lunes, 17 de septiembre de 2012

El Bierzo Templario: Ponferrada y la Tau perdida.

De los diversos elementos de curiosidad, que presenta el castillo templario de Ponferrada, hay uno que suele pasar desaparcibido al ojo del visitante no avisado, aunque se trata de un enigma de primera magnitud, un interrogante que, hasta el día de hoy, carece de solución.
Nos referimos a la controvertida cruz Tau, cuya pertenencia a la Orden del Temple es afirmada y negada, indistintamente, con una vehemencia digna de mejor causa.
¿Estamos ante una divisa simbólica del Temple? ¿O es acaso el blasón de Pedro Álvarez de Osorio, señor feudal de Ponferrada, tras la desaparición de los templarios?
 
Entre 1174 y 1312, -salvo un breve paréntesis, del 1204 al 1211-, Ponferrada perteneció a la Orden del Temple, con la categoría de Encomienda, gobernando desde allí sus numerosas y ricas posesiones, tanto materiales como espirituales, repartidas por estas mágicas comarcas.
Encaramado en un farallón rocoso, sobre el río Sil, hubo un castro celta, que los romanos convirtieron en la mansión Interamnio Flavia. Sobre las ruinas de aquella fortaleza romana, el Temple levantó su castillo. Sin embargo, el conjunto fortificado que podemos ver hoy no se corresponde exactamente con la estructura templaria, pues se trata de la superposición ocasionada por los añadidos y reconstrucciones de sus sucesivos poseedores. 
 

Plano del castillo de Ponferrada, trazado por José María Luego, en 1929. La línea roja señala el "Castillo Viejo", la estructura original de la Encomienda del Temple que ha sufrido menos remodelaciones.
 
La obra del Temple estaría formada por el llamado "Castillo Viejo", conjunto agrupado en la esquina norte del recinto, que constituiría el corazón de la encomienda, así como la extensa fortificación exterior que convierte el conjunto en un fuerte albácar, semejante al de su encomienda toledana de Montalbán.
El albácar, consiste en un espacio amurallado independiente del castillo, pero unido a él, que por su capacidad permite contener dependencias anexas, como graneros, establos, así como la eventual concentración de un gran número de tropas, o el refugio de los aldeanos y su ganado en caso de peligro.
Desaparecido el Temple, los diferentes dueños fueron remodelando, añadiendo y derribando, construcciones, aunque respetaron la estructura general del conjunto. 

Los detractores de la autoría templaria, de las citadas cruces Tau, alegan que están situadas en sillares correspondientes a la obra posterior a la desaparición del Temple, estando ausentes del Castillo Viejo, aunque ello suponga ignorar que la cerca exterior fue también de la Orden.
Los partidarios del templarismo, para las Tau ponferradinas, afirman que dichas cruces fueron extraídas del recinto albácar templario arruinado, siendo incluidas en la obra posterior de reconstrucción. Hoy por hoy, las posturas parecen ser irreconciliables.
Son varios los ejemplares, de cruces Tau, que se encuentran todavía repartidos por los muros de la fortaleza. En concreto, se conservan cuatro, aunque hubo otras que hoy están en paradero desconocido.

De las conservadas in situ, la primera se encuentra sobre el arco de la portada principal, tras el puente levadizo.
Es un bello ejemplar de cruz, commisa y paté en forma de Tau, rehundida en un sillar de granito, como todas las demás del castillo, y la mejor conservada del conjunto. La belleza de su simple geometría, presta elegancia a su ignoto misterio.

La segunda, muy erosionada, aparece sobre el arco de acceso a la Torre del Homenaje, coronando una deteriorada inscripción, hoy prácticamente ilegible, sobre la que luego hablaremos.

La tercera, medianamente conservada, campea sobre la puerta de acceso al cuerpo de guardia, en la parte superior de la Torre de los Caracoles, y es prácticamente idéntica a la del acceso principal.

La cuarta y última, también muy deteriorada, se sitúa sobre la poterna del segundo reducto, junto a la Torre Malpica y la Torre del Homenaje del Castillo Viejo, o recinto templario.
Una quinta, que estaba sobre cierto arco interior, desapareció, y en 1929 se encontraba sobre la puerta del Cementerio Viejo de Ponferrada.
Otra, muy especial, desapareció hace unos ciento setenta años…

La inscripción de la torre del homenaje, fue recogida por el inspirado poeta-historiador Enrique Gil y Carrasco en su romántica novela sobre el Temple, “El Señor de Bembibre” (1844), porque en su época todavía era legible dicho texto bíblico: “Dominus mihi custos et ego dispersam inimicus meos” -Sea el Señor mi guardián y yo dispersaré a mis enemigos-. Texto que también recogió Acacio Cáceres Prat en “El Vierzo. Su descripción e historia, tradiciones y leyendas” (1883).
Sobre la entrada a ciertas estancias interiores, ya desaparecidas, hubo otra lápida con la doble inscripción bíblica: “Nisi dominus custodierit civitatem, frustra vigilat qui custodit eam”, -Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan sus guardianes (Salmo 127, 1), seguido del antedicho Dominus mihi…”.  

Esa lápida, parece ser la misma que podemos ver en un olvidado cuadro, realizado hacia 1840 por Lorenzo Fuentes, expuesto en el Museo Arqueológico de León desde 1893. Dicha inscripción se conservaba, en 1929, en el interior de la casa ponferradina del señor Ricardo Vallinas, donde la vio y copió el historiador José María Luengo y Martínez.
En esa obra pictórica, ante la maltratada fortaleza templaria, pero todavía bien conservada, se aprecia en el suelo una lápida, con la ya nombrada inscripción bíblica, en macarrónico latín: “Nisi Dominus edificavit domiu vanu laborant qui edifica ean. Domino michi auditor e ego dispiciam inimicos meos”.

