelo de la capilla parezca elevarse mediante un podio, que deja al descubierto, por sus laterales la parte superior de la cripta, permitiendo atisbar el interior por un ventanuco abierto en el lado norte. Una escalinata, da acceso a lo que fue el templo primitivo, que ha perdido sus muros laterales y sólo conserva los pilares, en las esquinas, que descargan el peso de la bóveda de crucería.
No fue nunca una capilla funeraria, pues no era templo para enterramiento, sino el recinto sagrado en que tenían lugar los oficios religiosos por los peregrinos fallecidos en el hospital. Estos, eran enterrados en el cementerio hospitalario y, transcurrido un tiempo prudencial, sus despojos eran trasladados al osario, o cripta, del Sancti Spiritus.

Lógicamente, surgen asociaciones de ideas con otras capillas, presuntamente "funerarias", como Eunate y Torres del Río, máxime al contemplar el "claustrillo" que la rodea y le otorga una aparente planta central, o concéntrica. Pero debemos tener en cuenta, que dicho añadido es ya del siglo XVII, sin que sepamos que existiese antes algo similar, y su función era proteger de las inclemencias del tiempo el templo original, "escondido" en su interior.
Entre sus muchas reformas, modificaciones y añadidos, el edificio sumó, al mito, el enigma. Varios sillares del claustrillo, demuestran que allí se reutilizaron viejas piedras, muy anteriores al siglo XII. En una de ellas, podemos contemplar un gran símbolo solar, céltico, cuya talla se destaca, a medias, embutida entre otras piedras.

Un misterio, menos antiguo pero no menos curioso, se halla en el pilar izquierdo de la capilla original. Tras un óculo gótico, se adivina el hueco que disimula, oculto en la penumbra, el busto de un personaje, tocado con la cogulla, que junta las manos en oración.
¿Quién es, este sujeto, y por qué mereció el honor de figurar en lugar tan preeminente? Hay quien afirma, que se trata del enterramiento del célebre Bardo de Itzaltzu, un trovador al que se condenó a morir emparedado, por causa de un horrible crimen del que era inocente...
Sin embargo, si estudiamos con detenimiento la piedra en que se talló el óculo, veremos que, en sus esquinas superiores, tiene grabados dos símbolos reveladores: una escuadra y un mallete, de cantero. ¡Se trata de un Magister constructor! ¿Pero, quién?

La actual Colegiata de Roncesvalles, iniciada hacia 1209 y consagrada en 1220, fue construida por canteros del norte de Francia, posiblemente del taller que trabajó en Notre Dame de París, y es uno de los primeros edificios del gótico "île de France" en los reinos hispanos, que inspiró en la propia Navarra el templo de Santiago en Sangüesa. De su claustro gótico, arruinado en 1600, se afirmaba que era mejor que el de la seo iruñesa, pues fue labrado por un mazonero de maestría superior.
¿Estamos ante la tumba del "Magister Goticus", el compañero constructor que dirigió las magníficas obras de Roncesvalles? El rostro del cantero, borrado por el paso del tiempo, permanece mudo, tan sólo la escuadra y el mallete nos susurran un eco de su historia perdida.

Salud y fraternidad.

domingo, 1 de mayo de 2011

Leyendas del Camino: "Eunate. Piedra de Luna y Espejo de Agua".

Cuentan los más viejos del lugar, según oyeron narrar a sus abuelos, cómo ciertos monjes ignorados -que unos dicen ser templarios y otros simples monjes-, mientras construían su convento de Eunate, en la vieja Navarra, hubieron de parar las obras porque el abad ordenó al Magister constructor, que era de su Orden, acudir a otro monasterio para cierta reparación urgente.
Maldita la gracia que hizo a todos, especialmente al cantero, ya que aquel había iniciado los trabajos, de una portada, que pretendía fuese su obra maestra. Aunque, como le debía obediencia al superior, dejó el trabajo apenas iniciado y marchó a donde se le reclamaba.
Pasó el tiempo y el templo de Eunate seguía inacabado, mas como el hermano constructor no regresaba, buscaron alguien capaz de finalizar la obra. En un monte cercano, vivía un viejo gigante, de aquella antigua raza de los jentilak, expertos en el trabajo de la piedra. Y aunque estaba ya retirado, aceptó el encargo por no enemistarse con los monjes.
  
