domingo, 7 de diciembre de 2008

Lumias románicas, con patas de oca....

“¡Si tuvieras un rato para adentrarte andando por el valle angosto del río Talegones, hasta Lumías! Cuando estuve en abril había ruiseñores en la fronda de los huertos, por el molino viejo. Hay una iglesuela tan bien malhecha que parece perfecta. Y las casas de adobe y piedra, se cobijan contra el tajo abrupto de las rocas cortadas a pico que coronan racimos de nidos de golondrina y palomares en salientes y agujeros. Protegido del regañón y del cierzo, por el estrecho, el río manso apenas mueve al pasar las mimbres y los berros. Aquí saben aun los viejos las más primitivas rondas de Castilla...”(Avelino Hernández “Donde la Vieja Castilla se acaba”, 1982)..Enclavado en la Hoz del río Talegones, en las estribaciones de la Sierra de Pela, se encuentra el pueblo soriano de Lumías. Numerosos elementos del entorno: topónimos, megalitos, tainas, castros, tradiciones, nos dicen que estamos en tierra de arévacos, celtíberos que tanto dieron que hacer a Roma y luego a Almanzor.
Su templo, es obra del s.XIII elevado sobre uno anterior, aunque muy transformado en el XVI. Pero aquí, lo verdaderamente interesante, es lo que no se ve pero se conserva en la memoria. Porque se trata de restos culturales de la Religión Antigua, camuflados entre la mitología de la nueva fe. Las sacerdotisas y sacerdotes celtíberos, fueron transformados en brujas y brujos, sus santuarios en lugares de aquelarre, y sus divinidades en seres diabólicos, pero no fueron olvidados. Recordemos que estamos a dos pasos de la gran ciudad arévaca de Termancia, y a otros dos del enclave brujeril de Barahona.
.Estos mitos vienen de bien antiguo y eran perfectamente conocidos por los habitantes medievales, que en el siglo XII los nombran con total naturalidad, como sabidos por todos, hasta el punto de que uno de ellos figura en el Cantar del Mío Cid. La narración cuenta, cómo la hueste del mercenario Rodrigo Díaz de Vivar transitaba por la Calzada de Quinea, que viene de Osma y va hacia Sigüenza:
.Assiniestro dexan Agriza
que Álamos pobló.
Allí son los cannos
do a Elpha encerró
”.
.En trascripción moderna: “A izquierda dejan Agriza que Álamos pobló. Allí están los túneles donde a Elfa encerró”. El autor del Cantar se refiere a un pueblo de esta zona soriana, hoy desaparecido, que sitúa como escenario de una mítica gesta de Hércules, a quien cita por su sobrenombre de “Álamos” a causa del árbol que le estaba consagrado, el cual hizo desaparecer bajo tierra a una lamia llamada Elfa.
Da igual el lugar concreto, lo importante es que en Castilla pervivían creencias y mitos de las antiguas divinidades celtíberas, que el autor del Cantar empleó en un contexto culto, acorde con el “Renacimiento clásico” que tenía lugar en la Europa del s.XII, asimilando el mito a una hazaña de Hércules cuando, en la tradición popular, se trataba de algo más cercano.
.En la religión de los pueblos célticos, existen unos espíritus o ninfas de las aguas dulces, cuya apariencia física aúna caracteres humanos y animales: jóvenes de gran belleza, tienen pies de oca, o gallina, o como colas de serpientes, o de pescados. Son de carácter ambivalente, como el elemento en el que viven, cuya naturaleza mágica es creadora y destructora a un tiempo. De igual modo, los nombres por los que son conocidos, en ocasiones prestados de religiones posteriores: Korrigans, en Britania; Melusinas, en la Galia; Xanas, en Asturias; Janas, en León; Mozas de Agua, en Cantabria; Dones d’Aigua, en Cataluña; Lamiñak, en Euskadi; Lainas, en Aragón; Lumias, en Galicia; Lamias, en Castilla; etc., no son siempre exclusivos de una región, y pueden aparecer en otras con cierta frecuencia..Quien primero nos ilustró, sobre el origen mágico del topónimo Lumías (Soria), fue el erudito sacerdote del Burgo de Osma, don Francisco Palacios, un verano ya lejano de 1981. Dos veranos más tarde, nos confirmó sus datos don Doroteo García Yagüe, el culto guarda jurado de la cercana ciudad arévaco-romana de Termancia-Tiermes. En esencia, salvando los recursos narrativos, ambos atribuyeron el topónimo Lumías, a la presencia de estos seres míticos en la Hoz del río Talegones, según la leyenda que, cada uno por separado, habían recogido de los ancianos del lugar..
