lunes, 9 de febrero de 2009

Románico “Cubista”...

Cada vez estamos más convencidos de que, en vez de hablar “del románico”, deberíamos hablar de “lo románico”. Pues no se trata de un arte completamente unitario, sino que en él caben toda una serie de variaciones, las cuales, sin apartarse del camino real, toman desviaciones y, a veces, atajos ciertamente sorprendentes cuando no increíbles.
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El templo de San Andrés, en Pedrosa de Tobalina (Burgos), fechado a fines del s.XII, es un buen ejemplo. Debió ser una originalísima obra de la que, por desgracia, sólo ha sobrevivido una ventana, empotrada en el ábside del edificio posterior que sustituyó al medieval.
Está enmarcada por una fronda vegetal con racimos, mientras que las impostas y la base del vano se enriquecen con diminuto ajedrezado.
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El capitel izquierdo, muestra una ornitosirena en lucha con un monstruo irreconocible. Ambos, muy esquemáticos, nos dan el tono para el resto de la ventana.
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En el capitel derecho, se aprecian unos seres indefinidos: ¿Ángeles? Pues parecen tener alas, pero no brazos, realizados con el mismo simplismo anterior.
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Los fustes de ambas columnas tienen sendos personajes: a la izquierda, un hombre que viste corta túnica, con pliegues apenas apuntados, sostiene algo en la mano. La “economía” de formas llega a representarlo sin cabellos y con el rostro esquemáticamente insinuado. Para algunos, se trataría de san José, aunque otros apuntan hacia una adoración de los magos, aunque mejor habría que decir “del mago”, pues solo existe éste.
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A la derecha, en fin, aparece la Virgen mostrando en su mano izquierda una flor de lis, mientras en el brazo izquierdo sostiene al Niño que bendice a sus fieles. Se trata de un conjunto único, obra de un cantero del que no se conocen otros ejemplos. Las figuras son dolorosamente esquemáticas, sin ninguna concesión al detalle, “minimalistas”.
¿Pero su estilo, responde al candor e ingenuidad propios de un artista popular, o es algo buscado? ¿Se trata de un artista torpe o de un visionario?
El conjunto, de tan primitivo resulta “moderno”, casi “cubista”.
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Salud y fraternidad.

domingo, 1 de febrero de 2009

Imbolc y Amburbale: “Festa Candelarum”.