El viejo cantero jentilak, en menos tiempo del que se tarda en contarlo, acarreó piedras con un saco a sus espaldas, talló los sillares, los colocó en su lugar, y dio forma a las preciosas figuras de la inconclusa portada nordeste, dejándola hecha un primor.
Pero he aquí, que al poco regresó el monje constructor, cuya ausencia se había debido a una larga enfermedad. Éste, al ver que un intruso había puesto la mano sobre su obra, acabándola, protestó airadamente ante el abad, y ante cuantos quisieron oír sus quejas. Tanto alboroto armó, que el superior, en parte por congraciarse con él, y en parte por castigar su soberbia, propuso al artesano realizar otra puerta similar, que daría al claustro del monasterio. Eso sí, con la condición de que había de ser, cuanto menos, tan preciosa como la creada por el viejo jentilak, porque, en caso contrario, castigarían su pecado de vanidad con la expulsión del convento.

El maestro cantero, comprendió que se había metido en un callejón sin salida, pues se consideraba incapaz de superar, ni tan siquiera igualar, el trabajo del anciano gigante. Tan desesperado andaba, que recurrió a una lamiñak, mujer sabia -hechicera o bruja, dicen otros-, que vivía junto a la cercana fuente Nequea. No sabemos como la convenció, pero ella se avino a prestarle ayuda, aconsejándole de esta guisa:
Amontona cuanta piedra necesites, para tu obra, frente a la portada que hizo el jentilak. Luego ve a la fuente Nequea, pues allí vive cierta serpiente que guarda en su boca una "piedra de Luna", la cual sólo descuida cuando entra en el agua, pues la deja sobre la hierba mientras se baña. Róbasela y, en la próxima noche de san Juan, llena un cuenco de oro con agua de la fuente, pon dentro la piedra, y colócate ante la portada que talló el gigante. Espera entonces a que salga la Luna, ilumine la portada y ésta se refleje en el agua del cuenco. Repite entonces estas palabras "Argizai amandre santue -Luna abuela santa-. Por el poder de todas las lamiñaku, de tu piedra y de su agua, crezca una hermosa puerta de piedra". Tan sólo, ten cuidado de no agitar el agua del cuenco y obtendrás tu deseo. Luego no olvides traerme la "piedra de Luna", pues no exijo otro pago por mi consejo.

El Magister constructor, siguió punto por punto las indicaciones de aquella lamiñak. Cuando llegó la noche del día propicio, se situó en el lugar adecuado, tomó el cuenco con agua, sumergió allí la piedra de Luna, y cuando Argizai, la Madre Luna, iluminó la portada, recitó el conjuro. Entonces, la imagen pétrea reflejada en el agua del cuenco por la luz de la Luna, se proyectó sobre las piedras amontonadas enfrente como si de un espejo se tratase. Así, las figuras de la primera portada quedaron grabadas en los sillares de la segunda, cual si la hubiesen tallado hábiles canteros, pero lógicamente invertida respecto a la original, por el efecto espejo causado por el agua.
Sólo tenía un fallo, no era exáctamente idéntica, porque en el momento crucial del conjuro, el relente de la noche hizo temblar al monje constructor, se agitó de forma imperceptible el agua del cuenco, y ello provocó las diferencias que hoy apreciamos.

Cuando a la mañana siguiente, el Magister mostró su trabajo al abad y compañeros, reconocieron todos que su obra no desmerecía en nada de la ejecutada por el jentilak. Y alabaron al cabo tanta astucia, pasando por alto su vanidosa arrogancia, pues, arrepentido de su actitud inicial, les confesó los métodos de que se había valido para ejecutar la obra.
Pero, al poco, el viejo jentilak se enteró de la jugarreta del constructor, y preso del más fiero enojo se dirigió al monasterio, donde, sin respetar a rey ni a roque, arrancó la portada espejo de un manotazo, mandándola por los aires hasta dos leguas de distancia, yendo a caer sobre la aldea de Olcoz. Y si no causó una desgracia, fue porque en el tímpano tenía una rueda o sello mágico -que algunos llaman crismón-, mandado tallar por el abad, para santificar una obra que había sido fruto de prácticas mágicas. Los aldeanos de Olcoz, aprovecharon aquella portada, caída del cielo, para edificar a su alrededor el templo del pueblo. 