“Marchando por el monte con su rebaño, un pastor sorprendió cierta lamia, la cual acicalaba sus cabellos con peine de oro, junto a una fuente, en la entrada de su cueva. Aquella lamia era tan hermosa, que el mozo quedó prendado. Sin pensarlo dos veces la requirió de amores, y aunque ella se hacía de rogar no se desanimó. Cada vez que pasaba por la cueva, volvía a proponerle matrimonio. Ante tanta insistencia, la lamia, consintió aceptarlo por esposo, pero tan sólo si el mozo conseguía averiguar, a la primera, cuantos años tenía ella.
El pastor regresó a la majada, muy abatido, pues encontraba imposible solucionar tal enigma. Cuando sus compadres lo vieron tan cabizbajo, le aconsejaron consultar a cierta vecina del cercano Barahona, afamada de bruja. Porque aquella era una boda ventajosa, ya que la lamia custodiaba un fabuloso tesoro, entre otras cosas un cordero de oro, y una gallina de lo mismo con sus polluelos. Ni corto ni perezoso, se confió el mozo con la de Barahona, quien a cambio de siete ovejas rollizas se ofreció para resolver el caso.
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A los tres días se encaminó la bruja para la cueva, se colocó en su entrada, levantó sus sayas y retorció el cuerpo con tal arte que asomaba la cara entre las nalgas, al tiempo que enseñaba su sexo desnudo. Así puesta, llamó con voces estridentes, acudió la lamia al escándalo y, estremecida de asombro por lo que veía, exclamó:
-¡Que horror! En mis ciento veinte años, nunca he visto algo tan espantoso.
La bruja, salió volando para entregar al pastor la solución del enigma y cobrar su paga. Al enamorado mozo le faltó tiempo para presentarse en la cueva, al día siguiente, y responder el enigma de la lamia:
-Puedo decirle que, ni más ni menos, acaba de cumplir ciento veinte años cabales.
Al encanto no le quedó más remedio que cumplir su promesa, aunque puso la condición de que él jamás debería mirarle los pies. Fue el pastor a pedir el consentimiento de los padres, más al saber su abuela la noticia, le advirtió que, sin hacer caso de condiciones, procurase averiguar como eran aquellos pies que su amada lamia pretendía ocultarle.
Acudió el mozo a la cueva, regularmente, como si fuese de cortejo y, al cabo de varias visitas, pudo espiar de reojo los pies de la dama. ¡Eran igualitos que patas de ocas! Pero, puso tal cara de asombro, que la lamia se dio cuenta. Una vez descubierto su secreto, ella desapareció por ensalmo, junto con la cueva y solo dejó la fuente. El pastor quedó tan triste, por sus burlados amores, que enfermó de melancolía y a las pocas semanas murió sentado al borde de la fuente, sin dejar de soñar con su amada lamia”
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San Martín Dumiense ya decía de los celtas hispanos, en el siglo VI: “En el mar invocan a Neptuno, en los ríos a las Lamias, en los bosques a Diana, que son todos demonios malignos...” Demonios que, huyendo de la nueva fe, se convirtieron en leyenda. Una leyenda que corría libremente por estos contornos, allá por el siglo XII, cuando el anónimo autor del Cantar del Mío Cid, incluyó en su relato, como dato orientador al parecer conocido de todos, el mito del héroe que hizo desaparecer bajo tierra una peligrosa Lamia... Una leyenda, con la cual, hemos doblado otro recodo del laberinto románico.
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[Dedicado a mi particular "bandada de ocas"...]
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Salud y fraternidad.

