Íberos y romanos, fortificaron castrum y oppida, cerros amurallados en los que se situaban las poblaciones, y desde los cuales se controlaban los caseríos agrícolas, campos de cultivo y las calzadas. En las urbes más importantes, existieron también fortalezas, de tamaño reducido, con una guarnición permanente. Estos recintos, con algunos retoques, continuaron en uso durante la convulsa etapa visigoda.
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Durante todo el medievo, se levantarán fortificaciones según unos esquemas fijos, aunque con modelos muy variados. Las villas más importantes, se rodeaban de murallas, y quizá contaban con una fortaleza, de tamaño variable, donde acogerse en última instancia en caso de asalto. También existía el castillo señorial, rural, más o menos cómodo y lujoso, que defendía una villa menor y su comarca con los terrenos de labor.
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En Las Relaciones Topográficas de los pueblos de España (1574-1578), ordenadas por Felipe II, se dice: "La villa de Alvanchez tiene dos castillos, uno en lo alto de la dicha peña o sierra a questá arrimado, en lo alto della, y el otro más abajo y más cerca de la dicha villa. Los dichos dos castillos de la dicha villa de Alvanchez, el más alto hes de argamasa, y el otro más bajo hes de tapería e los çimientos son de piedra".
Se trata de una verdad relativa, pues si bien es cierto que hay dos fortificaciones, ninguna de ellas resulta ser lo que entendemos por "castillo".
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Levantada en el siglo IX, por el rebelde musulmán Ibn al Saliya, señor de Sumuntán, posiblemente sobre una obra más antigua -visigoda, o celtíbero romana-, su estructura fue sucesivamente reforzada, así como las defensas de la villa que, hacia el siglo XI, fue amurallada, cuando dependía de la Cora de Yayyan -Xaén-.
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Su elevada situacion sobre cortados y breñas, el dificil acceso, y su reducido tamaño -apenas hay espacio para una decena de hombres-, delatan a las claras que dicho edificio no podía corresponder a una función defensiva del lugar, sino tan sólo de vigilancia. Para llegar hasta la atalaya, había que seguir un estrecho y zigzagueante sendero, que ascendía trabajosamente entre peñascos, bordeados de precipicios y despeñaderos. Para obstaculizar las parte más accesibles del monte, se añadieron diversos lienzos amurallados, a trechos regulares, de los que se aprecian unos treinta metros en la parte inferior, hacia el lado sur, del recinto. Todavía hoy, cuando se han colocado barandillas de madera y unos trescientos escalones, la ascensión resulta fatigosa y no muy segura.
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Al final del sinuoso sendero, se llega hasta una muralla, o coracha, de trece metros de longitud, que mediante una estrecha y baja poterna protegía el acceso al primer recinto. Éste, al que algún optimista ha calificado como "patio de armas", es un minúsculo espacio trapezoidal, con un lienzo de apenas diez metros dotado de merlones y saeteras, colocado a pico sobre el precipicio. Aquí se alza la "atalaya dúplice", pues se trata de dos estrechas torres, rectangulares, unidas por una esquina. En la base de la más adelantada, existe un aljibe de regular tamaño, que abastecía con agua de lluvia a los defensores. En la unión de ambas torres, un estrecho pasadizo, que apenas permite el paso de un hombre, y esto con grandes dificultades, conduce al piso superior de las dos atalayas, y a las almenas.
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El enclave, podía resistir un asedio de forma indefinida, mientras contase con víveres suficientes y el aljibe lleno, pues el asalto era prácticamente imposible, ya que no hay espacio para emplazar máquinas de guerra, ni escalas, ni se pueden practicar minas.
No obstante, una vez desaparecido el enemigo musulmán con la caída del reino granadino, la atalaya del Albanchez, resultaba supérflua. Salvo alguna escaramuza, durante las reyertas señoriales y la guerra civil de los Trastamara, su utilidad desapareció por completo. A fines del siglo XVI, las crónicas dicen que estaba ya abandonada y en ruinas.
