miércoles, 13 de abril de 2011

Artaiz, sombras de sospecha... (y IV)

En Artaiz, los enigmas que transmiten diversos elementos del templo de San Martín, se superponen, y una sombra de sospecha provoca otra. Allí hay, según la moda del momento, que tanto agrada a las autoridades competentes de ciudades y villorrios, un "Centro de Interpretación del Románico". En él se expone una maqueta, que ilustra, sin proponérselo, cuanto vamos a describir seguidamente.
Durante la reforma que, en el siglo XVI, cambió las bóvedas románicas por otras tardo-góticas, se perdió en gran medida el programa iconográfico original, del siglo XII.
Las cubiertas del edificio estaban muy maltrechas, y al intentar desmontarlas se provocó un derrumbe parcial de las mismas -si es que, antes, no había tenido lugar algún hundimiento-, las cuales arrastraron un importante sector del muro sur, entre el ábside y la portada, que hubo de ser reconstruido con el añadido de un contrafuerte.

Los aleros fueron sustituidos en su práctica totalidad, salvándose tan sólo algunas piezas sueltas, con relieves geométricos en el chaflán, ornados de entrelazos y ajedrezado. Los modillones volvieron a recolocarse, casi en su totalidad, aunque no en el orden original, ni intactos.
Muchos presentan desperfectos, con diverso grado de destrucción, y la totalidad de las metopas bajo el alero, salvo una, han desaparecido -excepción hecha, de aquellas que hay sobre la portada-. Esto se aprecia, claramente, en el reconstruido muro sur, donde faltan no menos de diez modillones, que estuvieron situados entre el añadido contrafuerte, próximo al ábside, y el guarda-lluvias de la portada. 

Las dos últimas filas de sillares, entre el muro y la cubierta, delatan la remoción provocada en esta zona. Además de la falta de simetría y proporción, entre los recolocados elementos esculturados, se ve que la piedra es de distinta calidad y tamaño. ¿Pero qué sucedió, con los desaparecidos modillones? ¿Fueron enterrados? ¿Quizá, molidos para hacer argamasa?
En el interior del templo, a los pies de la nave, se colocó no hace mucho un gran aparato calefactor, pues los crudos inviernos de esta comarca hacían muy incómoda la estancia de los fieles, en el edificio, durante los oficios religiosos. Según nos contaron, se pensó sacar la chimenea de ventilación, aprovechando una pequeña puerta, tapiada desde antiguo. Así que, los albañiles, se pusieron a quitar las piedras...

Entonces, ante la sorpresa general, entre los trozos de sillar y el cascajo de relleno, aparecieron algunas piedras talladas, románicas. Se suspendió la obra, intervino Patrimonio, y ordenó descubrir toda la parte exterior. ¡Allí estaban algunos de los modillones perdidos, del arruinado alero sur! ¡Utilizados como material de relleno, para cerrar la pequeña puerta!
Aunque esto, con ser extraño, no fue lo más raro de todo. Una vez estudiados los materiales, se dejaron in situ. Se levantó un muro de ladrillo, enfoscado, y se le practicó una ranura horizontal, a través de la cual, los curiosos, pueden ver con ciertas dificultades un modillón tumbado. Eso si la casualidad les avisa, y los diversos trastos de labranza que allí almacena algún vecino, no les disuaden de aproximarse. 

En el escondido modillón, se sienta un personaje, de plisada túnica, que sostiene entre sus manos un libro abierto, el cual nos presenta para que lo leamos. Porque, en efecto, tiene una frase tallada en la piedra, aunque no podamos leeerla completa a causa de los fragmentos que faltan a la pieza.
Es entonces, cuando una sombra se proyecta sobre otra. ¿Por qué, modernamente, se dejaron ocultas dichas esculturas, existiendo un Centro de Interpretación del Románico a escasos cincuenta metros del templo? ¿Qué esquema mental, guió a quien decidió esta absurda acción? ¿Estas preciosas obras, del simbolismo románico, no estarían mejor expuestas al goce del público, en el Museo del Centro de Interpretación, en vez de ocultas y abandonadas en su emparedamiento secular?
Otros muchos modillones y fragmentos esculturados, se esconden por los huecos y rellenos que dejó la obra del siglo XVI, y nos tememos que, los huecos y rellenos que hay en la mente de las "autoridades competentes", los dejen así per omnia saecula saeculorum...

(No acaban aquí, los "misterios" de Artaiz, pero por ahora quedarán aparcados hasta que, con el beneplácito de la Diosa, regresemos de las "Vacaciones de Primavera"). 

Salud y fraternidad.

domingo, 10 de abril de 2011

Artaiz, sombras de sospecha... (III)

Los destrozos causados, en el templo de Artaiz, no sabemos si por la acción del tiempo, la de los humanos, o ambas combinadas, han creado cierta consfusión sobre los elementos del edificio que ha llegado hasta nosotros. Aunque, por ciertos fragmentos dispersos conservados, podemos intuir que su riqueza ornamental, y simbólica, debía ser magnífica.
Las bóvedas románicas, sustituidas en el s.XVI por otras de tradición tardo-gótica, causaron, entre otros daños, la pérdida del alero del tejado. Quedan, sin embargo, dos fragmentos que arrojan un poco de luz sobre las figuras, escultóricas o relieves, que debieron envolver este templo.
El primer fragmento, del alero, muestra en su chaflán un bello entrelazo de nudos encadenados, cada uno de cuatro puntas. Además, el lacunario que hay bajo la losa, contiene una perfecta roseta hexapétala, inscrita dentro de un círculo. 

La segunda pieza, más preciosa si cabe, presenta dos entrelazos rectangulares, uno de seis puntas y otro de ocho, que escoltan una rosácea tetrapétala incrita en un anillo. Ambos fragmentos, dentro de la más pura estética románica, de tradición céltica, son un pálido reflejo de la riqueza figurativa que poseyó este templo en su momento de mayor esplendor.
Las citadas imágenes, están situadas en tal lugar, porque el simbolismo de entrelazos y rosetas, como imagen del tiempo infinito y de las energías cósmico-celestes, cuadraba bien con la bóveda del templo como imagen de la cúpula celestial. 

