domingo, 24 de octubre de 2010

Aznaitín: Dioses, duendes y tesoros.

Uno de los picos de Sierra Mágina (Jaén), es el Aznaitín, que se alza impresionante sobre el valle del Guadalquivir. Al viajero poco avisado, esta montaña, de unos 1.745 metros, puede parecerle otro bonito risco de los que por aquí abundan, otra belleza natural, o un lugar pintoresco para pasear, pero dicha mole de roca esconde enigmas, recuerdos y misterios de civilizaciones perdidas. Su secreto, se encuentra oculto bajo capas sucesivas de aconteceres históricos, transformados en hechos legendarios. Al pie de la enigmática montaña, se encuentra la villa de Albanchez de Mágina. Preguntad a los viejos del lugar y comprobaréis que, sin mucho esfuerzo, sus consejas, tradiciones y leyendas, os muestran el camino para levantar el velo que oculta ese mundo perdido.
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Conquistado el lugar en 1231, por Fernando III, la aldea fue concedida a la Orden de Santiago en 1309, que formó con ella, y otra vecina, la Encomienda de Bedmar y Albanchez. Para defensa de la, todavía, inestable frontera, los santiaguistas ampliaron un viejo torreón árabe, del s.XI, convirtiéndolo en pequeña fortaleza que los defendiese de las incursiones del reino moro de Granada.
Antes de eso, el lugar estuvo habitado por los musulmanes, y dependía de la provincia de las Alpujarras incluida en la cora de Xaén.
Si seguimos retrocediendo, los recuerdos se tornan más borrosos. Los romanos tenían una población llamada Campaneana, rodeada de villas agrícolas, dedicadas, ya entonces, a la explotación del olivo.
Aún antes de Roma, vivieron aquí los íberos, que han dejado vestigios arqueológicos, como el llamado "friso del ciervo".
Y, al fondo de todo, encontramos los habitantes paleolíticos campando por estos cerros de Mágina, de cuya presencia nos ha quedado, entre otras, la Cueva de los Esqueletos, con pinturas y una curiosa necrópolis.
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Otros muchos elementos culturales nos han dejado, en la comarca y concretamente en el Aznaitín, los sucesivos pobladores. De modo que pueden servirnos de modelo, exportable a tantos otros lugares, respecto al mundo sincrético que conformó la cultura en los convulsos y apasionantes siglos del medievo.
Dicen unos, que el Azanitín, nombrado Naitín en el habla local, toma su nombre del árabe "Az-naitín", con el significado de "fortaleza de la higuera". Pero otros, abundan en un significado anterior, muy anterior, reinterpretado por los conquistadores árabes.
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Según Macrobio (s.IV-V d.C.), en la no lejana Guadix, los íberos accitanos tenían un templo dedicado al dios Neithi, o Neitin, el mismo que ya había citado Estrabón (s.I a.C.), nombrándolo Netón, Neto, y Neito, como divinidad común de los celtas hispanos. Debía tratarse de dos dioses afines, que en época romana resultaron asimilados, y fueron veneración común entre los celtíberos.
Neitin, es dios de los guerreros y del mundo de los muertos, su animal totémico es el buitre, que al descarnar los cadáveres facilita la liberación de las almas ayudando a que pasen al más allá. Como divinidad del submundo, es señor de los elementos caóticos o fuerzas primordiales de la naturaleza: el rayo, la tempestad, al tiempo que actúa de guía y juez de dichas almas, mientras es guardián de los tesoros subterráneos.
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Este Neitin, muy extendido entre los celtíberos con el nombre más común de Neto, que tiene su paralelo en el Net, o Neit, de los celtas que invadieron Irlanda, es quien puede haber dado su nombre al monte Aznaitín. El Naitín, que los lugareños dicen ser escenario de apariciones fantasmales de almas en pena, el mismo que es habitación de duendes malignos, los "minguillos", que hacen perder la cordura y la salud a quienes tienen la mala suerte de enojarlos. El mismo Naitín, que guarda en sus entrañas de piedra un fabuloso tesoro. Y, en fin, ese Naitín por cuyas breñas trotan los enigmáticos seres híbridos, semidivinos, que galopan hacia nosotros desde el confín de la Antigua Religión.
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En las veladas invernales, al amor de la lumbre, o en la cálidas noches estivales, en las puertas de las casas, los ancianos han venido asombrando a grandes y pequeños con las más diversas leyendas, muchas de las cuales, hunden sus raíces en aquellas creencias y tradiciones de las tierras del centro y norte de Hispania, de donde procedían los repobladores medievales llegados con los conquistadores. Aunque otras, proceden del fondo común de los pueblos que habitaron estos lares en la antigüedad, y en las que se entremezclan elementos romanos con ibéricos, o aún célticos.
La más famosa leyenda de este monte mítico y divino, es la del "Tesoro del tío Malverano", la cual, a pesar de estar ambientada en la época de la reconquista, delata en sus elementos una procedencia anterior en muchos siglos.
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En la cara este del monte Aznaitín, no lejos de su cima, se encuentra la popular Cueva del Tío Malverano, donde afirman todos los lugareños, más o menos convencidos, que se esconde un fabuloso tesoro.
