viernes, 30 de mayo de 2008

Érase una vez, en el lejano país de Nuestra Madre la Oca...

Los Montes de oca, cerca de Villafranca (Burgos), hogar de los celtíberos autrigones, primero, y paso de peregrinos jacobeos, después.
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Los Montes de Oca, a caballo entre la Cordillera Cantábrica y el Sistema Ibérico, es la cuna donde nace el río Oca, en un barranco próximo al lugar de Villamudria, para, a través del Valle de Oca, correr hacia el norte por la Bureba, hasta desembocar en el padre Ebro. A poco de nacer atraviesa por Villafranca Montes de Oca (Burgos), obligada etapa y albergue en el Camino de Santiago. Este lugar, con el nombre romano de Auca, ya era sagrado muchos siglos antes de que la Ruta se hiciese Jacobea. Estaba en la frontera sur de los pueblos autrigones, celtíberos cuya capital era Burbe –la Virovesca romana y actual Briviesca-, gentes que tenían en esta zona algunos de sus principales santuarios.
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El río Oca, donde habitan ninfas con pies de ánade...
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Entre los pueblos celtas, la oca era un animal sagrado. Sabemos, por los comentarios de César, que era tabú comer estos animales. Símbolo de alerta y protección, la oca está asociada a las diosas o ninfas de fuentes y ríos, como nexo de unión, mediante el agua, entre la tierra y el cielo. Algunas de estas diosas acuáticas, como Sequana, ninfa del río Sena, se representan “navegando” sobre una oca; otras, como la tríada de Matres, Diosas Madre, del manantial de Glanum (Provenza), tienen ocas a sus pies o en el regazo. Estas diosas y ninfas, solas o en forma de trinidad femenina, se asociaban con manantiales terapéuticos muy visitados. A fines del primer milenio a.C. se constata el desarrollo de estos santuarios, relacionados con manantiales salutíferos, y en el s.I a.C. estaban muy extendidos por toda la Europa céltica, desde Germania hasta Hispania. Dichos santuarios poseían características comunes: el templo con la imagen de la divinidad, la fuente medicinal, cisternas para el baño ritual, pozos para la ofrenda de exvotos, hospedería para los peregrinos, la residencia de sacerdotes y personal auxiliar, sin olvidar el estanque con sus ocas sagradas.
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La tradición celto-romana, de las ocas sagradas, pervivió en el medievo. Y aún hasta hoy, como demuestran esas aves en el claustro de la catedral de Barcelona. [Diapositiva 22 agosto 1990].
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En Burbe –Briviesca- los autrigones tenían un célebre santuario, junto al manantial medicinal, cuya ninfa fue cristianizada luego en la figura de Santa Casilda, “princesa mora” convertida y bautizada. Al igual que allí, en Auca poseyeron otro famoso templo junto a sus manantiales curativos. Templo y fuentes fueron aquí convenientemente sincretizados, por la nueva religión, al sustituir las ninfas o Matres por la Virgen Madre. Pero no por una virgen cualquiera, sino por Nuestra Señora de Oca.
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Ermita de NªSª de Oca, en Villafranca Montes de Oca, edificada sobre un santuario celtíbero dedicado a las Matres de las fuentes.
. Ídem, pórtico y fachada oeste. Cien veces arruinada y otras tantas reconstruida a lo largo de los siglos, porque la sacralidad del lugar así lo pide.
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Quiere la mitología cristiana, que en Auca se sitúe una de las sedes episcopales más antiguas de Hispania. Pues, afirman, fue su fundador uno de los siete varones apostólicos y discípulo del apóstol Santiago, el bondadoso San Indalecio. Éste habría llegado hasta Auca, hacia el 65, donde predicó la nueva fe, fundó la sede apostólica, arrebató a los autrigones las divinidades de sus antepasados, y sufrió martirio. Dicen que, al arrojar al cercano pozo el cuerpo de Indalecio, no solo rebosó éste, para devolver el cuerpo santo y convertirse en manantial, sino que brotaron al tiempo las Fuentes de Oca junto a la ermita, edificada por el santo para venerar a Nuestra Señora en lugar de las diosas paganas.
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Fuentes de Oca, en la ermita, junto al lado norte del ábside.
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Pozo de San Indalecio, al sur de la ermita, donde el santo discípulo de Santiago sufrió martirio...
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Lo único cierto es que, en tiempos de Teodorico, hacia el 448, Silvano, obispo de Calahorra, erigió aquí la Diócesis de Auca, sede episcopal visigoda encargada de cristianizar a los autrigones. Para ello se edificó, sobre una villa romana y reutilizando sus materiales, el Monasterio de Santa María de Montes de Oca, que debió tener una regular iglesia -al estilo de la no lejana Quintanilla de las Viñas-, cuyos restos subsisten convertidos en ermita de San Félix de Oca.