A su lado, vemos tumbada la dovela de un arco, con extraños símbolos: una estrella de ocho puntas, formada por el entrecruzamiento de dos cuadrados, en cuyo interior campea una cruz Tau que, bajo sus brazos, cobija un poliskel solar y una estrellita de ocho rayos
Una cartela explicativa, en la parte inferior del cuadro, reza así: “Ponferrada: Fortaleza del Temple como estaba en 1840. Lápida de la entrada de las habitaciones, restos de la ventana gemela gótica y curiosa clave de la puerta de las caballerizas que desaparecieron con el derribo permitido en 1848 salvándose la lápida que se conserva”.
Sin embargo, el descubrimiento de la existencia de otra lápida y dovela, semejantes, en un castillo templario vecino, no solo no aclara su enigma, sino que lo complica.


Sobre el arco de acceso al castillo de Ulver-Cornatel, antigua Encomienda Menor, dependiente del Temple de Ponferrada, un hueco delata que de allí ha sido arrancada una gran pieza de piedra. Sólo tendríamos sospechas de lo que ese vacío pudo contener, si no fuese por la descripción que, de Ulver, hizo el cronista oficial de León, don Mariano Domínguez-Berrueta (1871-1966), quien a inicios del siglo pasado alcanzó a ver en su lugar la desaparecida piedra armera, que describe de esta guisa:
   “Una piedra marcada con la cruz Tau, y la divisa ‘Dominus mihi custos et ego dispersam inimicos meos’, encerrada en dos cuadrados enlazados, conteniendo además una rosa y una estrella”.
Exactamente los mismos elementos que campean en el castillo templario de Ponferrada. La misma inscripción, la misma cruz Tau, los mismos símbolos solares…
Por desgracia, ambas piedras han desaparecido. ¿Quizá porque el Señor dejó de ser su custodio, y los templarios ya no pudieron dispersar a sus enemigos?
Salud y fraternidad.

martes, 24 de abril de 2012

El Bierzo Templario: Castillo de Ulver.

En el sinuoso camino que, siguiendo el curso del río Sil, baja desde Ponferrada para acceder a Galicia en dirección a Ourense, justo al lado de Villavieja, se alzan los restos del Castillo de Cornatel, así llamado en los documentos, desde 1378, cuando estaba en manos de la poderosa familia Osorio.
Esta ruta, era utilizada como variante del camino a Compostela, y en su comienzo se encuentra la explotación aurífera, romana, de Las Médulas, y el mítico lago de Carucedo, con su Xana encantada habitando una ciudad sumergida.
Durante siglos, las gentes de la comarca sostuvieron la tradición de que tal castillo había pertenecido a la Orden del Temple, como parte de su encomienda de Ponferrada, aunque no aparecía en documentación alguna. Sin embargo, antes de sonreírnos o despreciar las tradiciones populares, mejor será que lo pensemos dos veces, reflexionando sobre el curioso caso de la fortaleza de Cornatel.
 
 
Ciertos intelectuales, confiados en los relatos populares, daban por buena la presencia del Temple en Cornatel, lo cual provocaba que muchos “eruditos académicos” se burlasen de la credulidad del populacho, y de los “intelectuales” que les daban pábulo.
Entre esos intelectuales se encontraba el escritor berciano Enrique Gil y Carrasco quien, como ayudante en la Biblioteca Nacional de Madrid, aprovechó la documentación templaria allí existente, y la complementó con las leyendas de su tierra sobre Cornatel. Así nació, su novela “El señor de Bembibre” (1843), en la mejor tradición histórica del romanticismo.
Por el contrario, existía otro castillo berciano, el de Ulver, que sí estaba suficientemente documentado como posesión de la Orden del Temple. Así lo acredita una escritura del Cartulario de San Pedro de Montes, del año 1228: “Tenente Ulver Freyres del Templo”, “…teniendo Ulver los hermanos del Temple”, señal de que se hallaban en posesión del castillo desde años atrás, asegurando algunos autores que les fue otorgado a fines del s.XII.
 
También hay documentación sobre las posesiones vecinas que controlaba esta fortaleza, actuando en ocasiones como “encomienda menor”. Así, el Tumbo Viejo de San Pedro de Montes, cita en 1197 a “frey Pedreion encomendador de Priaranza”. Un documento, de 1222, fija los derechos a percibir por el Temple en Salas de la Ribera. Otras escrituras, de 1259 y 1261, citan algunos de sus dominios en los lugares de Borrenes y Priaranza, enclavados todos en las cercanías del castillo de Ulver.
Esta fortificación, destacada por su importancia estratégica, vigilando un paso natural de salida hacia Galicia por la cuenca del Sil, recibe su nombre del río homónimo, que denominó antaño la “Tierra de Ulver”, una tenencia del condado Bergidense, cuyas tierras se aglutinaban alrededor del castillo de Ulver, nombre que hacen derivar del latín umber, “carnero salvaje”.
 
El único problema de Ulver, es que nadie sabía donde se encontraba situada tal fortaleza templaria, muy bien documentada pero en paradero desconocido.
Ateniéndose a los lugares que dependían de dicho castillo: Salas de la Ribera, Borrenes y Priaranza, el candidato más probable para ser identificado con Ulver, era Cornatel, de cuyo nombre no existían referencias anteriores a la extinción del Temple.
Hasta que, tras muchos años de estudio e investigación, el historiador Augusto Quintana Prieto, descubrió las pruebas escritas que respaldaban la “credulidad del populacho” y “de algunos intelectuales”, y le daban carta de naturaleza.
Dichas pruebas, publicadas hacia 1950,  se encuentran en el Cartulario de San Pedro de Montes, donde se cita el castillo de Ulver en 1065: “doy una heredad mía en el lugar de Borrenes, en Territorio del Bierzo y junto al castillo de Ulver”. Al lado, un monje acabó escribiendo esta “marginalia” aclaratoria: “Ulver, es castillo de Cornatelo”.
 
