viernes, 31 de julio de 2009

Se restaura “en andaluz”, razón aquí.

En el paso gris y lluvioso, de octubre a noviembre, arribamos hasta aquel pequeño pueblecito soriano. En lo alto estaba el templo románico, con su magnífica galería porticada. El edificio fue restaurado en 1992, cuando todavía no se había puesto de moda la presuntuosa manía de colocar gigantescos cartelones, en colores chillones, anunciando a bombo y platillo el coste y autoría de la obra. A fines del siglo pasado eran más modestos, se conformaron con una sencilla placa, más bien pequeña, labrada por algún artesano local con mejor voluntad que capacidad literaria.
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La placa campea sobre el arco de acceso a la galería, muy bien puesta, muy adornada, muy estética. Y también, confusa hasta lo dantesco:
“IGLESIA DE SAN MIGUEL ARCANGEL RESTAURADA EN ANDALUZ AÑO - 1992”.
Si, si, como lo leen: “Restaurada en andaluz”. Bajo la persistente llovizna, que arreciaba por momentos y aflojaba a ratos, quedamos en suspenso.
Miramos galería y templo, remiramos y volvimos a mirar. ¿Qué clase de restauración era aquella para anunciarla de tal modo y manera? No veíamos nada especial, pero debía haberlo. Porque allí, se anunciaba que el templo había sido “restaurado en andaluz”. ¿Se trataba de una especial forma técnica de restaurar? ¿Es que los arquitectos y canteros restauradores eran andaluces? ¿O es que ahora se puede restaurar en un idioma concreto?
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Resguardados de la lluvia, dentro de la preciosa galería, fantaseamos. ¿Si existiera la empresa Restauraciones Políglotas S.A. podríamos oír conversaciones como esta?
-¡Oiga jefe! Quiero que me restaure el chalet “en aragonés”.
-¡A ver, arquitecto! Me restaure dos bloques de apartamentos “en mallorquín”.
-¡A mí, a mí, señor “paleta”! Necesito una restauración del cortijo “en gallego”.
-¡Eh, que yo estaba primero! Lo mío va a ser, restaurar el adosado “en extremeño”.
Espejismos de la lluvia. La cosa era mucho más simple. El pueblo, a pesar de estar en Soria, se llama “Andaluz” –quizá por las gentes que lo repoblaron, cuando era frontera con la medieval morisma-, y al artesano que labró la placa le perdió su ansia de adornar. Donde debía haber puesto: “Iglesia de San Miguel Arcángel. Andaluz. Restaurada en el año 1992”, puso lo otro y salió lo que salió…
Ustedes disculpen estas añoranzas del otoño, en mitad de la canícula de agosto.
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Salud y fraternidad.

jueves, 30 de julio de 2009

Peregrino quiere ser, el románico templo...

Por las puertas del viejo templo, que ya ha visto de todo, el peregrino pasa cansado y lento. Pasa el peregrino, como pasan los siglos, como pasa el camino. El templo permanece, impertérrito, mudo, somnoliento. Al menos, eso parece al espíritu que no está bien atento.
Sin embargo, al románico edificio, también lo sacudieron los tiempos. Desde que sus cimientos se clavaran, sobre los huesos de diosas y dioses más viejos, ha perdido formas, ha ganado elementos. Se enriqueció, con la presencia de fieles, propios y ajenos. Lo empobreció, la ausencia y el olvido de los que se fueron.
Así creció, despacito y callado, siempre viendo como la vida pasaba ante el, como un río eterno, mientras sus ojos, ojos pétreos, parecían llenarse con un no se qué inquieto. ¿Tal vez un ansia de marchar, tras los pasos del peregrino, lejos, muy lejos?
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El peregrino se aleja, cansado y lento, a mitad de camino entre su extraviado ayer y su mañana incierto. Mientras camina, parece que musita un rezo. ¿O serán los versos que le ha susurrado el viejo templo?
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Para mí el bordón solo.
A vosotros os dejo
la vara justiciera,
el caduceo,
el báculo
y el cetro.
Para mí el bordón sólo del romero…
Yo quiero el camino blanco y sin término.
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(León Felipe, “Antología Rota”, 1957).
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Salud y fraternidad.

lunes, 20 de julio de 2009

“Humano, demasiado humano...”