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“De los santos de febrero, santa Brígida el primero, el segundo Candelero, el tercero san Blas, santa Águeda, dos más”.
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El primero de febrero, los pueblos celtas, celebraban el Imbolc, en honor a la Diosa Madre Brigit, que en la Galia era conocida como Brigind y en Britania como Brigantia. Se dice que tiene dos hermanas, Brigit la sanadora y Brigit la herrera, por eso fue representada como diosa de rostro triple. Sus animales totémicos son dos bueyes mágicos, Fea y Feimhean, así como un verraco salvaje, Torc Triath.
Es la fiesta de la fertilidad, simbolizada por el fuego de Kildare, mantenido por nueve druidesas sobre la colina de Sidh. El soplo de éstas hace hervir el caldero, donde se cuece el filtro que repara las fuerzas de la Naturaleza adormecida, las cuales, bajo la influencia de la luz creciente, propician la unión de la Tierra Madre y del Sol para reanimar la vida, preparando la multiplicación del ganado y las abundantes cosechas del solsticio de verano.
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Retablo de Nuestra Señora de Candelaria, Virgen Negra de las Islas Canarias, s.XVI. Templo de Santa Úrsula, Adeje (Tenerife).
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La Diosa Madre Brigit, “la ensalzada”, hija de Dagda, el druida de los dioses, es patrona de bardos, herreros, médicos y parturientas. Cuando la nueva religión llegó a Irlanda, Brigit, fue sincretizada como santa Brigit y en otros lugares como Brígida, pero su hagiografía conservó numerosos elementos simbólicos de la divinidad original que suplantaba. En Irlanda, una cabeza triple de la diosa celta, fue empotrada en un templo cristiano y canonizada popularmente como santa Bride de Knockbridge. Y por diversos puntos de la geografía europea siguen celebrando a Brígida-Brigit, como en el celtíbero pueblo de Fuentepiñel (Segovia), donde todavía los vecinos hacen hogueras junto a la ermita románica y a su calor convidan con café, pastas, y vino, a cuantos quieran acompañarles. O en Villanueva de Odra (Burgos), donde hacían lo mismo en otra ermita románica y algunos se disfrazaban como “diablos”, animales o genios de los bosques para “espantar las tinieblas del invierno y llamar a la primavera”.
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La voz “Candelaria” proviene del latín Festa Candelarum, fiesta de las candelas, cuyo origen se sitúa en Oriente hacia el s.IV, que la nueva religión celebra el 2 de febrero, pues según su mitología se conmemora con ello la Presentación del Niño Jesús en el Templo y la Purificación de la Nuestra Señora, según el rito hebreo del que deriva el cristianismo. El nombre proviene de los cirios o candelas bendecidos al principio del oficio religioso, en teoría para recordar al Cristo como “la luz de las naciones”.
Introducida en occidente hacia el s.VII, la fiesta relegó a un segundo plano la figura de Jesús para centrarse en la de Nuestra Señora. Y ello por un motivo muy simple, porque dicha fiesta se introdujo para sustituir unas celebraciones que la Antigua Religión realizaba en tales fechas, desde oriente hasta occidente. Las Amburbale, de origen grecorromano con raíces orientales.
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Las Amburbale, del latín amburo (quemar alrededor), se celebraban en honor de Ceres, la Madre Tierra fecunda. Los participantes iban en procesión desde Atenas a Eleusis, portando antorchas, y en Roma era la imagen de Ceres quien sujetaba en su mano una antorcha. ¡Una candela!
Es la propia Iglesia quien reconoce, tímidamente, este sincretismo, al afirmar que la procesión y utilización de “candelas” en la Candelaria, tiene un carácter “penitencial” como reparación por las “orgías” celebradas durante las Amburbale. E implícitamente, admite que la importancia del símbolo “fuego”, “luz”, “candela”, se materializó al incorporar una vela en la mano de Nuestra Señora, a semejanza de aquella antorcha que Ceres tenía en la suya. Porque la utilización de candelas no deriva de sus textos mitológicos, sólo san Lucas cita el rito hebraico de la Purificación y en ningún momento de la ceremonia aparecen cirios o candelas. No obstante, Europa llenó sus templos románicos de imágenes de la Candelaria con una vela verde en la mano...
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Las fiestas del Imbolc, como las Amburbale, fueron sincretizadas por la nueva religión mediante las celebraciones consecutivas de santa Brígida, la Candelaria, san Blas y santa Águeda, por lo que resultó un sincretismo confuso, siempre a remolque de las manifestaciones populares. La Iglesia asumió este sincretismo y le dio contenido teológico, en aras de un mayor control del “ganado” que pastoreaba, tan sólo cuando comprobó que el pueblo había realizado el acto sincrético a la inversa. Es decir, que había aceptado el cambio de “titularidad” para la fiesta, pero conservando los elementos simbólicos de la antigua celebración: hogueras, velas, alimentos, bailes, disfraces, cencerros...
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Salud y fraternidad.

miércoles, 28 de enero de 2009

¿Románico de madera...? ¡Toquemos madera!

Todos hemos quedado, alguna vez, fascinados por esas formas concéntricas que nos muestran los troncos de árbol recién cortados. Son los anillos de crecimiento, cada uno de los cuales indica un año en la vida del ejemplar talado.
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Por su grosor y forma, los expertos, pueden deducir cuales fueron las condiciones climáticas imperantes en el año de creación de cada anillo. Si hubo sequía o abundancia de lluvias, si el árbol padeció plagas o soportó incendios.
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No obstante, nada de eso podremos comprobar aquí, porque estas fotos no corresponden a troncos de árboles, sino a los sillares de arenisca rojiza que forman los muros de un templo románico. Una arenisca, cuyos sedimentos han adoptado estas caprichosas formas, estas engañosas formas vegetales.
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El templo en cuestión es el de Santa Juliana, en el pueblo de Pineda de la Sierra (Burgos), obra románica del s.XII –al que se añadieron bóvedas góticas en el XVI-. Sito en las alturas orientales de la Sierra de la Demanda, debió repoblarse hacia el s.IX, pasando a pertenecer al Alfoz de Oca y luego a la Merindad de Montes de Oca, cuya cabeza era Villafranca.
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Durante el medievo, entre sus bosques de acebos, hayas, abedules y robles vivió una notable población de osos, jabalíes, corzos y lobos, que aprovecharon nobles y monarcas para sus monterías. Pero el poder económico del lugar era la ganadería, junto al aprovechamiento forestal, y las famosas ferrerías donde se forjaron algunas de las espadas de los míticos héroes castellanos.
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La riqueza de sus recursos naturales hizo que la villa prosperase, los señores y burgueses adinerados llenaron el lugar de casonas señoriales, de las que alguna subsiste. Y levantaron el magnífico templo, que todavía nos asombra, con su preciosa galería porticada y las escultura simbólicas de su portada sur.
Aunque lo que más nos impresiona, son esos sillares de arenisca rojiza, tan originales, por su conformación en capas estratificadas.
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En estas sierras se han hallado restos fósiles de varios árboles, del grupo de las angiospermas, quercus y palmoxylon, con más de ciento treinta millones de años. Por eso, no nos cuesta soñar que estas imágenes, de piedra, hayan sido talladas en dichos troncos fósiles. Al menos, el resultado aparente es el de la madera, si no mirad bien esos canes del alero. Se non é vero, é bene trovato...
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Salud y fraternidad.