Los entrelazos, como elementos independientes o en forma de cintas, eran además amuletos que, por su significado cósmico, pretendían proteger del devenir del tiempo. Su trazado sinuoso, que evoca el de las serpientes celestes, "wouivres aéreas" que simbolizaban la energía celestial, se creía que invocaban los efluvios positivos del cosmos y repelían los negativos.
Es por ello, que aparecen no sólo en los edificios y utensilios de uso cotidiano, sino en joyas, armas, o los propios vestidos. Así lo vemos, en uno de los modillones del guarda-lluvias de Artaiz.     

El magnífico músico que tañe el arpa, y cuya cara nos recuerda al mofletudo "barbián" del modillón norte -citado en nuestra entrada anterior (II)-, lleva el borde inferior de su vestido recorrido por una cinta de entrelazo, trenzado, de tres cabos.
Esta pincelada de preciosismo, nos habla de un cantero que dominaba el símbolo, pero también amante del detalle perfeccionista. La figura de este arpista, ricamente ataviado, es una joya del arte románico, a pesar de su sencillez, y de los estragos que el tiempo ha causado en su escultura. 

La remoción padecida, por los sillares que soportan el alero, visible hoy en la distinta calidad de las dos últimas hileras, destrozó un complejo programa iconográfico, pues además de los chaflanes, y los lacunarios, hubo metopas esculturadas.
Se han conservado, las de la portada sur, y una del mismo muro, cercana a la esquina izquierda del guarda-lluvias de la entrada, empotrada entre dos modillones. Y si todas eran del mismo estilo, el conjunto debía resultar fabuloso.  

Con esta metopa, sumamos un enigma más a los muchos que rodean este templo, de San Martín. ¿Por qué se conservó esta metopa, tras la reconstrucción de las bóvedas y parte alta del muro? ¿Qué tenía de especial, para ser reutilizada solamente ella?
La losa de piedra, nos enseña la figura de un clérigo, -¿un obispo?-, en pie, vestido con sencilla dalmática y esclavina, tocado con la mitra, en actitud de bendecir con su mano derecha, mientras en la izquierda sujeta el báculo que lo señala como "pastor del rebaño".
Habría sido de inapreciable utilidad, que se hubiesen conservado, además, los colores originales que recubrían la figura, pues nos darían cuenta particular de su rico simbolismo. 

¿Quién es, este hierático personaje, obispo, abad, o clérigo de alto rango? ¿Se trata del comitente, que encargó la erección del templo? ¿O acaso, estamos ante quien consagró el edificio? ¿Podría ser, incluso, el Magister que dirigió la obra, puesto que era corriente que hubiese abades constructores?
Una sospecha inquietante nos provoca este desconocido religioso, la parte superior de su báculo, llamada "cayado" o "voluta", no es la espiral tradicional en este tipo de objetos religiosos.
Aquí, la serpentina espiral, ha sido sustituida por un círculo, cerrado, que recuerda el bastón de los sacerdotes egipcios, llamado "Horizonte de Ra", utilizado para marcar, mediante la sombra por el proyectada, la medida inicial sobre el terreno, a partir de la cual se había de levantar un templo. ¿Confirmaría esto, que dicho personaje, representa al Magister autor de tan magnífico templo?

(continuará).

Salud y fraternidad.

viernes, 8 de abril de 2011

Artaiz, sombras de sospecha... (II)

Afirma un viejo refrán celtibérico: "Quijadas sin barbas, no merecen ser honradas", y es un dicho que aquí nos viene "al pelo", por los diversos barbudos de este lugar...
El templo de San Martín, en Artaiz (Navarra), guarda celosamente varios enigmas, unos más grandes que otros, y el menor de ellos puede que sea el del "caballero de la luenga barba", pero, desde luego, no es de los menos curiosos.
En el alero norte, muy maltratado por el clima, uno de los modillones mejor conservados, a pesar de encontrarse partido, nos muestra el rostro sereno de un hombre, provisto de bien peinado cabello, con poblado bigote y tupida barba triangular. Esto en si, no tiene nada de enigmático, me dirán sus mercedes. ¡Un rostro como tantos en el románico!

Para mejor apreciar la cuestión, nos hemos permitido la licencia de "restaurar", digitalmente, el citado modillón.
En simbología, la barba, es tanto atributo de virilidad y energía, como de fuerza, valor y conocimiento. Todas las creencias, desde la religión egipcia a la mitología judeo-cristiana, pasando por los greco-romanos, y los pueblos célticos, tienen alguna divinidad barbuda, puesto que las citadas cualidades se consideraban atributos divinos.
Durante el medievo, la barba era símbolo de la dignidad y respeto de su portador, por tanto no podía ser tocada por nadie con intenciones burlescas, pues como representación plástica, de las cualidades positivas del individuo, estaba protegida por la ley.
Pero en Artaiz, lo enigmático no es el personaje barbado del modillón, ni siquiera el simbolismo de su curiosa barba triangular.

Lo misterioso, es que dicha cabeza, con idéntica barba, se repite en un capitel interior, obra de otro cantero, mucho más esquemático, más "naif" y, por lo mismo, quizá más tardío.
En el siglo XVI, se cambiaron las bóvedas románicas, a causa de su mal estado, o por encontrarse hundidas. El propio derrumbe, la exposición a la intemperie, un desmontaje deficiente, o un poco de todo, habría destrozado los capiteles originales, que se sustituyeron por estos. Tosca escultura, más propia de un tardo-románico rural, que no cuadra con las exquisitas figuras aquí labradas en el siglo XII.
Entonces. ¿Por qué dos artistas, tan diferentes, repitieron el mismo motivo, en dos lugares tan dispares del templo, y con un largo intervalo de tiempo? ¿Tenía, este rostro barbado, algún simbolismo especial, o fue simple y pura copia ciega?

