viernes, 26 de febrero de 2010

Leyendas del Camino: “Las fieras guardianas”.

La arquitectura románica ha generado numerosas tradiciones populares, desde el mismo momento de su creación, y la arquitectura del Camino Jacobeo es particularmente rica en este tipo de leyendas.
Elevada originalmente en el s.XI, sobre las ruinas de un templo romano, la Colegiata de San Isidoro, en la ciudad de León, conserva dos portadas románicas, s.XII, en su fachada sur: la del Cordero, en la nave, y la del Perdón, en el brazo del crucero. Esta última, recibe su nombre porque los peregrinos jacobeos entraban por ella para quedar libres de sus faltas, y quienes no podían continuar viaje a Compostela, por haber caído enfermos, recibían aquí el perdón de sus pecados y las indulgencias consecuentes, igual que si hubiesen completado la peregrinación.
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La Puerta del Cordero tiene dos mochetas, con sendas cabezas de carnero, sosteniendo el tímpano. En la Puerta del Perdón, tal función es ejercida por similares mochetas, aunque aquí se trate de las cabezas de un melenudo león, con las guedejas al viento, y un boquiabierto oso ornado de gran collar, ambas con gesto feroz y en violento giro de cuello hacia el exterior.
Sin embargo, no siempre ostentaron tales actitudes las figuras atribuidas al taller del Magister Esteban, hubo un tiempo en que miraban severa, pero pacíficamente, hacia el vano de la puerta.
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En albergues y mesones, contaban a los peregrinos el milagroso y espantable suceso que tuvo lugar por causa de la poca fe de unos viajeros jacobeos.
Allá por el siglo XII, arribaron a León una pareja de peregrinos, los cuales se admiraron del tumulto de gentes que se agolpaban para entrar por la Puerta del Perdón, estando al lado la del Cordero completamente vacía. Interrogaron a quienes esperaban entrar, siendo informados del valor redentor sobre sus pecados que tenía el atravesar aquella puerta.
Cruzaron ambos una mirada burlona, soltaron una carcajada, y comentaron que buena era la cosa, porque desde que partieran de su lejana patria, no habían dejado de ver menos de una docena de supuestas “puertas santas”, y es que no faltaba santuario ni templo de cierta fama que careciese de ellas.
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Por tanto, dudaban, muy mucho, de su eficacia redentora, ni del presunto poder de perdonar nada. Aún así, ya que estaban ante portam, la atravesarían para demostrar que aquel hueco no tenía nada especial.
Pero cuando adelantaban el pie para llegarse al umbral, ambas fieras, león y oso, cual si de fieras vivas se tratase, giraron sus cabezas hacia los descreídos peregrinos, y rugieron de forma tan amenazadora, que todos quedaron en suspenso. Hasta tres veces, intentó la pareja traspasar la puerta, y otras tantas hubo de retroceder, pues aquellas fieras les amenazaron de igual forma en cada ocasión.
Cayeron los peregrinos de rodillas, acudieron los sacerdotes, se rezó y se imploró, pero león y oso únicamente cesaron, en su actitud defensiva, cuando la pareja se alejó contrita y cabizbaja, para entrar por la Puerta del Cordero.
Y así quedaron las fieras guardianas del templo, con la cabeza y el gesto en amenazadora actitud, para advertencia de futuros descreídos, por los siglos de los siglos hasta el día del Juicio Final.
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Salud y fraternidad.

sábado, 6 de febrero de 2010

Los “orfebres espirituales” de Arenillas.