lunes, 1 de diciembre de 2008

“Noviembre, dichoso mes, que entra con los Santos y sale con san Andrés”

Comenzamos el mes de noviembre con la festividad de los Santos y, siguiendo el refrán popular, vamos a terminarlo con la de san Andrés. Si aquella era trasunto de la celebración celta de Samhain, sobre los espíritus del Más Allá que vuelven de visita, ésta hace referencia a las almas errantes y el camino que les conduce al Otro Mundo.
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Donde los tremendos acantilados de la sierra Capelada se despeñan al Océano Tenebroso, se alza el santuario de San Andrés de Teixido. Este apartado lugar de Galicia, fue concurrido enclave de peregrinos desde la más remota antigüedad. Se trata de un santuario relacionado con el culto que las poblaciones célticas, del litoral atlántico, vinculaban a los promontorios terminales del mundo antiguo. No en vano, éste se conoce también como “Santo André de Lonxe” y “Santo André do cabo do mundo”, cuyos cultos y ritos referidos a la fertilidad, a través del ciclo muerte-renacimiento, apenas quedan disimulados por la advocación sincrética que la nueva religión adjudicó al lugar, mediante el apóstol san Andrés. Los druidas y druidesas que continuaron acudiendo al lugar, fueron desprestigiados por los sacerdotes de la nueva religión al asimilarlos a bruxos y meigas. Sin embargo, el viejo culto con los viejos ritos no murieron por completo, y todavía hoy los “creyentes” de la nueva religión siguen con las prácticas de la Antigua.
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Los documentos nos dicen que, en el s.XII, el lugar de Santo Andrés y su capilla románica están bajo la protección de los condes de Trava. En 1196 pertenecen a los caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén y luego pasan a los señores de Andrade, aunque el edificio actual es producto de las reformas sufridas entre los ss.XVI y XVIII. Del primitivo santuario románico, tan solo es visible un capitel, muy maltratado, convertido hoy en pila benditera.
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La leyenda hagiográfica, creada para suplantar a las divinidades célticas afines a Bran-ab-Llyr, dice que san Andrés llegó en barca a estos acantilados, donde hubo de naufragar. El santo se salvó y, por milagro del cielo, su navío se convirtió en piedra en el mismo lugar en que se estrellara contra las rocas. Ese peñasco, es todavía conocido como A Barca.
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Ó Santo Andrés do Lonxe
hei de ir...
Viñas polo mar do fondo

e polo ceo de enriba;
viñas axiña e dispacio,
non chegabas, pero viñas.
(Xosé Ángel Valente, Sete Cántigas de Alén 1981).
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Nuestro santo, levantó un pequeño templo y se dedicó a evangelizar las poblaciones célticas de la comarca. Pero eran tan pocos los fieles, que consiguió reunir, y menos los que acudían al santuario, a pesar de sus milagrosas curaciones, que cada día Andrés se lamentaba amargamente.
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Así las cosas, se presentaron, disfrazados de peregrinos, el propio Dios con san Pedro. Al comprobar lo legítimo de sus quejas, el Supremo prometió que su humilde templo se convertiría en santuario, cuya romería duraría hasta el fin de los tiempos, y al cual tendrían que ir todos los mortales al menos una vez para poder pasar a la Otra Existencia. Y el que no lo hiciera de vivo, tendría que venir tras haber muerto: “Ao Santo Andrés de Teixido, vai de morto o que non foi de vivo”. Y diz que, una vez cumplida su romería gallega, las almas embarcaban al anochecer para el más allá en la “barca de piedra” del apóstol de Teixido.
Casualmente el héroe celta Cú Chulainn, es visitado por el rey de Otro Mundo, Donn o Derga, que le invita a visitar su reino. Este dios de los muertos, tiene una escarpada isla rocosa “Tech nDuinn” –la Casa de Donn-, donde se reúnen las almas de los difuntos antes de emprender su viaje al Más Allá, en una embarcación mágica...
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En esta comarca de Cotobade, llaman Camiño de Santo André a la Vía Láctea y dicen que acaba sobre el santuario. Este es el “camino” que las almas perdidas deben tomar para llegar al otro mundo. En la antigüedad la función de acompañantes de almas estaba encomendada a los Lares Cecaeci, pues ellas andaban como desconcertadas y no atinaban a encontrar el rumbo del Más Allá, de la Isla de los Bienaventurados.
