miércoles, 18 de noviembre de 2009

¿Románico andalusí...? (IIIª)

En la zona norte de la Ajerquía cordobesa, se alzaba un templo visigodo, donde continuó el culto mozárabe durante los primeros años de la ocupación musulmana. Luego fue derribado y, tras la conquista de Fernando III, se reconstruyó bajo la advocación de Santa Marina de Aguas Santas, con un estilo híbrido, pero impresionante, reutilizando materiales musulmanes. ¿Estamos ante un románico que quiere ser gótico, o ante un gótico que todavía no ha dejado de ser románico? Quizá ambas cosas a un tiempo.
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De la torre medieval, rehecha en 1550, se aprovechó la parte baja para capilla conservando el arranque de la escalera original. Luego, el templo sufrió importantes reformas internas en 1590, 1645 y 1680, que no afectaron a su singular y característica fachada principal. Fachada remata en piñón, con sus dos parejas de enormes botareles escalonados, que le dan aspecto de fortaleza, y enmarcan el rosetón sobre la portada. Este tipo de refuerzo, propio del primer gótico europeo, es aquí un exotismo que no se repetirá en otros templos cordobeses.
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La fachada oeste, que acusa la distinta altura de sus tres naves, contaba con otros tantos vanos. Un gran rosetón central, cuyas tracerías se reconstruyeron de forma esquemática, en el s.XIX, y dos óculos menores en los laterales, de los cuales ha desaparecido el de la nave sur sustituido por una ventana.
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Si el rosetón central procede de un románico-gótico “retardado”, los óculos de las naves laterales están en el ámbito de lo mudéjar, y si juzgamos por otros templos cordobeses similares, ambos debían poseer tracerías diferentes.
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Como todos los templos de su época, posee tres portadas ligeramente apuntadas. La principal, se encuadra entre los dos botareles centrales, sus lisas arquivoltas descansan sobre una franja que integra los pequeños capiteles y se expande a cada lado del extradós del arco; esta franja es semejante a la del templo de La Magdalena, con vegetales y animales, e igual que aquella está muy deteriorada.
Las arquivoltas están encuadradas por un alfiz mudéjar, trabajado con motivos geométricos, y protegidas por un tejaroz a base de modillones musulmanes de rollo simple. La portada sur es muy similar, y ambas responden a un gótico incipiente.
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En cuanto a la portada norte, otro símbolo de identidad del templo, tiene la originalidad de estar enmarcada por un destacado gablete gótico, en cuyo centro se abre una hornacina, con dos contrafuertes laterales a modo de pináculos, todo ello recorrido por cabezas de clavo.
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De arquivoltas lisas, el intradós contiene unos “dientes de perro” de puntas curvas. Como en las otras portadas, las arquivoltas apean sobre una faja de vegetales y animales. A pesar de su fuerte arcaísmo, podría datar de inicios del s.XIV.
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En la triple cabecera poligonal se aprecia también el estilo arcaizante, mientras los vanos de las naves son saeteras románicas, el ábside central tiene vanos tipo Chartres: alancetados, óculo lobulado y columnitas con capitelillos vegetales; al tiempo que, en los ábsides laterales, hay ventanas con celosías mudéjares de lacería.
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Su interior muestra pilares de origen románico del tipo de Poblet y Veruela; los arcos de separación de las naves son apuntados y doblados, sobre ellos corren otros de medio punto, que apean sobre las pilastras, y aquellos sobre las columnas de los pilares. Elementos que, en la zona norte peninsular, son propios del paso del s.XII al XIII, y del tránsito entre románico y gótico, pero que en Córdoba se emplean con un siglo de retraso. Los capiteles de la nave fueron picados, para colocar las falsas bóvedas barrocas que ocultaron las techumbres medievales, hacia 1645, siendo sustituidos por otros tallados a más bajo nivel seguramente imitando aquellos.
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Salud y fraternidad.

martes, 17 de noviembre de 2009

¿Románico andalusí...? (IIª)