Todavía hoy, a pesar del deterioro sufrido por la piedra, es posible descubrir en ambas portadas los personajes que participaron en esta leyenda. Entre las once figuras de Olcoz y las trece de Eunate, encontramos, presididas por el rostro de Argizai, la Madre Luna, al jentilak con su saco de piedras al hombro, al Magister constructor con el plano de la portada en sus manos, a la mujer sabia, lamiñak, con una serpiente bebiendo en un cuenco, e incluso podemos reconocer al abad de aquellos monjes -o Maestre de los templarios, según otros-, con el manto sujeto por una curiosa fíbula.
Aunque los académicos, Argizai perdone su incredulidad, se empeñen en afirmar que todo ello son cuentos de viejas, sin valor ni interés alguno.  

Nosotros, no sabemos si eso es lo que sucedió, porque hace muchos siglos que ocurrió todo, pero así nos lo han contado y así lo repetimos. Como se lo repitieron, unos a otros, los peregrinos que hacían este Camino por fervor al santo Jacques, patrón de canteros y constructores, devoto de amandre Argizai, viejo compadre de gigantes jentilak, y antiguo amigo de las lamiñaku. Todos los cuales, abrieron para él este Camino de las Estrellas, esta ruta del Finis terrae mundi...
Todavía hoy, en noches despejadas y con plenilunio, Argizai amandre santua, se eleva protectora sobre el valle en que desconocidos monjes -que unos dicen ser templarios, y otros simples monjes-, alzaron el enigmático templo de Eunate, para deleite de nuestro espíritu e intelecto.

Salud y fraternidad. 

miércoles, 13 de abril de 2011

Artaiz, sombras de sospecha... (y IV)

En Artaiz, los enigmas que transmiten diversos elementos del templo de San Martín, se superponen, y una sombra de sospecha provoca otra. Allí hay, según la moda del momento, que tanto agrada a las autoridades competentes de ciudades y villorrios, un "Centro de Interpretación del Románico". En él se expone una maqueta, que ilustra, sin proponérselo, cuanto vamos a describir seguidamente.
Durante la reforma que, en el siglo XVI, cambió las bóvedas románicas por otras tardo-góticas, se perdió en gran medida el programa iconográfico original, del siglo XII.
Las cubiertas del edificio estaban muy maltrechas, y al intentar desmontarlas se provocó un derrumbe parcial de las mismas -si es que, antes, no había tenido lugar algún hundimiento-, las cuales arrastraron un importante sector del muro sur, entre el ábside y la portada, que hubo de ser reconstruido con el añadido de un contrafuerte.

Los aleros fueron sustituidos en su práctica totalidad, salvándose tan sólo algunas piezas sueltas, con relieves geométricos en el chaflán, ornados de entrelazos y ajedrezado. Los modillones volvieron a recolocarse, casi en su totalidad, aunque no en el orden original, ni intactos.
Muchos presentan desperfectos, con diverso grado de destrucción, y la totalidad de las metopas bajo el alero, salvo una, han desaparecido -excepción hecha, de aquellas que hay sobre la portada-. Esto se aprecia, claramente, en el reconstruido muro sur, donde faltan no menos de diez modillones, que estuvieron situados entre el añadido contrafuerte, próximo al ábside, y el guarda-lluvias de la portada. 

Las dos últimas filas de sillares, entre el muro y la cubierta, delatan la remoción provocada en esta zona. Además de la falta de simetría y proporción, entre los recolocados elementos esculturados, se ve que la piedra es de distinta calidad y tamaño. ¿Pero qué sucedió, con los desaparecidos modillones? ¿Fueron enterrados? ¿Quizá, molidos para hacer argamasa?
En el interior del templo, a los pies de la nave, se colocó no hace mucho un gran aparato calefactor, pues los crudos inviernos de esta comarca hacían muy incómoda la estancia de los fieles, en el edificio, durante los oficios religiosos. Según nos contaron, se pensó sacar la chimenea de ventilación, aprovechando una pequeña puerta, tapiada desde antiguo. Así que, los albañiles, se pusieron a quitar las piedras...