(continuará)

Salud y fraternidad.

miércoles, 6 de abril de 2011

Artaiz, sombras de sospecha... (I)

El Camino Jacobeo tradicional, que entra en Navarra por Roncesvalles y desciende hasta Pamplona, tenía una bifurcación menos transitada, que bajaba por Arce, Aoiz y, tras pasar por Artaiz, se unía al ramal que había atravesado el Somport, para marchar directamente a Puente la Reina sin pasar por la capital del reino. Quizá esto, explique la riqueza del grupo de templos románicos al que pertenece San Martín de Artaiz, cuando otros edificios religiosos, de los valles vecinos, hubieron de conformarse con formar parte de una corriente más sobria, y algo retardada de dicho arte, que en pleno s.XIII produce un románico rural bastante modesto.
El templo de San Martín, s.XII, lleva el sello de la escuela románica que, en Navarra, se difundió por la ruta jacobea partiendo de Jaca y Leyre. Artaiz, aparece como cabeza de un grupo en el que se incluyen templos cercanos, como los de Gazólaz, Arce, Echano, Catalain, Navascués, o San Jorge de Azuelo. Aunque, San Martín, destaca sobre ellos porque, dentro de una gran simplicidad arquitectónica, su escultura es de excepcional calidad y belleza, no exenta de un punto de misterio.

Desafortunadamente, el templo de Artaiz carece de historia. Se desconoce quien lo mandó construir, cuando se hizo, o cual fue su Magister. Sólo podemos conjeturar que se trate de un patrimonio señorial, de mediados del s.XII, debido a la existencia aquí de un palacio, quizá del Señorío de Unciti.
Aunque, en apariencia, completo y terminado, hay diversos indicios de que ha sufrido remodelaciones y cambios que, si bien no han desvirtuado el conjunto, no cabe duda que van a darnos en que pensar. De entre todos sus interesantes elementos, sobresale, literalmente, la portada sur, pues se encuentra en un cuerpo adelantado del muro.
El guarda-lluvias, sostenido por siete ménsulas rícamente esculpidas, con músicos, danzarina, exhibicionistas, y un san Miguel "trabajándose" al dragón, contiene una serie de metopas, menos elaboradas, con escenas simbólicas de la mitología judeo-cristiana: pesaje de las almas, parábola del rico Epulón, Jesús en el Limbo...


En las enjutas, campean sendos "leones guardianes". Bajo el del lado derecho, se protege un sonriente personaje, acomodado entre sus garras y en ademán de acariciar las fauces de la bestia. El de la izquierda, guarece a un personaje tendido entre sus patas, al tiempo que parece engullir a otro, del que tan sólo sobresalen las piernas y el trasero... ¡Un trasero bien evidente!
Estas esculturas simbólicas, presentan gran parentesco con los leones, análogos -aunque muy deteriorados-, de la Porta speciosa del Monasterio de Leyre.

La portada, propiamente dicha, consta de chambrana ajedrezada y tres sobrias arquivoltas, cuya única concesión es una serie de escuetos florones. El tímpano, en cambio, tiene cierto aire heterodoxo, pues aunque está presidido por un crismón, semejante al de Leyre, aquí se encuentra escoltado por sendas rosáceas célticas, hexapétalas, inscritas en un doble círculo. Estos símbolos, al igual que el conjunto que los integra, conservan todavía restos pictóricos, en tonos rojos, ocres y azules, aunque lo más seguro es que, durante siglos, se haya repintado sobre los originales. ¿Quién autorizó este maridaje, entre amuletos de la Antigua y la nueva religión, en lugar tan significativo del edificio sagrado?
El tímpano, se sustenta sobre mochetas ricamente trabajadas, en una de las cuales se ve la típica cabeza de león custodio, a la derecha, mientras que su pareja ha resultado destrozada y malamenta sustituida.

Los capiteles de la portada, tres por lado, poblados de personajes y animales entre lujuriosa vegetación, presentan una temática bastante confusa, a la que, ¡cómo no!, los "expertos" han adjudicado intenciones admonitorias sobre vicios y pecados innombrables... Cosa que, por otra parte, hacen siempre que son incapaces de interpretar la "retorcida" simbología medieval. El maestro don Luis Mª de Lojendio, con la honradez que lo caracterizaba, supo desligarse de este tópico y afirmar: "Los capiteles contienen temas no muy claros, pero se trata de esculturas de verdadera calidad, aunque se nos escape su sentido".
Dichas esculturas, por su estética, se vinculan a modelos muy característicos de los talleres de Jaca y Leyre, e incluso algo de Loarre. Estética libremente interpretada, por un Magister que consigue sobreponerse, con singular destreza, al esquematismo amanerado, del románico estrictamente rural, de los ss.XII-XIII.
Nos gusta, especialmente, aquel capitel en que dos hombres, aparentemente "púgiles" afrontados, colocan una mano en la bien peinada nuca del otro, mientras dos grandes aves de cuellos entrecruzados, dejan reposar el pico sobre esas manos. Al lado contiguo, un apuesto león, sentado sobre sus cuartos traseros, lleva sobre su lomo un contorsionista gesticulador bien singular...

(continuará).

Salud y fraternidad. 

sábado, 2 de abril de 2011

"Martín de Elines, piedra en flor..."

Al sur de Cantabria se encuentra Valderredible, o "Valle del río Iberis". Es una tierra bella y fértil no sólo en naturaleza sino en monumentos medievales. Entre ellos, orillado al viejo Padre Ebro, destaca el Templo de San Martín de Tours, en Elines, antiguo monasterio benedictino y etapa de uno de aquellos Caminos de Santiago, quizá secundarios, pero nunca menores. Construido sobre un monasterio mozárabe, del s.X, su enigmática silueta se alza en medio de los feraces campos, integrada en el entorno, como un elemento más de la naturaleza. Y cada primavera, parece que la Madre Tierra hiciera florecer sus viejas piedras, reverdeciendo el laberíntico simbolismo que representan.