El curioso templo de La Magdalena (Córdoba), que se alza en la Ajerquía, auna caracteres del gótico incipiente, con un decadente soplo románico, y ha llegado hasta nosotros por puro milagro. Sufrió siglos de remodelaciones, hasta que al inicio del XX fue cerrado al culto. Hacia los años sesenta se retiraron las falsas bóvedas barrocas, y se produjo el espejismo de una pronta restauración. Todo en vano, continuó cerrado y abandonado a su deterioro, eso sí, se aprobó un proyecto de restauración nunca realizado, y en 1982 fue declarado Monumento Nacional. Al fin, en 1990, sufrió un incendio. El fuego arruinó el templo, la techumbre vino al suelo y arrastró los arcos. ¡Aleluya!
¡Ahora sí! ¡Ahora había, por fin, motivos para una “restauración seria”! Seria, pero sin prisas, se tardó una década para convertirlo en centro cultural, patrocinado por una Caja de Ahorros, cerrado al turismo y vedado a los fotógrafos...
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Este fue uno de los primeros templos en levantarse tras la conquista, quizá por ello conserva elementos mas “primitivos”. Su ábside mayor es poligonal y los laterales rectos, cubiertos con bóvedas de crucería góticas. Este tipo de cabecera, viene influido por templos burgaleses, como San Andrés del Arroyo, Las Huelgas, o el templo abacial de SªMª de Huerta. La torre medieval desapareció, reedificada a fines del XVIII.
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Su fachada oeste refleja la estructura interna, de tres naves, aunque carece de los contrafuertes que caracterizan este tipo de templos, función que parece ejercer el macizo cuerpo saliente de la portada.
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El cuerpo central presenta un gran rosetón con cabezas de clavo y tracerías de gusto mudéjar -muy restauradas-, bajo él está la portada principal.
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Sobre grueso cuerpo saliente, coronada por un incipiente gablete en cuyo ángulo hay un pequeño óculo ojival, de tres lóbulos, que pudo contener una imagen, destaca la portada de arcos apuntados.
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Sus arquivoltas, con extradós de espirales y florones vegetales, son propias de un gótico inicial que empieza a desprenderse lentamente de las fórmulas románicas.
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No obstante, el intradós, con sus dientes de sierra calados, nos remite al románico final de templos burgaleses y sorianos. Las arquivoltas reposan sobre un friso corrido, en el que se integran las columnillas, esculpido con vegetales entre los que corretean animales y picotean pájaros, todo muy deteriorado, casi perdido .
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La portada norte, también en saledizo, presenta tejaroz de modillones califales, extradós de cabezas de clavo, y capiteles a base de vegetales y personajes, todo muy deteriorado; en las enjutas queda un arcángel san Gabriel, fines s.XIII, parejo de la perdida Virgen del otro lado.
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La portada sur, es también de gran originalidad. Un alfiz mudéjar, a base de cabezas de clavo, enmarca las arquivoltas, de medio punto, cuyo intradós presenta los clásicos dientes de sierra, que fueron tan comunes en cierto románico.
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Otro recuerdo musulmán, son los modillones de rollos, con cinta lisa, de tradición califal.
En resumen, un templo donde se dan cita, a pesar de su arcaísmo, los diversos impulsos artísticos que, sumados, hicieron posible este peculiar “románico andalusí”.
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Salud y fraternidad.

lunes, 16 de noviembre de 2009

¿Románico andalusí...? (Iª)