jueves, 22 de enero de 2009

“Tesoro rural galaico...”

Santa Cruz de Retorta (Concello de Guntin, Lugo).
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En el Camino Primitivo de Santiago, entre Lugo y Palas de Rei, se encuentra este peculiar templo de los ss.XI-XII, con restos del s.V. Nadie diría que este sencillo templo rural, pequeño, de encalados muros, y sin nada destacable a simple vista, posee algún valor singular. No obstante, cuando lo examinemos en detalle, vamos a cambiar de opinión para definirlo como una auténtica joya románica.
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Como todos los templos de su época, no dejó de sufrir reformas. Por ello, es más significativo lo poco conservado, que cuanto ha perdido. Su estructura general, con nave y ábside rectangulares, son herencia del primitivo edificio suevo-visigodo, aunque al rehacer los muros perdió el arco triunfal románico. La cubierta también fue sustituida, desapareciendo los canes del alero, pero sabemos que los tuvo porque uno de ellos permanece empotrado, de lado, como enorme sillar en el muro exterior absidal, mostrándonos su característica curvatura en la que se agazapa una figura humana.
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Un elemento destacado, es su ventana absidal que, a pesar de la reforma, permanece intacta. Sus elementos románicos son típicos de los templos de alguna importancia, el arco, de medio punto, está coronado por chambrana ornamentada, así como los cimacios vegetales y los capiteles figurados, uno de ellos sobre columnilla torsa. El vano está cerrado por una piedra calada, reutilizada del templo suevo-visigodo, con motivos cruciformes, de hoja y estrellados. En la sacristía se conservan dos capiteles vegetales, también prerrománicos.
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Otro importante elemento es el crismón, que encontramos en la portada norte, albergado bajo una arquivolta con zig-zag. La figura del crismón no es original por sí misma, sin embargo, este de Santa Cruz es muy característico. Según la simbología mitológica cristiana, los crismones constan de un círculo en el que se inscriben, superpuestas, las letras P(ater), I(esus), X(ristos), S(piritus sanctus); junto a estas aparecen las letras griegas alfa y omega, primera y última del alfabeto, que simbolizan al Cristo como principio y fin de todas las cosas.
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Pues bien, el crismón de Santa Cruz carece de las dos letras griegas y ocupan su lugar cuatro pequeñas esferas, distribuidas simétricamente, en los espacios laterales de la X, encima y debajo de la barra horizontal del crismón –solo existe otro, muy similar, en Melide-. Además, a cada lado del tímpano, dicen los expertos, se aprecian las iniciales "PEL" "PRES", abreviaturas de PELAGIO PRESBÍTERO, que pueden corresponder al Magister que dirigió la obra o bien al fundador.
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El último de sus característicos elementos, es el tímpano de la portada oeste. Representa, en forma esquemática y con extrema sencillez, un Cristo Cosmocrator, bajo un arco trilobulado, rodeado por un Cielo Empíreo: lleno de estrellas, junto con el sol y la luna. La forma tosca y poco hábil, de la talla, nos habla de una obra precoz, quizá de la segunda mitad del siglo XI, cuya técnica está más próxima a la tradición visigótica que a la románica, con resabios de las estelas castreñas celtas. Además, no se trata de la típica piedra de tímpano, semicircular, sino de una pieza rectangular, cuyos extremos se han retallado, para darle curvatura y poder encajarla bajo el arco de la puerta, aún a costa de mutilar parte de lo representado. Es muy posible que se trate de un elemento reutilizado, del primitivo templo suevo-visigodo.
En resumen, un pequeño tesoro olvidado, de esos que tanto abundan en la campiña gallega.
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Salud y fraternidad.