-Abril en Valderredible-

Por el Ebro chiquito
desde Fontibre,
preso en lago encantado,
suelto ya y libre.
 

Por el Ebro entre chopos,
cercas y lindes,
brincos de espuma y júbilo,
truchas felices. 


 El Ebro canta y canta.
La lanza en ristre,
acomete molinos,
puentes embiste.


Primavera de hojillas,
juncos y mimbres.
En flor todas tus frutas,
Valderredible.


En flor todas tus nuevas
niñas abriles.
En flor tus capiteles,
Martín de Elines.

[Gerardo Diego, Mi Santander, mi cuna, mi palabra, 1961]

Salud y fraternidad.

jueves, 10 de febrero de 2011

Sangalindo, la sombra del tiempo... (I)

Templo de San Bartolomé, en Campisábalos (Guadalajara). [Diapositiva, 12 noviembre 1988].
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En esa esquina geográfica, fronteriza extremadura castellana, donde se juntan Guadalajara, Segovia y Soria, se encuentra la villa guadalajareña de Campisábalos, escoltada por la Sierra de Pela, que corre paralela a la calzada que une Sigüenza con Aranda de Duero a través de Atienza y Ayllón. Recalamos en su altura, una mañana gris y lluviosa, ignorantes de los arcanos misterios que allí nos aguardaban.
Campisábalos esconde uno de los conjuntos románicos mejor conservados y homogéneos de la región, el templo de San Bartolomé, de mediados del s.XIII, atribuido al Magister Domenicus Martín, el mismo que hacia 1182 laboraba en Tiermes y Caracena. En 1638, el párroco del lugar, Joan Montoro, escribía: "...arrimada a la dicha iglesia está la casa capilla y entierro del caballero Galindo, donde hay fundada obra pía".
Que el lugar era utilizado como enterramiento, desde antiguo, se aprecia en las diversas estelas discoidales de su atrio, grabadas con símbolos solares, las cuales formaron parte del primitivo cementerio medieval. Pero ¿quién era ese caballero y por qué se levantó dicha capilla, adosada al templo, a poco de edificarse éste?
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Templo de San Bartolomé, a la izquierda la Capilla de San Galindo. [Diapositiva, 12 noviembre 1988].
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Dicen los viejos del lugar, que allá por la Edad Media, llegó a estos pagos una familia de nobles repobladores, los cuales tenían dos criaturas de corta edad, Galindo y Galinda, que por los azares de la lucha fronteriza resultaron separados. Creció el primogénito y llegó a señorear estas tierras, mas quiso el destino que ambos hermanos se encontraran, en su mocedad, sin reconocerse. Y, ajenos al parentesco, se amaron con juvenil pasión. Pero al cabo, hubieron de descubrir que eran de la misma sangre y, sumidos en la desesperación, tanto por el involuntario pecado cometido, cuanto porque su amor era ya imposible, Galinda murió de pena y vergüenza.
Como expiación y memorial, Galindo levantó para ella esta capilla mausoleo, construyó un Hospital para albergue de pobres y lo cedió a los "caballeros monjes", como dote para entrar en su orden. Administrando dicho Hospital, llevó una vida de penitencia y sacrificio, hasta que, cumplidos sus días, entregó el alma a quien se la dio, mandando sepultar su cuerpo en la capilla panteón, para esperar junto a su amada hermana el día del Juicio Final. Afirman que la historia estaba, grabada en piedra, sobre el interior del muro norte, aunque ahora tan sólo queda una inscripción borrosa e ilegible, al lado de otra, quizá del s.XVI, en la que se cita únicamente al Caballero San Galindo:
"En esta capilla donde está la reja de hierro está sepultado el cuerpo del caballero San Galindo y de la dicha capilla y hospital y bienes y rentas suyas son patrones la Justicia y Regimiento de la Villa de Atienza".
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Capilla de San Galindo. [Diapositiva, 12 noviembre 1988].
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Una variante más reciente, que circuló en truculentas coplas de ciego, afirmaba que ambos hermanos "se enterraron en vida", encerrándose a vivir como ermitaños en la capilla que el caballero había mandado levantar como mausoleo familiar, separados por un muro doble sin comunicación. Y por eso, algunos documentos, llaman ermita a la capilla en que reposan sus restos.
¿Pero tuvo una realidad histórica el Caballero Galindo, o Sangalindo? Ciertamente, aunque hoy sólo nos queden sombras y brumas de su existencia.
Entre mediados de los siglos XII y XIII, tiene lugar la conquista y repoblación de la zona por los reyes castellanos, datando de entonces el pueblo llamado antaño "Casas del Caballero Galindo" y "La Casa de San Galindo", hoy conocido como "Casas de San Galindo", próximo a Jadraque, donación otorgada a dicho señor feudal, quizá por su participación en la batalla de Las Navas de Tolosa (1212) si nos atenemos al escudo heráldico de su enterramiento.