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Jesús Ávila Granados, otro incansable rastreador de enigmas celtibéricos, se ha referido a esta comarca como: "Sierra Mágina, uno de los escenarios más esotérico de la geografía hispana", y nosotros, aunque matizando el aumentativo, tenemos que darle la razón. Sobre todo después de aquella tarde de octubre, húmeda y neblinosa, cuando unos acogedores "albanchurros" nos deleitaron con los misterios, sucedidos, creencias y costumbres del lugar, al amor de la lumbre, en la vieja casona familiar de los Gila.
Allí, entre bromas y veras, salieron a relucir los espectros de su atalaya de Albanchez, junto con las fantasmales "caras de Belmez", que no son sino la punta de un iceberg sobre viejas creencias en espíritus, aparecidos y manifestaciones del submundo celtíbero. Nos hablaron de los zahoríes, que por aquí no son sólo quienes tienen el misterioso poder de conocer donde encontrar agua subterránea, sino también aquellos que adivina el futuro, como dice la copla:
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"Si yo fuera zajorí,
calara los pensamientos,
supiera lo porvenir..."
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Y no faltaron los chascarrillos sobre los dos patronos del lugar, el más "veterano", san Roque, y el más "bisoño", Francisco de Paula (canonizado en 1519), el popular "Pachuelo", que, entre sus muchos milagros, debe contar con uno bien singular: la venida a Albanchez del Santo Grial... Bueno, una réplica del que, en la catedral de Valencia, veneran los cofrades levantinos de dicho santo.
Celestial "Pachuelo", al que lo mismo arrojan trigo a puñados, para propiciar buenas cosechas, que lo bañan en litros de colonia, para que llueva con abundancia, o que antaño despeñaban desde el barrio de "los Pilrreles", cuando no les concedía la ansiada lluvia. Santo que no es, sino el sincretismo de alguna vieja deidad celtíbera, pasada por el tamiz sincrético de heterodoxos ermitaños, curanderos serranos, los famosos "santos" que en esta sierra ejercen una "medicina mística", adquirida por gracia especial de la divinidad en el vientre de sus madres, como el "santo Custodio", la "santa Antonia", y tantos otros.
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También la sombra del monte Aznaitín se proyectó sobre aquella tertulia, con su largo cortejo de malignos duendes "minguillos", enigmáticos centauros "juancaballo", tesoros árabes por los laberínticos recovecos de la cueva encantada, o el brumoso recuerdo del Dios celtíbero Naitín que habita en sus entrañas. Sí, "ese que manda el arco iris a recoger agua al río para preñar las nubes de lluvia...", el mismo que "arrastrando por el cielo carretones cargados de piedras, produce las tormentas y los truenos...", por eso, "cuando hay tronada, conviene estar atento, porque donde cae una centella puede encontrarse la Piedra del Rayo, que libra a la casa del fuego del cielo..."
Incluso, nos descubrieron insólitas propiedades del aceite de oliva, pues afirman los antiguos que, "si mudamos de casa, y no queremos que el gato se marche de la nueva vivienda, basta con untarle los pies de aceite virgen..." Y no faltaron las referencias a las actuaciones inquisitoriales, allá por finales del siglo XVI, que llevaron a las hogueras de Úbeda y Baeza, cerca de trescientos vecinos de los contornos, entre moriscos, judaizantes, alumbrados, brujos, endemoniados, hechiceros, herejes supersticiosos, y curanderos.
Luego, sin apenas darnos cuenta, la noche arrojó su negra capa sobre Albanchez. Por la almenas de su atalaya, "nido de gorriones", graznaba la lechuza y le respondía el mochuelo, mientras el murciélago zigzagueaba de acá para allá. En las empinadas calles, los niños pasaban cantando bajo la llovizna otoñal:
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"Agua del Cielo
crece el pelo:
¿Quién te lo ha dicho?
Mis dos luceros..."
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[Dedicado a Miss Brillet y Malvís, "aceituneros altivos...", a su mítica Fraga y a todos sus habitantes, humanos y animales].
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Salud y fraternidad.