En la Valdavia palentina se encuentra el lugar de Arenillas de San Pelayo, y en un extremo del pueblo eleva su figura el templo de San Pelayo, antaño rico monasterio familiar. Dotado en 1132 por los Muño de Saldaña, quienes lo declararon libre en 1159, entregándose a los premonstratenses de Retuerta en 1168. En 1573, debido a su precaria situación económica, fue reducido a priorato. En el s.XIX, con la invasión napoleónica y la desamortización, sobrevino su ruina, que si no fue total se debió a su transformación en parroquia.
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Hoy tan sólo nos queda parte de la Sala Capitular y el templo, muy transformados en su devenir histórico. Originalmente tuvo triple cabecera y tres naves, de lo que subsiste el triple ábside, pues las naves fueron rehechas en planta de salón, tras un incendio hacia 1554. Pero ni siquiera los cilindros absidales se libraron de alguna alteración. Exteriormente se hallan enfoscados, pero su estructura es la propia del románico mudéjar, de ladrillo, aunque interiormente son de cantería. ¿Se trata, como en unos pocos lugares, de estructura híbrida a base de piedra y ladrillo?
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Bailarina contorsionista (4ª fig).
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Músico vihuelista (5ª fig).
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Aparte los ricos capiteles, de su Sala Capitular y arco de triunfo absidal, lo mejor de su románico está en la portada norte. Los premonstratenses hicieron construir una alta espadaña, en la que se incrustaron algunos relieves románicos procedentes de la portada anterior, y bajo ella la nueva y magnífica portada. Con profusión de figuras simbólicas, de elaborada talla, en capiteles y cimacios, se transmite un mensaje de renacimiento y regeneración.
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¿Lector, o cantor? (8ª fig).
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Copista o escribano (12ª fig).
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Guarecida entre arquivoltas de ajedrezado y vegetales, se encuentra también una serie de personajes, de exquisita labra, en consonancia con lo mejor de san Pedro de Moarves, o Santa María y Santiago en Carrión de los Condes. Se trata de dieciocho individuos, aunque no todos parecen obra del mismo Magíster, que figuran un curioso conjunto de inquietantes “profesionales”. A pesar de los destrozos sufridos, todavía muestran parte de su pasada gloria y la exquisita estética con que las dotó el desconocido Magister.
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¿Músico? (14ª fig).
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Orfebre, martillando el metal (15ª fig).
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De izquierda a derecha, tenemos cantores, contorsionistas, músicos, lectores, escribas y... orfebres. Si se pretendían representar los oficios, como en otras portadas, ¿por qué sólo se dejó constancia de quienes trabajaban los metales preciosos? ¿O es que se pretendía otra cosa? Están en el banco de trabajo, con la escofina, las tenazas, el crisol, martillando el metal en el yunque, con el fuelle avivando la fragua... Y el cantero que los hizo, conocía bien el arte de los orífices.
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Orfebre, trabajando el metal en el banco (16ª fig).
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Orfebre, avivando el fuego en la fragua (18ª fig).
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¿Qué mensaje nos transmiten estos profesionales de las bochas, el buril, la lima, el punzón, la mordaza, el mandril, y las cizallas? ¿Se trata de un simbolismo, sobre la purificación de las almas que, a semejanza de los metales preciosos, son sometidas a toda clase de pruebas, para acabar transformadas en joyas espirituales?
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Salud y fraternidad.

domingo, 24 de enero de 2010

Sant Joan de Boí, la guarida del “Bestiario”...