Ya no había duda alguna, el Ulver que los documentos antiguos ponen en manos de los templarios, es aquel Cornatel que la tradición popular atribuía a los caballeros del Temple.
Su origen, todavía no dilucidado, está en algún castro céltico-astur, transformado en castrum romano fortificado que, durante los ss.I y II, protegiera militarmente el yacimiento minero de las Médulas.
Ignoramos su devenir tras las invasiones bárbaras, ya que en tiempos visigodos parece quedar relegado a un segundo plano, pero posteriormente reaparece como puesto defensivo frente al avance árabe, y en los ss.X-XI se lo nombra como destacado “castellum” del reino de León ante los musulmanes.
De 1093 a 1109 tuvo la tenencia de Ulver la condesa Jimena Muñiz, amante de Alfonso VI, y abuela del primer rey de Portugal, Alfonso I Enríquez*. Luego recaerá en manos de diversos nobles, especialmente del linaje Froilaz, hasta que a comienzos del s.XIII pasa a poder del Temple.
 
En Ulver las fechas bailan una danza confusa. La documentación señala que, en 1196, está en manos del noble Pedro Canada, y en 1213 ostenta su titularidad el Concejo de Ponferrada. De ahí que algunos aventuren que el Temple entró en posesión del castillo hacia 1198, poseyéndolo hasta 1204 cuando Alfonso IX les obliga a entregar las posesiones bercianas. Otros, barajan una fecha comprendida entre 1218 y 1228, en concordancia con adquisiciones posteriores a la devolución, en 1211, de los bienes retenidos por la Corona durante esos siete años.
Luego, hasta el fin de la Orden en 1312, la historia templaria de Ulver transcurre silenciosamente. Los caballeros administran sus posesiones en Salas de la Ribera, Borrenes, Priaranza, y algunos más. Protegen el paso de peregrinos, auxiliando a los enfermos en sus hospitales, controlan las rutas de los mercaderes, y reprimen el bandolerismo.
 
A la disolución de los Templarios, las posesiones bercianas de la Orden, entre ellas Ulver, pasaron a poder de la Corona, que acabó entregándolas a la poderosa estirpe de los Condes de Lemos, hacia 1340.
Estando en manos del despótico Conde de Lemos, Pedro Álvarez de Osorio, tuvo lugar la rebelión galaica de los irmandiños (1467-1469), quienes se aliaran con los bercianos para asaltar el castillo, que resultó devastado. Fracasada la revuelta, Ulver, que desde 1378 ha cambiado su nombre por Cornatel, es reconstruido.
Pero ya no recuperará su esplendor de antaño. A partir del s.XVII, sufritá un progresivo abandono, culminando en el s.XIX. Cuando a partir de 2004 se inicie su proceso de restauración, los siglos de ruina y saqueo lo habrán privado de sus elementos más señeros, impunemente expoliados por saqueadores de todo pelo.
 
El castillo templario, tras la reconstrucción del Conde de Lemos en el s.XV.
  
La estructura fortificada de Ulver, se adapta al irregular peñasco alargado sobre el que se alza, a fin de aprovechar la defensa natural que su escarpada orografía le proporciona. Su cara nordeste, por ejemplo, apenas requiere muros, pues se alza sobre un vertiginoso despeñadero. Esta circunstancia, se explota para situar ventajosamente el acceso mediante un estrecho sendero, conocido como “rampa mulera”, que al estar encajonado entre el precipicio y el muro norte, proporciona una defensa óptima de la retranqueada portada principal.
Sobre el arco de dicha puerta, un hueco delata que de allí ha sido arrancada una gran pieza de piedra, o varias:
Parece que este misterio nos lo aclararía la descripción que, de Ulver, hizo el cronista oficial de León, don Mariano Domínguez-Berrueta (1871-1966), quien a inicios del siglo pasado alcanzó a ver allí la desaparecida piedra armera, que describe de esta guisa:
   “Una piedra marcada con la cruz Tau, y la divisa ‘Dominus mihi custos et ego dispersam inimicos meos’, encerrada en dos cuadrados enlazados, conteniendo además una rosa y una estrella”.
 
[El  símbolo tallado en una dovela del castillo de Ponferrada, según lo dibujó el investigador José Mª Luengo a partir de un cuadro de 1840. Don mariano Berrueta, afirma haber visto idéntico símbolo en Ulver].
 
Sin embargo, el enigma no sólo no se aclara sino que se complica. Porque dicho símbolo, y la inscripción que lo acompaña: “Sea Dios mi custodio y yo dispersaré a mis enemigos”, aparecen también en el castillo templario de Ponferrada. Es decir, aparecían, según podemos ver en un cuadro realizado hacia 1840 por Lorenzo Fuentes, conservado en el Museo Arqueológico de León.
En esa obra pictórica, ante una fortaleza maltratada, pero todavía bien conservada, se aprecia en el suelo una dovela con idéntico símbolo al de Ulver. ¿Estamos ante una divisa del Temple? ¿O es acaso el blasón del señor feudal de Ulver y Ponferrada?
Son escasos los documentos conservados, de los casi cien años que la Orden permaneció en posesión de esta fortaleza, dependiente de la Encomienda de Ponferrada. Por el contrario, Ulver-Cornatel, resulta abundante en leyendas y tradiciones populares, en las que se funden viejos mitos célticos con recuerdos templarios y tradiciones de los feroces señores de Osorio.
 
En los filandones, al amor de la lumbre, contaban los vecinos del contorno, que un “encomendador” de Ulver gustaba de pasear cada día hasta cierta fuente sita en el camino de Villavieja. Allí conoció una misteriosa dama, que llenaba su cántaro y peinaba los cabellos al borde del agua. Tras algunos encuentros, pasó lo que tenía que pasar, y el templario rompió su voto de castidad. Descubiertos los amantes, fueron muertos por los templarios al pie de la fuente, quizá un agosto o un septiembre. Desde entonces, al final del verano, las noches de luna llena, junto al venero de agua se pueden ver los esqueletos de ambos amantes yacer sobre la hierba. Sin embargo, al acercarse el observador, los huesos de la visión se transforman en serpientes que escapan por la espesura. Esto es así porque, según afirman, la bella dama era una Xana…      
También narraban, durante los magostos, que en la primera luna llena del verano, aparece sobre la cercana Pedra do Home, una misteriosa espada encima de la roca. Dicen ser la espada del último “maestre” templario de Ulver, que se manifiesta en espera del paladín que la tome para defender el honor de la extinta Orden. Y dicen más, que algunas noches, de los calabozos subterráneos escapan lamentos desgarradores, que exhalan las almas en pena de los templarios allí ajusticiados, por los hombres del cruel señor de Osorio, tras su detención...
 