Se cuenta, que al llegar a esta zona las huestes castellanas, haciendo retroceder a los árabes, un moro muy rico decidió esconder sus tesoros en dicha cueva, en la creencia de que ello sería más seguro que transportarlo todo por los caminos, teniendo en cuenta, además, que estaba convencido de ser esta retirada algo provisional, y que en no mucho tiempo podría regresar seguro a su estado anterior.
Cargó todo su haber en varios mulos y se encaminó a la cueva, con gran sigilo, más no tanto que no fuese visto, casualmente, por un joven de Albanchez, llamado Malverano, quien lo siguió intrigado. Presenció el curioso, su entrada en la cueva, esperó, y al cabo de varias horas lo vio salir solo y sin carga alguna.
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Convencido que allí debía haber gran ganancia, se apresuró a meterse en la cueva, tan solo para descubrir que aquello era un laberinto de pasadizos. En vista del peligro, decidió explorar aquel antro con precaución. Para no despertar sospechas, se hizo pastor, y así pudo subir y bajar del monte con naturalidad, de modo que mientras sus ovejas pastaban, él exploraba la cueva. Pasaron muchos años, pero el tío Malverano no se desanimaba, hasta que el tesón tuvo su recompensa. Al fin, un día, dio con el camino correcto y acabó en la estancia donde yacía el objeto de sus desvelos. Aquello era algo fabuloso, aunque de gran peso, tanto que era imposible sacarlo con sus solas fuerzas.
Tras mucho cavilar, decidió revelar su secreto a varios íntimos del pueblo, aunque ello supusiera compartir también el tesoro. Quedaron convenidos en salir al otro día para la cueva, pero al momento de la partida, al tío Malverano le falló el corazón, y mientras exhalaba su último aliento, tan solo acertó a decir, como guía para encontrar la riqueza oculta: "Frente a la cabeza del toro está el tesoro..."
No es preciso rebuscar mucho, para ver el paralelismo entre la gruta laberíntica, con un toro en su interior, y la leyenda del Minotauro. Y también, para conectar este "toro" cuya cabeza señala un tesoro, con los toros de piedra de la cultura céltica, pastoril, que en tantos lugares de Hispania cuentan con leyendas similares, referidas a una gruta o subterráneo, un tesoro y la cabeza de un bóvido que sirve como señal.
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Otra tradición, no menos arraigada en la comarca es la del "Juancaballo". Dicen los más viejos, y no hay motivo para no creerlos, que en las cumbres del Aznaitín, y en otros cerros de Sierra Mágina, habitan de antiguo unas extrañas criaturas, los "juancaballos". Y que, como su nombre sugiere, se trata de seres mitad hombre y mitad caballo.
Son de ordinario esquivos, evitando encontrarse con los humanos, de modo que por el día se ocultan en las cuevas de la serranía, y por las noches salen para alimentarse. Tan solo cuando la necesidad los empuja, porque la sequía o las nevadas hacen escaso el alimento, bajan de las cumbres a saquear huertos y graneros. Entonces, si son descubiertos y acorralados, emplean toda su astucia, ferocidad y crueldad, para salirse con la suya. De modo, que pocos han sobrevivido para contar sus encuentros con estos seres. Incluso, se cuenta, que en casos de extrema penuria alimenticia, han llegado a comer carne humana, tras matar o mutilar a los campesinos que pillaban desprevenidos.
Tanta impresión causaban estos seres, que en el templo del Salvador, en la vecina Úbeda, labraron su figura en la fachada, luchando con un hombre... De nada valdrá, que expliquéis a los viejos que aquella figura representa a Hércules venciendo al centauro Neso, para ellos se trata de un "juancaballo" y de ahí no los baja nadie, porque esa figura es la prueba irrebatible de su existencia.
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Por si fuera poco, en la mísma Úbeda, en la fachada de la casona llamada "de los salvajes", se encuentran las figuras de dos personajes con el cuerpo completamente cubierto de pelo, largas barbas y cabellos, que ciñen cinturones de vegetales trenzados. Quiere la tradición popular, que se trate de los "minguillos", esos pequeños duendes maléficos dotados de poderes sobrenaturales, habitantes de cortijos, caserías y desvanes, con los que es mejor no encontrarse por los caminos, sobre todo en las horas nocturnas...
En estas tierras arriscadas, la lucha por la vida y el secular aislamiento, la subordinación a los fenómenos naturales y el temor al incierto porvenir, ha propiciado que todo se revista con una aureola mágica, de modo que los sincretismos, religiosos y culturales, han sobrevivido con una fuerza que en otros lugares ya se ha desvanecido.
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Basta observar el Aznaitín, el ibérico Naitín, en las diversas horas del día, en diferentes circunstancias meteorológicas, o en las distintas estaciones del año, para comprender la magia que evoca en los habitantes de la comarca, el temor reverente que a veces suscita en ellos y, en definitiva, el misterio con que éstos envuelven todos los sucesos relacionados con la maravillosa montaña.
El mejor ejemplo de lo dicho, nos lo ha proporcionado un "albanchurro" de pro, con un verso lapidario:
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"Mágina y su nube negra.
En el Aznaitín afila
su cuchillo la tormenta..."
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Salud y fraternidad.

martes, 28 de septiembre de 2010

¿Quién me presta una escalera...?