Puede parecer un cuento de Las mil y una noches, hablar de románico en al-Andalus, sin embargo no es ninguna ensoñación. En Córdoba, por ejemplo, encontramos un románico muy especial, un “románico andalusí”, fuera del espacio y el tiempo, de su espacio y su tiempo. Un románico, levantado entre surtidores, palmeras, jazmines y naranjos, bajo el cálido azul, a orillas del Guadalquivir. Románico que, para arraigar tan lejos de sus tierras de origen, ha necesitado nutrirse con el fértil abono de las culturas que aquí le precedieron. Sus venas pétreas llevan gotas de savia romana, visigoda, mozárabe, musulmana, mudéjar... Por ello, sus frutos son híbridos, un poco exóticos, pero con todo el vigor que tal mestizaje le proporciona. Las riberas del nutricio Betis, han venido a ser las playas en que, mansamente, en silencio, nuestro románico, el arte simbólico por excelencia, arribará para desvanecerse.
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La ciudad califal es reconquistada en 1236, por Fernando III (1217-1252), quien le da fuero en 1241 y organiza la ciudad en “collaciones” -barrios- cuyo centro es una parroquia. Se fundan catorce, siete en la Medina, zona alta equivalente a la urbe romana, y siete en la Ajerquía, zona baja, aunque en un primer momento se utilizaron como parroquias las mezquitas, hasta que, entre mediados del s.XIII e inicios del XIV, se levantan los templos cristianos.
Se denominan “templos fernandinos”, aunque sería mas exacto llamarlos “templos alfonsinos”, pues fue bajo el reinado de Alfonso X (1252-1284) que comenzaron a levantarse la mayoría, sobre todo por la precariedad económica tras la conquista.
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Estos templos, pertenecen a un estilo avanzado de transición, del románico al gótico, catalogado como tardorrománico o románico arcaizante de aire mudéjar. Aunque se aprecian fuertes influencias de la severidad del Cister, e incluso muchas semejanzas con templos cistercienses gallegos. Las cabeceras, sin embargo, presentan todavía características del primer gótico burgalés: planta de tres naves y ábsides poligonales, con cubrición abovedada en la cabecera y techumbre de madera en el resto. Los capiteles son de temática vegetal, aunque a veces se incluyan personas o animales.
Las reformas a partir del s.XVI y los terremotos, de 1680 y 1755, van a causar diversos daños en los templos, que al ser restaurados resultan recubiertos con revestimientos barrocos. No obstante, todavía conservan numerosos elementos, que nos permiten apreciar como fue este “románico andalusí”, último chispazo de aquel fuego del espíritu medieval.
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El primer ejemplo, de esta arquitectura ensoñada es un templo medieval que desapareció, aunque persiste un elemento de aquella pequeña mezquita sobre la que pretendió prevalecer. ¿Justicia poética?
La Orden de San Juan de Jerusalén, recibió en donación esta mezquita de barrio, en la Medina, que transformó en templo, denominado San Juan de los Caballeros. Sobre ella, alzaron luego un edificio tardorrománico, pero conservando el alminar como torre campanario.

Este alminar, que ha perdido un tercio de su volumen, es el mejor ejemplo de torre en esquina propio de una pequeña mezquita de barrio, del s.X. Su estructura interna, con escalera de caracol circular, se repite en la torre de la mezquita de Velefique (Almería), que se conserva, también truncada, en el cementerio. Muy maltratado por los elementos, solo resta el primer cuerpo, en el que se aprecian restos de ventanas geminadas y la hilera de arquillos ciegos que lo coronaban.
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El templo medieval, de los Sanjuanistas, desapareció en sucesivas reconstrucciones, 1637 y 1799, sustituido por el actual alzado neoclásico. Por un insólito guiño del destino, el alminar permanece, con su piedra disgregándose inexorablemente, mientras señala el cielo azul de al-Andalus como el dedo admonitorio de un viejo muecín.
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Los arcos en herradura, de sus ventana geminadas, muestran todavía la alternancia de sillares y ladrillos, para conseguir ese juego de colores y volúmenes, desarrollado luego hasta lo infinito en las arquerías de la Mezquita Aljama.

A pesar de tratarse de una mezquita humilde, debió poseer cierta elegancia, pues las columnas y capiteles de mármol blanco, que se conservan en dudoso equilibrio, son débiles reflejos de una sóbria belleza.
Las “restauraciones” que ha padecido, a más de incompletas, han sido chapuceras. Muchas piedras están en precario equilibrio, tanto que se ha colocado una estructura metálica a media altura para proteger a los viandantes de presumibles desprendimientos.

Salud y fraternidad.

domingo, 8 de noviembre de 2009

El Jardín de Alláh...