Cuando alguien fallece sin haber cumplido el viaje, a Teixido, los familiares lo hacen en su lugar. Antes de emprender la peregrinación “delegada”, los deudos van al cementerio donde, con tres golpes de bastón sobre la tumba, invitan al espíritu del difunto para que haga el viaje con ellos. Luego hay que hacerle sitio en el carro o aparejarle una cabalgadura (modernamente se le compra billete para el autobús, o le dejan asiento libre en el coche). También hay que hablarles de cuando en cuando, por el camino, para que no se extravíen de su lado.
Dicen que una vez unos mozos que subían a la romería de San Andrés de Teixido encontraron una calavera en medio del monte. Lejos de asustarse, comenzaron a jugar con ella como si esta fuese un balón de fútbol; y así, patada va patada viene, llegaron al santuario. Entonces, la calavera, habló para agradecer a los jóvenes haberla subido hasta allí y permitirle completar una peregrinación que la muerte había interrumpido en mitad del ascenso.
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Cuentan los lugareños, que al caer la noche se escuchan sonidos de pasos perdidos en la oscuridad y lamentos de almas en pena que vagan en busca del perdón. Los que no hicieron el viaje en vida y tras la muerte no tienen familiares que “lleven sus almas”, volverán reencarnados en alimañas que deben vagar desde su tumba hasta el santuario, por eso las gentes tienen cuidado de no maltratar las que encuentran durante la romería o cerca del santuario: lagartijas, moscas, culebras, sapos, garduñas, orugas, escarabajos, etc. Una reencarnación, o trasmigración, que se asemeja mucho a aquella en la que creían los celtas.
En relación con esto, hay un curioso ritual lítico. Los romeros van dejando en los cruces de camino una piedrecilla, como testimonio de su paso, crean así montículos llamados amilladoiros, se dice que las piedrecillas de los amilladoiros “hablarán” el día del Juicio Final para decir quien cumplió con la peregrinación. (Lo mismo hacían los antiguos, con las esculturas del dios Jano y Mercurio sitas en las encrucijadas).
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Quienes habían estado en peligro de muerte, eran llevados por sus familiares dentro del ataúd, o ellos mismos lo llevaban a cuestas, para dejarlo como exvoto, en la creencia de que la Muerte se quedaría allí y no volvería a visitarlos en mucho tiempo.
Todas estas prácticas rituales contienen el recuerdo del viaje de las almas al mundo de ultratumba, propio de las creencias religiosas de los pueblos célticos. No deja de ser significativo que, en la casa del dios Donn -o Derga- solo pueden entrar los muertos o aquellos que van a morir.
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Otra costumbre es la de las “candelas”, o velas, que se dejan allí para que alumbren las almas difuntas, aquellas carentes de familiares que se las lleven, y encuentren el camino del santuario. También son habituales las figuras de cera, con la forma de aquella parte del cuerpo que se desea sanar, y que se deja como exvoto para que el santo “sepa” dónde duele y debe actuar.
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Poco más abajo del santuario, se encuentra “A fonte do tres canos” o “Fonte do santo”. Su agua, bebida con fe, se dice curativo-milagrosa, y además concede deseos. Para que se cumplan los deseos, hay que beber por los tres caños de la fuente y para estar seguro de que se conceden se debe tirar un trocito de pan en el agua, si este flota se cumplirá lo pedido, si se hunde habrá que intentarlo el año siguiente.
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En este lugar, no podían faltar los amuletos. Los más evidentes se conocen como “Sanandreses”, unas figuritas de miga de pan, pintadas de vivos colores. Originalmente eran tres: hombre, mujer y paloma. Ahora son cinco y el que los tenga consigo nunca estará desamparado: La mano, para el amor y las buenas compañías. El pez, para el trabajo y el sustento. La barca, para los viajes, la casa y los negocios. El santo, para la salud física y mental, y la buena convivencia. La flor, para los estudios, las pruebas y el buen sentido, contra envidias y maleficios.
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El otro importante amuleto es la “Herba namoreira” o “herba de namorar”, una especie de “clavel de aire” (Armeria pubigera), propicio para el erotismo y la fertilidad.