Como en ese pétreo calendario medieval, el mensario, donde se simbolizaban los trabajos y los meses, o los meses por sus trabajos, este campesino contemporáneo pasa ante la portada del templo románico. Concentrado en su labor, indiferente al edificio y su mensaje, porque ahora solo tiene pensamientos para la tierra que trabaja y el fruto que espera de ella.
En lugar de la yunta de bueyes o las mulas, lleva un tractor, pero da igual, sólo ha cambiado la herramienta de trabajo, su humanidad es la misma humanidad del siervo románico.
Y al pasar ante el templo, es como si todas las generaciones pasaran con él, la de quienes levantaron el edificio, la de aquellos que lo repararon, los que vieron su ruina tardía, o quienes levantaron uno nuevo trayendo la portada de otra ruina mejor conservada.
La misma claridad inclemente, el mismo calor azotando los campos y la aldea, los mismos afanes, inquietudes y deseos. Solo ha cambiado la herramienta, al tractor no hay que ponerle herraduras, pero se deben revisar sus neumáticos; la máquina no come cebada, pero debe alimentarse con carburante; no enferma del tabardillo ni tiene mataduras de la moscarda, pero a veces se le avería esta pieza o aquella.
Porque no hay nada nuevo bajo el sol, solo las herramientas cambian, el espíritu humano permanece invariable, con sus sentimientos siempre iguales y semejantes a sí mismos. Es la humana condición...

Salud y fraternidad. Y un buen y soportable verano.

viernes, 3 de julio de 2009

Combate dialéctico entre la Luz y la Sombra...

La verdadera espiritualidad no consiste en la certeza de un dogma justificador, o la tranquilizadora práctica de unos ritos adormecedores. Consiste en un permanente diálogo, entre el alma llena de deseos trascendentes, y la realidad material de la Naturaleza que nos rodea. Es un pugilato glorioso, entre lo que es y lo que nos gustaría que fuese. Un combate dialéctico, interior, propio e intransferible, que no acaba nunca, una lucha de incierto resultado que, si es sincera, dura desde que vemos la primera luz hasta que se extingue el último resplandor.
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Salud y fraternidad.

viernes, 12 de junio de 2009

“Altarium super duo vadum...”