miércoles, 14 de enero de 2009

“Ianuarius: Janua Coeli”

El año viejo, lleva sobre sus hombros al año nuevo. Templo de Santa María la Real, arquivoltas portada sur, Sangüesa (Navarra).
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Ahora, que acaban de cumplirse los idus de Enero, vamos a hablar de él. En las pinturas, manuscritos y esculturas románicas, este mes suele representarse mediante un personaje de doble o triple rostro, cuyas caras miran en direcciones opuestas. Se trata de Jano, el patrón de los Collegia Fabrofum: las Cofradías de Constructores, porque era la divinidad de la iniciación a los “misterios”, que, como en todas las civilizaciones tradicionales, estaban vinculados con el ejercicio de las artesanías. Esto, lejos de desaparecer con la civilización romana, pervivió sin interrupción a lo largo de la Edad Media, y se transmitió regularmente a los gremios que mantuvieron el mismo carácter iniciático, en especial el de los albañiles.
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La llave dúplice de Jano, la divinidad que tiene el tiempo en sus manos. Templo de San Juan de la Peña, muro del claustro, (Huesca).
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Este es uno de los escasos dioses latinos que no tiene paralelo en la religión griega, es una divinidad indo-europea antiquísima que los romanos asociaban con el principio de los tiempos. En la religión romana, Jano o Ianus, era la divinidad que simbolizaba el paso de una cosa a otra y presidía, por tanto, todos los principios y finales de algo: las puertas; el primer mes del año; y su primer día: las calendas ianuarias; incluso, la primera hora del día. Presidía además los solsticios, el de verano era “ianua inferni” y el de invierno “ianua coeli”.
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Jano es el “Portero” celeste, que tiene las llaves del tiempo cuya puerta controla. Templo de San Juan de la Peña, capitel claustro, (Huesca).
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Esta divinidad da nombre al mes de Enero: Ianuarius, como puerta de paso desde el año viejo al año nuevo. Le estaba consagrado el noveno día de dicho mes, cuando se celebraban sus fiestas, llamadas Agonalias. En ellas los umbrales de las casas se adornaban con coronas de flores, ramas de laurel, y las gentes se visitaban para intercambiar regalos y felicitaciones.
Al empezar el día, se le hacían ofrendas de vino e incienso para invocar una jornada favorable. Igualmente se le hacían ofrendas, antes de emprender un viaje. En su templo de Roma, sobre la colina del Janículo, se hacían las ceremonias principales, porque según la tradición aquí había hospedado Jano al fugitivo Cronos-Saturno, quien a cambio le concedió el don de la sabiduría y la clarividencia.
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Jano en el banquete del Año Nuevo. Templo de San Pedro, arquivoltas portada norte, Echano (Navarra).
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Se lo representa con doble rostro, Jano bifronte: el pasado y el futuro; o con tres: pasado, presente y futuro. Sus atributos son el bastón y las llaves... Cuando aparece con ellas es Janus Ianitor: el portero celeste.
Durante el periodo románico aparece en varias actitudes: abriendo las puertas del templo, que empuja con sus manos; sobre una muralla, con una llave en cada mano; sentado junto al hogar, calentándose o avivando el fuego; sentado a la mesa, dándose un banquete, como lo nombran los juglares medievales:
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“Estava don Ianero a dos partes catando
cercado de çecinas, cepas acarreando
tenía gruesas gallinas estava-las asando
estava de la percha longaniças tirando”
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(Libro de Alexandre, inicios s.XIII).
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“Hacia dos sitios mira aqueste cabezudo;
capirotada y aves almorzaba a menudo
hacía cerrar cubas, llenarlas con embudo
protegerlas con yesos que guardan vino agudo”.