Entre los siglos X a XII, la localidad de Boi fue cabecera administrativa y religiosa del valle de su nombre. Para tender las necesidades espirituales de sus gentes, se alzó el templo de Sant Joan, ejemplar que ha llegado hasta nosotros en su versión del s.XI. Por suerte, las remodelaciones posteriores no fueron tan radicales como en otros lugares, y el único añadido posterior, reconocible, es la torre de fines del s.XII. Aunque la última planta del campanario, es reconstrucción tardía sin relación con el estilo original.
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Su estructura es de tres ábsides curvos, menores los laterales, y tres naves también desiguales. Al estar su planta adaptada a las condiciones del terreno sobre el que fue edificado, una ladera rocosa, resulta algo irregular, aunque en alzado apenas se distinguiría, si no fuese por el ábside central. Resultó arruinado en algún momento, pero al repararlo no se reconstruyó, sino que se cerró con un muro plano.
El conjunto, armonioso a pesar de todo, parece ser continuación del seno pétreo la montaña, semejando la caverna en que, un feroz dragón, custodia su tesoro...
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Ya en su portada, al norte, podemos apreciar una pequeña muestra de las joyas que nuestro dragón guardaba en su interior. Se trata de un hecho insólito, pero el muro sobre la sencilla portada conserva un fresco románico que, originalmente, estuvo protegido por un porche de madera (ahora ha sido sustituido por un “adefesio”, post-moderno, de metal). Para encontrar algún paralelo a este mural, como ejemplo de conservación, hay que trasladarse a los templos monasteriales ortodoxos de Europa del este.
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El conjunto, se elabora como “arquitectura pictórica”. Unas franjas geométricas, a modo de alfiz, enmarcan la puerta, y otra, a semejanza de arquivolta, corona el arco. Esta última, destaca por los numerosos “tetraskeles” que, a modo de “molinetes” de colores contrapuestos, parecen girar en todos los sentidos. En la franja superior, una inscripción que ya resulta ilegible, explicaba el significado de la escena.
El centro estaría ocupado por el Agnus Dei, sobrepuesto a un primitivo crismón, todo ello sujeto por cuatro ángeles “observados” por el Sol y la Luna. Debajo, unos personajes sagrados, pues llevan aureola, están en diversas actitudes: con un libro en las manos, en coloquio. ¿Apóstoles, profetas, clérigos?
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Acceder a su interior, es penetrar en la cueva del dragón Fafnir, una vez que Sigurd le hubo robado su botín, abandonando dispersas las pocas joyas que no pudo cargar. Sobre los muros blanquecinos, quedan restos de franjas vegetales, fragmentos de animales fantásticos, jirones de escenas religiosas y laicas. Tan sólo con imaginar, como sería el templo cuando sus pinturas estuviesen completas, se estremece nuestro espíritu.
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Entrar aquí, en los siglos de su esplendor, sería como entrar en las páginas de un “Bestiario”. Creyentes o no, habríamos de quedar anonadados, por la “santa simplicidad” de su estética, por el “sincretismo pagano” del mensaje simbólico, por la irrealidad espiritual de los personajes sagrados y la carnalidad natural de la humanidad profana. Algo queda de aquella profusión icónica, algo puede ser intuido, algo puede ser saboreado.
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Muro norte, malabaristas y músico.
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El mundo profano, no estaba excluido del recinto sagrado, como quieren algunos autores que solo saben ver, en todas partes, abominación, pecado y castigo infernal.
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Muro sur, escena áulica, cetrero con dos aves de presa.
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Muro sur, lapidación de san Esteban.
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Ejemplo de escena edificante, muestra el sacrificio del discípulo fiel, que se entrega al martirio para afirmar la fortaleza de su fe.
Otro personaje sagrado, que todavía pueden ser identificado, es un san Felipe, apóstol, además hay varios santos irreconocibles, y una escena relacionada con Abraham.
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La hidra, “Bestia de las Siete Cabezas”, del Apocalipsis (13, 1) (Foto cortesía de Cabestany, románicocatalán.com).
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Esta monstruosa hidra es el más impresionante ejemplo, del “Bestiario” de Boí:
“Vi surgir del mar una Bestia que tenía diez cuernos y siete cabezas, y en sus cuernos diez diademas y en sus cabezas títulos blasfemos... ¡Aquí se requiere sabiduría! Que el inteligente calcule la cifra de la Bestia; pues se trata de la cifra de un hombre. Su cifra es 666”.
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Muro sur, bestia apocalíptica, ¿manticora?
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Símbolo de la astuta ferocidad del “Maligno” que, fingiendo, engaña al alma humana al disfrazar los actos pecaminosos como algo atractivo y apetecible.