En la falda del boscoso Monte Pajariel, cruzado el río Boeza, se recuesta el berciano pueblecito del Otero de Vizbayo (León), hoy cambiado su “apellido” por Otero “de Ponferrada”, ciudad que se divisa a un tiro de piedra.
Topónimo latino, “otero” deriva de “altarium” = colina o lugar alto; “vizbayo” viene de “bis” = dos, y “vadum” = vado, paso de un río. Así estaríamos ante “El otero de los dos vados”, pero recordemos que “altarium” es también el lugar donde la Antigua Religión colocaba las “aras”, altares, de ahí la prohibición bíblica, seguida al pie de la letra por la nueva religión: “Suprimiréis todos los lugares donde los pueblos que vais a desalojar han dado culto a sus dioses, en las altas montañas, en las colinas, y bajo todo árbol frondoso: demoleréis sus altares, romperéis sus estelas, cortaréis sus cipos, prenderéis fuego a las esculturas de sus dioses y suprimiréis su nombre de ese lugar” (Deuteronomio, 12, 2-3).
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Sobre el ancestral lugar de culto, celta y romano, se alzó un templo cuyas primeras referencias son del 909, ampliado a fines del s.XI. Nombrado Santa María de Vizbayo, ahora es capilla del cementerio local. Su estilo es de transición entre lo mozárabe y lo románico, a base de mampostería de pizarra, sillarejo y cantos rodados, con sillares en las partes nobles. Por desgracia sufrió reformas en los ss.XVII y XVIII, cuando se añadió la espadaña y el pórtico, perdiendo entonces la esculturada portada sur. En 1916 se hundieron las bóvedas de presbiterio y ábside, en cuya chapucera reconstrucción desaparecieron los canecillos románicos esculturados -excepto dos-. A pesar de todo, desde 1982 está declarado Monumento Histórico Artístico Nacional.
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La portada superviviente, al norte, con arco de ligera herradura, muestra una sencilla arquivolta de ajedrezado jaqués, que continúa en las impostas. El tímpano, liso, embutido de mala manera, la ausencia de tejaroz, todo da la impresión de una estructura que ha sido desmontada y vuelta a montar de cualquier modo.
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En el ábside se encuentra el detalle más bello del templo, sobre una gruesa imposta de ajedrezado y bolas –también con aspecto de haber sido recolocadas sus piezas-, se abre una ventana ajimezada, con señales de “retoques” tardíos en sus elementos, tales como la ampliación de los pequeños vanos laterales.
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Bajo un amplio arco, se cobijan dos arquillos de herradura, cuyo parteluz es una corta columna con capitel, en cuyas esquinas hay esquemáticas cabezas de pájaros y una especie de vegetales entre medias; su basa de garras, sogueada, es típica de lo mozárabe. Todo de un simbolismo, apenas apuntado, muy sugerente.
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Al interior, impropio de un Monumento Histórico Artístico Nacional, es imposible apreciar la ventana pues ha sido cubierta con una “vidriera de diseño”, sin embargo se nota bastante bien donde apoyaban las bóvedas primitivas y la chapuza realizada al sustituirlas.
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En ambos laterales del ábside, a nivel del suelo, bajo una imposta similar a la exterior -también en los “retoques”- que recorre el cilindro absidal, hay sendas credencias con arcos de ligera herradura cobijando “esculturas” de santos.
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A cada lado de unión entre presbiterio y ábside, en el arranque de las bóveda, hay una ménsula con aparejadas cabezas de caballo, que no sabemos si serían el sustento de los nervios para la bóveda original, o un “apaño” tras la reconstrucción.
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En el lado sur del presbiterio, sobresale la imagen de un soldado romano al que acompaña un ciervo. Se trata de un general del emperador Trajano, llamado Placidus, el cual, estando de caza, acorraló un ciervo entre cuyas astas se le apareció el Nazareno que le instó al bautismo. Así lo hizo y recibió el nombre de Eustaquio, pero por hacerse cristiano el emperador mandó encerrarlo en un toro de bronce, bajo el que se encendió una hoguera. Por su milagroso encuentro, este mártir (188 d.C.), fue elegido patrón de los cazadores.
Bueno será recordar que, en la religión celta, los ciervos son animales guía, que conducen los héroes hasta el otro mundo. Algunas divinidades celtíberas, como Cernunnos, tienen cuernos de ciervo, emblema de fertilidad y regeneración, si además lleva una serpiente es portador del conocimiento oculto de la Madre Tierra.
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Recuerdan los viejos del lugar que aquí, cada 15 de agosto, se celebraba una romería popular en honor de Nuestra Señora del Vizbayo, en la que los alimentos típicos de la merienda eran el melón y la sandía, hasta el punto que existían dos “bandos” amigables entre los romeros, el de quienes denominaban el festejo como “Romería del Melón”, por ser este el fruto que aportaban al banquete comunal, y quienes lo nombraban “Romería de la Sandía”, por aportar ellos este otro alimento. Según nos contó una anciana, en agosto de 1981, existía, también, un fraternal pique entre los miembros de cada “facción”, por ver quien entregaba a la mesa común el melón y la sandía más grande, con la gracia pícara, añadida, de que tales ejemplares habían de ser “bautizados”, a espaldas del párroco, en la pila bautismal.
Tradición ésta, la ofrenda de los mejores frutos de la tierra, con su banquete tribal y su “bautismo” ritual, que evoca tiempos más lejanos y divinidades más antiguas. ¿Quizá con cuernos de ciervo...?
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Salud y fraternidad.

sábado, 6 de junio de 2009

Lagunas de Somoza, el “eslabón perdido”...

