martes, 26 de febrero de 2008

Los remolinos del espíritu

Templo parroquial, s.XII, portada norte, Olcoz (Navarra).
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Templo de San Lorenzo, s.XII, Vallejo de Mena (Burgos).
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La espiral es un elemento geométrico natural, desde las galaxias a las flores, pasando por las conchas de los caracoles y los cabellos de nuestras cabezas, es la trayectoria por la que se desenvuelven numerosos elementos de la naturaleza. De ahí, que simbolice el camino del desarrollo, de la evolución cíclica, tanto del espíritu, inmaterial, como de la vida, material. Por ello, este símbolo, está relacionado muy estrechamente con el laberinto, la concha, la luna, o el cuerno, todos ellos referentes a la fertilidad, en sentido amplio. Pues si, por un lado, aluden a la fertilidad femenina –en figurillas neolíticas el sexo femenino aparece figurado mediante una espiral-, y de la Madre Naturaleza en general, por otro, señalan la fertilidad de la mente y el espíritu, en evolución. No en vano, el camino del Juego de la Oca es una espiral, por la que, a semejanza de la vida, el jugador intenta evolucionar hacia un estado superior.
En el románico, este símbolo se presenta en numerosas formas, algunas de ellas bien curiosas, como esas barbas del personaje de Olcoz, o los cuernos del carnero de Vallejo, o ciertas espirales vegetales de otros templos. Aunque conserva siempre su doble sentido, como imagen de la evolución material y espiritual. E incluso un sentido más práctico, derivado de tradiciones célticas, como talismán protector, pues representa las energías positivas del cosmos.