Por supuesto, no falta la tradición sobre un pasadizo secreto que, por caminos subterráneos, enlaza Ulver con la fortaleza de Ponferrada. Ni las consejas sobre tesoros ocultos, como cierto cofre lleno de áureas monedas, o aquel juego de bolos de oro regalo de la Xana a su enamorado el “encomendador”…
Lo curioso, es que el pasadizo existe, pero a poca distancia de su entrada los derrumbes lo obstruyen. ¿Están allí dentro los tesoros que cuentan las leyendas locales? Verdadero o falso, lo cierto es que, durante siglos, los saqueadores han horadado por todo el recinto, sin que sepamos si desentrañaron el secreto, o si los espíritus templarios se los llevaron con ellos.
La fortaleza de Ulver, sumergida en la exuberante naturaleza de estos montes olvidados, nos conduce a un tiempo mágico, donde todos los misterios son posibles.
Sin embargo, a su lado, humilde y silencioso, pasa el Camino Jacobeo, arrastrando una fe muy antigua, anterior al propio señor Santiago, que trasciende los siglos.
Salud y fraternidad.

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*Doña Jimena tuvo dos hijas bastardas con el rey Alfonso VI: la primera, Elvira de Castilla (1081-1156), casó con el conde Raimundo IV de Tolosa; la segunda, Teresa de León (1083-1130), tomó el título de Condesa de Portugal al casar con Enrique de Borgoña, y su hijo Alfonso I Enríquez fue el primer rey de Portugal.   

domingo, 18 de marzo de 2012

El Bierzo Templario: Pieros.

Templo de San Martín, en Pieros (León), que formó parte de una desaparecida casa fuerte templaria.

Que la Orden del Temple estuvo, fuertemente asentada, en las leonesas comarcas del Bierzo y la Maragatería, es un hecho indiscutible. Su encomienda, con sede en Ponferrada, administraba las diversas posesiones de los contornos, aunque, a pesar de su importancia, tampoco en estas tierras está claro cuales eran sus pertenencias.
Hay una parte perfectamente documentada, como el caso de la fortaleza de Ponferrada, y las posesiones de Pieros, Priaranza, la Valdueza -o Valle del Río Oza-, Tremor de Abajo, los Barrios de Salas, y Rabanal del Camino, además de los castillos de Santa María de Antares y Cornatel. Pero también, hay otra parte donde sólo la trdición popular respalda su adjudicación al Temple, caso de los castillos de Corullon, Sarracín y Balboa, o los lugares de Borrenes, Cacabelos, Bembibre, Molinaseca, Turienzo de los Caballeros, y Castrillo de los Polvazares.

Monasterio de Santa María de Carracedo (León), muro sur del templo y parte del arruinado claustro.

Junto a Pieros (León), se encuentran las ruinas del Castrum Bergidum, población céltico-astur, cuya conquista por Roma dio por finalizadas las Guerras Astur-Cántabras (29 a 19 a.C.). Su nombre hizo fortuna, y acabó aplicándose a la región: el Bierzo.
El castro romanizado, centro administrativo de las explotaciones auríferas del territorio, como las Médulas, fue decayendo tras las invasiones bárbaras y las razzías musulmanas. Sin embargo, su recuerdo pervivió y en fecha tan tardía como 1210 el rey Alfonso IX tratará de repoblar el castro, pero sin éxito, porque hacía un siglo que las gentes ya se habían asentado en enclaves al borde del Camino Jacobeo.
 
En Carracedo, la reconstrucción de 1796 respetó la fachada oeste del viejo templo románico, con su fabuloso rosetón, y el arranque de la torre.
 
La repoblación inicial se había producido, hacia el 1108, de manos del arzobispo compostelano Diego Gelmírez, pero no en el castro, sino centrada en lugares próximos como Cacabelos y Pieros, que crecieron al calor del Camino Jacobeo.
Pieros, cuyo templo había consagrado el obispo Osmundo, en 1086, destacó pronto por el Hospital de peregrinos, y luego por la administración de sus señores feudales: los Templarios, presentes al menos desde 1178.
Hoy día, el lugar de Pieros es sólo una sombra lejana de lo que fue, nada hace suponer su antigua importancia.
 
 
Carracedo. En la esquina noroeste del claustro quedan restos de la antigua fachada románica, con sillares marcados por estraños símbolos.

La Orden del Temple tuvo en Pieros un recinto fortificado, con capilla incluida, al estilo de Aberin (Navarra). La posesión, era lo bastante importante como para constituir una especie de "encomienda menor", mediante la que administrar las ricas propiedades agrícolas del contorno y el comercio con los peregrinos.
La documentación cita, al menos en dos ocasiones, esta circunstancia. Así, entre 1220-1224, figura frey Domingo Fernández "Comendador de Ponferrada y Pieros", y entre 1240-1249 aparece frey Juan Fernández "Comendador de Ponferrada, Pieros y Rabanal".
Las disensiones entre los templarios y el rey, Alfonso IX, provocaron que el monarca les retirase la encomienda de Ponferrada y todas sus posesiones, en 1204, aunque se las devolvió en 1211, tras firmar un pacto de concordia con la Orden.
 
 
Carracedo. Unión de la torre románica con la fachada oeste, aquí aparecen algunos de los sillares con símbolos célticos. 
 
Tras la desaparición del Temple, a partir de 1312, Pieros pasó a poder de diversos señores feudales. Luego, vino el olvido y la ruina.
Hoy día, no queda rastro de aquella casa fortificada, y la que dicen fue su capilla es un edificio irreconocible, reconstruido siglos después aprovechando algunas piedras templarias, entre las que se encontraban ciertos elementos muy antiguos de posible origen visigodo.
Es el pequeño templo, sobre una ladera en las afueras del pueblo, que actualmente conocemos bajo la advocación de San Martín. Parece que todo recuerdo templario se ha perdido, pero la tradición popular dice otra cosa...

Carracedo. El "árbol de la vida", junto a símbolos solares y vegetales célticos.