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En el ábside de la actual ermita, de Nª Sª de Oca, están estratificados los momentos constructivos del templo.
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También fue visigoda la ermita de San Indalecio, transformada ahora en ermita de Nuestra Señora de Oca, junto a la que brotan los manantiales milagrosos. En éste edificio se puede seguir la historia constructiva del lugar, el muro del ábside muestra en la parte baja hiladas de sillares visigodos, encima otros románicos, sobre ellos algunos góticos y de épocas más modernas. En un contrafuerte, absidal, queda cierta piedra tallada con estrellas y, en la fachada, luce una piedra calada, con ondas, a modo de óculo, acaso también restos visigodos.
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Sillar tallado del contrafuerte sur absidal.
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Hastial oeste, piedra calada usada como óculo, hoy cegado.
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Imagen de Nuestra Señora de Oca, s.XIV, en el Templo de Santiago, en Villafranca. [Foto prestada de un folleto turístico].
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La invasión musulmana, destruye el lugar en 716 y no será hasta 1068 cuando se repueble por francos, de ahí su nuevo nombre: Villafranca Montes de Oca, y se restaure la sede episcopal, -trasladada a Burgos en 1074-. Pasada la época de esplendor jacobeo, y arruinado el Monasterio, la imagen románica de la Virgen de Oca se trasladó a la ermita del santo, varias veces reconstruida, y cambió el nombre del discípulo de Santiago por el de la patrona del Monasterio. Al cabo, Nuestra Señora de Oca se perdió, o deterioró tanto, que hubo de ser sustituida por otra tardo-gótica, s.XIV-XV. La cual, también emigró, y se venera en la Catedral de Burgos. En Villafranca hay una copia en la Iglesia de Santiago y otra moderna en la ermita. ¿Cómo era la imagen original? ¿Se trataba de una Virgen Negra? ¿Acaso tenía una Oca a sus pies? ¿O tenía pies de Oca...?
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Claustro de la Catedral de Barcelona, con su bandada de "Ocas sagradas" y el estanque "mágico-milagroso". Aquí se celebra también la pagana fiesta del "huevo que baila", de la que hablaremos en otra ocasión. [Diapositiva 22 agosto 1990].
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Sin embargo, la magia ancestral, el espíritu sagrado del enclave no se perdió, a pesar del “exilio” de las Matres. Allá por 1974, cuando hacíamos a pie el Camino de Santiago, los viejos del lugar nos narraron una antigua leyenda. Dicen que, unos mozos imberbes, dieron en solazarse disfrazados de forma tenebrosa, encapuchados, con largas túnicas negras. Así ataviados, se hacían los encontradizos con quienes, al anochecer, acertaban a pasar por el Pozo de San Indalecio. El soto o bosquecillo que bordea el manantial, en esa hora umbría, no podía ser más a propósito para infundir pavor a los viajeros desprevenidos. Luego, en el mesón, ante unos vasos de vino, partidos de la risa, los mozos se ufanaban de sus “hazañas” presumiendo de “graciosos”.
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El soto del río Oca, junto al Pozo de San Indalecio, donde sitúan el encuentro entre los mozos bromistas y la bruja. ¿Cuento popular o recuerdo ancestral?
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Hasta que, un día no lejano, tuvieron merecido castigo. Cierta tarde, que se afanaban en gastar sus “bromas de pueblo”, vieron llegar al pozo una enlutada mujer. Salieron de entre la arboleda, dando aullidos, saltos, haciendo gestos y visajes. Pero, cosa extraña, la mujer ni se inmutó. Arreciaron ellos en sus pantomimas y, con voz gutural, dirigieron a la “víctima” estas palabras:
“-Tiembla mujer, de esta no te escapas, aquí dejarás el alma...”
Sin embargo, la mujer de negro, no sólo no se asustó, sino que les preguntó con serenidad:
“-Y por qué había de temblar ante vosotros”.
“-Porque somos brujas y hemos de arrebatarte por los aires”.
Le respondieron a coro, los “graciosos”, un poco amoscados.
“-Acabáramos –contestó riendo la dama- entonces sois de los míos, porque yo también soy bruja”.
Y diciendo esto se elevó por los aires, para flotar sobre el claro del soto, envuelta en un verdoso resplandor fosforescente. Aunque los “bromistas” no se entretuvieron a contemplarla pues, tirando sus túnicas, no pararon de correr camino del pueblo, mientras a sus espaldas resonaban las risas de la bruja que revoloteaba sobre los chopos. Aquella tarde, los mozos, vieron como sus cabellos encanecieron, hasta quedar como los de ancianos muy ancianos. Pero sobre todo, perdieron para siempre las ganas de gastar bromas pesadas, y nunca más las gastaron, ni aún de las más livianas.
¿Un simple cuento rural, cosas de viejas? ¿O el recuerdo, deformado, de las antiguas divinidades célticas que otrora habitaron los manantiales, ahora cristianizados? Quien sabe, creer en ellas no creemos, pero, haberlas, aylas...
[Dedicado a Cristina Oca, que nos descubrió algunos "misterios" de su pueblo].