Se dice buena para solventar los problemas de amores, y afectivos en general. Metiendo una ramita de ésta hierba en el bolsillo de la persona amada, se supone que caerá rendida por nuestros huesos. Además de favorecer el casamiento, es buena para facilitar la fertilidad. Un refrán gallego dice: “A San Andrés van dous y veñen tres: milagros que o santo faes”, no tanto por el poder fertilizante del santuario, sino porque su fiesta facilita los encuentros íntimos entre los jóvenes que acuden.
Una de las tradiciones, sobre fertilidad, consiste en volver de la romería con “El ramo de san Andrés”, el cual está compuesto por una vara de avellano que lleva atadas varias ramitas de tejo y una herba de namorar.
Algo muy parecido al báculo de los druidas, aunque aquel añadiría ramas de muérdago...
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Teño una herba de namorar,
Teño pensado quen á levar
Na faltriquiera heicha de poñer
Para namorarte a ti muller.
(Cantar de la foliada).
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El recuerdo de las viejas gentes célticas y su religión, ha quedado también en una serie de leyendas que tapizan los bosques y laderas rocosas de la región. Camino del cementerio, hay una peña “do encanto”, que contiene una doncella encantada, la cual se manifiesta cada año en la noche de San Juan, esperando que algún hombre la desencante. Según éste se acerca ella se va transformando, de hermosa doncella en monstruo abominable, si alguien se atreve a besarlo se rompe el encanto y el galán puede casarse con la joven y disfrutar de los tesoros que guarda en la peña.
La tradición se repite en el Coto das Fondas, con otras mozas encantadas, las cuales están así por desobedientes, al negarse a tomar por maridos los pretendientes asignados por los padres.
Otra leyenda habla de la meiga Aldonza, que convirtió a la bella mora Miriam Xelda en zarzal encantado, en el cual quedaban atrapadas, y hechizadas para siempre, cuantas mozas por descuido allí se enganchaban.
Aún en la actualidad, el lugar de Teixido es sitio de reunión para la brujería regional. Por eso, dicen, el tejado del santuario está plagado de piedras puntiagudas: para que las meigas no se sienten sobre él. Haberlas ahílas...
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Pó-lo camiño ei ven un home
aínda ven lonxe, lonxe, lonxe...
Eu non sei si anda ou si corre,
porque ven lonxe, lonxe, lonxe.
¡Quen fora galgo,
quen fora paxaro,
quen fora vento!
(Anónimo s.XVI).
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Salud y fraternidad.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Canteros, caracoles de la piedra...

Templo de San Miguel, Caltojar (Soria), inicios s.XIII. [Fotos 31 octubre 2008].
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Caltojar (Soria).
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Caltojar (Soria).
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Monasterio de Nuestra Señora, Granja de Moreruela (Zamora), s.XII-XIII. [Diapositivas 12 octubre 1984].
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Granja de Moreruela.
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Granja de Moreruela.
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Granja de Moreruela.
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Granja de Moreruela.
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Templo de Santa María del Azoque, Benavente (Zamora), mediados s.XII. [Fotos 29 junio 2008].
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Benavente.
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En numerosos signos lapidarios, dejados por los Compañeros Constructores sobre los sillares de aquellos templos que ayudaron a levantar, aparece la figura geométrica espiral, en forma más o menos compleja.
Esa espiral, lo primero que nos evoca es la concha del caracol. El sencillo caracol, con su avance lento pero cierto. Así, al margen de otros significados más complejos de la espiral, a los que no son ajenos estos signos lapidarios, los canteros bien pueden presumir del caracol como símbolo de oficio. Y pueden hacerlo por muchas razones, la más simple y directa porque, al igual que el sabroso molusco, el compañero lapidario debe avanzar lento y seguro, trabajar de forma pausada, para sacar de la piedra lo que su espíritu le dice que hay encerrado en ella. La obra bien hecha, nunca es apresurada. Las prisas, sólo sirven para extraviarse por el laberinto...
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Salud y fraternidad.

lunes, 17 de noviembre de 2008

San Frutos “Pajarero”, tráenos un buen tempero... (refrán popular).

Templo de San Frutos del Duratón (Segovia). [Foto 27 mayo 2006].