Entonces, ante la sorpresa general, entre los trozos de sillar y el cascajo de relleno, aparecieron algunas piedras talladas, románicas. Se suspendió la obra, intervino Patrimonio, y ordenó descubrir toda la parte exterior. ¡Allí estaban algunos de los modillones perdidos, del arruinado alero sur! ¡Utilizados como material de relleno, para cerrar la pequeña puerta!
Aunque esto, con ser extraño, no fue lo más raro de todo. Una vez estudiados los materiales, se dejaron in situ. Se levantó un muro de ladrillo, enfoscado, y se le practicó una ranura horizontal, a través de la cual, los curiosos, pueden ver con ciertas dificultades un modillón tumbado. Eso si la casualidad les avisa, y los diversos trastos de labranza que allí almacena algún vecino, no les disuaden de aproximarse. 

En el escondido modillón, se sienta un personaje, de plisada túnica, que sostiene entre sus manos un libro abierto, el cual nos presenta para que lo leamos. Porque, en efecto, tiene una frase tallada en la piedra, aunque no podamos leeerla completa a causa de los fragmentos que faltan a la pieza.
Es entonces, cuando una sombra se proyecta sobre otra. ¿Por qué, modernamente, se dejaron ocultas dichas esculturas, existiendo un Centro de Interpretación del Románico a escasos cincuenta metros del templo? ¿Qué esquema mental, guió a quien decidió esta absurda acción? ¿Estas preciosas obras, del simbolismo románico, no estarían mejor expuestas al goce del público, en el Museo del Centro de Interpretación, en vez de ocultas y abandonadas en su emparedamiento secular?
Otros muchos modillones y fragmentos esculturados, se esconden por los huecos y rellenos que dejó la obra del siglo XVI, y nos tememos que, los huecos y rellenos que hay en la mente de las "autoridades competentes", los dejen así per omnia saecula saeculorum...

(No acaban aquí, los "misterios" de Artaiz, pero por ahora quedarán aparcados hasta que, con el beneplácito de la Diosa, regresemos de las "Vacaciones de Primavera"). 

Salud y fraternidad.

domingo, 10 de abril de 2011

Artaiz, sombras de sospecha... (III)

Los destrozos causados, en el templo de Artaiz, no sabemos si por la acción del tiempo, la de los humanos, o ambas combinadas, han creado cierta consfusión sobre los elementos del edificio que ha llegado hasta nosotros. Aunque, por ciertos fragmentos dispersos conservados, podemos intuir que su riqueza ornamental, y simbólica, debía ser magnífica.
Las bóvedas románicas, sustituidas en el s.XVI por otras de tradición tardo-gótica, causaron, entre otros daños, la pérdida del alero del tejado. Quedan, sin embargo, dos fragmentos que arrojan un poco de luz sobre las figuras, escultóricas o relieves, que debieron envolver este templo.
El primer fragmento, del alero, muestra en su chaflán un bello entrelazo de nudos encadenados, cada uno de cuatro puntas. Además, el lacunario que hay bajo la losa, contiene una perfecta roseta hexapétala, inscrita dentro de un círculo. 

La segunda pieza, más preciosa si cabe, presenta dos entrelazos rectangulares, uno de seis puntas y otro de ocho, que escoltan una rosácea tetrapétala incrita en un anillo. Ambos fragmentos, dentro de la más pura estética románica, de tradición céltica, son un pálido reflejo de la riqueza figurativa que poseyó este templo en su momento de mayor esplendor.
Las citadas imágenes, están situadas en tal lugar, porque el simbolismo de entrelazos y rosetas, como imagen del tiempo infinito y de las energías cósmico-celestes, cuadraba bien con la bóveda del templo como imagen de la cúpula celestial. 