martes, 27 de mayo de 2008

El león francmasónico de Sangüesa

Templo de Santa María la Real, 1131, el "León de San marcos", enjuta en portada sur, Sangüesa (Navarra).
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En esa "Morada Filosofal" que es la portada sur, producto de una recomposición obrada por el Magíster Leodegarius, aparece un curioso león alado, procedente, como otras muchas figuras, de una portada anterior de principios del s.XII. Afirman que, dicho león, representa al simbólico animal de San Marcos, pero eso es solo apariencia. Si así fuese, sostendría entre sus patas un libro o pergamino, cosa que no hace, pues si nos fijamos, detenidamente, en el objeto que hay entre sus garras, éste resulta ser un cubo de piedra. Es decir, una piedra cúbica. No negamos que, su aspecto externo, sea el del buen león alado del evangelista, pero afirmamos que esconde otra cara simbólica. Una cara que nos sonríe, como la esfinge, retándonos a descubrir su “adivina adivinanza”.
La piedra, es el material que compone la creación y sobre el que ésta reposa. Según los cabalistas hebreos, “el mundo solo comenzó a existir cuando Dios cogió cierta piedra y la lanzó al abismo de las aguas, de modo que allí se implantara sólidamente, para que pudiera fundarse el mundo sobre ella”. Por eso recibe el nombre de “Piedra de Fundación”, y por eso aseguran que el Templo de Salomón se levantó sobre el lugar en que, dicen, había caído aquella Piedra. Por memoria de ella se ponen piedras fundacionales en los cimientos de edificios sagrados, desde los megalitos de Stonehenge a las Catedrales, pasando por los Templos egipcios y griegos. Porque dicha Piedra, y su simbolismo, son universales.
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Ídem, detalle del objeto simbólico. ¿Libro cúbico o Piedra Cúbica? Aunque ¿acaso no son lo mismo?
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Recordemos que, en memoria del Constructor Divino, el primer trabajo que debían realizar los aprendices, del gremio de los Compañeros Constructores, era tallar una piedra bruta hasta darle forma cúbica. Porque, la piedra bruta, es imagen del caos primordial, que contiene todas las posibilidades de la creación y, al trabajarla, la obra del artista se convierte en continuación de la obra divina. Es la participación que, la humanidad, tiene en la transformación de la materia primigenia, para ayudar a rescatar el orden cósmico del caos en que se halla inmerso. Y, a nivel personal, es imagen del alma "en bruto", que ha de ser "trabajada" hasta "darle forma", alejándola del caos interior para elevarla a través de las esferas espirituales.
Según Pitágoras “Cinco son las figuras sólidas, que se llaman también matemáticas, del dodecaedro se ha generado la esfera del universo, del icosaedro el agua, del octaedro el aire, de la pirámide el fuego, y del cubo la tierra”. La forma cúbica, es la manifestación corpórea del cuadrado y refuerza el simbolismo de éste: solidificación, permanencia, detención del movimiento cíclico en algún instante favorable... ¿Está, el león de Sangüesa, anunciando la detención de un ciclo? No debemos decir más.
El que sepa leer, lea. Y el que quiera entender, entienda.
Salud y fraternidad.