A unos siete kilómetros de Pieros, en el lugar de Carracedo, los benedictinos fundan en 990 el Monasterio de San Salvador, que a fines del s.XII adopta la reforma del Cister, y el nuevo nombre de Santa María de Carracedo.
Su prosperidad lo convertirá en el más rico del reino de León, durante los ss.XII y XIII, incluyendo un Palacio Real para retiro y descanso de los monarcas.
Actualmente, en el arruinado recinto, se aprecian estructuras y muros que delatan haber sufrido reconstrucciones, aprovechando materiales anteriores.
 
 
Carracedo. ¿Flor de cuatro pétalos o cruz paté?
 
Se sabe que hubo reformas, a comienzos y finales del s.XIII, con otras obras en los ss.XVI-XVII. Finalmente, en 1796, los monjes inician el derribo del precioso templo románico de Carracedo, que consideran pequeño.
Pero mientras levantan el nuevo edificio, las tropas de Napoleón saquean el monasterio, en 1811. El templo nuevo queda sin acabar de edificarse, y el viejo sin finalizar su derribo.
Luego, en 1835, se produce la desamortización de Mendizábal y con ella la imparable ruina del conjunto monumental.
 
 
Carracedo. Estrella y flor tetrapétala.
 
Y, en este punto, volvemos a vislumbrar la sombra de los templarios. Porque, según una arraigada tradición popular de Carracedo, las piedras para la inacabada obra, de 1796, "se trajeron del abandonado castillo templario de Pieros, por eso los sillares tiene tan extrañas marcas, más propias de brujos que de monjes..."
Recorriendo las consolidadas ruinas del Monasterio de Carracedo, si ponemos un poco de atención, veremos que en sus sillares asoman unos signos, profundamente tallados, más cercanos a la simbología de la Antigua Religión que a la de la nueva: poliskeles, espigas, entrelazos, árboles de la vida, rosáceas, estrellas, círculos concéntricos, y unas curiosas tetrapétalas que entre sus hojas parecen enmascarar cruces paté.
 
 
Carracedo. Uno de los sillares, presuntamente procedente de la fortaleza templaria de Pieros.
 
Esta tradición, como todas, debe tener un fondo de verdad, aunque ha sido deformado por el paso del tiempo. Porque tales piedras, tan curiosamente labradas, no se encuentran sólo en la obra de 1796, sino también en lo que resta de los edificios anteriores.
Es decir, que al hacer el derribo-reconstrucción del s.XVIII, se reutilizaron los sillares antiguos allí existentes. Sillares que bien pueden proceder de los abandonados edificios templarios de Pieros, como quiere el rumor popular, habiendo sido traídos hasta Carracedo en fecha desconocida.
 
 
Carracedo. Viejos sillares con símbolos solares, erosionados por los elementos.
 
Sabemos que aquí hubo reformas a comienzos del s.XIII, lo cual coincidiría con el forzado abandono templario de Pieros, entre 1204 y 1211, obligados por el rey Alfonso IX.
Momento en que, los monjes de Carracedo, hubieran podido saquear los edificios del Temple, aunque esto no es probable, pues los bienes templarios pasaron inmediatamente a poder de diversos nobles, que continuaron explotando las ricas posesiones de la Orden y, por tanto, no consentirían que nadie las desmantelase.
 
 
Carracedo. Una simbología que se pierde en la noche de los tiempos.
 
Más verosímil resulta, que tal despojo tuviera lugar durante los ss.XVI-XVII, cuando en Carracedo se hicieron obras de mejora y reconstrucción en diversas partes del Monasterio.
Para tales fechas, hacía ya cuatro o cinco siglos que el Temple había desaparecido de Pieros, la importancia del lugar había decaído en beneficio del vecino pueblo de Cacabelos, y los edificios templarios estaban abandonados.
Después, al derribar el templo románico de Carracedo, en 1796, muchos de éstos sillares procedentes de Pieros, volvieron a ser reutilizados en la nueva obra.
 
 
Carracedo. El gran poliskel solar, símbolo de la energía cósmica, y amuleto protector.
 
En cuanto a la procedencia templaria de estas piedras, repletas de símbolos ancestrales, más que pertenecer a las fortificaciones de Pieros, podrían ser de su capilla templaria. Su origen sería, incluso, anterior al Temple, pues es probable que los caballeros encontrasen allí un arruinado templo visigodo, construyendo su capilla sobre esos cimientos y empleando los viejos sillares.
Recordemos que, todavía hoy, el templo de San Martín conserva piedras prerrománicas. Piedras que ¿acaso habían sido reutilizadas, también, por los visigodos, quienes las habrían extraído del vecino Castrum Bergidum...? 
Porque estos símbolos, claramente célticos, son los que en dicha cultura hacen alusión al Sol, los astros, y otros elementos del mundo natural, relacionados con la fertilidad, los cuales se grababan en los templos, casas, tumbas, armas y objetos cotidianos, porque eran poderosos amuletos protectores.

Carracedo. Entrelazo céltico, símbolo de la continuidad vital de los ciclos cósmicos.
 
Desde los destrozados muros del Monasterio de Carracedo, estos símbolos nos desafían, cual nueva Esfinge, a desentrañar un enigma que se pierde en la noche de los tiempos.
¿Se trata de sillares célticos, extraídos del castro por los visigodos y reutilizados, primero por los templarios de Pieros, y luego por los monjes de Carracedo?
¿Sabremos responder con acierto, evitando así que la Esfinge nos devore?
Salud y fraternidad.

viernes, 9 de marzo de 2012

El gallo persa de San Isidoro de León

[Torre del Gallo, Colegiata de San Isidoro, en León].