En las lindes leonesas entre La Maragatería y la Valduerna, se encuentra Lagunas de Somoza. Su templo de Nuestra Señora de La Asunción, ha conservado, quizá por “milagro divino”, unas pequeñas, pero no menores, muestras del románico inicial de este reino, de transición desde lo visigodo. Aunque el edificio actual no evoca nada de todo ello, porque es una confusa mezcla: cabecera s.XVI, naves s.XVII-XVIII.
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Lo que hoy vemos se alza sobre un ejemplar románico, realizado a caballo entre los siglos XI y XII, del que solo resta la sencilla portada norte (s.XII), con sus capiteles de caballeros combatiendo monstruos, y los canes músicos del tejaroz, amén de alguna otra pieza suelta. Dicha portada estuvo tapiada y oculta, hasta el 5 abril de 1947, en que fue redescubierta por casualidad.
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En su cabecera sobreviven otros dos canes, empotrados en la esquina de mala manera, uno que muestra su monstruosa cabeza de boca abierta, y otro bajo ese que, cortado y vuelto hacia dentro, se reutilizó como relleno del encintado ocultando al presente su talla.
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No obstante, este edificio tampoco era el original, pues levantó sus cimientos sobre los de un templo visigodo-mozárabe, citado ya en 920, y arrasado por Almanzor en alguna de sus razzias por el reino. Un edificio, cuyos restos debieron influir en quienes levantaron el siguiente una vez pasado el peligro musulmán.
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Pero sus elementos más curiosos, que hoy se guardan en el interior, estuvieron muchos siglos empotrados en el muro norte, expuestos a los crudos elementos y la feroz chiquillería. Agradecemos a su anciano párroco que, el 5 de abril de 2009, justo el día en que se cumplían sesenta y dos años del redescubrimiento de la portada norte, nos permitiese acceder al templo y tomar fotos de las preciosas piezas románicas, mientras él preparaba el oficio del Domingo de Ramos.
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La primera de ellas, es una primitiva imagen de la Virgen, aureolada con la inscripción “María Mater”, como la Diosa Madre. Se halla sedente, sobre una silla curul cuyos laterales son cabezas de leones y las patas figuran las garras de aquellos. El Niño, se sienta centrado en su regazo, mientras bendice con una mano y muestra un libro en la otra. Ambas, presentan restos de policromía en los vestidos. Esta pieza es casi seguro que proceda del perdido tímpano románico, de la portada principal.
Por la postura y el deterioro del Niño, la chiquillería dio en apodarla “el zapatero”, pues les recordaba un remendón haciendo su oficio, y era tradición entre los rapaces apedrearla con sus hondas, lo que acabó con el rostro de la Buena Madre.
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La otra pieza es más curiosa, se trata de una Maiestas Domini, también con restos de policromía. El Cristo coronado, dentro de su mandorla y escoltado por el Tetramorfos, descansa sobre otra silla curul, descalzo, mientras nos bendice con una mano y en la otra muestra abierto el Libro de la Vida, con las siglas “IhS XSP”. Estilísticamente, ha sido relacionado con el no lejano de Castroquilame que se halla sobre un tímpano. Este, sin embargo, se encuentra sobre una ventana, lo cual lo convierte en único. En efecto, el sagrado símbolo está tallado, en la misma pieza, sobre una ventanita geminada, de vano ajimezado, con arquillos visigodos, de herradura, y capitel vegetal.
Estamos ante un clarísimo ejemplo de transición, donde el viejo modelo visigodo se codea con el nuevo quehacer románico, sin demérito para ninguno de ellos. Podríamos decir, y no sería metáfora vana, que la ventanita es el tronco visigodo, del cual brotarán las ramas románicas, del árbol simbólico medieval.
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Y ya que hablamos de árboles, no perdamos de vista el que se alza justo al lado norte del ábside, conocido como “El Moralón”, un moral de al menos quinientos años, venerado por las gentes del pueblo como si de un anciano antepasado se tratase, bajo cuya sombra celebraron Concejo y dirimieron pleitos. Un Árbol, con mayúsculas, heredero de los viejos cultos a los espíritus vegetales que aquí tuvieron lugar entre las célticas gentes, antes que llegasen los romanos, primero con sus dioses y luego con la nueva religión hebraica.
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Salud y fraternidad.

sábado, 23 de mayo de 2009

Destriana, alargada sombra de los godos...

