domingo, 27 de septiembre de 2009

Bercedo, oculto y misterioso.

Si la portada del templo de San Miguel, en Bercedo (Burgos), fin s.XII, puede considerarse un tratado de simbología románica, en varios niveles interpretativos, el interior presenta un panorama no menos interesante. Sus elementos escultóricos pueden definirse, sin exagerar, como misteriosos y secretos. Ello por varios motivos, primero por la dificultad para acceder al templo; segundo por la posibilidad de tomar fotografías, que es aleatoria; y tercero, por el estado de conservación de la piedra, recubierta de yeso repintado. Y no olvidemos un siniestro motivo añadido, el peligro de que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas. Si nos fijamos en la foto, veremos que el empuje de la bóveda ha hecho que pierda su curvatura, el peso ha abierto los muros, torciendo los pilares hacia fuera, con grave peligro de toda la estructura.
. En octubre de 2006, tuvimos la inmensa suerte de coincidir con un amable albañil local que hacía reparaciones en el atrio, el cual, al comprobar nuestro entusiasta asombro por la magnífica portada sur, se ofreció amablemente a enseñarnos el interior, para que comprobásemos cómo, el templo, respondía a una unidad de criterios en cuanto a “decoración”, con las figuras que, en sus capiteles, esperan todavía ser rescatadas.
Perdidos los del arco triunfal, el capitel más interesante, a nuestro parecer, es el del jinete cubierto con yelmo, el cual combate un monstruo, al que clava su lanza en las fauces, mientras el indefinible animal le arrebata el escudo con su zarpa.
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A espaldas del guerrero, transcurre una escena no menos interesante. Se trata de dos ictio-sirenas, afrontadas, que cruzan sus colas. La del lado derecho, toca un cuerno, mientras ofrece un pez a la del izquierdo, que lleva otro pescado en su mano. El estado de las figuras, impide distinguir si son sirenas macho y hembra, aunque alguien haya insinuado que quien porta el cuerno musical es un “sireno”.
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En otro capitel, apreciamos un grifo, guardián del oro de los nórdicos Hiperbóreos, y compañero de Némesis, diosa de la retribución, por ser custodio de la Justicia y encargado de hacer girar la Rueda de la Vida. De ser la cabalgadura de Apolo, la mitología judeo-cristiana hizo de él una representación del Dios-Hijo, como símbolo de su doble naturaleza: humana y divina. Se halla escoltado por dos ornito-sirenas, y “vigilado” por dos grandes rostros (el de la izquierda, muy destrozado).
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A espaldas del grifo, hay otra ornito-sirena, uno de cuyos valores simbólicos es representar las almas, y entre ambos el enorme rostro de un personaje de grandes y puntiagudas orejas. ¿Un trasgo, o genio de la Naturaleza? ¿Un remoto descendiente del viejo dios Pan?
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Otros capiteles son de más dificil interpretación, aquí no se distingue si se trata de ictio-sirenas con alas, o de arpías, posadas junto a un regenerador Árbol de la Vida, sobre el que reposan sus colas.
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El último, muestra otros dos rostros, a los que la capa de pintura presta una faz enigmática y que, a pesar del deterioro, dejan entrever los brazos sobre los que parecer hacer equilibrios o contorsiones...
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Si algún día el templo es restaurado, y sus esculturas libradas de este yeso blasfemo, quizá puedan mostrarnos aún la riqueza simbólica que ocultan.
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Salud y fraternidad.

1 comentario:

Eugenio alarza campo dijo...

Un reportaje fabuloso, sólo un pequeño apunte, si me lo permites, si es un "sireno" con el cuerno (caracola), tengo entendido que realmente es un Tritón. Gracias y un afectuoso saludo.