En la ciudad de León, adosado al interior de sus murallas por el sector noroeste, se alzó un templo romano dedicado a Mercurio. Dicen que, sobre sus ruinas, se edificó, entre los ss.XI y XII, el Monasterio de San Pelayo. Cuando se trasladaron a él los restos del obispo san Isidoro de Sevilla, Doctor de las Españas, cambió su antiguo  nombre por el del ilustre huesped.
A pesar de las transformaciones sufridas, conserva todavía gran parte de su arquitectura románica, en ábsides, portadas y naves, o el campanario conocido como "torre del Gallo". El nombre de la torre, proviene del gallo de metal que corona su tejado, del que la tradición popular afirma que "cantaba para avisar que las tropas musulmanas se acercaban a la ciudad". Este sencillo y humilde objeto, ha resultado no ser tan sencillo, ni tan humilde, y demuestra como en la Edad Media las culturas más distantes no estaban tan alejadas.
Entre el pueblo llano, siempre corrió el rumor de que el gallo era de oro, por eso los soldados napoleónicos, durante la Guerra de la Independencia, la emprendieron a tiros con el animalito por si conseguían derribarlo. Afortunadamente, lo único que consiguieron fue hacerle dos agujeros de bala.
Emprendida la restauración de la citada torre, en 2011, se empezó por desmontar el viejo gallo de metal, a fin de someterlo a una profunda limpieza. En el laboratorio, los restauradores descubrieron que, las leyendas tejidas alrededor del gallo, no eran tan fantásticas como lo era la realidad. 

[El gallo actual de la torre, una réplica en bronce dorado] 

Su estudio, confirmó como la figura, que mide 87 cm, desde el pico a la cola, y 56,6 cm, de alto, es de oro. En realidad, cobre plomado dorado al fuego, y recubierto de un oro de tan alta calidad que el paso de los siglos apenas lo había alterado. Además, sus ojos eran dos gemas, hoy desaparecidas, de las que subsisten los engastes que las albergaban.
A pesar de la creencia generalizada, el gallo, nunca fue utilizado como veleta. Estaba fijado firmemente a una espiga de metal, que atravesaba dos esferas de diferente tamaño, recordando aquellas que coronan los minaretes de las mezquitas islámicas. Y tiene señales de haber estado dotado de patas, para sostenerlo sobre alguna superficie. Por tanto, su función en la torre había de ser simbólica. Según la mitología judeo-cristiana, el gallo simboliza al Cristo, que llama a los gentiles, para unirse a su mensaje de salvación, en el amanecer de una nueva era espiritual. Aunque también, como sincretismo de antiguas creencias, simbolizaba al animal solar por excelencia, el primero que recibe sus rayos al inicio del día, y por ello utilizado como amuleto contra los poderes de las tinieblas.
Pero la mayor sorpresa surgió, cuando se analizaron la tierra, el polen y los panales de abejas alfareras, contenidos en su interior hueco. Dichos elementos, no sólo no correspondían con los existentes en su tejado, o en las comarcas circundantes, sino que eran propios de Oriente, en concreto de la cuenca del Golfo Pérsico.

[Reproducción del gallo de la torre, en el Panteón Real, hacia 1170]

El culto abad de la colegiata, don Antonio Viñayo, siempre había sostenido que el gallo es tan antiguo como el templo leonés, puesto que en los muros del Panteón Real se encuentran dos pinturas de gallos (realizados hacia 1170), con idéntica silueta al de la torre.
Al contrastar diferentes puebas, incluida la del carbono-14, con los aspectos estilísticos, se concluyó que debe haber sido creado hacia los ss.VI-VII, en Oriente Próximo, y en el ámbito persa inmediato al advenimiento del Islam. Así, se baraja la teoría de que proceda de la corte sasánida de Kosroes II (590-628). La religión oficial de Persia era el zoroastrismo, aunque con él convivían pacíficamente el judaísmo, el cristianísmo nestoriano y el budismo. Sin embargo, según las crónicas bizantinas, cuando el rey sasánida conquistó los Santos Lugares de Palestina, en el 612, mandó sustituir las cruces que coronaban los templos cristianos por "gallos dorados", para manifestar su autoridad.
La cultura persa, que había influido sobre el Imperio romano, de modo que a través de él jugó un papel fundamental en la formación del arte medieval europeo, conquistó de forma inmediata el naciente mundo musulmán. Gran parte de lo que, posteriormente, sería conocido como "cultura islámica", fue adoptado por ella a partir de los persas sasánidas. Así, se comprende que los "gallos dorados" de Kosroes II entraran sin problemas en el corral musulmán.
El mayor enigma de nuestro gallo, estriba en saber cómo llegó el animalito hasta León. Admitido su origen oriental, podemos asumir que vino de Oriente hasta Al-Andalus, y que a partir de ahí viajó al reino de León como obsequio, tributo, o producto de saqueo en alguna acción bélica. Sobre tales presupuestos, las hipótesis barajadas son varias. 

[El gallo original, en el Museo de la Colegiata]. [Foto, cortesía de wikipedia].

Una hipótesis, alude al posible regalo del gallo por el califa de Bagdad al de Córdoba. Así, cuando en el año 1009 los leoneses saquearon Medina Azahara (Córdoba), al participar en la guerra civil que dividía el califato cordobés, pudieron obtener al gallo y llevarlo al norte como botín. O pudo ser traído por Alfonso VI, como parte de los saqueos realizados en 1072-1075 por los alrededores de Córdoba, cuando auxiliaba a su aliado Al-Mamún de Toledo. También puede proceder de Valencia, como parte del botín que, el mismo Alfonso VI, se cobró por ayudar al musulmán Al-Qadir, para recuperar el trono valenciano.
Otros estudiosos, apuntan que el gallo llegara a León tras la conquista de Toledo, o por efecto de las Cruzadas, ya que Elvira, hija del rey de León, Alfonso VI, era esposa del Conde de Tolosa, uno de los cuatro jefes de la primera Cruzada.
De otra parte, Fernando I y su esposa doña Sancha, consagraron el templo leonés en 1063, y con dicho motivo hicieron espléndidas donaciones en joyas y ornamentos litúrgicos, que hoy conocemos como el "Tesoro de León". ¿Entregaron en esta ocasión el famoso gallo? ¿O lo hizo doña Urraca Fernández, hija de los anteriores reyes, quien amplió el templo?
Todavía queda otro enigma. La espiga metálica, que sujeta el gallo, lleva una inscripción con la fecha "1074" ó "1100" -que no está claro-, y la palabra "Berlanaz". ¿Se trata de la fecha en que fue colocado el gallo en la torre, y el nombre del artesano que ensambló ambas piezas?
Un refranillo popular leonés, asegura que: "quien el vino del santo Martino llega a probar, luego oye al gallo cantar..." Alusión al presunto canto de advertencia que, dicen, hacía el gallo ante la proximidad de enemigos, tanto como a la misteriosa "cuba del santo Martino", con 900 años de solera, que todavía sigue proporcionando su mágico néctar a un reducido número de elegidos... Pero esa, ya es otra historia.