En la falda del cerro Mirón, a un extremo de la ciudad de Soria, se alza el templo románico de Santo Tomé, ahora conocido como Santo Domingo. Construido por orden de Alfonso VIII, hacia 1158, conserva una magnífica fachada, en la que destaca la singular portada. Verdadera "Biblia de Piedra", sus esculturas "miniadas" son un goce para los ojos, los del cuerpo y los del espíritu.
Recientemente, un apreciado -al par que incordiante- amigo, ha ejercido de "Abogado del Diablo" -aunque algunos, prefieran calificarlo como "un demonio de abogado"-, respecto al significado de cierta representación en las arquivoltas del citado templo. En justa correspondencia, ejerceremos de "Diablo", a secas, y expondremos lo que pensamos sobre tales figuras.
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La "polémica", ha surgido respecto a la escena de "la crucifixión". En su blog, "Soria. Se hace camino al andar" -http://juancar347.blogspot.com/-, nuestro compadre Juancar347, afirma perplejo: "Lo que me sorprende, es observar esa escena del calvario, donde Cristo es alanceado en ambos costados por dos legionarios romanos. Si uno es Longinos ¿quién es el otro? ¿Existe la posibilidad de una segunda lanza sagrada, aún no encontrada?". El "abogado diabólico", le contesta: "Más que dos lanceros, yo creí ver representado el 'abajamiento' del crucificado por su pariente José de Arimatea y otro, mientras figurillas angelicales portan utensilios para desclavarlo del madero". Y abunda en su idea, alegando que ello es así, porque no ve soldados por parte alguna, sino dos venerables señores, barba y túnica en ristre, que han de ser por fuerza quienes él afirma.
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Ante todo, es preciso "leer la escena" atendiendo a la coherencia interna de la representación escultórica, de este templo, no a la de nuestros conocimientos de mitología bíblica. Para ello, debemos repasar las otras arquivoltas de esta portada, y sus personajes.
En el medievo, al colocar imágenes militares en escenas religiosas, bíblicas, los soldados representados eran "romanos" tan sólo en sentido figurado, porque sus efigies eran las de soldados medievales con la impedimenta propia de la época: cota de mallas, vestes, cascos, escudos, lanzas, espadas y arcos, según eran los de uso corriente en los siglos medios. Elementos, que podían aparecer todos juntos, o por separado. En la Edad Media, los "romanos", jamás visten como "romanos", según los conocemos por los monumentos clásicos, los libros de historia y las películas "de romanos". A veces, ni siquiera parecen soldados.
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En la tercera arquivolta, de esta portada, donde se esculpe el nacimiento e infancia del Galileo, aparece Herodes, enterándose del nacimiento del "divino niño", mientras tres soldados de su guardia esperan las macabras órdenes que a continuación dará. Y no parecen "soldados", salvo por sus espadas y escudos, pues van ataviados con unas "vestes" de lo más medieval. -Nótese el contradictorio anacronismo: los escudos se decoran con "cruces". ¡Cruces de Calatrava!-.
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No obstante, en la segunda arquivolta, curiosamente dedicada por completo a la "matanza de los inocentes", con "sádico" realismo, aparecen los soldados herodianos completamente entregados a su funesta labor, con gran eficacia y afición. Allí, unos se cubren solamente con la veste, y otros con cota de mallas.
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Sin embargo, en la cuarta arquivolta, que narra la pasión del Galileo en sus facetas principales, los soldados, desde la escena del "prendimiento en el huerto", hasta la del "sepulcro vacío", sólo llevan la veste y sus armas. ¿Por qué, en la "matanza de los inocentes", aparecen con cota de mallas tomando un aspecto más militar, y en las demás escenas no? ¿Quiso el Magister representarlos como vulgares "sayones", en lugar de legionarios romanos, para restarles categoría, para denigrarlos?
"Llegó un grupo numeroso con espadas y palos, de parte del Sumo Sacerdote y los Ancianos del pueblo. Aquellos se adelantaron, echaron mano a Jesús y le prendieron" (Mateo 26, 47).
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Así pues, el "prendimiento" fue obra de sayones judíos, al servicio de sus notables y sacerdotes, por lo que tiene cierta lógica que no vistan como soldados imperiales. Pero la escena inmediatamente anterior a la "crucifixión", es la de "los ultrajes" que la soldadesca aplica al Galileo, cuando le quitan los vestidos y lo coronan de espinas, para luego azotarlo atado a una columna. Soldadesca que, aquí, tampoco lleva arreos militares. Y, esta vez, sí que se trataba de legionarios romanos a las órdenes del Gobernador Pilatos. Por tanto, vista la versatilidad del Magister a la hora de efigiar guerreros, ¿a qué extrañarse porque en la siguiente escena, los soldados carezcan de vestimenta militar? Además, sus posturas y actitudes responden a la mitología sagrada, si bien unificando en la misma escena dos acciones consecutivas del relato bíblico.
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"Jesús dice: Tengo sed. Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una caña una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: Todo está cumplido. Inclinó la cabeza y entregó el espíritu" (Juan 19, 28-30).
Acto seguido, los judíos piden a Pilatos que remate a los condenados, para que sus cuerpos no permanezcan en el patíbulo durante la fiesta del sábado.
"Pero al llegar a Jesús, como le hallaron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza" (Juan 19, 31-34).
Y aquí está el "busilis" de la conflictiva representación: porque los soldados no tienen impedimenta militar, además están agachados, y todo resulta agravado por el deterioro de la piedra. Pero, aún así, se aprecia como un soldado tiende la caña -cuyo extremo está roto- con la avinagrada esponja, mientras Longinos atraviesa, con su lanza, el costado divino. Encima de la cruz, que es tan corta que los pies del ajusticiado llegan al suelo, y por ello el Magister se ha visto obligado a "acuclillar" a los soldados, sobrevuelan dos pequeños "ángeles turiferarios", agitando sus incensarios para indicar la glorificación del Galileo.
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La escena entera se aclara, todavía más, si la analizamos en su conjunto y en relación a las inmediatas. Primero está esculpido "el prendimiento en el huerto" y posterior "despojo de las vestiduras". Luego, la "crucifixión", con estos elementos: en un extremo Dimas, el buen ladrón, asistido por un ángel, y al lado opuesto Gestas, el mal ladrón, atacado por un demonio -ambos están sujetos a un poste, no a una cruz-. Siguen, a la derecha del Galileo, la Virgen, María, y al otro costado el discípulo preferido, Juan. Sobre el crucificado, los citados ángeles, bajo la cruz, los esbirros con lanza y caña. Todo ello, se acomoda al relato mítico judeo-cristiano, donde nunca se dice que José de Arimatea, ni sus ayudantes, llevasen lanza, ni caña, para el "descendimiento", ni mucho menos que se iniciase el descenso mientras estaban "avinagrando" o "alanceando" a su admirado profeta.
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A seguido de la "crucifixión", se pasa directamente al acto de depositar el cuerpo divino en el sepulcro, lo que continúa con la "resurrección", de modo que se salta el "abajamiento" de la cruz. Lo que nos lleva a una última apreciación lógica: si éste fuese el "descendimiento" ¿dónde demonios está la crucifixión? ¿Qué clase de heterodoxo era éste Magister, que escenifica el "descendimiento", acto carente de importancia teológica, y omite la "crucifixión", acto fundamental de la mitología judeo-cristiana?
Evidentemente, no se trata de heterodoxia, sino de utilitarismo. El Magister, al enfrentarse a esta obra, hubo de esquivar los convencionalismos del oficio, y recrear la escena según su entender, para que cupiese lo más completa posible en el marco físico de la arquivolta. Por ello, todo queda un poco confuso y desproporcionado: el crucificado está a nivel del suelo, los soldados tiene que agacharlos, la Virgen es más pequeña que san Juan y, éste, se interpone junto al "mal ladrón", etc.
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Item mas. Creo que el argumento definitivo, a favor de esta escena como "crucifixión", no se encuentra en las imágenes representadas, sino en un objeto ausente. Un humilde y cotidiano objeto.
Porque, si esto es un "descendimiento", un "abajamiento", ¿dónde diablos está la escalera, la famosa escalera? Aquella que el poeta Antonio Machado, de tan grato recuerdo en Soria, pedía en sus célebres versos:
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"¿Quien me presta una escalera,
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?"
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Salud y fraternidad.