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Hay una frase del medievalista Michelet, que conviene especialmente al templo de San Frutos del Duratón: “Hombres vulgares que creéis que esas piedras sólo son piedras, que no sentís circular la savia, cristianos o no, reverenciad, besad el signo que contienen. Aquí hay algo grande, eterno”.
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El templo sobre el espolón rocoso, sagrado desde tiempos celtíberos. [Diapositiva 24 julio 1984].
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La tradición eremítica del Desierto del Duratón parece provenir de época visigoda, -quizá en sustitución de viejos cultos druídicos-, para alcanzar en el s.VIII su época dorada, con san Frutos (642-715) y sus hermanos, Engracia y Valentín, quienes levantarían una sencilla ermita. Para el s.IX, en un intento de controlar a estos “solitarios de Dios”, se ha fundado ya un pequeño cenobio que es donado al Monasterio de Silos, en 1076, cuyo abad ordena construir el primer templo dedicado a San Frutos.
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Los ábsides, del 1100, fueron remodelados a fines del s.XII. [Diapositiva 24 julio 1984].
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Será obra del Magíster Dom Michael, natural de Tournus, según inscripción en un contrafuerte del sur. Era un templo no muy grande, pero si rico en símbolos, a tenor de los escasos restos que han llegado hasta nosotros. Está emparentado, estilísticamente, con el Salvador, de Sepúlveda, compartiendo con él su rico lenguaje céltico, a base de entrelazos.
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Restos de sillares tallados del templo primitivo, reutilizados en la remodelación del s.XII [Diapositiva 24 julio 1984].
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Aquel edificio primitivo, fue remodelado a fines del s.XII, ya que el aumento de peregrinos hizo necesario un templo capaz de contenerlos cómodamente. En dicha campaña, se sustituyó el ábside central por otro mayor, en el que se reutilizaron sillares decorados, del anterior, empotrados sin orden ni concierto –aunque, en el primitivo, ya se habían utilizado piedras romanas-. También se añadieron dos ábsides menores, a norte y sur –éste prácticamente desaparecido-, cuyas naves formaron capillas separadas. Se completó el conjunto, con una galería porticada en la fachada oeste –de la que subsisten escasos restos- y una nueva puerta en ese lado.
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"Cuadrado mágico", en el muro sur. [Diapositiva 24 julio 1984].
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Del templo primitivo, que hunde sus raíces en la roca y crece sobre ella, quedan dos elementos que denotan la mano simbólica de la “cuadrilla constructora” de Dom Michael. Una, el “cuadrado mágico” del muro sur, transposición geométrica de la piedra cúbica, y otra, la “piedra milagrosa” en el interior del ábside norte.
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Ábside norte, bajo el retablo se encuentra el pasadizo "milagrero". [Foto 27 mayo 2006].
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Se trata de un gran sillar, oculto en la base del retablo, dentro de un pasadizo que solo se puede recorrer de rodillas. La piedra allí escondida, dicen que cura y previene las hernias, amén de otros muchos males, si se practica el ritual conocido como “pasar por la piedra del santo”, que consiste en hacer tres veces el recorrido gateando ante ella, con fe, por supuesto.
Entre los Compañeros Constructores, el primer trabajo del aprendiz consistía en trabajar una piedra en bruto, hasta darle forma cúbica. Porque se supone que, el trabajo de los canteros, era imagen del trabajo del Arquitecto Supremo, Dios. Así, según la mitología cristiana, a semejanza del Creador, que trabajó la piedra bruta del caos para construir el mundo, el cantero trabaja la piedra y la desbasta para crear el Templo que es imagen de la Ciudad Celeste.
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¿Dónde estaría la "piedra milagrosa" antes de construirse el ábside lateral? [Foto 27 mayo 2006].
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La piedra en bruto, es símbolo del caos primitivo, que contiene todas las posibilidades, y en el que hay que restaurar el orden para fundar el universo según las normas de un plan preconcebido. Por ello, la piedra cúbica, es una “piedra de fundación” o piedra fundamental. Según la tradición hebrea, su Dios construye sobre la piedra: “El mundo sólo comenzó a existir cuando Dios tomó cierta piedra, que se llama piedra de fundación, eben shetiyah, y la lanzó al abismo de las posibilidades universales, de suerte que se implantara allí solidamente, para poder construir el mundo sobre ella”. Esta piedra es también, eben shelimah, la “piedra perfecta”, y eben Shelomon, la “piedra de Salomón” y por analogía “piedra del Templo”.