En la comarca leonesa de La Valduerna, atravesada por la calzada “Via Nova”, se asentaron los romanos en la ciudad de Argentiolum, cuyo nombre alude a las explotaciones de minerales preciosos que abastecían el Imperio. En sus cercanías se alzó Destriana –del latín dexter, en referencia a un possessor y su fundus, un latifundista tardo romano, relacionado con la minería-, pequeña población que se mantuvo tras las oleadas bárbaras. Durante la invasión musulmana la zona se despobló, hasta que García I (910-914), con la fijación de fronteras en la línea del Duero, trasladó la capital a León, proporcionando impulso a la repoblación de estas tierras.
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Ramiro II (931-951) fundó en Destriana un Monasterio de San Miguel, a instancias del obispo de Astorga, san Fortis (920-931), sucesor del eremita de Peñalba, san Genadio. Este monasterio sería panteón de la realeza y sus nobles: el propio san Fortis –que otros dicen reposaba en Santiago de Peñalba-, el rey Ramiro III (966-984) y sus sucesores, así como cortesanos ilustres, hasta el reinado de Vermudo II (986-999), cuando las razzías de Almanzor forzaron el traslado del panteón hasta Asturias.
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La fundación monástica de Ramiro II fue arrasada por Almanzor, sobre las ruinas de su templo se elevó luego otro más pobre, a fines del s.XI o principios del XII, que en 1167 pasó a manos del Monasterio de San Pedro de Montes, y 1181 sería entregado por Fernando II a la Orden de Santiago. En este edificio se reutilizaron diversas piedras labradas del precedente, las pocas que el musulmán Almanzor y sus tropas habían perdonado.
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Se respetó su planta, de tres naves y triple ábside, añadiendo una gran espadaña, todo ello en rudo sillarejo con lajas pizarrosas y cantos rodados. Este templo tampoco había de perdurar, a fines del s.XVI se reconstruyeron sus naves y solo conservó la cabecera, con los ábsides rebajados. Entonces se perdieron algunas de las viejas piedras mozárabes, salvadas en el s.XII, aunque persistieron las absidales.
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Consisten en dos ventanas, que pueden considerarse como de transición entre lo visigodo-mozárabe y lo románico. Están labradas en un solo bloque y tienen arco de herradura, pero su talla, con capiteles frutales y orlas vegetales, anuncia ya la floración románica consiguiente. También se salvó un pequeño óculo, ornado con una roseta central, y hojas en las esquinas del sillar.
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En su interior se conserva un capitel corintio, de origen romano, que sirve de soporte a la pila bautismal, y también se guarda la joya del templo: una lápida de estilo “visigodo-asturiano”. Se trata de una pieza rectangular, que en su mitad superior contiene una cruz “astur”, que recuerda la “Cruz de la Victoria”, de cuyos brazos cuelgan el Alfa y la Omega. A su alrededor un texto reza:
HOC SIGNO TUETUR PIUS / HOC SIGNO VINCITUR INIMICUS [El piadoso se protege con este signo / El enemigo es vencido por este signo].
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En la mitad inferior de la piedra, otra inscripción sentencia:
SIGNUM SANTUM PONE DOMINE / IN DOMO ISTA UT NON PERMITAS / INTROITO ANGELUM PERCUTIENTEM / AMEN [Coloca, Señor, este signo sagrado en esta casa, de tal forma que no permitas que el ángel exterminador entre. Así sea].
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Dicha lápida, junto con los restos arquitectónicos, permite suponer que Ramiro II mandó edificar aquí un templo de cierta importancia, puesto que fue mausoleo real, emparentado con el “prerrománico astur”, quizá en la línea de San Salvador de Valdediós, su obra más tardía, germen de lo que luego había de venir, arquitectónicamente hablando.
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Item mas. Cuando visitamos el lugar era Domingo de Ramos, un hombre llegó en bicicleta hasta el templo, lo abrió de par en par y se dedicó a realizar preparativos para la salida de la procesión. Cuando le solicitamos permiso para visitar el templo, su seca respuesta nos dejó pasmados:
-“No puede ser, no tengo autorización para dejar entrar a nadie. Y yo, sin autorización...”.
Eso incluía, al parecer, cerrarnos en las narices la puerta que hasta entonces había mantenido abierta, para impedir que, ni siquiera desde fuera, fotografiásemos el interior...
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Salud y fraternidad.

miércoles, 20 de mayo de 2009

“Ludus lux...”

Templo de San Gil, Luna (Zaragoza), 1 noviembre, 13,36 p.m.
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Cuando hablamos del simbolismo románico, hay un elemento, un símbolo primordial, que nos pasa desapercibido, no porque sea abstruso ni esotérico sino, precisamente, porque es tan evidente que nunca lo consideramos como lo que es: el símbolo de los símbolos. Lógicamente nos referimos a la luz, en concreto al escarceo de luz y sombra, el yin y el yang de una sola y misma cosa, pues ambas nociones, al igual que Dios y el Diablo, por separado no existen. Escarceo que se traduce en el “ludus” que la luz produce en las piedras románicas, y tengamos en cuenta las diversas concomitancias que el término “ludus”, juego, posee en latín.
En dicha lengua, una bailarina es “ludia”, porque se mueve con un ritmo que fascina, como la luz sobre las piedras al correr de las horas. “Ludibundus”, es alguien que bromea, que juguetea con los conceptos, tal cual hacen claridad y sombras entre los sillares. Algo entretenido, divertido, es “ludicrus”, un espectáculo como el de la luz, labrando sugerencias sobre la piedra esculpida. Pero, a su vez, “ludificatio” expresa engaño y burla, los mismos que, con sus contrastes de claroscuros, nos hacen guiños desde las bóvedas a los pórticos. Por último, un “ludio” es un histrión o mimo, alguien que nos entretiene con sus visajes exagerados, mientras nos transmite un mensaje en clave... ¿Y no es eso lo que el edificio románico pretende?
Esperamos vuestra clemencia, para estas “luminosas” especulaciones que no pretenden ser filológicamente exactas, sino tan solo simbólicas, ni buscan agotar el tema, acaso únicamente acariciarlo...
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Templo de San Pedro, Mezonzo (A Coruña), interior hacia fachada oeste, 15 julio, 17,57 p.m.
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La foto con flash mata la luz real, crea una falsa oscuridad, que en el interior del templo no existe, y dota de engañosa luminosidad el primer plano.
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Al anular el flash, todo el poder evocador de la luz penetran por la ventana oeste, recrea la auténtica atmósfera ideada por el Magister. Mundos sutiles, “ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón”, bailan en el rayo de sol poniente, nos bañan en la dorada calidez, espiritual, románica.
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Templo de Santiago, Betanzos (A Coruña), interior de la torre, 21 julio, 11,27 a.m.
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Aquí por el contrario, la luz de flash crea una falsa claridad, en un espacio tan reducido como es la escalera de caracol, crea perfiles violentos que matan la espesa atmósfera de recogimiento.
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Con luz natural, la que penetra a través de la aspillerada ventana, se restaura la suavidad de la penumbra mediante angulosidades suaves, que aligeran el peso de las opresoras sombras.
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Monasterio, Santa Cruz de la Serós (Huesca), 2 noviembre, 15,12 p.m.
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Templo de Santa María, Piasca (Cantabria), 31 marzo, 19,15 p.m.
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Pero no es solo el volumen interior de los templos, el que “baila” con la evolución de luces y sombras, es todo el conjunto, desde el volumen más amplio a la piedra más pequeña. No es lo mismo, por ejemplo, vivir los canes al contraluz del atardecer, que bajo el aguacero primaveral.
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“Luz perfecta, de la tarde,
geométrica, lineal.
Luz en que la luz florece,
mágica, infinitesimal.
Luz perfecta, que declina,
matemática, visual.
Luz en que la luz termina,
promesa de un retornar”.