(Arcipreste de Hita, Libro de Buen Amor, 1330).
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Jano Triforme. Templo de San Martín, capitel portada sur, Artaiz (Navarra).
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Existe sin embargo otra versión, quizá relacionada con el solsticio de invierno: Janua coeli, “Puerta del cielo”, en la que Jano es un anciano, de triple rostro, sentado entre vegetales que inician ahora su etapa de crecimiento interno, para acabar brotando en primavera y madurando en verano. Así aparece Jano, en el templo de Artaiz (Navarra). Su cabeza triforme, tiene los rostros laterales con los labios fruncidos, como si estuviese silbando la enigmática canción de los tiempos, idos y por venir, mientras el rostro que nos mira permanece con sus labios cerrados, mudo.
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René Guénon, el gran simbolista, nos define así el sentido de esos tres rostros:
El auténtico rostro de Jano, invisible, es el de quien contempla el presente y no los dos visibles: el del pasado que ya no existe, o el del futuro que está por venir. Ese tercer rostro, en efecto, es invisible porque el presente, en la manifestación temporal, no constituye sino un instante inasible. Pero cuando el ser se eleva por encima de la temporalidad transitoria y contingente, toda realidad queda preñada de presente. El tercer rostro de Jano simboliza el “sentido de la eternidad”. Una mirada de ese tercer rostro lo reduce todo a cenizas, es decir, destruye toda manifestación. Con todo, cuando la sucesión se trueca en simultaneidad, lo temporal en intemporal, todos los seres vuelven a encontrarse y moran en el “eterno presente”, de modo que la destrucción aparente es en realidad una “transformación”.
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Salud y fraternidad.

viernes, 26 de diciembre de 2008

“Un vacío cofre del tesoro...”

"Feroz animal" románico. Restos del templo de Santa María del Castillo, Ayllón (Segovia).
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En una pequeña plazuela de Ayllón, descubrimos sobre la fachada de un templo del s.XVII, cierta figura que nos pareció románica. Estábamos haciendo fotos, cuando un dicharachero y zangolotino muchachito se nos acercó, para declarar que él conocía en qué lugar del templo había más "piedras antiguas". Así, fue mostrándonos por aquellos vetustos muros una serie de imágenes románicas, resto según afirmó de una iglesia desaparecida. Para nosotros fue, como encontrar un cofre del tesoro, saqueado ya desde antiguo, en cuyo fondo quedó olvidada una moneda o una joya, con las cuales soñar y lamentar lo perdido.
Entre templos y ermitas, Ayllón tuvo cerca de una docena de edificios religiosos románicos. En la actualidad sólo quedan en pie San Miguel, ya sin culto, muy reformada; y San Juan, convertida en museística vivienda particular. Las exiguas ruinas de San Nicolás, sirven como portada del cementerio; y la ermita de Santiago, es un montón de escombros entre los campos.
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Restos del templo de San Nicolás, Ayllón (Segovia), reutilizados en el cementerio. [Diapositivas 7 octubre 2000].
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Ídem anterior.
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La parroquial de la villa, es hoy Santa María la Mayor. Donde se encuentra este templo, se hallaba la antigua parroquia de Santa María del Castillo, cuya ruinosa nave se hundió la madrugada del 4 de marzo de 1697. Sabemos que, en 1523, el templo románico todavía se encontraba en pie, pues la documentación inquisitorial cita como testigo a “Pero Sainz, cura de Santa María del Castillo”. Poco más sabemos de este edificio románico, aunque Santa María la Mayor ha “heredado” algunos restos significativos de su precioso antecesor, pues aprovechando las piedras de aquel se levantó el templo actual, acabado en 1701.
Los canteros que levantaron el nuevo edificio, debieron encontrar interesantes, por algún motivo, determinados sillares esculturados del templo arruinado, pues los intercalaron por los muros de la nueva construcción. Si bien los colocaron un poco al azar, dichos elementos delatan haber formado parte de una típica portada. Y no cabe duda, que cuando fueron reutilizados debían encontrarse mejor conservados que ahora, al cabo de trescientos años.
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Restos del templo de Santa María del Castillo, Ayllón (Segovia), empotrados en los muros de Santa María la Mayor. [Fotos 20 diciembre 2008].
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Tenemos la pareja de “monstruos” andrófagos, que solían ir en las enjutas a cada lado de la portada, más otro animal “feroz” que formaría parte de algún conjunto historiado.
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Y esa preciosa pieza, quizá un dintel que soportara el tímpano, en la cual aparece magnífico crismón sostenido por una pareja de ángeles –aunque sólo resta uno y las manos del otro-, en actitud de volar. Y a su izquierda, un estupendo san Miguel con la balanza en la mano, pesando almas, una de las cuales parece aferrarse a sus alas solicitando ayuda. A pesar de la erosión, se aprecia que todo ello fue trabajado con cierta delicadeza en el detalle, y nos recuerda aquel dintel –si bien con más arte- de Nuestra Señora de la Peña, en Sepúlveda.
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No menos significativas son las otras piedras, aunque se trate de elementos “menores”. Como ese anillo con entrelazo céltico, o las rosáceas de doce pétalos inscritas en círculos perlados, o el encadenado en forma de “ochos” sobre arquillos. Todo lo cual, puede encontrarse en portadas segovianas o sorianas de los contornos.
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Sin olvidar la pequeña hornacina, con personaje inserto; o el arquillo –quizá de un alero-, bajo el que se cobija una severa cabeza, con barba y bigote, que parece llevar en el cabello una tonsura celta.
Pequeños fragmentos, leves sombras, humildes fósiles de un gigante, que atestiguan cómo aquí hubo un templo significativo. Lo bastante, para que los canteros del s.XVIII decidieran dejarnos este mapa del tesoro.
Y nos queda una duda razonable. Algunos de los sillares del nuevo templo, ¿si los pudiésemos ver por su cara interna, no resultarían ser los románicos compañeros esculturados, de aquellos pocos que nos guiñan su simbolismo desde los sombríos muros actuales?
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Salud y fraternidad.