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La "milagrosa piedra cúbica", o casi cúbica. [Foto: cortesía de Esca, blog “Conoce tu comarca”].
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Pero el simbolismo de la piedra es muy complejo, podríamos perdernos en disquisiciones sobre sus variantes, como la “piedra angular”, caput anguli, la “piedra clave”, la “piedra negra”, etc., porque el tema es inagotable. Finalizaremos con una cita del filósofo René Guénon:
La piedra cúbica es esencialmente una piedra de fundación. Es, pues, ciertamente terrestre, como indica de por sí su forma. Asimismo la idea de estabilidad que conlleva encaja perfectamente con la función de Cibeles en cuanto Madre Tierra, es decir, como representación del principio sustancial de la manifestación universal” Y lo más interesante: “Hay un caso particular en que existe relación entre la piedra negra y la piedra cúbica: cuando esta última es, no ya una de las piedras de fundación situadas en los cuatro águlos de un edificio, sino la piedra shetiyah que ocupa el centro de la base de aquél, correspondiente al punto de caída de la piedra negra”.
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Cuando murieron algunos de los monjes-ermitaños, como no hubiese tierra para darles sepultura, rezaron a san Frutos y éste, cual "cantero celestial", hizo que la roca se fundiese bajo los cadáveres. Tumbas antropomorfas, ante los ábsides. [Diapositiva 3 noviembre 1985].
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No deberíamos dejar de lado el hecho de que muchos milagros, de san Frutos, están relacionados con la Naturaleza: las tormentas, fuentes, pájaros –es apodado “el Pajarero”-. Y otros, con los artesanos de la piedra... Como aquel lapidario que, ciego, talló una imagen del santo, guiado por la mano invisible de éste, y curó su ceguera al llegar a los ojos de la escultura. O el cantero manco, que sanó su mano al meterla por un hueco que hizo en los sillares de la Catedral de Segovia, donde estaban escondidas las reliquias del santo.
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San Frutos, con su bastón de constructor y el libro "mágico-milagroso". [Foto 27 mayo 2006].
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Porque el primer milagro que hizo san Frutos, fue de Magíster Constructor, golpeó con su vara la roca y esta se separó formando una zanja de cien metros de profundidad, conocida como “La Cuchillada”, para impedir el paso a los musulmanes que pretendían asaltar su ermita. Allí sigue, cruzada por un puentecillo, ante los ábsides del templo, convirtiendo el peñasco rocoso donde se alza en una isla inexpugnable.
Y dicen los que saben de ello, que cada 25 de octubre, a las doce en punto de la noche, una escultura del santo, situada en la puerta de la catedral de Segovia, pasa otra hoja de su libro de piedra. Cuando el druídico santo eremita pase la última hoja, llegará el día del Juicio Final.
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La hoz del río Duratón y el peñasco sobre el que se asienta el mágico templo de San Frutos. Persistencia sincrética del culto a las fuerzas de la Naturaleza, de la Madre Tierra, memoria de sus sacerdotes y sacerdotisas... [Foto 3 noviembre 1985].
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Salud y fraternidad.

martes, 11 de noviembre de 2008

Románico con más conchas que un galápago...

Templo de San Miguel, Caltojar (Soria). [Fotos 31 octubre 2008].
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El viajero puede contemplar el templo de Caltojar (Soria), extasiarse con su peculiar belleza, y aquí paz y después gloria... Pero la cosa no es tan sencilla.
Y no lo es porque, el edificio, presenta una serie de signos que evidencian un pasado tortuoso. Cuando lo descubrimos, hace veinticinco años, nos resultó chocante, y hoy nos afirmamos en tal apreciación. Lo que, a simple vista, parecen peculiaridades constructivas, si nos fijamos con detenimiento, dan cuenta de los turbios manejos que tuvieron lugar en sus elementos arquitectónicos. ¿Se debe a que fue construido, al iniciarse el s.XIII, en una época de convulsa transición?