viernes, 16 de mayo de 2008

Eunate, un emigma románico con ocho lados y cien puertas

Templo de Nuestra Señora de Eunate, s.XII (Navarra).
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Sobre este Templo de la Humanidad se han dicho muchas cosas, quizá demasiadas cosas, grandes verdades y grandes tonterías. Pero todavía no se ha dicho toda la verdad... ni todas las tonterías.
Y es que este edificio Sagrado, como todo símbolo auténtico, no tiene un solo significado. Tiene tantas interpretaciones como lados, aristas y ángulos, hay en su estructura. Cada cual, según su nivel espiritual, intelectual y humano, puede tomar las que quiera. Pero solo serán válidas, si no desprecia con ello las interpretaciones de los demás, si no pretende imponer “su” idea de Eunate a quienes vean allí otra cosa de lo que el, o ella, ven.
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A nosotros nos gusta meditar sobre su simbolismo geométrico-matemático, tanto como sobre su simbolismo cosmogónico. Aunque, después de todo ¿no son ambos conceptos dos caras de la misma moneda? ¿O mejor, dos lados del mismo octógono? Y acaso, puede que sean dos puertas, de las cien que, dicen, dan su nombre al lugar.
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Descubrimos el Templo Universal de Eunate, camino de Compostela, cuando por aquí no pasaban más que pastores con sus rebaños, algún agricultor a lo suyo, y dos o tres peregrinos durante el buen tiempo. Entonces, la energía del lugar, era tan intensa, que podías sentirla vibrar en la planta de los pies si caminabas descalzo por sus baldosas, ya fuese en su extraño “claustro-al-revés” o en la penumbra del recinto interior.
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Ahora, cuando prácticamente han desaparecido pastores y agricultores, los peregrinos llegan a miles durante todo el año, y los autocares cargados de turistas vomitan su carga humana a las puertas mismas del lugar Sagrado... Bueno, la energía todavía sigue ahí, pero hay que repartirla entre más y más personas, algunas de las cuales no son todo lo positivas que debieran, y distorsionan este octogonal generador telúrico.
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Algunos turistas estorban, con su bullicio fotográfico, a determinados fieles creyentes, éstos parecen fastidiar con sus rezos a ciertos “seudo-ocultistas” o “seudo-esoteristas”, quienes, a su vez, pueden incomodar a unos y otros con sus observaciones sobre “magia” y “misterio”. De añadido, alguna familia con sus bulliciosos retoños, que corretean sin control por el reducido espacio interior, hasta que alguien pierde la paciencia y reconviene a los padres. Cosas de la efervescente diversidad humana.
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No importa, Nuestra Señora de Eunate, última reencarnación de la Madre Tierra que aquí se manifiesta, nos mira a todos con cara de paciencia. Porque, por encima de dogmas y creencias temporales, Madre Naturaleza, Madre Tierra, Diosa Madre, Virgen Madre, ella es sobre todo madre intemporal de la humanidad. Tanto comprende al que cree esto, como al que piensa lo contrario, su enigmática sonrisa lo desvela. Y no escatima, para nadie, la energía que brota de su profundo seno. Al fin y al cabo, como todo lo espiritual, depende en última instancia de cada quien la cantidad que acoja y el uso que haga de ella.
Salud y fraternidad.