Los entrelazos, como elementos independientes o en forma de cintas, eran además amuletos que, por su significado cósmico, pretendían proteger del devenir del tiempo. Su trazado sinuoso, que evoca el de las serpientes celestes, "wouivres aéreas" que simbolizaban la energía celestial, se creía que invocaban los efluvios positivos del cosmos y repelían los negativos.
Es por ello, que aparecen no sólo en los edificios y utensilios de uso cotidiano, sino en joyas, armas, o los propios vestidos. Así lo vemos, en uno de los modillones del guarda-lluvias de Artaiz.     

El magnífico músico que tañe el arpa, y cuya cara nos recuerda al mofletudo "barbián" del modillón norte -citado en nuestra entrada anterior (II)-, lleva el borde inferior de su vestido recorrido por una cinta de entrelazo, trenzado, de tres cabos.
Esta pincelada de preciosismo, nos habla de un cantero que dominaba el símbolo, pero también amante del detalle perfeccionista. La figura de este arpista, ricamente ataviado, es una joya del arte románico, a pesar de su sencillez, y de los estragos que el tiempo ha causado en su escultura. 

La remoción padecida, por los sillares que soportan el alero, visible hoy en la distinta calidad de las dos últimas hileras, destrozó un complejo programa iconográfico, pues además de los chaflanes, y los lacunarios, hubo metopas esculturadas.
Se han conservado, las de la portada sur, y una del mismo muro, cercana a la esquina izquierda del guarda-lluvias de la entrada, empotrada entre dos modillones. Y si todas eran del mismo estilo, el conjunto debía resultar fabuloso.  

Con esta metopa, sumamos un enigma más a los muchos que rodean este templo, de San Martín. ¿Por qué se conservó esta metopa, tras la reconstrucción de las bóvedas y parte alta del muro? ¿Qué tenía de especial, para ser reutilizada solamente ella?
La losa de piedra, nos enseña la figura de un clérigo, -¿un obispo?-, en pie, vestido con sencilla dalmática y esclavina, tocado con la mitra, en actitud de bendecir con su mano derecha, mientras en la izquierda sujeta el báculo que lo señala como "pastor del rebaño".
Habría sido de inapreciable utilidad, que se hubiesen conservado, además, los colores originales que recubrían la figura, pues nos darían cuenta particular de su rico simbolismo. 

¿Quién es, este hierático personaje, obispo, abad, o clérigo de alto rango? ¿Se trata del comitente, que encargó la erección del templo? ¿O acaso, estamos ante quien consagró el edificio? ¿Podría ser, incluso, el Magister que dirigió la obra, puesto que era corriente que hubiese abades constructores?
Una sospecha inquietante nos provoca este desconocido religioso, la parte superior de su báculo, llamada "cayado" o "voluta", no es la espiral tradicional en este tipo de objetos religiosos.
Aquí, la serpentina espiral, ha sido sustituida por un círculo, cerrado, que recuerda el bastón de los sacerdotes egipcios, llamado "Horizonte de Ra", utilizado para marcar, mediante la sombra por el proyectada, la medida inicial sobre el terreno, a partir de la cual se había de levantar un templo. ¿Confirmaría esto, que dicho personaje, representa al Magister autor de tan magnífico templo?

(continuará).

Salud y fraternidad.

viernes, 8 de abril de 2011

Artaiz, sombras de sospecha... (II)

Afirma un viejo refrán celtibérico: "Quijadas sin barbas, no merecen ser honradas", y es un dicho que aquí nos viene "al pelo", por los diversos barbudos de este lugar...
El templo de San Martín, en Artaiz (Navarra), guarda celosamente varios enigmas, unos más grandes que otros, y el menor de ellos puede que sea el del "caballero de la luenga barba", pero, desde luego, no es de los menos curiosos.
En el alero norte, muy maltratado por el clima, uno de los modillones mejor conservados, a pesar de encontrarse partido, nos muestra el rostro sereno de un hombre, provisto de bien peinado cabello, con poblado bigote y tupida barba triangular. Esto en si, no tiene nada de enigmático, me dirán sus mercedes. ¡Un rostro como tantos en el románico!