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Tímpano interior, portada norte.
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Símbolo de la vigilancia, dice san Ambrosio: “El gallo despierta al dormido, incita al creyente para levantarse a rezar, hace huir a los ladrones, tranquiliza al viajero extraviado, renueva las esperanzas y hace revivir la fe, recordando el renunciamiento de san Pedro”. Añade Prudencio: “el gallo, ave mensajera del día, símbolo de Cristo, despierta a los hombres del sopor nocturno, signo del pecado y de la muerte, los libra de los pensamientos malos y los invita a la oración y el trabajo”.
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Muro norte, camello.
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El modesto camello, como símbolo de la humildad, la obediencia y la previsión.
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Arquería norte, animal del bestiario: OSNE, ¿onagro?
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El onagro o asno salvaje, es símbolo de la libertad y la fuerza. En el Génesis, el Ángel de Yahvé habla con Agar: “Mira que has concebido y darás a luz un hijo, al que llamarás Ismael, porque Yahvé ha oído tu aflicción. Será un onagro humano”; con esto le indica el carácter de sus descendientes, los árabes del desierto, independientes y vagabundos como el onagro. Según los bestiarios, adivina la llegada del equinoccio y rebuzna doce veces, por la mañana y por la noche, para anunciarlo.
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Arquería norte, animal del bestiario, elefante: LIFAN. El artista no conocía bien este animal, puesto que le puso "cuernos" en lugar de colmillos.
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Simboliza la longevidad y la fidelidad, también la espiritualidad natural, pues se cuenta que los elefantes adoran al Sol y la Luna, como manifestaciones divinas. A semejanza del unicornio, se deja vencer por la virginal castidad. Cuentan los bestiarios que, para cazarlo bastan dos vírgenes marchando desnudas al desierto, tan solo con una espada y un cántaro. Cuando acude el elefante, reconoce su inocencia virginal y lame sus senos hasta caer adormecido. Entonces una le clava su espada, y la otra recoge la sangre en su cántaro, así queda tan débil que puede ser apresado por los cazadores. Y añaden: “simboliza esta imagen la sangre de Cristo, derramada de su costado, que fue derramada por una muchacha, la Sinagoga, y fue recogida en una copa por otra, la Iglesia”.
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Arquería norte, animal del bestiario, grifo.
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“No, no duerme ni dormita el guardián de Israel. Yahvé es tu guardián” Salmo 121, 4. Así el bestiario compara al león y al grifo con Yahvé como custodio de la humanidad. El grifo era, por tanto, considerado como guardián de tesoros, tumbas, y del paradisíaco Árbol de la Vida. Con las uñas de estas bestias se hacen vasos para beber, porque tienen el poder a anular el veneno. El Preste Juan, dice en sus cartas al papa: “Sabed igualmente que tenemos aves que se llaman grifos, y que son capaces de llevar a su nido un buey o un caballo, para dar de comer a sus polluelos... Sabed también que el mar de Arayne, muy violento y terrible, ningún hombre puede cruzarlo salvo nosotros, pues nos hacemos transportar por nuestros grifos amaestrados”. Por su doble naturaleza, terrestre y aérea, es símbolo de Cristo como guardián del tesoro de la creación.
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Arquería norte, animal del bestiario: MAGI, ¿rémora?
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Arquería norte, animal del bestiario: CARCOLITI, ¿lobo?
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Simbolismo del Diablo y sus obras, se decía que la mirada del lobo poseía, como el basilisco, el poder de aojar, “es así, que si mira a un hombre, antes que este lo vea, el hombre pierde momentáneamente el habla. Pero si es el hombre, quien primero mira al lobo, el animal pierde su fuerza”. Por eso dice un Bestiario Toscano: “Así como el hombre quita la fuerza al lobo, cuando se lo encuentra antes que el lobo lo vea, así le ocurre al hombre, que quita su fuerza al Diablo cuando sabe guardarse de sus engaños y de sus falsos ingenios”.
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Arquería sur, animal del bestiario, monstruo desconocido.
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El fascinante mundo mitológico de este templo, se completaba con numerosas bestias, cuyos nombres ya se han olvidado, pero que subyugan nuestra imaginación.
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Arquería sur, animal del bestiario, monstruo desconocido.
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Algunas otras bestias, pueblan todavía los arcos y rincones del templo, dando cuenta del magnífico “libro pintado” que hubo aquí en el medievo, maravillas asombrosas para nuestros ojos, que el tiempo y la incuria humana nos han privado de contemplar. Los que todavía podemos ver, son fieles copias de los originales, ahora conservados en el MNAC en Barcelona.
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Salud y fraternidad.