martes, 13 de mayo de 2008

Amolando, gerundio románico

Templo de Santa María, s.XII, contrafuerte en portada oeste, Talamillo del Tozo (Burgos).
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Es relativamente corriente encontrar, en los sillares de muchos templos románicos, unas extrañas marcas, alargadas, a modo de surcos. Estos peculiares “arañazos”, situados por lo general junto a las puertas de acceso al templo, poco más o menos al nivel del zócalo, no son un capricho de la erosión provocada por el clima al meteorizar la piedra. Tienen una explicación, en apariencia, más prosaica.
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Talamillo del Tozo (Burgos).
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Durante siglos, los aldeanos, pastores, maritornes, peregrinos, arrieros, zagales, mozas de partido, cazadores, trajinantes, mesoneras, pícaros y hasta el propio párroco, no han encontrado mejor piedra de amolar que los románicos sillares de arenisca. Generación tras generación, desde el mismo instante de ser elevados, los templos han ejercido como piedra de afilar. En sus jambas, zócalos y columnas, se han amolado cuanta arma blanca utilizaban desde los honrados villanos hasta la vil gallofa: navajas, pericas, sacabuches, mojarras, semanarios, chairas, facas, cuchillas, sirlas, charrascas, hasta hoces y podaderas. E incluso alguna que otra con pretensiones de más alcurnia, como estiletes, puñalejos, bronchas, almaradas, atacadores, y de añadido algunos rejones.
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Santo Domingo de la Calzada, Catedral, portada norte (La Rioja).
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A veces el mismo tipo de piedra se encuentra a no más de diez pasos del templo, pero las gentes no acudían a esas rocas para afilar sus navajas, lo hacían en los sillares del edificio, de preferencia en las jambas de la puerta. Ergo, dicha acción debía tener un significado más trascendente, además del simple acto, utilitario, de afilar el utensilio.
Sin duda debía tratarse de magia, magia por contacto. De siempre, se ha considerado la piedra como materialización de la energía creadora, ya sea de la energía Cósmica, de la Naturaleza, o de un dios –o Diosa-. El dios de Israel, inicialmente, ordenó a su pueblo que levantasen altares de piedra en bruto, no trabajada por mano humana. La Diosa Madre era representada, en principio, mediante una roca negra, un meteorito caído del cielo. Por tanto, la piedra con la que estaban construidos los templos era doblemente sagrada, o si preferimos “mágica”, puesto que, aparte su simbolismo natural, formaba parte de la casa del dios, o de la Diosa, donde la divinidad se manifestaba.
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Santo Domingo de la Calzada (La Rioja).
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Así, al afilar las armas blancas en las piedras de los templos, tales instrumentos quedaban, además de perfectamente amolados, un punto santificados, o impregnados del poder cósmico-telúrico de la piedra sagrada. De tal modo que, al hacer su trabajo, dichos utensilios podían transferir esa “magia” benéfica, ya fuese al cortar los alimentos, segar, podar.
Hoy es muy probable que, tal costumbre, nos suene a superstición del tiempo pasado y la contemplemos con cierta indulgencia, pero en el medievo, e incluso hasta mucho después, era verdad demostrada y se creía en ella muy seriamente. Los sillares románicos están ahí para demostrarlo.

