viernes, 22 de febrero de 2008

Sagrado talismán de la Diosa Madre

Templo de San Lorenzo, Uncastillo (Zaragoza). Portada sur, arquivoltas, s.XII.
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Templo parroquial, Villamorón (Burgos). Portada sur, arquivoltas, s.XII-XIII.
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Templo parroquial, Ventosa (Pontevedra). Portada oeste, s.XII.
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Es frecuente, por toda la geografía ibérica, encontrar templos románicos entre cuyos sillares aparecen incrustadas herraduras. Y si bien esos elementos no fueron colocados en origen, por sus constructores, hoy son una pieza más del edificio. Una pieza que nos dice algo sobre como las gentes, que vivieron el románico, hicieron suyas las construcciones sagradas y dejaron su impronta en ellas.
La herradura, como símbolo, une en sí dos elementos “de poder”, la materia de que está hecha, el hierro, y la forma que adopta, el creciente lunar. El hierro, por su origen meteórico, cósmico, es la “piedra venida del Cielo”, de ahí que se considere un elemento protector contra espíritus inferiores. Una herradura colgada en la puerta, preferentemente con las puntas hacia arriba, protege la casa y todo lo que contiene contra los hechizos y la entrada de brujas. En esta posición asemeja un creciente lunar, el símbolo de Isis, Venus, Hécate y Nuestra Señora. Porque el símbolo de la Gran Madre, la Diosa, es un triple nudo formado por tres crecientes.
Por eso, es frecuente ver herraduras incrustadas en los muros de los templos, preferentemente en las portadas. Las sencillas gentes del medievo, querían así proteger el edificio del ataque de los malos espíritus, de los rayos, de las brujas. En su afán por librar al templo de cuantas energías nefastas anduviesen sueltas, los fieles medievales estaban realizando un acto sincrético inconsciente. Pues pretendían proteger un templo, de la nueva religión, con métodos rituales de la Antigua Religión.