[fotos: Alcazaba de Almería y Córdoba].
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Bismillah ir-Rahman ir-Rahim...
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El “mundo románico” deberíamos contemplarlo, con más frecuencia, de forma global. Su riqueza no proviene de sí mismo, sino de la suma de influencias que lo vigorizan, y una de ellas era el mundo musulmán, comprenderlo es comprender ambos.
Los persas habían construido jardines, a imagen del Paraíso Celeste, dividido en cuatro partes por dos canales perpendiculares, que en su lugar de intersección contenía una fuente o surtidor, representando la Montaña Cósmica que está en el centro del Universo. El Islam retomará dicho esquema, sublimará estos conceptos, y hará de su Paraíso un jardín.
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“En cuanto a aquellos que realizan buenas obras, se trate de hombres o de mujeres, y que son creyentes, éstos entrarán en el Paraíso”.
“A los que creen y practican el bien, les haremos entrar en los jardines, en los cuales corren arroyos, y allí permanecerán eternamente”.
“A quienes creen y hacen el bien, les haremos entrar en jardines, bajo los cuales fluirán ríos, eternamente para ellos. Y les haremos estar bajo frondas umbrosas”
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(Corán, sura IV, En-Niça, vs. 60, 121, 123).
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El jardín musulmán derivará, muy pronto, desde el oasis idealizado, como lugar de reposo donde restituir la energía vital, hacia el oasis-jardín colmado de placer estético-espiritual: siempre como una imagen, o anticipo, del Jardín-Paraíso prometido por el Profeta, con él sea la paz. Y es curioso que, en la tradición culta musulmana, se identifique con el Paraíso un país, al-Andalus, que fue famoso por los jardines construidos por el pueblo del desierto.
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La literatura andalusí, nos ofrece numerosos ejemplos de esta imagen poética. Así, el poeta Ibn Jaffaya de Alcira, apodado “el Jardinero” (1058-1139), lo expresa de forma inmejorable:
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“¡Oh gentes de al-Andalus! De Allah benditos sois
con vuestra agua, sombra, ríos y árboles.
No existe el Jardín del Paraíso
sino en vuestras moradas
si yo tuviese que elegir, con éste me quedaría;
no penséis que mañana entraréis en el fuego eterno:
no se entra en el Infierno tras vivir en el Paraíso”
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El poeta cordobés Ibn Hudayl (917-998), nos describe los alcázares del palacio al-Zahira, de Almanzor, con estas sugerentes frases:
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“Es como si las albercas que están delante fuesen mares. Como si el murmullo del agua que cae fuese el de las perlas que se esparcen después de haberse reunido.
Están dispuestas a vivificar los jardines, y siempre que riegan una parte, otra espera ser regada.
Llaman a los jardines con una lluvia de agua, y se le despiertan los ojos que parecen monedas de oro que brillan.
Cuando las flores crecen en ellos, parecen las cúpulas, ¡oh Almanzor!, que tú has alzado.
Cuando se cubren con sus ramas, parecen cantoras enveladas con velos verdes.
Y cuando exhalan su perfume y se contonean sobre nosotros, parecen un amante que se despide”.
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El historiador al-Maqqari, nos ofrece una preciosa descripción del jardín en que fue enterrado el poeta cordobés Abú Amir ibn Suhayd (992-1035), donde la imagen espiritual, el placer estético, y el goce sensual son una sola cosa:
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“Este jardín es uno de los lugares más maravillosos, bellos y perfectos. Su patio es de mármol blanco puro; le recorre un arroyo que parece una culebra serpenteante y hay una alberca en la que desembocan las aguas que corren. El techo de su pabellón, sus paredes y muros están decorados con oro y lapislázuli.
El jardín tiene hileras de plantas simétricamente alineadas y sus flores sonríen en sus capullos. El sol no puede ver su húmeda tierra, la brisa esparce sus perfumes en efluvios, día y noche, como si estuviese formada con las miradas de los enamorados o se hubiese desprendido de las páginas de la juventud.
Este jardín era para Abú Amir ibn Suhayd lugar de placer y descanso, cuando el destino colmaba sus deseos, así sobrio como embriagado. Tanto él como el dueño del jardín, al-Zayyali, fueron enterrados allí. Compañeros en su despreocupación juvenil, camaradas de borracheras. A la hora de la muerte estuvieron unidos como lo habían estado en vida”
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Un jardín bien formado, grande o pequeño, debe tener tres elementos esenciales: vegetación, a base de plantas ornamentales y alimenticias; un pabellón, donde disfrutar en reposo, del placer de los sentidos; y agua, distribuida en acequias, surtidores y albercas.
El poeta al-Buhturí (c.f. 897), en su obra Diwan, nos desvela el sentido de la alberca, como imagen del famoso sarh, o “pavimento líquido”, con el cual el rey Salomón engañó a Bilqis, reina de Saba, para verle los pies y comprobar si los tenía de oca, cabra o asno:
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“¡Que bella alberca! ¡Su vista, su belleza
iluminan las mansiones!
Es como si la hubiesen construido los genios de Salomón
según un proyecto cuidadoso.
Y si caminase sobre ella la reina de Saba diría:
parece como si fuese el pavimento de cristal.
Hacia ella se deslizan las corrientes de agua
como corceles a rienda suelta,
es blanca plata derretida que se funde de los lingotes,
cuando la cubre el sol, ríe,
cuando cae la lluvia, llora;
cuando las estrellas se miran en ella
se convierte en el firmamento donde están ellas colocadas”
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El colmo de este mimetismo salomónico, fueron las albercas rellenas, no con agua, sino con mercurio. Conocemos dos igualmente famosas, la del palacio de Jumarawayh ibn Tulun, (c.f. 884) en al-Qatai, una ciudad residencial sita junto a Fustat, -el Cairo Viejo-. En el jardín levantó un pabellón, que en su interior contenía una alberca llena de mercurio líquido:
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“Esta alberca es lo más grandioso que se ha oído de las obras de los reyes. En las noches de luna se veía un maravilloso espectáculo cuando se armonizaban la luz de la luna con la del azogue”. (Maqrizi, Kitab al-Jitat).