Algunos documentos medievales, testimonian la existencia de un personaje llamado Galindo, que puede identificarse con aquel a quien se atribuye la fundación de un Hospital "de San Galindo", en Campisábalos, dotado de bienes con cuyas rentas se mantenía, entre ellos los del lugar pechero de Casas de San Galindo. En 1694 se afirma que, "desde tiempo inmemorial", tales rentas eran administradas por el Concejo de Atienza. Y aunque, ya entonces, no quedaban documentos que diesen fe de ello, constaba en los libros de visitas como tradición asentada.
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Ventana con tracería mudéjar, que incluye en su centro una "cruz de las ocho beatitudes", de la Capilla de San Galindo. [Diapositiva, 12 noviembre 1988].
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Uno de los muchos enigmas que rodean al comitente de la Capilla, es su patronímico, raro en Castilla pero corriente en el medieval Reino de Aragón. En este nombre, se confunden por igual apellido y cualidades. Así, según diferentes épocas, tenemos estas menciones: "capilla y entierro del caballero Galindo", "sepultura del caballero San Galindo", "caballero llamado Sangalindo", "capilla del santo", "Hospital del santo Galindo", "ermita del santo" -se refiere a la capilla-, etc...
¿Galindo es nombre propio, y San Galindo es afirmación de la santidad del sujeto? ¿San Galindo es apellido, puesto que a veces figura escrito como "Sangalindo"?
Una confusa leyenda, que parece aludir a la santidad de Don Galindo, era contada por los habitantes de Martiniega de Cornudiella -hoy Miralrío-, sito a dos kilómetros del mentado Casas de San Galindo, con quienes siempre han mantenido gran rivalidad. Afirmaban, para dejar claro lo brutos que consideraban a sus vecinos que, al morir San Galindo, los de Casas, en lugar de darle sepultura, lo arrojaron por la pendiente del "gredero" que va hacia el río Henares, dentro de un cuévano, el cual rodó hasta llegar a Campisábalos, donde fue sepultado. El mérito y prodigio, del "santo" caballero, sobre la rudeza de los de Casas, estribaría en que el cuévano hubo de salvar el río Henares, la sierra de Alto Rey, arroyos y valles, amén de setenta kilómetros, en línea recta, hasta recalar en las alturas de Campisábalos.
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Puerta románica, del cementerio de Campisábalos. ¿Procede del Hospital fundado por San Galindo? [Diapositiva, 14 abril 1994].
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En el cementerio de Campisábalos, se conserva una sencilla puerta románica, que algunos viejos del lugar dicen ser los restos del "Hospital del Caballero Sangalindo", mientras que otros afirman tratarse de "la ermita de los Templarios". ¿Era Don Galindo, un caballero donado del Temple, con quienes participó en el combate de las Navas? ¿Qué orden de "caballeros monjes" era ésa en la que ingresó Galindo, como expiación tras la muerte de su hermana?
Otros quieren, que las piedras provengan de la desconocida Ermita de la Magdalena, citada en la visita de 1637 que el Concejo de Atienza hizo al Hospital de Campisábalos: "...la ermita de la Magdalena que está en dicho término como patronos perpetuos que sus mercedes son de las dichas casas y hospital y ermita como consta en los libros viejos". Aunque debe tratarse de una confusión, pues sabemos que la Capilla de Sangalindo era nombrada, en los documentos, como "ermita", y que en ella hay, todavía, una escultura de "la Magdalena" perteneciente al perdido retablo que, hacia 1607, labró Juan de Orihuela en Sigüenza, conteniendo a san Bartolomé, un Cristo, los santos Juanes y la Magdalena, el cual se llevó a Campisábalos en dos carretas de bueyes, señal de su poca envergadura.
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Portada del cementerio, con dos cruces "paté" labradas en su arco. [Diapositiva, 14 abril 1994].
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¿Explicaba, aquella inscripción borrada de la capilla, la verdadera personalidad e historia de Don Galindo, y fue sustituida por la actual, en el s.XVI, para asegurar la propiedad de las rentas a la Villa de Atienza, en detrimento de sus anteriores beneficiarios, los "caballeros monjes"...?
¿Se resuelve todo el misterio afirmando, con algunos estudiosos, que el lugar de Casas de San Galindo, surgió de una alquería de repoblación, crecida hasta convertirse en pueblo, cuyo nombre "verdadero" sería "Casas de San(cho) Galindo"? Esto explicaría el extraño apelativo de "San Galindo", desvelando nombre y apellido, y eliminando de paso la "santidad" del caballero, algo muy conveniente para algunos... Lo que no explicaría, es por qué el vulgo ha venido asumiendo, durante siglos, dicha santidad, incorporándola a su universo mítico de forma tan profunda que la ha rodeado de leyendas, para intentar justificar o explicar la razón de su existencia.
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Salud y fraternidad.