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El primer chasco es la perspectiva del lado Este, con el magnífico ábside “lombardo” y sus desfasados canes “mozárabes”. Perdón, ábsides, en plural, porque debía tener tres. ¿Cómo, que solo ven uno en la foto? Muy sencillo, ello se debe a que, los absidiolos laterales, han sido devorados por tardías estructuras –quizá del XVII o XVIII- que utilizaron los mismos sillares. ¿Sacados de otras partes del edificio?
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Restos visibles del pequeño ábside norte.
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El absidiolo correspondiente al sur fue demolido, y el norte quedó reducido a un fragmento semioculto. Al interior, ambas estructuras están cubiertas por sendos retablos que ocultan el desaguisado. La torre, románica, fue también muy transformada, aunque conserva la traza.
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Fijémonos, ahora, en la fachada sur. El cuerpo saliente que acomoda la portada, tiene un tejaroz de canes a base de rollos, como el resto del edificio, pero aquí los centrales, los que caen sobre la chambrana de la portada, han sido burdamente rotos para acomodar la curvatura del arco con cabezas de clavo. ¿Cómo es posible tal estupidez en una portada tan perfecta? Da la sensación de que falta una hilera de sillares, entre la chambrana y los canes, que ha obligado a destrozar éstos para acomodar forzadamente el tejaroz. ¿Es el resultado de alguna reforma?
No debemos fijarnos, sin embargo, en el distinto color de los sillares, los que aparecen grises es porque la erosión les arrancó el baño protector, de color, con el que los canteros medievales protegían los sillares endureciendo la piedra.
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Hay más notas chocantes, la serena simplicidad de las románicas arquivoltas con cabezas de clavo y dientes de sierra, contrasta con el “barroquismo” de los capiteles, prácticamente góticos, y la vulgaridad plana de los relieves, a base de hojas, en las jambas escalonadas de los intercolumnios.
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Por si fuera poco, el tímpano, que recuerda el de Santiago del Burgo en Zamora, está presidido por un ángel de rudeza tal, que no sabe uno si imaginarlo obra de un artista primitivo o de un torpe artesano arcaizante. Desdice por completo del resto, pero, a su vez, el capitel pinjante que se encuentra bajo tal escultura, dividiendo el tímpano geminado, es de nuevo pomposamente gotizante con su “florido florón”, por más que la pieza escultórica del ángel parezca introducida con calzador entre las demás dovelas del tímpano. Item mas, ¿por qué lleva un bastón, que parece vara de constructor, en lugar de lanza o espada? ¿Por qué se protege tras un escudo, de sospechosa estructura céltica? ¿Qué gesto es el que hace con su mano derecha? ¿Y por qué falta el sillar original que estaba sobre la cabeza del ángel...?
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Regresando a las arquivoltas, hay un detalle que suele pasar desapercibido, los dientes de sierra llevan un baquetón curvo en su borde y tras él un surco, en todos sus picos. No, en todos no. De ellos, sólo veinte responden a este esquema. Uno, el segundo empezando por la izquierda, ha convertido el pequeño surco en grueso calado, como se ve en la foto, dejando el trozo de baquetón exento. ¿Por qué? ¿Acaso el cantero pensaba hacer ese trabajo en toda la arquivolta, pero hubo que terminar la obra aprisa y corriendo? ¿O se trata de un guiño, un signo, una clave que el artista medieval nos ha dejado para indicarnos algún sentido oculto?
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Otros elementos, como el rosetón occidental decorado con ojas de acanto, la sencilla portada norte a base de capiteles vegetales, o una parte del ábside, están tan maltratados por el desgaste de los siglos, que no es posible analizar sus disonancias con ecuanimidad.
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No obstante, una ventanita en el lado norte del presbiterio, presenta su arco superior tallado con un sogueado y relieves vegetales –todo ello muy desgastado-, aunque el brusco corte del sillar en sus laterales, da idea de que puede proceder de otra parte del edificio y ha sido reutilizada.
Es todo tan sereno y tan confuso, tan cisterciense, pre-gótico y arcaizante a un tiempo. Tan “lombardo” al par que “borgoñón”. Tan normal y tan extraño. Eso, sin contar lo que esconde en su interior...
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Salud y fraternidad.