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Un siglo después, el califa Abd al-Rahmán III, levantó una ciudad residencial similar en las afueras de Córdoba, y en ella un pabellón con otra alberca de “azogue” o mercurio líquido, según relato de al-Maqqarí:
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“En el palacio de Madinat al-Zahra, construyó un pabellón de oro, plata y mármol, en medio del cual había una alberca llena de azogue. Cuando el sol penetraba en el pabellón y el califa quería asombrar a alguien, mandaba a uno de sus esclavos que agitase el azogue y aparecían como relámpagos de luz que estremecían los corazones, hasta el punto de que el pabellón parecía volar, mientras el azogue se movía”.
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Para conseguir tal tersura en el agua, era necesario que el chorro afluente no cayese de golpe, o a borbotones, turbando la calma superficial, de espejo, que debía poseer la alberca. Por ello, en la entrada del líquido, se instalaba una pieza alargada con ensanches y estrechamientos, donde el agua se refrenaba para caer dulcemente sobre la alberca sin turbar su remanso.
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Los surtidores, de los que se “surten” las albercas, también inspiraron a los poetas por su carácter tan opuesto al de aquellas. Así, el granadino Ibn Said al-Magribi (1213-1286), cita a un poeta sevillano:
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“¡Qué bello es el surtidor que apedrea el cielo con estrellas errantes, que saltan como ágiles acróbatas!
De él se deslizan a borbotones sierpes de agua que corren hacia la taza como amedrentadas víboras.
Y es que el agua, acostumbrada a correr furtivamente debajo de la tierra, al ver un espacio abierto aprieta a huir.
Mas luego, al reposarse, satisfecha de su nueva morada, sonríe orgullosamente mostrando sus dientes de burbujas.
Y entonces, cuando la sonrisa ha descubierto su deliciosa dentadura, inclínanse las ramas enamoradas a besarla”
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El colmo de la sofisticación, fue unir en una sola pieza pabellón, surtidor y alberca. Los más famosos fueron el del emir al-Mamún ibn Di l-Nún, señor de Toledo (1037-1075), alzado en el alcázar; y el del visir granadino Ibn al-Jatib (1313-1374), levantado en su finca de recreo, conocida como Jardín de las Lágrimas.
En ambos casos se trataba de un jardín de arrayán, con una alberca, en cuyo centro se encontraba un pabellón con claraboya acristalada, bajo el que se guarecía un surtidor. El agua brotaba en alto chorro, para caer y desbordar mansamente la taza hacia la alberca, y también, mediante ingeniería hidráulica, se derramaba sobre la cúpula-claraboya del pabellón, para caer a modo de cortina por sus laterales.
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En la cúpula cristalina de su pabellón granadino, sobre la Fuente de las Lágrimas, Ibn al-Jatib hizo inscribir:
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“Soy única, aunque he reunido cosas diferentes. Yo soy la novia; los arrayanes son mis ropajes; el pabellón es mi corona; la alberca es mi espejo.
Me levanto detrás de la Casa de la Felicidad como una sirviente: ¡Sed como yo hermanas mías!
Como una sirviente cristiana estoy de pie y levanto sobre mi cabeza a la hija de mi señora”
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Y el mismo Ibn al-Jatib cantó al pabellón, surtidor y alberca, del Jardín de las Lágrimas, en el poema Ihata, con estas estrofas:
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“¿Acaso es el firmamento o es una construcción en la que se levantan estrellas que oscurecen con su altura a los astros auténticos?
Sus formas están enfrentadas entre sí y miran a la Casa de la Felicidad como si fuese el centro y los lados de su collar.
Las aguas corren en ella como largas colas que se asemejan a cometas. Se moja con el agua el mirto que le rodea como una boca que sonríe”
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Para terminar, oigamos las palabras de al-Fath ibn Jacán (c.f. 1134), sobre el jardín de al-Mamún de Toledo:
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“El pabellón de la almunia de la Noria de Toledo, brillaba como el sol sobre el horizonte y la luna en mitad de la noche; las flores fragantes bebían mañana y tarde en las aguas. Las aceñas gemían como una camella tras sus crías; el aire perfumaba con ámbar la lluvia; el jardín había sido bordado por el rocío. Con razón lo cantó Ibn al-Sid de Badajoz (1052-1127):
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¡Oh qué paisaje! Si miras su belleza, te recordará la belleza del Jardín del Paraíso.
La tierra es almizcle, el aire ámbar,
las nubes, incienso, la lluvia, agua de rosas.
El agua es como lapislázuli en el que arrojasen perlas”
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Porque, en definitiva, el Paraíso musulmán no es tan sólo un lugar para la expansión del espíritu, es en gran medida un lugar para la expansión de los sentidos, porque para el goce del alma o de la inteligencia, al árabe medieval le basta el arte por excelencia: el lenguaje, pero, el complemento de este goce abstracto, es la satisfacción de los sentidos. Por ello, su Paraíso, no es solo una concepción espiritual, sino estética y sensorial, cuyo símbolo máximo es el jardín donde todos los sentidos pueden ser satisfechos... Sencillamente por los elementos de la naturaleza, el agua, las plantas, los pájaros.
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Mientras los monjes medievales de la nueva religión, judeo-cristiana, se encerraban en bellos claustros románicos –espejos invertidos, del jardín musulmán-, huyendo de los sentidos y de la naturaleza, para replegarse al último rincón del espíritu, mientras renegaban de la materia y daban forma a un Paraíso contemplativo, escasamente atractivo, los musulmanes creaban una arquitectura integrada en la naturaleza, y recreaban un Paraíso ajardinado, con una naturaleza regenerada, donde espíritu y sentidos no serían enemigos sino complementarios.
Si nos dieran a elegir, entre ambos paraísos, ¿quién se resistiría a escoger el Jardín de Allah...?
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Salud y fraternidad.