Para mejor apreciar la cuestión, nos hemos permitido la licencia de "restaurar", digitalmente, el citado modillón.
En simbología, la barba, es tanto atributo de virilidad y energía, como de fuerza, valor y conocimiento. Todas las creencias, desde la religión egipcia a la mitología judeo-cristiana, pasando por los greco-romanos, y los pueblos célticos, tienen alguna divinidad barbuda, puesto que las citadas cualidades se consideraban atributos divinos.
Durante el medievo, la barba era símbolo de la dignidad y respeto de su portador, por tanto no podía ser tocada por nadie con intenciones burlescas, pues como representación plástica, de las cualidades positivas del individuo, estaba protegida por la ley.
Pero en Artaiz, lo enigmático no es el personaje barbado del modillón, ni siquiera el simbolismo de su curiosa barba triangular.

Lo misterioso, es que dicha cabeza, con idéntica barba, se repite en un capitel interior, obra de otro cantero, mucho más esquemático, más "naif" y, por lo mismo, quizá más tardío.
En el siglo XVI, se cambiaron las bóvedas románicas, a causa de su mal estado, o por encontrarse hundidas. El propio derrumbe, la exposición a la intemperie, un desmontaje deficiente, o un poco de todo, habría destrozado los capiteles originales, que se sustituyeron por estos. Tosca escultura, más propia de un tardo-románico rural, que no cuadra con las exquisitas figuras aquí labradas en el siglo XII.
Entonces. ¿Por qué dos artistas, tan diferentes, repitieron el mismo motivo, en dos lugares tan dispares del templo, y con un largo intervalo de tiempo? ¿Tenía, este rostro barbado, algún simbolismo especial, o fue simple y pura copia ciega?

(continuará)

Salud y fraternidad.

miércoles, 6 de abril de 2011

Artaiz, sombras de sospecha... (I)

El Camino Jacobeo tradicional, que entra en Navarra por Roncesvalles y desciende hasta Pamplona, tenía una bifurcación menos transitada, que bajaba por Arce, Aoiz y, tras pasar por Artaiz, se unía al ramal que había atravesado el Somport, para marchar directamente a Puente la Reina sin pasar por la capital del reino. Quizá esto, explique la riqueza del grupo de templos románicos al que pertenece San Martín de Artaiz, cuando otros edificios religiosos, de los valles vecinos, hubieron de conformarse con formar parte de una corriente más sobria, y algo retardada de dicho arte, que en pleno s.XIII produce un románico rural bastante modesto.
El templo de San Martín, s.XII, lleva el sello de la escuela románica que, en Navarra, se difundió por la ruta jacobea partiendo de Jaca y Leyre. Artaiz, aparece como cabeza de un grupo en el que se incluyen templos cercanos, como los de Gazólaz, Arce, Echano, Catalain, Navascués, o San Jorge de Azuelo. Aunque, San Martín, destaca sobre ellos porque, dentro de una gran simplicidad arquitectónica, su escultura es de excepcional calidad y belleza, no exenta de un punto de misterio.

Desafortunadamente, el templo de Artaiz carece de historia. Se desconoce quien lo mandó construir, cuando se hizo, o cual fue su Magister. Sólo podemos conjeturar que se trate de un patrimonio señorial, de mediados del s.XII, debido a la existencia aquí de un palacio, quizá del Señorío de Unciti.
Aunque, en apariencia, completo y terminado, hay diversos indicios de que ha sufrido remodelaciones y cambios que, si bien no han desvirtuado el conjunto, no cabe duda que van a darnos en que pensar. De entre todos sus interesantes elementos, sobresale, literalmente, la portada sur, pues se encuentra en un cuerpo adelantado del muro.
El guarda-lluvias, sostenido por siete ménsulas rícamente esculpidas, con músicos, danzarina, exhibicionistas, y un san Miguel "trabajándose" al dragón, contiene una serie de metopas, menos elaboradas, con escenas simbólicas de la mitología judeo-cristiana: pesaje de las almas, parábola del rico Epulón, Jesús en el Limbo...