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Lux aeternam, lux perpetua... El que quiera entender, que entienda.
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Salud y fraternidad.

viernes, 15 de mayo de 2009

Peñalba de Santiago, la magia de una edad perdida...

“Cuanta utilidad y gozo divino traen consigo la soledad y el silencio del desierto a quien los ame, sólo lo conocen quienes lo han experimentado. ¿Existe algún otro bien, aparte de Dios?”
(San Bruno).
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Sita en el Reino de León, el Bierzo, es una comarca que atesora numerosas claves ancestrales, porque en ella sucesivos pueblos han ido dejando el poso de su particular forma de entender el fenómeno espiritual, y la manera de intentar aproximarse a la divinidad haciéndosela propicia a sus deseos y necesidades. Ya que allí, quizá por su geología, parece como si las energías terrestres y celestes, que los celtas simbolizaban en las serpentinas “wouivres”, se hubiesen conjurado para manifestarse con más fuerza.
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Unas energías a las que el ser humano atribuyó capacidad para ayudarle a trascender sus límites, abriendo la mente y el espíritu a realidades superiores que son difícilmente alcanzables en el nivel corriente del intelecto. Por ello, desde muy antiguo, hubo por la zona montes, bosques, piedras, fuentes y lagos considerados “mágicos” o “sagrados”.
Durante los tiempos de la Antigua Religión, en las cavernas, bosques y manantiales de la sierra de los Ancares [Ançares = ansares = ocas, animales sagrados que simbolizan la comunicación con el mundo espiritual], y en los picos Teleno, La Guiana, La Valdueza, etc, habitaron sacerdotes y sacerdotisas, personajes mágicos, intermediarios entre los dioses y la humanidad, al estilo de los célticos druidas.
Con la llegada de la nueva religión, se formaron comunidades eremíticas, muchas veces compuestas por antiguos sacerdotes y sacerdotisas, cristianizados en mayor o menor grado, que adaptan los viejos usos a las nuevas costumbres –en los grupos priscilianistas, donde el “clero” era mixto, se aprecian todavía restos rituales de viejos cultos celtas-.
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Conjuntos muy heterogéneos de personas se retiraron a las cuevas y espesuras, para buscar en soledad la comprensión de anhelados mundos superiores, la revelación de soñadas realidades trascendentes y el olvido de un universo material injusto y cruel.
Estos grupos de buscadores independientes, unidos tan sólo por la meta a que aspiraban, fueron por lo mismo sospechosos para las nuevas autoridades religiosas, oficiales, que no gustan de la independencia de sus “ovejas”, y mucho menos en el tema de la búsqueda espiritual, no sea que acaben encontrando algo muy diferente, y más atractivo, de aquello que sus “pastores” les predican como verdad inmutable e indiscutible. Por aquí anduvieron ermitaños visigodos y mozárabes, comandados por san Fructuoso, san Valerio, san Genadio, san Froilán, san Osmundo, etc, que entretenían sus místicas soledades “domando unicornios” o “matando cuélebres”. Algunos de tales “ermitaños” acabaron camuflados bajo la sombra de comunidades monacales, surgidas precisamente para poner coto a su independencia de la Iglesia.
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Hubo también grupos priscilianistas, “herejes” cristianos bañados de gnosticismo oriental y teñidos de religión céltica. Y, cosa más ignorada, en este enclave en pleno Camino de Santiago, hubo cátaros como los del Midí francés, imbuidos de maniqueísmo dualista. Para completar el cuadro, a comienzos del s.XIII, coincidiendo con el renacer medieval del priscilianismo berciano y el rebrote del catarismo, la Orden del Temple se asentó con fuerza en el Bierzo, a partir de su Encomienda y Castillo de Ponferrada estableció una red de fortalezas como Cornatel, Antares, Corullón, Sarracín, Rabanal, Villafranca, Balboa, Bembibre, etc, mediante las cuales controlaba pueblos, tierras y santuarios en toda la zona.
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Una leyenda popular berciana, afirma que en el s.VII, cuando el ascético san Genadio, mezcla de druida y ermitaño, vagaba por las enriscadas montañas del Valle del Silencio y los espesos bosques del Bierzo, tenía por compañero un unicornio, conocido en la región como “Alicornio”. Cuando murió el santo varón, el animal anduvo extraviado, hasta que, recogido por los pobladores del vecino Montes de Valdueza -donde estaba el Monasterio de San Pedro de Montes-, éstos lo tomaron bajo su cuidado, como precioso talismán. Cuando el animalito acabó sus días, los vecinos continuaron venerando su cuerno como prodigiosa reliquia, que utilizaban para bendecir el agua de los manantiales, pues de esta manera se volvía curativa. Y no falta quien asegure que, en el s.XII, dicho cuerno fue custodiado por los templarios de Ponferrada, que lo tenían depositado a los pies de la Virgen Negra del Bierzo: Nuestra Señora de la Encina, en la capilla de su castillo, donde realizo milagros sin cuento, purificando pozos y desenmascarando venenos...
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La espadaña del siglo XVI, estaba unida al templo por escalera de piedra y maderamen de campanario, que se retiró en la restauración de 1968.
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Entre los fantásticos picos La Guiana y Teleno, con fama de acoger antiguos aquelarres, se encuentra el Valle del Silencio, con el río de igual nombre -afluente del Oza-, en cuya cabecera está enclavado el pueblo de Peñalba de Santiago [Conjunto Histórico Artístico Nacional]. En sus cercanías está la Cueva de San Genadio, donde el ermitaño, una vez construido el monasterio y transformados los eremitas en monjes, se retiraba para hacer penitencia y meditar. Cuenta la leyenda que, el nombre de valle y río, proviene de un milagro del santo: Como el murmullo de las aguas le impedía concentrarse en la meditación, Genadio ordenó al río guardar silencio y la corriente se introdujo bajo tierra, surgiendo unos metros más abajo de la cueva, donde su rumor no le molestase.
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Portada sur, estilo mozárabe inspirado en Medina Azahara (al-Andalus): pronunciados arcos de herradura con alfiz.