miércoles, 5 de enero de 2011

Nostra Senyora d'Arties, pirenaico rompecabezas templario.

[En Arties (Lleida), del castillo templario de Entransaigües sólo resta una torre y la capilla].
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Los valles pirenaicos no estuvieron siempre tan aislados como creemos, cuando Julio César emprende la conquista de las Galias muchos de estos rerritorios ya pertenecían al Imperio. El interés romano, por estas tierras, radicaba tanto en el aspecto estratégico de los pasos de montaña, como en el económico referido a la ganadería y explotación forestal o minera. Con la caída del Imperio, estos valles se repliegan sobre sí mismos y no vuelven a aparecer en la historia hasta el siglo X, como condados dependientes de la Corona de Aragón. En casi todos se habló la lengua de Oc -el aranés actual, es una variedad del occitano-, y en muchos arraigó la doctrina de los cátaros, sirviendo de refugio a sus fieles durante siglos.
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[Capilla templaria de Nostra Senyora d'Arties, desde el sureste].
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El Vall d'Aran (Lleida), está atravesado por la vía romana que, desde Toulouse, y por el puerto de la Bonaigua, penetra en Cataluña por el Pallars. En el punto donde confluyen los ríos, Valarties y Garona, el valle se ensancha brevemente junto a los manantiales termales, de aguas sulfurosas sódicas. Allí, los romanos se instalaron en el castro celta de Wartia, cuyo nombre significa "llanura entre ríos", vigilado por la granítica mole del pico Montardo.
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[Fachada sur del templo].
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En el medievo, el lugar se conoce como Artis, Arters, y D'Artiers. Hacia 1130, la Orden del Temple, recibe tierras en este lugar, junto a un santuario prerrománico arruinado. Los templarios lo restauran, para utilizarlo como capilla de la pequeña fortaleza que erigen en defensa de sus dominios. También levantarán, en las cercanías, una ermita en honor del santo templario sant Pelegrí, a la que todavía se va en romería el 25 de junio, tras la quema del "abeto de san Juan". Durante la "cruzada" contra los cátaros, los enclaves templarios de Arties y el vecino Gessa dels Templers, servirán de vía de escape y refugio a los occitanos perseguidos, según narran los documentos y las leyendas de sant Pelegrí**.
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[Fachada norte del templo, y torre gótica].
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A fines del siglo XIV, una importante avalancha desprendida del pico Lobatera, arrasó la mayor parte de la villa vieja, que estaba emplazada donde hoy se encuentra la capilla de Sant Jaume. Para remediar tal desastre, el rey Pedro IV "el Ceremonioso" autorizó, en 1379, que los vecinos se instalaran en el lugar actual, alrededor del castillo y capilla de la Orden del Temple, que tras la supresión de ésta, en 1312, había pasado a la de los Hospitalarios de San Juan.
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[Cabecera de la capilla, por su lado sur].
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Del castillo templario de Entransaigües, sólo resta una torre circular. A su sombra, y defendida antaño por sus muros, se alzó la capilla de Nostra Senyora d'Arties. Los templarios, debieron heredar aquí un edificio del s.XI, que por ruina o pequeño tamaño, reedificaron en el s.XII y agrandaron en el XIII. Cuando, en el s.XIV, la Orden del Temple desapareció, y sus edificios pasaron a los Sanjuanistas, hubo nuevas reformas, que se repitieron al trasladarse a este enclave el burgo de Arties y convertirse la capilla en parroquia. En siglos sucesivos, continuaron las reparaciones y añadidos, con una persistencia digna de mejor causa.
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[Cabecera triple, con el ábside central recientemente reconstruido].
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El edificio, donde mora la imagen de Santa María del Remei, s.XII, es hoy un enorme rompecabezas arquitectónico, en el cual siglos de construcciones, ruinas y reconstrucciones, han dado por resultado un galimatías de piedras sagradas. Parece como si aquel genio de la Antigua Religión pirenaica, el "Cojitranco" o "Erulet", eterno contrincante del templario sant Pelegrí, hubiese estado revolviendo los sillares de la capilla, cambiando todo de lugar, hasta dejar el edificio completamente descompuesto.
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[Portada sur, rehecha y desprovista de toda figuración].
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Estamos ante un templo de tres naves, y cabecera triple, con bóveda de cañón y pilares cilíndricos, lisos, sin esculturas, que sigue las líneas generales del románico lombardo, típico de estas comarcas en los ss.XII-XIII. Evidentemente, se han perdido los frescos románicos del interior, pero nos han quedado algunos tardo góticos y renacentistas, ss.XV-XVI, con magníficas escenas sobre el Juicio Final. En el templo lombardo, se integraron algunos elementos de la construcción anterior, del s.XI, como son los sillares con toscos relieves, vegetales y animales, que se sitúan sobre algunas ventanas. Esto en líneas generales, porque en cuanto entramos en detalles surge el caos.
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[Ventana sur, con elementos tomados de la portada anexa].
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La portada sur, de tres arquivoltas sencillas, a base de sillares con despiece radial, sin esculturar, parece una reforma tardía para sustituir la original, románica, de arquivoltas trabajadas sobre columnas. Sus elementos desaparecidos, parecen encontrarse, al menos en parte, en la extraña ventana sur, de apariencia gótica, construida a base de "retales" pétreos, con sillares de baquetón liso, ajedrezado y columnas, claramente románicos.
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[Portada norte, también muy modificada].
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La portada norte, en apariencia más conforme a su traza original, tampoco escapó a las garras del gnomo Erulet. Parece haber sido recompuesta, alternando sillares ajedrezados con otros lisos, aunque en su parte superior se rompe dicho ritmo de forma asimétrica. La chambrana, tampoco es original, pues mezcla sus piezas en desorden. Además, la hilera de canes, que debía sostener un tejaroz desaparecido, ha sido colocada allí "con calzador", sin orden ni concierto.
El tejado, es sustentado por canes en el muro sur, mientras que en el norte conserva un tramo de lombardos arcos ciegos, sobre canes y alero ajedrezado, al igual que en los ábsides laterales.