lunes, 19 de julio de 2010

En Campo de Muga, cantó la muda...

En la comarca palentina de La Montaña, bajo la Peña Tremaya y a orillas del Pisuerga, la condesa de Castilla Doña María Elvira, esposa de Don Rodrigo Guntis, y sobrina de Fernando I (1037-1065), fundó hacia 1123, sobre las ruinas de un templo muy anterior, una Colegiata dedicada a Nuestra Señora y al Salvador. Alrededor de ella surgió un pueblo, San Salvador de Tremaya, que en 1181 se convierte en cabeza del condado de La Pernía, cuando Alfonso VIII (1158-1214) crea este título a favor de su tío, el obispo Don Raimundo, y transforma la Colegiata en Monasterio.
Alrededor de esa fecha debió levantarse el templo que hoy vemos, llamado San Salvador de Campo de Muga de Pernía. Nombre que, a partir del s.XVI, se ha corrompido sucesivamente: Campo de Múa, Campo de Muda, Cantamúa, Cantalamuda, hasta llegar al actual San Salvador de Cantamuda. Al parecer, esta corrupción es tan solo aparente, pues "muga" y "muda" son variaciones romances de una palabra prerromana, quizá celtíbera, que expresa "frontera", "linde" o "límite", así como la piedra que lo señala sobre el terreno. El término "muga" se extendió por la zona pirenaica, mientras que en la cantábrica se popularizó "muda".
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La tradición popular, que gusta en vestir la Historia cuando la encuentra desnuda, justifica el curioso nombre del lugar con una leyenda, recogida por don Matías Barrio y Mier (1844-1909), en su obra "Tradiciones pernianas", en forma de un largo romance con el truculento título decimonónico de "La venganza del Conde".
Este noble matrimonio tenía su castillo en la Peña Tremaya, allí los condes vivieron felices hasta que, las maledicencias de los envidiosos, enturbiaron la razón de Don Rodrigo con sospechas de infidelidades. Cierta noche, atormentado por el peso de sus infundados celos, ató a Doña María Elvira sobre una vieja mula ciega, puso las riendas en manos de una sirvienta muda y las arrojó del castillo para que pereciesen despeñadas. Extraviadas por los recovecos del monte, la condesa se encomendó a Nuestra Señora, y no solo llegaron salvas al pueblo mientras amanecía, sino que al cruzar el puente la sirvienta muda se arrancó a cantar el Salve Regina. Luego, ante el juez real, puesta la Virgen por testigo, la divina madre expresó su juicio por boca de la sirvienta muda, que al detalle declaró la verdad del caso.
El conde, arrepentido, pagó su culpa con la construcción de la vecina Abadía de Santa María de Lebanza, y la condesa ofreció en exvoto erigir la Colegiata del Salvador. Y en honor de la sirvienta muda, que fue instrumento del cielo para desvelar la verdad, templo y pueblo recibieron el apodo de "Cantamuda"...