sábado, 9 de enero de 2010

La “Comadre” románica...

Escena de la resurrección del Galileo, las tres Marías descubren el sepulcro vacío, prototipo simbólico de la resurrección espiritual del fiel bautizado, tan cara al discurso mitológico de la nueva religión. Colmenares de Ojeda (Palencia), s.XII.
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En la mitología judeo-cristiana, el principal rito “iniciático” era el bautismo. Tras un periodo de estudio, este acto público confirmaba que el aspirante había adquirido los rudimentos de la fe. Por tanto podía integrarse en el grupo de creyentes, como un miembro activo, pues el agua bautismal libremente aceptada lo había purificado, al descender sobre el receptor el “Espíritu Santo”. Un acto litúrgico que, como tantos otros, estaba basado en ritos de la Religión Antigua. No olvidemos que, en la mitología de la nueva religión, Juan el Bautista no era cristiano, sino judío, y llevaba ya tiempo bautizando gente en el Jordán cuando el Galileo acudió a él (Lucas 3, 21-22).
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Los ángeles, que custodian el sepulcro vacío, informan a las santas mujeres en presencia de los soldados adormecidos. (Ídem).
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Son escasas las representaciones medievales del acto bautismal, una de las más completas se encuentra en la pila románica, fines s.XII, del templo de Colmenares de Ojeda (Palencia), tallada por el magíster de Lebanza. Allí, un niño depositado dentro de la pila, recibe el sacramento del sacerdote, quien lo bendice con una mano y porta en la otra los Evangelios, mientras un concelebrante sujeta al niño y la cruz alzada. En ambos lados, se encuentran los familiares, conformando un grupo bien definido. Es una de las pocas figuraciones románicas en que, además de los elementos simbólicos, se nos presenta una escena de sabor popular, “realista”, en torno al rito del bautismo.
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Entre la escena de la resurrección y la del bautismo, aparece el Grifo, que en la mitología judeo-cristiana representa al buen creyente, que custodia los asuntos terrenales con el pensamiento puesto en Dios. También era guardián, de las tumbas de los santos y del Árbol de la Vida. (Ídem).
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Originalmente el rito se efectuaba por inmersión, pero a partir del siglo XV esta se sustituyó completamente por la infusión. En los dos primeros siglos sólo eran bautizados los adultos, aunque desde el s.III se irá imponiendo el “bautismo infantil”. Defendido por Hipólito (215) y Orígenes (254) como si fuera una tradición dada por los apóstoles, y justificado teológicamente por Cipriano (258) en “el pecado original de Adán”, lo que comenzó como “bautismos de urgencia”, por peligro de muerte infantil, se volvió práctica regular en la Iglesia.
En el Concilio de Cartago (397), dirigido por san Agustín, se condena ya a todo el que rechace el “bautismo infantil”. Había un buen motivo: san Agustín –un converso y por tanto un integrista- considera que fuera de la Iglesia no hay salvación, por lo que los no bautizados, adultos o recién nacidos, no podían entrar en la “visión salvífica”.
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Escena “folklórica” de un bautismo del siglo XII, con personajes populares en actitudes naturales. (Ídem).
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En dicho contexto, al hablar de los niños muertos sin bautismo, san Agustín afirma que su destino es el infierno, “están sujetos a las llamas del Infierno”, si bien, previendo el revuelo que sus palabras iban a provocar, matizaba “aunque son unas llamas mitigadísimas”. Esta piadosa matización, teológica forma de “sostenella y no enmendalla”, no evitó que cundiera la “alarma social”. ¡Hace falta ser irresponsable, o sádico, o ambas cosas, para afirmar algo tan teológicamente brutal! Los creyentes podían ser iletrados, pero no eran tontos. ¿A quien le gusta que su hijo recién nacido se queme en el Infierno, aunque sea con llamas “mitigadísimas”?
Quizá dicha afirmación impulsara a los aterrorizados creyentes, para formar colas ante los baptisterios con sus hijos en brazos, a fin de asegurar cuanto antes que sus criaturas no iban a sufrir las “mitigadísimas llamas del Infierno”, pero tan bestial aseveración hubo de ser refutada por otros teólogos, porque más de un creyente se plantearía si merecía la pena practicar una religión tan cruel.
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El cortejo bautismal, con padrinos, sacerdotes, familiares, y la criatura sumergida en la pila. (Ídem).
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Santo Tomás de Aquino (1225-74) propuso una solución de “compromiso”, los niños sin bautizar no irían al Infierno, pero como tampoco podían ir al Cielo, les “inventó” un lugar intermedio: el “Limbo”, peculiar “construcción teológica” para contentar al personal. Sin embargo, aunque aceptada por los fieles, como mal menor, la propia Iglesia nunca hizo de ella “materia de fe”. Era tan sólo una opinión, una “cataplasma teológica” creada para calmar el “dolor de cabeza” producido por las incendiarias afirmaciones de San Agustín.