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[Muro sur, donde se aprecia la anárquica colocación de sillares de diferentes épocas].
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El conjunto absidal participa también de la confusión general, el ábside central desapareció sustituido por otro rectangular, que a su vez se hundió, y ha sido reconstruido recientemente "imitando" el original. Imitación peculiar, sin arquillos lombardos, ménsulas, ni alero ajedrezado, aunque en su ventana central se ha colocado el sillar prerrománico, con relieves, que presuntamente lo presidió. En su cara sur, quedan restos de un absurdo arco, cegado, en la unión con el presbiterio. El ábside norte, tiene un vano centrado, pero el del sur presenta el suyo descentrado y cegado. El testero, sobre la cabecera, que soporta una espadaña bífora, muestra tres óculos centrados y dos vanos laterales apuntados, pero todo su paramento presenta confusas incrustaciones de piezas inconexas, algunas con ajedrezado, que proceden de otro lugar.
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[Dintel prerrománico, en ventana del muro sur].
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La torre, aunque tardo-gótica, ss.XIII-XIV, también con añadidos posteriores, pretende seguir el modelo románico, a base de vanos que aumentan en número según la altura.
Por lo demás, todos los muros del templo muestran una mezcla anárquica de sillares, con diferentes formas y tamaños, unos enormes y otros minúsculos, algunos, bien escuadrados, los más, colocados a tontas y a locas. Para acabar de rematarlo, tenemos esos mastodónticos contrafuertes del lado sur, y los diversos edificios añadidos, como sacristía y habitaciones auxiliares.
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[Dintel prerrománico, en ventana central del ábside mayor].
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Sin embargo, no termina aquí el misterio de este edificio. Entre las casonas nobles que subsisten en el burgo de Arties, destaca la denominada Çò de Paulet, obra de 1549. En el exterior, de una de sus ventanas, se han reutilizado dos sillares esculpidos con extrañas figuras, las cuales, por su temática y estilo, parecen proceder de la vieja capilla templaria. Uno de ellos, muestra un deforme personaje, que algunos dicen ser el pérfido gnomo Erulet. En el otro, hay una figura en pie, de cuyos costados surgen dos cabezas, rostros que se repiten en la parte superior. Diversos estudiosos, apuntan a una posible representación de la Trinidad, aunque nos inclinamos más por un sincretismo, referido a las triada divinas del celtismo...
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[¿El malvado gnomo Erulet? Relieve de la capilla templaria, reutilizado en la mansión Çò de Paulet. Foto cortesía de Kalma, kalmadejatellevar.blogspot.com].
[¿La divina Triada céltica? Relieve de la capilla templaria, reutilizado en la mansión Çò de Paulet. Foto cortesía de Kalma, kalmadejatellevar.blogspot.com].
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Cae la tarde, y aunque es comienzos del verano, grises nubarrones juegan al escondite con el sol. En las cumbres, las laderas de umbría aún guardan rimeros de nieve. Un ocaso turbio, que prodiga a ratos una llovizna pasajera, se derrama sobre el valle. Algún furtivo rayo de sol, se cuela entre el techo de nubes, para escurrirse iluminando las lápidas del cementerio, que fue de caballeros templarios, y en el que ahora descansan numerosos montañeros, que retornaron a la Madre Tierra, mientras soñaban ascender una cumbre más alta.
Sus almas, conocen ahora el secreto de los jentilak de la Roca de los Nueve Agujeros, el del Buen Gingante Mandrónius, el del diabólico Cojitranco, y el del maligno gnomo Erulet, aquel geniecillo tan malvado que, rechazado por el cielo y el infierno porque en el momento de la creación se negó a elegir entre uno u otro, fue confinado en este valle por toda la eternidad, aquel espíritu silvestre, para protegerse del cual, los vecinos queman cada solsticio canicular un abeto, cuyas brasas colocan en el umbral de sus casas, y cuyas cenizas dispersan por calles y caminos, mientras danzan al son de instrumentos ancestrales.
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Salud y fraternidad.
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[** Sobre el templario sant Pelegrí, y el "Cojitranco", ver la obra de Rafael Alarcón, La Estirpe de Lucifer, pp.191 a 195].

jueves, 23 de diciembre de 2010

Cifuentes: La "repoya" del Cristo... y los "poyaque" del Diablo.