En las enjutas, campean sendos "leones guardianes". Bajo el del lado derecho, se protege un sonriente personaje, acomodado entre sus garras y en ademán de acariciar las fauces de la bestia. El de la izquierda, guarece a un personaje tendido entre sus patas, al tiempo que parece engullir a otro, del que tan sólo sobresalen las piernas y el trasero... ¡Un trasero bien evidente!
Estas esculturas simbólicas, presentan gran parentesco con los leones, análogos -aunque muy deteriorados-, de la Porta speciosa del Monasterio de Leyre.

La portada, propiamente dicha, consta de chambrana ajedrezada y tres sobrias arquivoltas, cuya única concesión es una serie de escuetos florones. El tímpano, en cambio, tiene cierto aire heterodoxo, pues aunque está presidido por un crismón, semejante al de Leyre, aquí se encuentra escoltado por sendas rosáceas célticas, hexapétalas, inscritas en un doble círculo. Estos símbolos, al igual que el conjunto que los integra, conservan todavía restos pictóricos, en tonos rojos, ocres y azules, aunque lo más seguro es que, durante siglos, se haya repintado sobre los originales. ¿Quién autorizó este maridaje, entre amuletos de la Antigua y la nueva religión, en lugar tan significativo del edificio sagrado?
El tímpano, se sustenta sobre mochetas ricamente trabajadas, en una de las cuales se ve la típica cabeza de león custodio, a la derecha, mientras que su pareja ha resultado destrozada y malamenta sustituida.

Los capiteles de la portada, tres por lado, poblados de personajes y animales entre lujuriosa vegetación, presentan una temática bastante confusa, a la que, ¡cómo no!, los "expertos" han adjudicado intenciones admonitorias sobre vicios y pecados innombrables... Cosa que, por otra parte, hacen siempre que son incapaces de interpretar la "retorcida" simbología medieval. El maestro don Luis Mª de Lojendio, con la honradez que lo caracterizaba, supo desligarse de este tópico y afirmar: "Los capiteles contienen temas no muy claros, pero se trata de esculturas de verdadera calidad, aunque se nos escape su sentido".
Dichas esculturas, por su estética, se vinculan a modelos muy característicos de los talleres de Jaca y Leyre, e incluso algo de Loarre. Estética libremente interpretada, por un Magister que consigue sobreponerse, con singular destreza, al esquematismo amanerado, del románico estrictamente rural, de los ss.XII-XIII.
Nos gusta, especialmente, aquel capitel en que dos hombres, aparentemente "púgiles" afrontados, colocan una mano en la bien peinada nuca del otro, mientras dos grandes aves de cuellos entrecruzados, dejan reposar el pico sobre esas manos. Al lado contiguo, un apuesto león, sentado sobre sus cuartos traseros, lleva sobre su lomo un contorsionista gesticulador bien singular...

(continuará).

Salud y fraternidad. 

sábado, 2 de abril de 2011

"Martín de Elines, piedra en flor..."

Al sur de Cantabria se encuentra Valderredible, o "Valle del río Iberis". Es una tierra bella y fértil no sólo en naturaleza sino en monumentos medievales. Entre ellos, orillado al viejo Padre Ebro, destaca el Templo de San Martín de Tours, en Elines, antiguo monasterio benedictino y etapa de uno de aquellos Caminos de Santiago, quizá secundarios, pero nunca menores. Construido sobre un monasterio mozárabe, del s.X, su enigmática silueta se alza en medio de los feraces campos, integrada en el entorno, como un elemento más de la naturaleza. Y cada primavera, parece que la Madre Tierra hiciera florecer sus viejas piedras, reverdeciendo el laberíntico simbolismo que representan.

-Abril en Valderredible-

Por el Ebro chiquito
desde Fontibre,
preso en lago encantado,
suelto ya y libre.
 

Por el Ebro entre chopos,
cercas y lindes,
brincos de espuma y júbilo,
truchas felices. 


 El Ebro canta y canta.
La lanza en ristre,
acomete molinos,
puentes embiste.


Primavera de hojillas,
juncos y mimbres.
En flor todas tus frutas,
Valderredible.


En flor todas tus nuevas
niñas abriles.
En flor tus capiteles,
Martín de Elines.

[Gerardo Diego, Mi Santander, mi cuna, mi palabra, 1961]

Salud y fraternidad.