jueves, 24 de abril de 2008

Un románico Jardín del Edén

Templo de San Julián, inicios s.XIII, Castilseco (La Rioja).
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Templo de la Concepción, inicios s.XIII, Ochánduri (La Rioja).
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Ermita de Santa Catalina, s.XII, Mansilla de la Sierra (La Rioja).
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Templo de la Concepción, inicios s.XIII, Ochánduri (La Rioja).
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Templo de San Román, s.XII-XIII, Villaseca (La Rioja).
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Templo de San Julián, inicios s.XIII, Castilseco (La Rioja).
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Dicen ciertos místicos medievales, que la vía del amor es siempre el camino más corto para acercarse a lo inexpresable. Amando a la naturaleza, las gentes del románico entreabren la puerta de su secreto. La fraternal espontaneidad del santo de Asís, con el mundo natural, expresada libremente en el s.XIII, se encuentra ya arraigada en el s.XII, aunque es más discreta, menos tierna en sus manifestaciones, sin duda menos colorista que en el poeta franciscano, pero aparece profundamente viva en sus expresiones.
Este amor de la naturaleza, la humanidad de la Edad Media no lo descubría sólo en las Sagradas Escrituras, sino que lo encontraba a su vez en los comentarios de los Padres, y además en las obras de los autores clásicos seguidores de las religiones antiguas. Así, Séneca, enseñaba la unión religiosa con el universo. Y san Agustín, explicaba el sentido de la revelación divina por medio del orden natural.
El amor por la Naturaleza y su deseo de restaurarla, reintegrándola a su pureza primigenia anterior al pecado y la expulsión del Paraíso, daría las tendencias heterodoxas de tantos grupos disidentes de la Iglesia medieval, algunos asimilados, como los de san Isidro Labrador y san Francisco de Asís, y otros, perseguidos hasta la aniquilación, como cátaros y origenistas.
La expresión física de esta naturaleza “espiritualizada”, está en tantos y tantos motivos que, en los templos románicos, suelen pasarnos desapercibidos. Los “doctos doctores”, se han desgañitado para proclamar que, los elementos vegetales tallados en la piedra, son únicamente “elementos decorativos”. Cosas en las que los canteros perdían su tiempo, “para hacer bonito”. ¡Cuanta necedad! En el románico nada es gratuito, nada es “decorativo” aunque decore. Los pétreos vegetales, están ahí para evocar en nosotros el Paraíso perdido. Y para que trabajemos por el Paraíso recobrado...
Los ejemplos que mostramos nos dejan con la miel en los labios, pues son solo fragmentos del románico riojano, que hubo de ser riquísimo en simbolismo ya que no lo fue en grandes templos.

El rebaño de Abel

Templo de Santa María, 1135-1155, carnero en arquivoltas portada sur, Uncastillo (Zaragoza).
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Ídem, cabra (ha perdido los cuernos).
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Ídem, la cabra amamantando al cabritillo.
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La villa de Uncastillo es un joyero repleto de alhajas, entre las que destaca esa prodigiosa portada del templo de Santa María. Un manual de simbología románica donde el Magíster esculpió, con exquisita sensibilidad y buen hacer, todo un tratado en el cual el bestiario manifiesta los temas propios de un discurso para iniciados. Podemos quedarnos horas, extasiados ante sus arquivoltas, analizando la intención de tal o cual figura, el sentido literal y el oculto de éste o del otro detalle, lo esotérico y exotérico de un gesto.
Pero, incluso si no queremos fatigar nuestra mente con divagaciones metafísicas, podemos limitarnos a gozar del simple placer estético de sus formas. Unas representaciones “complejamente-sencillas”, tiernas como un dibujo infantil, pero completas como la obra más complicada. Que pueden ser contempladas de forma aislada, cada una por su lado, con el mismo goce que dentro del conjunto.
Hemos escogido presentar esos tres ejemplos “pastoriles”, de éste rebaño, por la dulzura de sus formas e intención. Sobre todo, esa cabra que amamanta a su cría. El amor románico por la naturaleza, se presenta aquí con este detalle de observación del natural. Y también, el amor del cantero por el trabajo bien hecho, puesto que la pequeña figura se adapta al menor espacio, de esta arquivolta, sin perder en ello expresividad. Dicho Magíster está en línea con lo mejor del Monasterio de Leyre y San Pedro de Echano, en Navarra, y quizá fuese también el autor de la perdida portada del vecino templo de San Miguel. [“Vendida” al Fine Art Museum de Boston, pero esa es ya otra historia y será contada en otro lugar].

domingo, 20 de abril de 2008

¿Sansón, era un "comodón"?