Sea como fuere, bajo la Peña Tremaya tenemos un hermoso templo con planta de cruz latina, de una sola nave, cimborrio sobre crucero y cabecera triple, aunque exteriormente lo más llamativo es la que se ha definido como "la más bella espadaña del románico español". El resto de la escultura externa, se centra en algunos capiteles, a base de entrelazos célticos, vegetales y serpientes. Ciertos autores, afirman que tuvo un claustro en su lado sur, del que no quedan restos.

La rudeza de algunos de los capiteles externos, hace pensar si no serán varios de ellos reutilización de elementos existentes en el primer templo románico, el de 1123, levantado por la condesa María Elvira. Esos tallos y serpientes entrelazadas, nos hablan de energía, vegetal, telúrica, de la fuerza nutricia que brota de la Madre Tierra, como manifestación de la potencia creadora y regeneradora de la divinidad, como señal de la vida que transcurre, se transforma y renace otra vez.
. [Foto cortesía de Wikipedia, autor Rokkor].

Su sencillo interior es de una belleza serena, concentrando toda la carga simbólica en la zona absidal. La bóveda del ábside central es aquí muy original, gallonada con cuatro gruesas nervaduras prismáticas. Este sistema, de origen cisterciense, cuyo mejor ejemplo está en el Monasterio de Granja de Moreruela (Zamora), es más común en otras partes de Castilla: Guadalajara, Burgos, Soria, pero es raro en Palencia. Pero aparte el aspecto estructural, los capiteles de esta zona son dignos de verse: una pareja de bueyes entre vegetales, uncidos a cada lado del capitel [conjunto similar al de Santa María de Bareyo, Cantabria]; otra pareja, de caballos, que pisotean serpientes; una cabeza monstruosa, que vomita tallos y frutos; pájaros afrontados, picando vegetación. Símbolos todos, de regeneración y fecundidad, tanto del alma como de la Naturaleza.

[Foto cortesía de dipity.com].
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Aunque, sin duda, el elemento más sorprendente, es la mesa del altar mayor. En su lado frontal el ara se sustenta sobre siete gruesas columnas, talladas con entrelazos, flores, tallos vegetales y estrías torsas. En su parte trasera, hay una columna en cada ángulo, y en el centro un grupo prismático con cuatro columnillas en las esquinas. Por si dicho altar fuera poca sorpresa, en el ábside del Evangelio hay otra ara sustentada por cuatro columnas, de capiteles y fustes similares. ¿Estos elementos, fueron hechos en origen para esta función? ¿Proceden del primer templo, o quizá del desaparecido claustro? En el Libro de Cuentas de San Salvador, se lee que en 1607 "se paga a Pedro de Agüera diez reales, por asentar y renovar las aras y algunos desperfectos del altar..." Es posible que el cantero aprovechase restos de los arruinados edificios monásticos, del s.XII, para efectuar sus reparaciones, porque no parece lógico que en pleno siglo XVII tallase estas piezas primorosamente románicas.

Dispersos por el templo quedan otros misterios, como esa anónima lauda sepulcral, del s.XII, con arcos de herradura y entrelazos, que se atribuye al Magister de Lebanza, sobre el que existen fundadas sospechas de que trabajó, también, en el magnífico apostolado de Moarves.

Salud y fraternidad.