jueves, 5 de noviembre de 2009

“Y fueron felices... y vivieron en Perdices”.

En la soriana Sierra de Perdices, está el pueblo que lleva el nombre de estas sabrosas aves. Allí se alza el templo de San Pedro Apóstol, un bello ejemplo del arte románico en su ocaso, cuando el impulso espiritual que lo motivó ha cambiado de rumbo. En el s.XIII, la frontera del Duero queda asegurada tras la batalla de Las Navas. Los núcleos de repoblación crecen y se renuevan, los templos son reconstruidos.
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La profusión escultórica, del románico pleno, ha dado paso a una sobriedad decadente. Su belleza reside en la geometría, los volúmenes, las líneas. Es como si la piedra se hubiese vuelto menos pesada, “más espiritual”. Se vislumbra ya una transición entre lo románico y lo gótico, de regustos cistercienses.
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Así, en éste templo de Perdices (Soria), parece haber tres momentos constructivos: la nave, fines del s.XII; ábside poligonal con presbiterio, y portada sur, inicios del XIII; espadaña, mediados del XIII. La distinta calidad de los sillares y su talla, así como la recolocación de elementos más antiguos, delata la reconstrucción-remodelación.
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En la gran espadaña, insertaron canes procedentes de la perdida nave del XII, que ahora ya no sustentan nada. Tres al norte (uno se ha roto y desaparecido), más tres al sur, todos ellos de buena factura. En el interior se conserva, como base de la pila benditera, un capitel vegetal y su basa, que podrían haber pertenecido a una perdida galería porticada.
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En la portada sur, podemos comprobar esa sobriedad cisterciense que acabará por hacer desaparecer el arte románico, el cual, sustituido por el gótico, refugiará su decadencia en pequeños templos rurales, con un mensaje deformado, errático y confuso, ya irreconocible.
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Esas arquivoltas a base de bezantes, bocel y ajedrezado, más la chambrana de motivos estrellados, son un cielo abstracto del que han desaparecido los ángeles. Es como si el dios de la nueva religión hubiese abandonado los círculos celestes.
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Esos sencillos capiteles vegetales, todos ellos con una talla poco voluminosa y muy esquemática, representan una Naturaleza empobrecida, insignificante. Es, tan solo, una mala caricatura del Paraíso y son, a su vez, un Paraíso Perdido.
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La única concesión a lo figurativo, está en un capitel absidal, donde varias cabezas en los ángulos contemplan la lucha de dos dragones o grifos, planos y esquemáticos. Al interior, los capiteles repiten la temática vegetal, alguna pelea de animales y varias escenas humanas: Sansón y el león; ángeles; un obispo; la liberación de san Pedro.
Todo muy rudo, muy basto, como si el románico, más que su canto del cisne, estuviese entonando el canto del “patito feo”…
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Salud y fraternidad.