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Según nos informa una inscripción, existente en el vecino Monasterio de San Pedro de Montes, la historia cenobítica de estos parajes comienza en el s.VII cuando san Fructuoso hizo aquí un pequeño oratorio. Después san Valerio amplió el edificio, y en 895 san Genadio lo restauró, al retirarse a dicho lugar con doce hermanos tras haber renunciado al obispado de Astorga, poco después (909-916) fundó el primer cenobio. El templo de Santiago, construido por su sucesor, el Abad Salomón, en el año 937 para guardar los restos de san Genadio, es el único vestigio que queda de aquella fundación del siglo X. Consagrado en el 1105, el sepulcro de san Genadio se situó en el contra-ábside occidental, pero en el s. XVI la duquesa de Alba hizo llevar sus restos a Villafranca y más tarde a Valladolid.
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Portada norte, visigoda, en su jamba inscripción funeraria de un abad francés, muerto aquí en 1132: “Esteban, ilustre abad que engendró para nosotros la raza franca...., etc.”
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En el siglo XIII llegó el ocaso del cenobio, pasando sus bienes al Obispado de Astorga, los edificios monásticos se arruinaron y el templo permaneció en pie como parroquia del pueblo, crecido alrededor del Monasterio. Su conservación se debe, “ventajas” del infortunio, a la pobreza y aislamiento que rodeó el lugar durante siglos, impidiendo derribarlo para levantar otro más moderno. No se trata de un edificio románico, sino de uno visigodo-mozárabe, pero lo traemos aquí porque esta es una de las raíces de las que brotará el tronco del arte románico, unas raíces que abundan en el viejo Reino de León, por más que estén desperdigadas y olvidadas.
Aunque lo románico, no está completamente ausente de este lugar. Adosado al muro norte de la nave, existe el único elemento de dicho estilo en este singular templo: un tosco lucillo, del siglo XII, que resulta algo exótico dentro del conjunto. La tradición popular lo identifica con el sepulcro de san Fortis, abad que fue del monasterio.
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Lucillo funerario en muro norte, único resto románico del templo de Santiago.
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El templo de Peñalba apenas destaca del resto de edificios del pueblo, levantado con idénticos materiales constructivos: bloques de pizarra, en los muros, y lajas de esquito en bruto para la cubierta, la única concesión son los sillares de caliza para dovelas y canes, o el mármol de las columnas. Presenta planta de cruz latina, compuesta por nave rectangular, con dos ábsides contrapuestos: al este con forma de herradura, lo mismo que el gran arco que separa los dos tramos de la nave; dos capillas laterales forman un falso crucero. Al exterior, sus muros se sustentan por contrafuertes, de tipo asturiano. El suelo de la iglesia tiene las losas de pizarra original, que pisó san Genadio.
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Capitel lateral de portada sur, estilo visigodo.
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En Santiago de Peñalba se mezclan las tradiciones de la arquitectura celtíbera anterior.
1º La tradición basilical romana mantenida en el norte de África y sur de Hispania, entre los ss.VI-VII, con ábsides opuestos, el segundo con funciones funerarias -recordemos que, en Peñalba, los restos de san Genadio y de Urbano, uno de sus sucesores, descansaron en el ábside oeste-, que también tuvo el templo de San Cebrián de Mazote (Valladolid); o las bóvedas gallonadas, sin trompas ni pechinas, de tipo bizantino.
2º La tradición celto-visigoda, en las capillas, o falso crucero, -como las de Quintanilla de las Viñas (Burgos), hoy apreciables a nivel de cimientos-. También en las columnas simétricas, de sus arcos, que separan los volúmenes del templo, los canes cubiertos de poliskeles o rosetas solares, y la celosía del vano oeste.
3º La tradición mozárabe –hispano romanos que habían vivido en territorios de la Hispania musulmana- traslada, a los reinos cristianos, las técnicas y elementos asimilados de la arquitectura andalusí, como el alfiz que enmarca los arcos de herradura o las pinturas, s.X, de almagra, que semejan ladrillos y dovelas al estilo del Palacio Califal en Medina Azahara (Córdoba) levantado en fechas paralelas.
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Ventana del contra-ábside oeste, restos de celosía, tradición astur-visigoda.
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Debido a que no todos estos templos fueron construidos por mozárabes de al-Andalus, y que esta arquitectura del siglo X, en la meseta castellano-leonesa es recuperación de la arquitectura hispano-romana e hispano visigoda, más que de influencia califal, a veces se la nombra como Arquitectura de Repoblación. Aunque, en el caso concreto de Peñalba, es evidente la influencia andalusí, ya viniera de forma directa o indirecta. De Córdoba al Bierzo, pasando por San Miguel de Escalada, los clérigos huidos de la islamización de al-Andalus trajeron al norte los estilos artísticos del Califato Cordobés, de la mano de las gentes mozárabes que los siguieron en la repoblación. Aquí los mezclaron con la herencia céltica, romana, visigoda, y un emergente bizantinismo.
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Canes del alero, simbología solar céltica con rosetas y poliskeles.
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Por último, en el Museo de León se halla la pieza más antigua, conservada, de su tesoro: la cruz que el monarca Ramiro II ofreció, en 940, al Monasterio de Peñalba.
Todos estos elementos, junto con el entorno natural en que se alza, confieren a este templo una belleza, una originalidad y un halo de misterio singulares.

Por las peñas, bosques, cuevas y arroyos, de sus alrededores, todavía habitan espíritus vegetales, trasgos, hadas y duendes, que los ermitaños y monjes no consiguieron expulsar. Si os cruzáis con algunos no los molestéis, son los guardianes que la Madre Tierra ha situado aquí, para conservar las maravillas de su generosa Naturaleza.
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Salud y fraternidad.