sábado, 19 de junio de 2010

Lebaniega y enigmática Piasca, donde dos son mejor que uno…

Piasca (Cantabria). [Diapositiva, 3 agosto 1987].
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En la Biblioteca Municipal de Santander, se conserva el Cartulario de Santa María la Real de Piasca, colección documental imprescindible para conocer la historia de este cenobio medieval. Sin embargo, si remontamos las cumbres cantábricas hasta la comarca de Liébana, en busca del citado Monasterio, no encontraremos allí más que sombras de su glorioso pasado espiritual, y un pálido recuerdo del tesoro artístico florecido al abrigo de la alta cordillera.
No obstante, bien merece la pena visitar este curioso testimonio del románico cántabro, obra del enigmático Magister Covaterio, según registra cierta "jeroglífica" lápida consagratoria, empotrada junto a la puerta oeste del templo.
Situado al pie del tremendo puerto de Piedrasluengas, en la vía que une Cantabria con Palencia, este estratégico enclave estuvo habitado por celtíberos y, luego, por romanos, hasta que llegaron los visigodos. En origen hubo aquí un monasterio mozárabe, que puede remontarse a la repoblación, de los ss.VIII o IX, aunque la primera referencia documental es del 930. En el 941 estaba habitado por una comunidad "dúplice", mixto de monjes y monjas, matriarcalmente gobernados por la inteligente abadesa Doña Aylo, bajo la regla de san Fructuoso. Durante los ss.X y XI, la comunidad mixta se engrandeció sobremanera, de modo que, iniciado el s.XII, se decidió sustituir el ya viejo templo prerrománico -con graves problemas de estabilidad, a causa de las aguas subterráneas- por uno nuevo, más grande y ricamente esculturado. Este edificio, dedicado a Santa María, fue consagrado el 21 de febrero de 1172, por el obispo Juan de León, junto a Don Gutierre, abad de Sahagún, y a fray Petrus Albus, prior de Piasca.
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Nuestra Señora de Piasca, fachada oeste. [Foto, 31 marzo 2007].
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Se trataba de un gran edificio, de tres naves y triple cabecera, con ábsides de planta circular, al exterior, y poligonal, al interior, que en su costado sur adosaba un bello claustro. Pasado el esplendor medieval, monasterio y templo vivieron una dorada decadencia. En 1439 tuvo que restaurarse el santuario, de manera que de la obra románica sólo subsisten los ábsides, con sus ventanas y canes, las dos portadas, y la mayoría de elementos esculturados, aunque todo muy trastocado. De las dependencias monacales, sólo quedan las reformadas en el s.XV, al oeste del claustro, fecha en que se sustituyeron las bóvedas originales por otras tardo-góticas.
En fecha indeterminada, desapareció el claustro, ricamente trabajado, del que perviven escasos elementos empotrados en los muros del actual cementerio. También se perdió el ábside sur, sustituido por una insulsa sacristía.
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San Pedro y san Pablo, restos del colegium apostolicum, fachada oeste. [Foto, 31 marzo 2007, hemos "eliminado" la escultura mariana, central, del s.XVI, sin otra intención que conservar la estética románica].
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Sobre la portada oeste, se ha conservado el fragmento mal montado de un excelente apostolado, bajo arcos de lóbulos y friso de cabezas de clavo, todo ello reutilizado del viejo templo. Se trata de san Pedro, con su pareja de llaves, y san Pablo, con un libro en que se lee "PAVLUS", ambos de un preciosismo escultórico que delata el buen oficio del Magister que los labró. Entre ellos, una imagen de la Virgen Madre, obra del s.XVI, que desmerece completamente, incluso sin considerar la calidad de la escultura a la que pretende sustituir. ¿Estamos ante los restos de un "colegium apostólicum", del que faltan los restantes miembros y el propio Cristo Pantócrator?
No perdamos de vista los sugerentes "glotones", esos monstruos que, a modo de capiteles, "vomitan" las columnas entre los santos. Ellos son un aviso, pues nos anuncian el curioso "ritmo matemático", ritmo "binario" o "dúplice", que parece regir la escultura de Piasca
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Portada sur, orfebres. [Diapositiva, 7 agosto 1982].
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Pero es en sus dos portadas, donde se cobijan diversos personajes que realizan los más variados oficios, todos ellos, como dice la cancioncilla medieval: "de dos en dos, uah..."
La oeste tiene arquivoltas ricamente trabajadas, con variados motivos vegetales y un muestrario de sujetos, tanto humanos como animales: músicos, guerreros, leones, clérigos y seglares. Los capiteles son igualmente abigarrados: centauros luchando, dragones alados, grifos, quimeras. Y en uno de los fustes, san Miguel alanceando a la infernal bestia apocalíptica.
La sur, o "del cuerno", de menor tamaño pero no inferior mérito, bajo su arquivolta vegetal, cobija diversos personajes no menos curiosos que los de la anterior.
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Portada sur, sastres. [Foto, 31 marzo 2007].
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Entre una y otra portada podemos ver, entre otros: dos orfebres, uno avivando el fuego con fuelles, y el otro martillando el metal sobre el banco; dos sastres, afanados con la aguja y la tela; dos músicos, que hacen sonar la vihuela y el rabel; otra pareja de músicos, que pulsan al unísono un "salterio a dos"; incluso hay, lo que parece un duo de "amantes" prestos a sellar su pasión con un beso, pero que no es símbolo del amor carnal, sino del amor fraternal.
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Portada oeste, rabel y vihuela. [Foto, 31 marzo 2007].
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Portada oeste, "salterio a dos". [Foto, 31 marzo 2007].
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Todos estos músicos, nos sugieren la invocación del Salmo 150: "Alabad a Dios al son de trompetas, alabadle con el salterio y la cítara, alabadle con tamboril y danzas, alabadle con laúd y flautas, alabadle con címbalos resonantes..."
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Portada sur, "el beso" representa, en realidad, la fraternidad entre "compañeros". [Diapositiva 7 agosto 1982].
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Esta "manía" del Magister por representar aquí parejas, ¿alude a la dualidad original del cenobio mixto? ¿Es simbolismo del poder sagrado de la dualidad? ¿Simboliza la dualidad compañeril de los canteros, el "companagium"? Leemos en el Eclesiastés 4, 9-12: "Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡hay del solo! Que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante..."
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Ábside, ventana central, escenas del bestiario. [Foto, 31 marzo 2007].
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Las ventanas absidales, amén de símbolos solares, presentan también su ración de parejas, aunque aquí se trata de la fauna propia del bestiario: centauro cazando un basilisco, dragón contra león, quimeras afrontadas, pájaro contra serpiente, etc., todo ello en medio de un universo vegetal exuberante. Para compensar, en los capiteles del alero, se figuran la Anunciación y el sacrificio de Isaac.
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Ventana absidal, caza del jabalí. [Diapositiva, 3 agosto 1987].
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Esa Naturaleza feraz y generosa, se extiende por capiteles y cimacios, a base de tallos con remolinos vegetales, entre los que es posible distinguir un hombre armado de lanza, el cual sigue a un perro que da alcance al feroz jabalí. Deliciosa metáfora venatoria, del ser humano que recorre su interior para dar caza al aspecto bestial y salvaje de su naturaleza, el jabalí, con ayuda de su parte espiritual, el perro, y armado con la lanza de la fe...
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En su interior, el templo guarda magníficos capiteles, con restos de policromía, en la arquería absidal, como ese en el que, bajo la Jerusalén Celeste, aparece una Epifanía sui generis, donde la estrella de Belén es una flor de siete pétalos...
Muchas otras imágenes, altamente simbólicas, pueblan este universo de piedra, salido de la mano del misterioso Magister Covaterio: sirenas, arpías, guerreros, grifos, músicos, cuélebres, cetreros, lobos, pero han de continuar durmiendo su pétreo sueño hasta mejor ocasión, que esperamos no tarde en presentarse.
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Salud y fraternidad.