Salud y fraternidad.

viernes, 10 de febrero de 2012

Leyendas del Camino: O Cebreiro, donde "sopla el Espíritu".

"La realidad trascendente del Camino superó con creces las intenciones de los monjes del Cebreiro y bastó con que los peregrinos más lúcidos, y los constructores sagrados, abstrajeran una parte sustancial de todo cuanto se había instaurado, con fines meramente devocionales, para que la marcha a Compostela, que se trató de convertir en acto penitencial, recuperase su remoto sentido iniciático, transformando a niveles de Conocimiento lo que oficialmente se planteaba como una entrega doctrinal. [...] La presencia de la leyenda milagrosa, se sitúa en el instante en que, el peregrino, tenía que haber superado las pruebas más duras de la iniciación y, teóricamente al menos, se encontraba ya en condiciones de enfrentarse a su auténtica transformación interior".
[Juan G. Atienza, Leyendas del Camino de Santiago].

Situado en lo alto del montañoso puerto de Pedrafita, O Cebreiro es un castro céltico que ha sobrevivido vivo hasta nuestros días. Por los años cincuenta, del s.XX, sus ovaladas casas de piedra con techo de ramas, las "pallozas", todavía estaban habitadas por gentes que seguían un ritmo de vida ancestral. Luego, todas estuvieron a punto de desaparecer, aunque algunas consiguieron salvarse gracias al lento resurgimiento de la peregrinación jacobea.
Pero este aspecto, con ser de un valor incalculable para el estudio histórico y antropológico del lugar, va emparejado a otro suceso no menos prodigioso, ocurrido allá por los siglos XII o XIII, según cuenta la leyenda tradicional.  

Enclavado en un punto crucial del Camino Jacobeo, trazado aquí sobre la vieja vía romana, justo donde se abandona el Bierzo leonés, para descender a las llanuras galaicas, el pueblo de O Cebreiro fue donado por Alfonso VI, hacia 1072, a los monjes benedictinos franceses de San Giraldo de Aurillac, a cambio de que ofrecieran refugio y asistencia a los peregrinos en una Hospedería con Hospital.
Allí había un humilde templo de piedra pizarrosa, erigido hacia el s.IX, que los monjes fueron acomodando y ampliando. Aunque, para nuestra sorpresa, carece de todo el ornato iconográfico que nos es dado contemplar en cualquier otro edificio de la Orden Benedictina. Es como si, la sobrecogedora grandiosidad de la naturaleza que lo rodea, resultara suficiente para señalar la presencia de lo sagrado, sin necesidad de indicarlo con nada más.
La sencillez del edificio, y su ajuar ritual, en conjunción con el entorno, subrayan la sacralidad ancestral del lugar mejor que si estuviese repleto de esculturas, relieves y retablos. 

No obstante, en el templo de Santa María la Real, se guardan tres piezas señeras del arte medieval hispano, del s.XII: un cáliz, con su patena, y una imagen sedente de la Virgen Madre con el Niño. Estos ejemplares, aparte su valor material y artístico, tienen un valor añadido: participan en la mitología religiosa y la leyenda popular del Camino Jacobeo. Y, en cierto modo, cristianizan un enclave cuya "paganidad" ha resultado, y sigue resultando, demasiado evidente a lo largo de los siglos. Aunque, más que de una reconversión, se trata de un sincretismo, pues el símbolo mítico elegido por la nueva fe para imponerse a la Antigua, el "Grial", no deja de ser un símbolo céltico, trasunto del "caldero del dios Lug".
Por todo ello, el peregrino consciente, se enfrenta allí -hoy, como en el medievo- a una transformación interior semejante a la búsqueda iniciática del misterio hermético, que lo ha de conducir a la realización íntima de la Gran Obra, transformando su naturaleza espiritual de igual modo que el alquimista transmuta la materia.
Pero vayamos a la leyenda jacobea, cuyas fragancias todavía nos embriagan y hacen soñar.

Contaban los más viejos del lugar, mucho antes que el milagro fuese consignado por bula de Inocencio VIII (1487), que a caballo entre los siglos XII y XIII, había un vecino de la aldea de Barxamaior, Juan Santín, que no faltaba nunca a la misa, por muy malo que fuese el tiempo. Y allí, cuando el clima es malo, lo es de verdad. Pero él se recorría aquellos tres kilómetros, y asistía a los oficios cuando ni los propios habitantes de O Cebreiro se atrevían a salir de sus pallozas.
Así pues, un día en que nevaba intensamente y la ventisca azotaba inclemente los muros del templo, el monje de turno celebraba el oficio religioso en la más completa soledad, cuando se abrió la puerta y, en medio de una nube de copos helados, apareció el obstinado campesino. Cubierto de nieve, arrebujado en su capa, temblando de frío, con el rostro arrebolado por el viento cortante, pero dispuesto a cumplir sus devociones.
El monje, al verlo, pensó para sus adentros en lo absurdo de aquel rutinario fervor: "¡pobre hombre, con lo cómodo que estaría en su casa, al amor de la lumbre, y exponerse a morir por venir aquí, para ver un trozo de pan y un poco de vino...!"
Este breve momento, en que el monje menospreció el mítico ritual de la transubstanciación, junto con la sencilla fe del campesino, fue el detonante del milagro. Al pronunciar la palabras rituales, el monje, comprobó que ante sus ojos el pan se transformaba en auténtica carne, y el vino en verdadera sangre.