viernes, 19 de diciembre de 2008

¡Feliz solsticio de invierno!

¡Que el nuevo solsticio nos traiga lo mejor a cada cual! ¡Que el próximo ciclo cósmico, sea próspero para todos y para el arte románico!
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Salud y fraternidad.

jueves, 18 de diciembre de 2008

San Crispín Leprechaun, el románico “zapatero de las hadas”.

Ese viejísimo libro románico de piedra, que es la portada sur en el templo de Santa María la Real, de Sangüesa (Navarra), muestra, entre otras muchas, la historia de unos curiosos genios de la Antigua Religión, de profesión zapateros...
Entre el embarullado tropel de personajes, que pueblan enjutas, pilares y arquivoltas, pasa desapercibido un dúo que está trabajando un zapato. Uno solo. Ambos tienen la pieza, terminada, sobre el regazo, mientras la repasan para rematarla y abrillantar el cuero.
No parece que haya en ellos mucho misterio, se trataría de san Crispín y su hermano Crispiniano, patronos de los zapateros medievales. Sin embargo, si algo conocemos de los imagineros románicos, es que sus obras nunca son lo que parecen, aunque parezcan lo que son.
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Dice la mitología cristiana que, en el s.III, los patricios romanos Crispín y Crispiniano abrazaron la nueva fe, repartieron sus bienes entre los pobres, y marcharon a Soissons, en la Galia. Allí aprendieron el oficio de zapatero, que ejercitaban con gran arte, para ganar el sustento, mientras predicaban a los irreductibles galos. Hacia el 288, por persistir en sus creencias contrarias al Imperio, fueron “premiados” con el martirio. Sus discípulos enterraron los cuerpos en Soissons, pero llevaron las cabezas a Roma.
En Britania, existe otra versión de este mito. Arviragus, rey celta de Powisland (Gales), tenía un hijo llamado Hugh en honor a uno de los cuervos de Odín. A pesar de ser fiel a la Antigua Religión, casó con una princesa cristiana, Winifred de Flintshire. Siguiendo el refrán de que “tiran más dos tetas que dos carretas”, Hugh hizo caso a su mujer y abrazó el cristianismo. El resultado fue, un completo rechazo social y la pobreza. Para sobrevivir, el galés se hizo zapatero. No le fue mal, predicaba por el día, trabajaba por la noche y mantenía su casa medianamente. Hasta que, condenados por agitadores, fueron ahorcados hacia el 300. Aquí, los discípulos hicieron algo bastante más extraño que los de Soissons. Siguiendo un viejo ritual céltico, descarnaron los cadáveres, y con los huesos hicieron herramientas propias del oficio. De aquí vino la tradición medieval, de llamar “Los huesos de san Hugh” a un lote de herramientas de zapatero.
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Así que tenemos a tres personajes, Crispín, Crispiniano y Hugh, celtas o relacionados con ellos, convertidos en santos patronos de los zapateros. Pero ¿su conexión celta es simple casualidad, o esconde algo más profundo?
Los dos primeros, van a vivir y predicar en la Galia. El tercero, no solo es galés de pura sangre, sino que en su matrimonio se une la Antigua Religión con la nueva.
En los países celtas de los primeros siglos, cuando el cristianismo no era todavía más que una oscura nubecilla en el horizonte, el gremio de los zapateros tenía por patronos a los Lugoves, tres personajes que no eran sino la manifestación triple del dios Lug. En nuestra Celtiberia, han quedado testimonios de ellos en diversas aras votivas de Galicia y Osma (Soria), en las que solo cambia el nombre del oferente: “Lugovibus sacrum L. Licinivs Vrcico collegio sutorum d.d.”. [A los sagrados Lugoves lo dedica L. Licinio Urcico del gremio de zapateros].
Una leyenda irlandesa, para explicar el carácter triple de Lug, dice que éste es el único superviviente de tres hermanos de igual nombre, los Lugoves. Estos tres personajes, no murieron cuando la Antigua Religión fue suplantada, los templos derribados y los druidas perseguidos.