Modernamente, el Catecismo de la Iglesia Católica (1992), en su afirmación 1261 declaraba: “los niños muertos sin Bautismo se puede esperar que puedan llegar a la visión beatífica”. O sea, según el prestigioso teólogo jesuita Meter Gumpel: “No podemos decir con certeza que se salvarán. Podemos esperar, y el hecho de que podamos esperar es una clave interpretativa. Nadie espera o puede esperar legítimamente algo si está seguro de que es imposible”.
Como esto no pasaba de ser un cristianísimo sofisma: “ni si, ni no, sino todo lo contrario”, la jerarquía judeo-cristiana ha preferido optar ahora por “enmendalla y no sostenella”. Así, desde 2007 el “Limbo” ha sido oficialmente abolido: “porque representa una visión demasiado restrictiva de la salvación y hay bases teológicas y litúrgicas serias para creer que cuando mueren, los bebés no bautizados se salvan”.
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A la izquierda, se encuentra un pariente varón, que sujeta con su mano al típico niño alborotador, que quiere colarse entre el grupo, para verlo todo en primera fila.
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Al margen del nivel de fe y compromiso religioso de los padres, el rito bautismal ha sido considerado desde sus orígenes como un “amuleto”, mediante el cual los recién nacidos podían protegerse de los numerosos peligros, imaginarios o reales, que lo acechan durante los primeros meses de vida. Por ello, el rito religioso oficial, estaba rodeado de una serie de “ritos religiosos populares”.
Así, era costumbre que los pequeños recibiesen el agua con la mayor brevedad, casi siempre el primer día festivo que siguiera al de su nacimiento, en caso de tardanza se decía que el bebé estaba “moro”, y ese mote le podía quedar por apodo para los restos. Antes de salir a la calle por vez primera, el pequeño debía ser lavado por la madrina, en un barreño a estrenar, en el que se sumergían diversas hierbas benéficas: hierbabuena, laurel, salvia, y cuya agua debía arrojarse al fuego para evitar que fuese empleada en hechizos contra el ahijado. “Y en el cabello de la criatura no debe usarse un peine, sino las manos, para evitar que le crezcan los dientes puntiagudos...”
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A continuación está el padre de los infantes a bautizar, con uno de ellos en brazos, bien envuelto en sus ropajes para que no se enfríe.
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Si el principal protagonista de tal acto es el “bautizando”, los siguientes en el escalafón son la madrina y el padrino, cada cual con funciones específicas en el ceremonial. Dependiendo de regiones y comarcas, pueden serlo unos u otros parientes, aunque hay excepciones: no pueden las embarazadas, pues ambas criaturas son incompatibles, y el ahijado podría morir en breve mientras el gestante tendría un desarrollo irregular; tampoco quienes tienen las manos “tintas en sangre”, porque la criatura puede convertirse en asesina; e incluso se llega a más, el séptimo infante nacido ha de ser apadrinado por el hermano mayor, so pena de que el pequeño se convierta en “hombre lobo”.
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Siguen los actores principales del rito: el padrino, que ayuda a sujetar al bautizando y se compromete así en su educación religiosa; la criatura, de la que, medio sumergida en la pila, sólo asoma la cabecita; el sacerdote, tonsurado, quien bendice con su derecha y porta los Evangelios en la izquierda; y el acólito, que ayuda en la inmersión mientras sostiene la cruz alzada.
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En la religiosidad popular, la ceremonia bautismal es también emisora de augurios.
Durante el ritual, la madrina ha de tener ambas plantas de los pies bien afirmadas al suelo, para que el ahijado no sufra parálisis en el futuro; debe encargar al sacerdote que derrame suficiente sal, para que el bebé “tenga gracia” y no resulte un “desaborío”; también tendrá buen cuidado de la vela, porque si esta se apaga durante la ceremonia, al infante le ocurrirán toda clase de desgracias. Desventuras que tendrán lugar si, al invocar a la Santísima Trinidad, el padrino coge la mano izquierda del niño en vez de la derecha.
Si a la hora de ungir a la criatura, el oficiante se equivocase y en lugar de utilizar “óleo de catecúmenos” emplease “óleo de enfermos”, el bautizado moriría antes de su mayoría de edad. Si el ahijado no llora al caerle encima el agua, será una persona fuerte; de lo contrario, resultará débil y enfermizo. Por lo que respecta al nombre del bautizado, había una fuerte creencia en la “onomancia” y por tanto era elegido escrupulosamente, para escapar de los caracteres tópicos que acompañaban ciertas onomásticas: las Cirila, son deslenguadas; los Juan, tímidos; las Timotea, simplonas; los Felipe, cabezotas; las Crísteta, putoncillos; los Tomás, ladronzuelos... (aunque todo ello variaba de una región a otra).
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Finalmente, pero no menos importante, una mujer con tocas de casada, la madrina, que también coloca una de sus manos sobre el infante, para testimonio del compromiso que está contrayendo con éste. Esta mujer, de suma importancia en todo el ritual laico, es también conocida como “la comadre”...