Admirado y arrepentido, el monje declaró el milagro, que fue certificado por el devoto Juan Santín, para ejemplo de discretos y aviso de incrédulos. Aunque la cosa no terminó ahí, porque todavía añaden los que saben de ello, que al ocurrir el prodigio, la imagen románica de Nuestra Señora, llamada luego Virgen del Milagro, que presidía entonces el altar mayor, en el momento culminante del milagro inclinó la cabeza hacia adelante para mejor contemplar aquel portento de su divino hijo...
Dicen más, que los dos arcosolios de la nave sur, donde hoy se contempla la santa reliquia, contiene los sepulcros del incrédulo monje y del piadoso Juan Santín, protagonistas del sagrado prodigio, que pidieron reposar juntos en aquel lugar.
Las sustancias objeto del milagro, quedaron junto con el cáliz como maravillosas reliquias para veneración de los peregrinos. Durante siglos recibieron la admirada devoción de los viajeros jacobitas, quienes, tras la propagación de los relatos griálicos de Chretien de Troyes y Wolfram von Eschenbach, no dudaron en asociar dicho milagro a los mitos del Santo Grial, identificando O Cebreiro con el Templo del Grial. Símbolo trascendente que, en realidad, carece de situación geográfica terrenal, pues el Grial, y su Templo, se encuentran en nuestro interior, a la espera de que los descubramos y sepamos reconocerlos...

El prodigioso símbolo, en forma de reliquia, quedó expuesto a la contemplación de mendigos y reyes. En 1486, los monarcas Fernando e Isabel, que peregrinaban a Santiago, quedaron tan impresionados al conocer la leyenda, que pretendieron llevarse las mágicas reliquias.
Tras pernoctar en la Hospedería de San Giraldo de Aurillac, mandaron empaquetar los objetos y colocarlos sobre una mula. Emprendieron la bajada, pero al llegar a la cercana aldea de La Faba, la mula se negó a continuar por más que la incitaron a ello. Sobrecogidos, se tomó esto como un presagio del cielo y, dejada suelta la obstinada mula, deshizo el camino y volvió ella sola al templo de Pedrafita.
Ante esta señal, de que las reliquias querían permanecer allí, donde habían obrado el prodigio, fueron devueltas al santuario de O Cebreiro, y entronizadas con todos los honores.

El padre Yepes, a comienzos del s.XVII, decía: "Yo, aunque indigno, he visto y adorado este santo misterio".
Y desde luego, misterio hay. La copa tiene grabada, en el pie, una frase completamente ortodoxa:
IN NOMINE DOMIEN NOSTRI IESV XPISTI ET BEATE MARIE VIRGINIS. [En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo y de la Virgen María].
Pero, en el borde del recipiente, leemos algo que se presta a cierta ambigüedad:
HOC TESTAMENTO SACRATVR QVO CVNCTIS PARATVR. [En éste cáliz se consagra aquello con lo que a todos la vida repara].
Frase, que nos sugiere un segundo sentido. ¿Una alusión a aquel ancestral "caldero celta", en el que las Vírgenes Sacerdotisas encendían el fuego del año nuevo, para regenerar el Sol y renovar la fertilidad? No en vano, el nombre del puerto, "Pedrafita", piedra-hincada, alude a viejos cultos celtas... 

Que el símbolo y su leyenda tienen "trasfondo", se atisba en la actitud del clero respecto a estas reliquias. En el s.XVIII, el teólogo de Valladolid, Fray Alonso de Olivares, bajo cuya autoridad estaba el santuario, tras visitar O Cebreiro, dejó ordenado a los monjes: "Item. Mandamos al Prior no permita se lleve en procesión en el día del Corpus, ni se exponga en otra ocasión alguna la memoria del Santo Milagro, ni se le de adoración, como si allí estuviera realmente el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, sino refiriéndose sencillamente y con discreción lo que la tradición conserva haber obrado Dios milarosamente en otro tiempo para bien de su Iglesia..." Mandato reafirmado, cuatro años después, por su sucesor, el reverendo Fray Pedro González Tarrago.
Si el clero, y sus teólogos, tenían tales reservas sobre el significado de las reliquias y el fervor que el pueblo les profesaba, por algo sería.

La unión de este mito del Cebreiro, con el mito literario del Grial, tuvo su culminación con el escritor gallego Ramón Cabanillas*, que le dedicó su poema "O cabaleiro do Sant Grial". En él, se identifica el céltico monte do Cebreiro, con la griálica montaña Monsalvat, aquella donde, según el trovador templario Wolfram von Eschenbach, los caballeros "Templeisen" custodiaban el Grial en un templo con forma octogonal...

"...Bicado de recendente
soavidade da mañán,
o escudo da cruz Bermella
cinguido pol-o brazal,
espora de ouro calzada,
luminosa espada na man,
o corazón esforzado
aceso e limpo de mal,
costa arriba, metras zoa
no vento maino e levián
de segreda campaiña
o tanguido de cristal,
ruba o nombre cabaleiro,
no seu soño de cabalgar,
a montaña milagreira
do Cebreiro-Monsalvat..." 

Si continuamos ruta, descendiendo del puerto de Pedrafita por la vertiente galaica, el Camino nos llevará hasta la ciudad de Lugo, la romana Lucus, la ciudad del céltico dios Lug, el del "Caldero Mágico" que guarda la poción regeneradora de la potencia vital...

Salud y fraternidad.
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* Ramón Cabanillas Enríquez (1876-1959), intelectual del movimiento nacionalista gallego As Irmandades de Fala (1916), quien junto a Otero Pedrayo, Castealo, Rosalía de Castro, Vicente Risco, o Álvaro Cunqueiro, entre otros, pretendía reivindicar el valor de la cultura autóctona, a través de la revista "A Nosa Terra".
La obra poética referida al Grial del Cebreiro, es "Na noite estremecida" (1926), estructurada en tres poemas que tiene como tema los mitos artúricos: "A espada Escalibor", "O cabaleiro do Sant Grial", y "O soño do Rei Artur", pretexto literario para una exaltación mítico-patriótica de Galicia, convirtiéndola en el reino prometido a los Caballeros de la Mesa Redonda, donde se cumplirán las antiguas profecías de la raza celta.