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Las leyendas irlandesas y galesas, que son el último refugio de los viejos dioses, nos hablan del Leprechaun, el “zapatero de las hadas”, aunque este es el nombre para numerosos duendes de idéntica profesión, resabio de aquellos Lugoves. Los que aquí conocemos como trasgos, trasnos, o trasgus. Viven en las raíces de los árboles, o en las viejas ruinas, dedicados por el día a fumar su pipa y beber cerveza, y por la noche, mientras cantan alegremente, a su tarea de fabricar el calzado de las hadas, pero solo una pieza, nunca dos. ¿Quizá porque es para ciertas hadas, que tienen un pie humano y otro de oca?
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“Grandes botas de caza, zapatillas de salón
blancas de boda y rosas para bailar.
De esta manera, de esta manera,
fabricamos un solo zapato
y nos enriquecemos a cada puntada.
¡Tick-tack-tuck...! ¡Tick-tack-tuck...!”
(William Allingham 1824-1889).
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Cuando hay luna llena, se emborrachan y acaban cabalgando los campos sobre gatos, perros, o ganado doméstico. Tienen grandes riquezas, pues las hadas les pagan bien sus trabajos, y si alguien captura un Leprechaun, cosa difícil pues son sumamente escurridizos, éste entregará su oro a cambio de la libertad, aunque generalmente es un truco y al día siguiente el oro se ha convertido en carbón.
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El último eco, de los triples Lugoves, aparece en un cuento de los Hermanos Grimm, titulado “El zapatero y los duendes”. Trata de un artesano, reducido a la pobreza, al que esa noche solo le queda un trozo de cuero para un par de zapatos. A la mañana siguiente, lo encuentra convertido un precioso par de zapatos, que pudo vender a buen precio y comprar más cuero. El prodigio continuó, día tras día, y el zapatero salió de la miseria, aunque cada vez más intrigado. Faltando poco para la fecha mágica de la Navidad, la esposa del zapatero no pudo más. Propuso espiar escondidos, durante toda la noche, para ver al fin el misterio del caso. Dejaron una pequeña vela encendida y esperaron. Al dar las doce campanadas, vieron como, surgidos de la nada, entraban tres seres desnudos, pequeños como duendes, que se pusieron a la faena con presteza y antes del amanecer habían terminado numerosos pares de zapatos.
Ya solos, la mujer propuso al zapatero mostrar su gratitud a los duendecillos: ella confeccionaría tres pequeños trajes y él tres pares de botitas. Cuando los personajillos volvieron a la noche, encontraron los presentes. Se los encasquetaron, cantando y bailando ante el espejo: -“Ahora somos duendecillos agradables de ver. ¿Por qué zapateros tenemos que ser?”. Y desaparecieron para no volver más, aunque el zapatero ya no tuvo necesidad de sus servicios, pues todo le fue bien desde entonces.
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Lugoves, Leprechaun, duendecillos zapateros, todos ellos ramas de un solo tronco, el mismo del que brotarían Crispín, Crispiniano y Hugh. El tronco de la Antigua Religión, cuyos célticos retoños podemos apreciar en la magnífica portada de Santa María en Sangüesa. Allí, junto al Leprechaun, podemos contemplar al herrero Regin restaurando la mágica espada, Gram, con la cual Sigurd mata al dragón Fafnir, y al bañarse en su sangre entiende el “lenguaje de los pájaros”; también podemos ver el anillo de poder Andvarinaud, al Caballero del Ragnarok, la Serpiente del Midgard, la maga Kundry, la druidesa Morgana, y a tantos otros, que ya se han perdido en las nieblas de Avalon...
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Salud y fraternidad.