Templo de San Julián, galería porticada, s.XII, Rebolledo de la Torre (Burgos). Sansón hace su escena del león, detrás el "ayudante" sujeta la cola del felino.
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Templo de Santa Cecilia, capitel interior, s.XII, Vallespinoso de Aguilar (Palencia). Sansón, se las ve y se las desea con su fiera favorita.
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Templo de Santa Cecilia, el "ayudante" -¿o es ayudanta?- sujeta la cola del león.
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La representación escultórica de Sansón ha llegado a ser “figura retórica”, en el arte románico. Su simbolismo es, en apariencia, de una claridad meridiana. No hace falta ser teólogo para interpretarlo, un significado puede ser: los creyentes, mientras se mantengan fieles a los mandatos del Creador, disfrutarán de la fortaleza espiritual que da la fe; otra interpretación, sería: esa lucha con el felino, es imagen de la lucha que, cada creyente, debe sostener para vencer las fuerzas internas negativas.
Sin embargo, en simbolismo nada es lo que parece. Cuando creemos haberlos desentrañado todos, siempre hay otro significado que se nos escapa.
Sendos capiteles, en Rebolledo de la Torre (Burgos) y Vallespinoso de Aguilar (Palencia), que parecen salidos del mismo taller de canteros, cuando no del mismo Magíster, nos desafían a interpretarlos. En ellos, Sansón y su Némesis están a la greña, como de costumbre. A horcajadas sobre el león, al que sujeta por las fauces, nuestro apuesto forzudo luce una cuidada cabellera, peinada con delicadeza y sujeta por una cinta a modo de trenza.
Lo extraño, se halla a espaldas de la titánica pelea. Detrás de los batalladores protagonistas, se encuentra un anónimo personaje, muy seriecito, muy formal, que no sabemos si es hombre o mujer. El cual, sostiene entre sus manos la enorme y elaborada cola del león. No tira de ella, como parecería lógico en alguien que tratase de ayudar a Sansón, sino que se limita a sostenerla. ¿Acaso quiere enseñarnos ese apéndice leonino, terminado en tres mechones de pelo, para que lo veamos bien? En tal caso, ¿con qué finalidad? ¿O, simplemente, se debe a que, Sansón, era tan “comodón” que necesitaba alguien, que le sujetase el león, para hacer bien su trabajo?
Debemos confesar sin rubor, que, en este caso, nos encontramos totalmente perdidos dentro del “Laberinto Románico”.

sábado, 19 de abril de 2008

Corona vegetal de la Madre Tierra

Templo de San Andrés, s.XII, Valdelomar (Cantabria).
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Templo de Santa María, s.XII, Villahizán de Treviño (Burgos).
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Existen unas curiosas formas, a modo de corona vegetal de rara belleza, esparcidas por capiteles, arquivoltas y canes románicos. ¿Son algo más que hermosos adornos, preciosismos escultóricos salidos de la mano de hábiles canteros?
Para la humanidad románica, la manifestación visible de la divinidad está en su obra, la Naturaleza. Todo en ella refleja el mundo superior o macrocosmos y le habla del Creador. Comprender la Naturaleza es comprender al divino hacedor, amarla es amarle a Él, como escribió san Agustín en sus Confesiones, impregnadas de neoplatonismo: “¿Que amo cuando os amo? El resplandor de la luz, el olor de las flores, el maná y la miel...” Es decir, la Naturaleza.
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Templo de Santa Eugenia, s.XII.XIII, Lences de Bureba (Burgos).

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Templo de Santa María, s.XII, Siones (Burgos).

Es el mismo símbolo de las mitologías y cosmologías orientales de Persia y Egipto, o las occidentales celtíberas, germánicas y nórdicas. El mismo testimonio que prestan todos los filósofos de la antigüedad: Platón, los estoicos, los alejandrinos, los gnósticos y también los druidas.
Cuando la humanidad románica mira hacia la Naturaleza, lo hace con una comprensión todavía próxima al sentimiento que la Religión Antigua tiene por la Madre Tierra. Entiende por qué, Ella, es a la vez siempre virgen y madre: virgen, porque espera de continuo la semilla divina; madre, porque da a luz una sucesión de numerosas vidas, animales y vegetales. La tierra está orientada hacia al cielo del que recibe el rocío, así como el viento, las lluvias y el sol, que van a provocar la germinación de la semilla y su crecimiento.

Templo de Santa María, 1172, Piasca (Cantabria).

Templo de San Julián, s.XII, Rebolledo de la Torre (Burgos).

