lunes, 16 de noviembre de 2009

¿Románico andalusí...? (Iª)

Puede parecer un cuento de Las mil y una noches, hablar de románico en al-Andalus, sin embargo no es ninguna ensoñación. En Córdoba, por ejemplo, encontramos un románico muy especial, un “románico andalusí”, fuera del espacio y el tiempo, de su espacio y su tiempo. Un románico, levantado entre surtidores, palmeras, jazmines y naranjos, bajo el cálido azul, a orillas del Guadalquivir. Románico que, para arraigar tan lejos de sus tierras de origen, ha necesitado nutrirse con el fértil abono de las culturas que aquí le precedieron. Sus venas pétreas llevan gotas de savia romana, visigoda, mozárabe, musulmana, mudéjar... Por ello, sus frutos son híbridos, un poco exóticos, pero con todo el vigor que tal mestizaje le proporciona. Las riberas del nutricio Betis, han venido a ser las playas en que, mansamente, en silencio, nuestro románico, el arte simbólico por excelencia, arribará para desvanecerse.
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La ciudad califal es reconquistada en 1236, por Fernando III (1217-1252), quien le da fuero en 1241 y organiza la ciudad en “collaciones” -barrios- cuyo centro es una parroquia. Se fundan catorce, siete en la Medina, zona alta equivalente a la urbe romana, y siete en la Ajerquía, zona baja, aunque en un primer momento se utilizaron como parroquias las mezquitas, hasta que, entre mediados del s.XIII e inicios del XIV, se levantan los templos cristianos.
Se denominan “templos fernandinos”, aunque sería mas exacto llamarlos “templos alfonsinos”, pues fue bajo el reinado de Alfonso X (1252-1284) que comenzaron a levantarse la mayoría, sobre todo por la precariedad económica tras la conquista.
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Estos templos, pertenecen a un estilo avanzado de transición, del románico al gótico, catalogado como tardorrománico o románico arcaizante de aire mudéjar. Aunque se aprecian fuertes influencias de la severidad del Cister, e incluso muchas semejanzas con templos cistercienses gallegos. Las cabeceras, sin embargo, presentan todavía características del primer gótico burgalés: planta de tres naves y ábsides poligonales, con cubrición abovedada en la cabecera y techumbre de madera en el resto. Los capiteles son de temática vegetal, aunque a veces se incluyan personas o animales.
Las reformas a partir del s.XVI y los terremotos, de 1680 y 1755, van a causar diversos daños en los templos, que al ser restaurados resultan recubiertos con revestimientos barrocos. No obstante, todavía conservan numerosos elementos, que nos permiten apreciar como fue este “románico andalusí”, último chispazo de aquel fuego del espíritu medieval.
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El primer ejemplo, de esta arquitectura ensoñada es un templo medieval que desapareció, aunque persiste un elemento de aquella pequeña mezquita sobre la que pretendió prevalecer. ¿Justicia poética?
La Orden de San Juan de Jerusalén, recibió en donación esta mezquita de barrio, en la Medina, que transformó en templo, denominado San Juan de los Caballeros. Sobre ella, alzaron luego un edificio tardorrománico, pero conservando el alminar como torre campanario.

Este alminar, que ha perdido un tercio de su volumen, es el mejor ejemplo de torre en esquina propio de una pequeña mezquita de barrio, del s.X. Su estructura interna, con escalera de caracol circular, se repite en la torre de la mezquita de Velefique (Almería), que se conserva, también truncada, en el cementerio. Muy maltratado por los elementos, solo resta el primer cuerpo, en el que se aprecian restos de ventanas geminadas y la hilera de arquillos ciegos que lo coronaban.
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El templo medieval, de los Sanjuanistas, desapareció en sucesivas reconstrucciones, 1637 y 1799, sustituido por el actual alzado neoclásico. Por un insólito guiño del destino, el alminar permanece, con su piedra disgregándose inexorablemente, mientras señala el cielo azul de al-Andalus como el dedo admonitorio de un viejo muecín.
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Los arcos en herradura, de sus ventana geminadas, muestran todavía la alternancia de sillares y ladrillos, para conseguir ese juego de colores y volúmenes, desarrollado luego hasta lo infinito en las arquerías de la Mezquita Aljama.

A pesar de tratarse de una mezquita humilde, debió poseer cierta elegancia, pues las columnas y capiteles de mármol blanco, que se conservan en dudoso equilibrio, son débiles reflejos de una sóbria belleza.
Las “restauraciones” que ha padecido, a más de incompletas, han sido chapuceras. Muchas piedras están en precario equilibrio, tanto que se ha colocado una estructura metálica a media altura para proteger a los viandantes de presumibles desprendimientos.

Salud y fraternidad.

1 comentario:

juancar347 dijo...

Reconozco mi ignorancia en cuanto a este románico híbrido, pues mi desconocimiento de ese Sur ensoñador, es prácticamente nulo. Agradezco, pues, Maese Alkaest, la belleza de las fotos que ilustran la entrada, y también, esta pequeña guía cultural que, no te quepa duda, siento como un pequeño entremés para ese gran hartazgo que pienso pegarme en breve. Encantado como siempre, y esperando la segunda parte. Un abrazo