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La madrina de bautismo, como encargada de la salud espiritual de la criatura, pasa a convertirse en la “madre auxiliar” o “comadre”, apelativo que ostentará respecto del padre, la madre y el padrino. Por reciprocidad, la madre será también “comadre” de la madrina, como señal de parentesco, familiaridad y confianza, denominándose su relación: “comadrazgo”. Por igual regla de tres, el padrino se convierte en “compadre”.
Es de rigor que los vestidos que el niño lleve para la ceremonia sean obsequio de la madrina, así como los amuletos que tiempos atrás le colgaban de la ropa para protegerlo del “alunado”. Los gastos parroquiales también corren por su cuenta. La madre, que no debe acudir al templo, entrega la criatura a la madrina, quien reclinará al ahijado en su brazo derecho, para prevenir que salga “zocato” o “zurdo”. También debe cuidar que, durante el trayecto, ningún desconocido se acerque al infante, para prevenir el “aojamiento”. Irá acompañada por la partera, portadora de las ofrendas: pan, vela, sal y, en tiempo frío, un jarra con agua caliente.
Una vez terminada la ceremonia, al regresar a la casa, la madrina entrega el ahijado a la madre, con una peculiar fórmula: “moro me lo diste”, y la madre replica: “cristiano me lo entregas”. En algunos lugares eran más explícitos, una dice: “me lo entregaste de Alá”, y otra contesta: “me lo devuelves de Cristo Nuestro Señor”. ¿Reminiscencias del tiempo en que judíos y moriscos fueron obligados a convertirse para no ser expulsados?
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Calle “de la Comadre”, un homenaje a este tradicional personaje popular (Córdoba).
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El aspecto más popular y picaresco, del rito bautismal, quizá sea el que transcurre al acabar la ceremonia religiosa, durante el trayecto del templo al domicilio de la criatura. Aunque en algunos lugares, también tenía lugar en el trayecto inicial.
La costumbre ancestral, es que la chiquillería del lugar se agolpe ante la comitiva, estorbándole el paso y coreando diversas coplillas ripiosas, a fin de que madrina y padrino demuestren la alegría del acto arrojándoles golosinas y monedas. Aquí, tanto o más que en el banquete posterior, los padrinos deben echar el resto en cuanto a generosidad, si no quieren recibir los reproches, e incluso maldiciones, de la chiquillería si se siente decepcionada en sus expectativas.
Al principio, los rapaces corean estrofas más o menos “inocentes”:
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“Eche usted padrino,
no se lo gaste en vino.
Eche, eche, eche,
no se lo gaste en leche”
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Los previsores padrinos, arrojaban un puñado de monedas y golosinas, que los rapaces se afanaban por rapiñar, pues parte del rito era competir por ver quien se hacía con un mayor botín. La rapidez en la recogida era esencial, pues cuanto antes terminase antes podían volver a la carga en sus peticiones. Cuando la generosidad del padrinazgo flaqueaba, las estrofas se volvían más agresivas:
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“Bautizo roñoso,
madrina rásquese el bolso.
Eche usted comadre,
o en el infierno arde”
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Finalmente, cuando golosinas y monedas escaseaban, tocando a su fin, si la exaltada chiquillería consideraba que el óbolo había sido tacaño, con su agresividad crecida, entonaba las más temidas estrofas:
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“Bautizo pelao, bautizo pelao,
si cojo al chiquillo lo tiro al tejao”.
“Padrino maldito, padrino maldito,
que el niño pierda el pito”.
“Roña pura, roña pura,
se mueran la comadre y la criatura”
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Pues era creencia, que la tacañería del padrinazgo podía ocasionar que en el futuro el bautizado quedase tan calvo como vino al mundo, e incluso que sufriese de impotencia. No era raro que, cuando alguna persona comenzase a quedarse calva, sobre todo si era a temprana edad, se comentase que sus padrinos habían sido “de la Virgen del Puño Apretao” y ahora la maldición le hacía efecto al ahijado.
Un truco de los padrinos, era arrojar los obsequios lo más lejos y desparramados, para que los impertinentes pedigüeños tardasen lo más posible en recogerlos y volver a la carga. Aunque otros, optaban por arrojarlos apiñados, para que la pelea fuese más dura y eso retrasara la siguiente petición.
El anecdotario podría eternizarse y llenar varios libros, así que terminaremos con un sabio consejo popular, en la peculiar habla extremeña de nuestros abuelos paternos:
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“A boa y a niñu bautizáu, no vayah sin sel llamáu”.
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[Dedico esta entrada a Dona Baruk, ella sabe por qué...]
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Salud y fraternidad.
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[Si queréis más información sobre el rito popular del bautismo, podéis consultar las obras del gran folklorista “Demófilo”, Antonio Machado Álvarez (1848-1893), el padre de los Machado, poetas, quien recogió retahílas rimadas, propias de los bautizos, no solo de la tradición andaluza y extremeña sino celtibérica en general].