Este ciclo perpetuo, de creación-regeneración es simbolizado de varias maneras, una de ellas mediante la representación geométrica, vegetal, cuyas líneas evocan la potencia creadora de la Naturaleza. Aquellas figuras de la Religión Antigua, que rememoran las energías celestes y terrestres, mediante formas espirales, o de desarrollo centrífugo, como los poliskeles, se retoman de nuevo, envolviéndolas en una cobertura vegetal, a base de hojas o flores, que giran en torno a un centro.
La humanidad románica, dependiente de la Naturaleza y en contacto directo con ella, observó que muchas cosas manifiestan su crecimiento en espirales centrífugas, desde las conchas de los caracoles, hasta los brotes de las plantas, pasando por el cabello humano. Entonces, interpretó que, esa forma geométrica, era provocada por la energía de la Naturaleza al producir el desarrollo de la vida.
Ese es uno de los sentidos, simbólicos, de las espirales vegetales, presentes en la imaginería románica: mostrar la energía de la Naturaleza, mediante la cual la Madre Tierra, como manifestación física de Dios, produce la vida y nos sustenta.
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Templo de Santa Cecilia, s.XII, Vallespinoso de Aguilar (Palencia).
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Templo de Santa Juliana, s.XII, Lafuente (Cantabria).

domingo, 13 de abril de 2008

“Campanitas de san Juan, unas vienen y otras van...”

Signo lapidario del gremio de campaneros, claustro románico de San Pedro, s.XII, (Soria). [Diapositiva 19-7-1982].
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En el mundo románico, y en general en todo el mundo anterior a nuestra "civilización" tecnológica, las campanas no eran sólo instrumentos sonoros, para convocar feligreses a los oficios religiosos. Tenían otras funciones, tanto o más útiles, en la vida cotidiana. Podían avisar de un incendio, llamar para la defensa ante un ataque, reunir a los vecinos para una junta del Concejo, comunicar una boda o una defunción. Y mucho más...
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Las campanas de El Salvador, en Béjar (Salamanca), todavía son tañidas por los mozos durante la fiesta de “Los hombres de musgo”, celebración ancestral sincretizada en el Día del Corpus, igual que se hacía en el medievo, para pedir al Cielo que se guarezca la sementera y haya buenas cosechas. [Diapositiva 13-6-1993].
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La esquila del Paso de Ibañeta (Navarra), se tocaba los días con especial ventisca de nieve, o espesa niebla, para que su sonido guiase a los peregrinos y no extraviasen la ruta, llegando a salvo hasta la Hospedería del Camino Jacobeo. [Diapositiva 11-8-1993].
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Cuando alquien hace promesa, de peregrinar a San Andrés de Teixido (A Coruña), y muere sin haberla cumplido, su alma en pena vagará hasta que alguien cumpla por ella. El bronce de San Andrés, dicen que tiene la facultad de sonar solo, avisando así cada vez que, una de esas almas, se ha librado de vagar sin rumbo por la tierra. [Diapositiva 16-4-1992].
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En Fuentegelmes (Soria), se tañía la campana para “conjurar” las plagas agrícolas, amenazando de excomunión a los insectos, o a los pájaros, si se atrevían a dañar las cosechas. Costumbre, muy común en la España medieval y en la del Siglo de Oro, que sobrevivió hasta épocas no tan lejanas. Las rosetas grabadas, en la melena, son símbolos solares celtas, amuletos contra los rayos. [Diapositiva 14-7-1998].
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La campana parroquial de Zugarramurdi (Navarra), dejaba oír sus tañidos al anochecer, para espantar a las brujas que se dirigían a los aquelarres en las cuevas cercanas al pueblo. Y eso, desde mucho antes de los célebres procesos brujeriles. [Diapositiva 11-8-1993].
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En Bargota (Navarra), cuna del célebre fraile conocido como Brujo de Bargota, tocaban la campana cuando se aproximaba alguna tormenta, para "ahuyentar el nublo" o “espantar la truena” y deshacer las nubes de granizo, tan dañinas a las cosechas. [Diapositivas 12-8-1993].
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Así por tantos y tantos rincones, de la geografía celtíbera. Hoy, apenas quedan campaneros en los pueblos, la electricidad los ha sustituido. Tan solo en algunos afortunados lugares, como el templo románico de Montecillo (Cantabria), cuentan todavía con un intérprete de este viejo y asombroso arte musical. Un arte que, sin aprenderse en ninguna escuela, suena a nuestros nostálgicos oídos como la más bella de las sinfonías. Y remueve, en nuestros espíritus, no se qué dormidas creencias, o supersticiones, o ambas a un tiempo... [Diapositiva 12-10-2001].