sábado, 29 de mayo de 2010

El templo “contorsionista” de Villacantid.

En la frontera cántabra con Palencia, sobre una pequeña loma solitaira, se alza el templo de Nuestra Señora de Suso, también conocida como "la Mayor". Su origen está en un pequeño monasterio visigodo erigido en el lugar de "Villa Cantis", una antigua villa rural romana instalada allí cuando la "pacificación imperial" permitió la construcción de calzadas que comunicasen Cantabria con la meseta del Duero.
La primera cita documental, es el controvertido texto, del 999, donde el conde de Castilla, Sancho Garcés, realiza una cesión de Fuero a favor del cercano monasterio de Cervatos.
A fines del s.XII, Alfonso VIII de Castilla lo cede al monasterio burgalés de San Pedro de Cardeña, y es entonces cuando debió levantarse el templo románico actual, quizá obra del mismo taller de canteros que edificó el vecino templo de Villanueva de la Torre.
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Es un extraño ejemplar, un templo "contorsionista", que se ha doblado sobre si hasta unir la portada con el ábside. Este extraño aspecto, es producto de las reformas sufridas en el s.XVII.
Parece que, avanzado el s.XIII, se eliminó la nave única, románica, y en su lugar se proyectaron tres naves, aunque se conservó la cabecera. Se alzó la nave norte, pero la sur quedó inconclusa, hasta que al comienzo del s.XVII se reformó la nave del evangelio y se añadió la parte inacabada de la epístola, en cuyo muro de levante se recolocó, pegada al ábside, la portada románica que antes estaba al costado meridional.
El resultado es un ejemplar único, en todo el románico peninsular e incluos europeo. Dicha reforma elevó, al oeste, la nueva torre, tapando la fachada románica de poniente, donde ignoramos si existió otro acceso. La portada, muy deteriorada, tiene chambrana de anillos entrelazados, amén de arquivoltas con cabezas de clavo y ajedrezado, sus cimacios son tallos con palmetas y entrelazos, pero sólo resta uno de los capiteles.
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El airoso ábside, nos sorprende con una hermosa ventana con rosáceas tetrapétalas, y un arco de líneas en zig-zag que evocan las energías cósmicas, líneas quebradas que se repiten a lo largo de ambas columnas, coronadas con capiteles habitados por animales del bestiario, afrontados: leones y grifos de extrañas alas.
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Los capiteles, de las columnas absidales, mezclan los elementos vegetales con los historiados. Así, en uno, contemplamos una cacería del oso. En otro, podemos ver en la misma pieza, la lucha de Sansón con el león, más un personaje central, coronado, a cuyo lado se combaten dos jinetes. En el interior del templo, aparece otra lucha de caballeros entre los que se interpone "la Concordia".
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También aquí, como en el cercano Villanueva de la Torre, abundan los "grifos", tanto exterior como interiormente. Aunque son unos grifos poco convencionales pues, en general, sus alas antes parecen de insecto que de ave. Los encontramos en el único capitel "superviviente" de la portada, en el de la ventana absidal, y en el de su arco triunfal.
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[foto, por cortesía de la web: romanicoenruta.com]
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Los capiteles internos, a base de vegetales y animales del bestiario, se encuentran muy estropeados, como si durante un tiempo hubiesen estado expuestos a los elementos atmosféricos, quizá a causa de problemas en la cubierta. El mejor conservado, exhibe dos grandes grifos, acodados, que son mordidos en el pecho por serpiente aladas... es decir, dragones, coronado todo por un cimacio de entrelazos célticos. Es, también, el que ha sido realizado con un esquema más fiel a su "monstruosa realidad".
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El templo ha sido habilitado como "Centro de Interpretación del Románico", de la zona, y tiene un pequeño museo, donde destaca el muestrario de instrumentos de cantero, junto a las réplicas de canecillos al estilo de Cervatos.
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Salud y fraternidad.