jueves, 24 de diciembre de 2009

¡Feliz Solsticio de Invierno!

A todos los amigos, visitantes y curiosos, del románico, les deseo lo mejor en el nuevo ciclo solar que en estos días se inaugura.
Que la Madre Tierra os proporcione, por encima de todo, una inyección de energías positivas, con las que afrontar victoriosos las batallas de la vida diaria.
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Y puesto que sóis amantes del arte, meditad sobre éstas máximas de Séneca:
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Todo arte es una imitación de la Naturaleza.
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El arte perdura, la vida es breve.
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Las artes sirven la vida; la sabiduría la gobierna.
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Salud y fraternidad.

sábado, 28 de noviembre de 2009

¿Románico andalusí...? (y VIIª)

Vamos a terminar esta serie, sobre el “románico andalusí”, con el templo de San Lorenzo, en la Ajerquía cordobesa, pues sin duda es el que mejor conserva su primitivo aspecto. Los estilos tardorrománico, protogótico y mudéjar, se muestran aquí en toda su mestiza grandiosidad.
Levantado sobre la mezquita de Abul Moguira, construida por Mustak, madre del Príncipe Almuguira, en 922, presenta todos los elementos característicos del “románico andalusí” que hemos citado en anteriores templos. E incluso tiene otra rareza, sus sillares calizos están repletos de fósiles marinos, entre ellos dientes del tiburón jurásico Carcharodon megalodon.
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Su ábside mayor es poligonal, con vanos tipo Chartres, mientras los dos laterales tienen cabecera recta. En altura, están muy marcados los desniveles entre ábsides, de éstos con sus correspondientes naves, y de ellas entre si, de forma que el conjunto presenta un interesante juego de gradaciones volumétricas. Todo lo cual proviene del románico borgoñón, a través de influencias burgalesas como San Andrés del Arroyo o Villamayor de los Montes.
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La torre renacentista data del 1555, y algunos la consideran antecedente directo de la Giralda sevillana, pero la mitad de ella, aproximadamente, corresponde al minarete de la mezquita de Abul Moguira. En la base de su lado oeste, bajo la galería medieval, conserva un gran arco de herradura apuntado que pudo ser su puerta de acceso.
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Desde el interior, a los pies de la nave septentrional, se aprecia el cuerpo del alminar, que conserva en la parte alta una ventana geminada con arquillos de herradura.
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De sus tres naves, la central es mucho más elevada, con arcos apuntados, y el muro de separación inter-naves tiene antecedentes románicos. Sus capiteles interiores son vegetales, aunque hay ménsulas con bustos humanos y cabezas animales, sobre pilares de transición románico-gótica.
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Las bóvedas de la cabecera, de crucería gótica con espinazo, siguen el modelo burgalés del s.XIII, que en Córdoba se emplea con un siglo de retraso.
Hay materiales de acarreo, como columnas musulmanas, unas superpuestas al interior y otras embutidas en el muro de la torre, que seguramente proceden de la perdida mezquita.
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La fachada principal, se articula a partir de un porche del XIV, cuyo tejaroz estuvo sustentado por canes de rollos y cinta, de tradición califal. Encima de éste campea el gran rosetón, y a sus costados la torre-alminar y el óculo meridional. Por encima una hornacina, con la escultura medieval del patrón, san Lorenzo.
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El magnífico rosetón gótico-mudéjar, del s.XV, quizá el más rico de toda Córdoba, parte de una flor hexapétala de inspiración céltica, desarrollada a través de arquillos entrelazados románicos, para pasar mediante pequeñas columnas con arcos ojivales a un entramado mudéjar. La conjunción simbólica, a través de los diversos estilos artísticos, es completa. En el lado de la epístola, como en San Miguel, hay un óculo con el “Sello de Salomón”...
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Su portada occidental es sencilla, de un sobrio cisterciense, cuya única concesión figurativa es el intradós con su típico zig-zag calado, todo ello bajo tejaroz con modillones de rollos califales.
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Las portadas norte y sur, son todavía más simples, con arquivoltas lisas que evocan una serena espiritualidad, desprovista de toda “distracción” sensorial, que no sea la puramente geométrica. Únicamente, se permiten la liviandad de los modillones “califales” del tejaroz.
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Una última sorpresa la constituyen las pinturas absidales, que, descubiertas en 1956, acaban de ser restauradas junto con el edificio... Son de los ss.XIV-XV, de inspiración en el gótico italiano. En la parte superior, con siete escenas de la vida del galileo; y en la inferior, con figuras de profetas bajo arcos lobulados árabes, y santos bajo arcos lobulados góticos, como curiosa forma de indicar la cronología de unos y otros.
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Las bóvedas están ocupadas por catorce querubines y seis serafines, de múltiples alas, y en los nervios terribles dragones serpentinos. El arco toral, apuntado, se destaca por el zig-zag calado y las cabezas de clavo, de tradición normanda. Sobre éste, pinturas de la Anunciación y Dios Padre, rematadas por escudos heráldicos.
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Otros varios templos, medievales, quedan en Córdoba que responden a este modelo tardío, aunque ya muy transformados. En otra ocasión los sacaremos a plaza, siquiera sea para evocar los restos de aquella singular riqueza perdida.
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Salud y fraternidad.