El nombre de la calle, está escrito incorrectamente, lo que propicia un doble sentido que, la palabra medieval, en su origen, no contiene.
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¿Han meditado, sobre las graves consecuencias de una simple errata ortográfica? Porque, tras la irrisión causada por esa errata, de la que hablaremos enseguida, se esconde una singular información sobre la sociedad medieval.
En la Alcarria de Guadalajara, se encuentra la villa medieval de Cifuentes, conquistada por Alfonso VI en 1085, y en ella una calle con el curioso, al par que chocante, nombre de "Cristo de la Repolla". Al ver letrero tan insólito, la primera reacción es sonreír y pensar mal, la segunda, hacer chistes groseros, y blasfemos juegos de palabras. Sin embargo, si profundizamos un poco, creánme, veremos que la cosa no tiene nada de jocoso y sí mucho de curiosidad histórica. ¿Será posible?
La constatación inicial, es que existe un Cristo de tal advocación, y una Cofradía que lo sirve. La arraigada devoción que la villa le profesa, es unánime, y por ello ha merecido le sea adjudicado el nombre de una calle. Sin embargo, a la hora de explicar el curioso nombre de la devota imagen, surge la división de opiniones.
Una antigua leyenda popular, lo explica así. Andaba Cristo por la Alcarria, disfrazado de mendigo para probar la caridad de los humanos, y pasó por Cifuentes. Tras llamar, en vano, a las puertas de los palacios, probó en una humilde casa del "Cerrete", le abrió una anciana, que dijo no poder ofrecerle más que el "repoyar", las sobras del almuerzo, que había guardado para cenar. Tomó el mendigo lo que le daban, marchó agradecido, y a la mañana siguiente, la anciana encontró en la puerta dos canastas, en una estaba el mismo "repoyar" que había dado por limosna, pero duplicado, en la otra había un precioso Cristo tallado en madera. Se difundió el milagro, y los vecinos hicieron una hornacina, en la pared de la anciana, donde colocaron a la pública devoción aquel Cristo que, por memoria del prodigio, fue llamado "Cristo de la Repoya". Y allí estuvo, hasta los años de la última guerra civil, cuando una explosión derribó la casa.
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La forma correcta, de escribir el nombre de esta calle, sería con "y", no con "ll", como en esta reconstrucción virtual.
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Al transcurrir de los siglos, e irse olvidando el origen del Cristo, el lenguaje vulgar deformó la gramática, y la última sílaba pasó, de "repo-ya" a "repo-lla", con el dudoso significado que dicho vocablo ostenta hoy.
El origen de las expresiones medievales, "repoyar" y "repoyo", estaría en el latín "repudium": lo que se desecha, o aparta, por insignificante, aplicado genéricamente a las sobras o restos de comida. Puede ser así, pero de aquí parece haberse derivado otra acepción, distinta pero coincidente.
Otra tradición, menos "milagrera", afirma que existió una Cofradía del Santo Cristo de la Caridad, la cual regentaba el "Horno del Cristo". En esta tahona, la "poya" que pagaban los vecinos, y la "repoya", que dejaban por limosna, servía al mantenimiento de la Cofradía del Cristo y su culto, por ello, dicha imagen adquirió el apelativo del impuesto y limosna que lo sustentaban: "Cristo de la Repoya".
Todavía existe otra variante popular, para explicar tan peregrina advocación. El horno comunal "de pan cocer", antaño era un servicio que, el concejo ciudadano, subastaba por un año. Dicha subasta, o "puja", una vez licitado el negocio, se juraba ante este Cristo. De la unión entre "puja", subasta, y "poya", impuesto, saldría el chocante nombre de "Cristo de la Repoya". Pero, ¿existió un impuesto, llamado "poya"?
En el régimen económico feudal, los siervos estaban obligados a transformar las materias primas, únicamente, en las industrias del señor: moler el grano en su molino, cocer el pan en su horno, pisar la uva en su lagar. Por todo lo cual debían, además, pagar un impuesto, llamado "poya" en los reinos hispánicos.
Dicho impuesto, figura en los Fueros de Aragón (1247), como verbo, así "poyar" es pagar la "poya", o derecho de cocer el pan en el horno comunal. Las citas documentales son abundantes, en Mérida, en 1467, hay un pleito entre el Concejo Ciudadano y la Orden de Santiago, pues los Comendadores, señores del lugar, mandaron derribar los hornos de los vecinos, a fin de obligarles a llevar la masa a los "hornos de poya", pertenecientes a la Orden, y de cuyos impuestos sacaban pingües beneficios. En Loja (Granada), tras la reconquista, en 1486, se establece que la "poya" del pan, sea a razón de una hogaza por cada 30 panes grandes, y una por cada 20 pequeños.
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Ateniéndonos al sentido del término, que da origen a este nombre, se podría escribir el título de la calle de esta otra forma. Aunque así, no le hacemos favor al Cristo pues indica que vive a expensas de otros, lo cual parece poco digno de un personaje divino, y poco exacto para quién, según la mitología, se supone creador y dueño de todo...
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Los galos, más finos y socarrones que los celtíberos, nombraron estos impuestos como: "banalités": trivialidades, insignificancias. Como dato curioso, en Francia, en el siglo XIII, por influencia de la Orden del Temple, muchas "banalités" fueron abolidas y otras considerablemente limitadas, para atraer mercaderes a las importantes ferias de Champaña, en las que la Orden tenía una fuerte participación.
Por el contrario, en los reinos hispánicos, su uso fue prolongado, e incluso, cuando el feudalismo desapareció, persistió el nombre de la "obligación señorial", como apelativo del pago privado, "en especie", realizado al dueño de la industria. Así, por ejemplo, la "poya" pagada al molinero, de una parte de la molienda que se le encomendaba, o al panadero, de una parte de la masa entregada para hornear.
En Trebago (Soria), hasta el siglo pasado, el hornero todavía cobraba a los vecinos "la poya", o sea, un tanto por ciento del peso de la masa que cada uno llevaba a cocer. También se añadía "el pico", una especie de propina, igualmente en masa, y con el producto de ambos, el hornero, cocía pan para vender a los vecinos que no amasaban, ganando así un jornal en efectivo. Este doble tributo, "pico" y "poya", sería denominado "repoya". Esta palabreja, dio origen, por extensión, al verbo "repoyar", cuya definición es: "Vivir de repoya", o "vivir a repoyo", de alguien; vivir de lo que éste paga o costea, depender de la economía de otra persona. Ya, en el anónimo Libro de Alexandre, s.XIII, leemos "repoyo" con el sentido de "vivir a expensas de":
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"El sabor de la tierra
faze muchos mesquinos
e que a grant repoyo
viven de sus vecinos".
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Si dicha calle, en lugar de en la Extremadura castellana, estuviese en Andalucía, bien podría llamarse de este otro modo, que como se verá, se acomoda bien a la idiosincrasia y buen humor andalusí, sin faltar a la verdad.
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El sur, que además de existir, también es diferente, tiene algo que decir respecto a las "poyas" del Cristo y su "repoyar". Pues, según diversos autores, allí se encuentra el origen de este singular impuesto.
En el mundo musulmán andalusí, del medievo, el encargado de controlar las actividades mercantiles era el sahib al-hisba, -o sahib as-suq "señor del zoco"-, así llamado por el término "hisba", nombre del conjunto de leyes que regían la "res pública". En diversos tratados andalusíes, sobre este tema, como la hisba de Abd ar-Ra'uf, aparece el término "poya", como un "panecillo, con el que se paga al hornero por su trabajo". Dicen los arabistas, que este término pasó al castellano como "poya", al catalán como "puja", al murciano como "pijo", y al árabe maghrebí como "piwa". Su etimología parece estar en la "puja", o porción, con la que había que contribuir, sobre el total de la masa de pan a hornear, para pago del dueño del horno, para quién, a pesar de ser un pequeño porcentaje de la masa, como los clientes fueran muchos, el negocio resultaba rentable.
No está claro, si la palabra viajó del andalusí al castellano, o viceversa, o si la influencia fue mutua. Lo cierto es que, en Andalucía, la tierra de las metáforas, ha sobrevivido en una curiosa expresión coloquial, el "poyaque". Con ella, se expresan los varios "añadidos", o "extensiones", habitualmente de carácter menor, que se realizan a alguna actividad, pero que, al sumarse entre sí y al gasto general, hace que este se eleve sensiblemente para beneficio del profesional. Verbigracia: "el presupuesto de la reforma era barato, pero surgieron tantos poyaques que me subió una jartá". De ahí que, en broma y con socarronería, cuando en la realización de una obra pactada, quien la realiza aconseja un añadido que no estaba previsto, lo sugiere diciendo: "poya'que estamos, vamos a hacer tal cosa y quedará mejor..."
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Concluiremos, con una obviedad: "las apariencias engañan". Porque, del simple nombre de una calle alcarreña, que al principio nos pareció algo jocoso, incluso de carácter procaz y blasfemo, ha resultado toda una pequeña lección de jurisprudencia económica medieval, trufada de antropología popular. La próxima vez, que descubramos una calle de extraño nombre, lo pensaremos dos veces antes de sonreírnos tontamente.
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[Nuestro agradecimiento a Juancar, "peregrino románico", por la foto original de esta curiosa calle].
Salud y fraternidad.