sábado, 31 de octubre de 2009

Románico... “para chuparse los dedos”.

Entre la variada iconografía y simbología románicas, seguro que nunca se habían tropezado ustedes con una pieza como ésta: el “capitel de los cocineros”. Algo insólito, algo que va más allá de todo cuanto podíamos atribuir a la imaginación medieval.
Sobre un frondoso cuerpo vegetal, aparecen cocinera y cocinero, de alto gorro, cucharón y tenedor en ristre, como quien presenta armas o hace guardia.
¿En qué templo se encuentra este original capitel? Pues en el “Templo del Buen Yantar”, presidido por “Nuestra Señora de la Buena Mesa”, en las Merindades de Burgos.
Ante él, nos resulta inevitable recordar aquella canción tan popular en la radio de nuestra infancia, que el grupo vasco “Los Xey” repetía incansable para las “Peticiones del oyente”:
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Buen menú, señor...
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Camarero, señor, camarero, señor.
-¿Que hay para hoy?,
Señor, un buen menú:
Solomillo asado con patatas fritas,
sesos huecos, hígado, liebre chatobrian.
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Sopa de albondiguillas, caldo de tortuga,
sopa húngara, consomé de almejas,
gran cocido parisien, huevos al graten.
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Tenemos pollo asao, asao, asao,
asao, con ensalada, buen menú, buen menú,
buen menú, señor.
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Y frescos calamares, gallo, pescadillas fritas,
salmonetes, barbos, bacalao a la vizcaína,
atún, besugo, almejas, truchas, sábalo,
langosta a la americana, faisán relleno,
pavo asao, asao...
Pavo asao, asao, asao, asao, con ensalada,
buen menú, buen menú, buen menú, señor.
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Frito de espinacas, berenjenas fritas,
habichuelas, fríjoles y tortilla al ron.
Crema, tocino de cielo, mazapán, natillas,
hojaldre, franchispán, flan de avellanas, frutas,
queso roquefort y también gruyer.

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Y después, buen helao, y café,
buen provecho le haga a usted.
Buen provecho le haga a usted.
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Se trata de la adaptación de una canción muy popular a fines del s.XIX, titulada Der Speisezettel, compuesta por el alemán Karl Zöllner (1800-1860), líder del movimiento coral masculino que se difundió por toda Europa.
En 1927, sentados a la mesa de la cocina del histórico Café Iruña de Bilbao, Miguel Arregui Trecet (1894-1944), pianista del local, y Jesús Unzué, hijo del fundador, que ejercía como jefe de cocina, compusieron la versión castellana de esta canción humorística, ahora basada en la carta de platos del emblemático café de la calle Berástegui.
Y bien podríamos cantarla, con la vertiginosa entonación de “Los Xey”, ante este curioso capitel románico, cuyo misterio no reside más que en el buen humor de los publicistas.
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Porque la simpática fotocomposición, es únicamente el reclamo para las “Jornadas Gastronómicas de las Merindades”, jolgorio alimenticio que comenzó en 2006 y va por su IVª edición, con la participación de diversos establecimientos hosteleros de esa región burgalesa, que ofrecen una degustación por estación, cuatro fines de semana al año, a saber:
Invierno. Febrero: potajes y productos de la matanza.
Primavera. Abril: setas, caracoles y trucha.
Verano. Julio: carne de vacuno, cordero y productos de la huerta.
Otoño. Noviembre: hongos y caza.
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Si tienen tiempo, posibles, y ganas, no se priven. Vayan a las Merindades, que desde Siones, hasta San Pantaleón de Losa, pasando por Tabliega, Valdenoceda, Oña o Frías, el románico está para chuparse los dedos y su gastronomía también.
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Salud, fraternidad y... “Buen provecho le haga a usted”.