martes, 25 de mayo de 2010

Los “Grifos” de Santa Marina.

El que hoy es un pequeño caserío, conocido como Villanueva de la Torre (Palencia), fue antaño la medieval "Villa Nova" perteneciente a la Merindad de Aguilar de Campoo, cuyas tierras entregó Alfonso VIII, en 1175, al Monasterio de Santa María la Real del dicho Aguilar. Su humilde estado actual no evoca su antigua importancia, pues en 1233 consta que existía aquí un palacio del noble Gonzalo Ruiz Barruelo, cuyos restos pueden rastrearse en una casa solariega del lugar.
A media ladera de un pequeño, pero empinado otero, vigilada por una torre del XV -levantada y reconstruida, sobre otra del XI-, se alza el sencillo pero precioso templo de Santa Marina, de la segunda mitad del XII. Tampoco nos quedan muchas noticias documentales del edificio, salvo la cita de sacerdotes y clérigos en 1198 y 1259.
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Su nave única fue casi completamente rehecha, pero conserva ábside y presbiterio, así como los grandes capiteles interiores del arco triunfal. Además de la torre, al costado de poniente, con atractivas ventanas geminadas. Elementos, todos, que destacan por el armonioso escalonamiento volumétrico de sus componentes. El atrio sur, y la sacristía, al norte, son añadidos del s.XIX.
Por desgracia, la portada actual, al sur, no es la original, que debió ser de cierta riqueza a juzgar por la que exhiben las partes románicas conservadas.
. La cabecera presenta una simple ventana en aspillera, abocinada, pero enmarcada por dos arquivoltas preciosistas, a base de cabezas de clavo, bellas geometrías que se repiten en las impostas. El arco, entre esas arquivoltas, muestra dos filas de lo que parecen ¿patas de oca? En sus capiteles, campean grifos afrontados, que reaparecen en la parte interna de la ventana. El vano sur, del presbiterio, es una versión "menor" de la absidal, también con grifos exterior e interiormente. El tambor de la cabecera se divide en tres paños, mediante columnas que reposan en un podio y rematan en elegantes capiteles vegetales.
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Se articula, internamente, mediante un arco triunfal, que separa los dos espacios de la cabecera, donde los grandes capiteles vegetales, de buena factura, se mezclan con otros que nos muestran, de nuevo, estilizados grifos afrontados, en uno, y Daniel en el foso de los leones, en otro. Melenudo profreta Daniel, el cual se peina en forma curiosa, con ese "peculiar" flequillo... Y es acompañado, por leones de gruesas cabezas y enormes lenguas que lamen sus desnudos pies... Tampoco debemos pasar por alto esas grandes manos, y la singular postura ritual que adoptan.
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La imaginería del templo es de cierta riqueza, cuando menos simbólica, como esa Virgen del XVI, aquella otra Virgen Madre, sedente, del XIII, o la singular figura de la santa titular.
Según la mitología judeo-cristiana, santa Marina, la celtíbera doncella mártir, natural de Bayona en Pontevedra, de Galicia, era hija del Gobernador hispano-romano, seguidor de la Antigua Religión, Lucio Castelio Severo y de su esposa Calcia. La madre dio a luz nueve niñas, en un solo parto, y asustada por si era acusada de infidelidad, y repudiada, mandó a su criada arrojase las criaturas al río Miño. Sin embargo, la buena mujer las distribuyó entre diversas familias cristianas de la región.
Ya crecidas, las doncellas fueron convertidas a la nueva religión y bautizadas por el obispo san Ovidio. Descubierto el engaño, su padre las encarceló, para apartarlas de tan peligrosas creencias.
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En la celda se les aparecieron numerosos demonios, junto con un terrible dragón, que cayó rendido ante la pureza espiritual de Marina, y devoró a los otros diablos. Escaparon luego, con ayuda de un ángel, pero al final todas terminaron capturadas y recibieron martirio en diversos lugares. Marina fue decapitada en Aguas Santas (Ourense), y al caer, su cabeza, rebotó tres veces e hizo brotar otros tantos manantiales. En el s.XII, sobre esas fuentes milagroso-medicinales, levantaron los Templarios una Hospedería de Peregrinos y un santuario, en cuyos cimientos se esconden los restos de un templo céltico...

¿Serán, los múltiples "grifos" del templo de Villanueva, simbolismo de aquel dragón que santa Marina convirtió en servicial defensor?

Salud y fraternidad.