miércoles, 21 de septiembre de 2011

Aberin, tabernáculo Templario del milagroso Lignum Crucis.

Sobre la altura que corona el lugar de Aberin (Navarra), se alza el maltrecho conjunto fortificado de aquella encomienda de la Orden del Temple, constituida hacia 1184. Entre sus edificios, sobresale la Capilla de los Caballeros, con una galana atalaya a poniente. El bélico torreón, desmochado, privado de su almenada virilidad y travestido en monjil campanario, dora sus viejos sillares con el declinante sol. Y, de cuando en cuando, su acampanada voz de castrato, anuncia con rítmica monotonía el paso de las horas muertas.
Sin embargo, en su decadente abandono, este montón de piedras todavía guarda un vivificante recuerdo del tiempo ido, cuando aquellos singulares caballeros del Temple, rojo sobre blanco, habitaban a su sombra, yendo y viniendo a los cotidianos quehaceres, unas veces prácticos y aburridos, otras, enigmáticos y excitantes.

Aunque en nuestra anterior entrada al blog: "Aberin, un tesoro del Temple en Navarra", decíamos que "el valor de Aberin no radica en lo espiritual o esotérico, sino en lo económico", tal afirmación no es completamente cierta. Aunque aquí primaba el utilitarismo económico, el enclave no estaba exento de categoría espiritual.
Es verdad, que el enclave templario del cercano Puente la Reina constituía el referente religioso para los peregrinos, pues está en pleno Camino Jacobeo, donde los dos ramales principales que llegan de Europa se unen a la entrada de la villa, justo antes de pasar bajo el arco que une la capilla templaria y el hospital de la Orden, ambos bajo la protección de Nuestra Señora de los Huertos y el Cristo de la Pata de Oca... Pero no es menos cierto, que el santuario del Temple en Aberin constituía, también, un centro espiritual de primera importancia.
Aunque ese carácter "místico" haya permanecido, hasta el presente, prácticamente ignorado, porque el objeto físico que lo encarnaba hace mucho tiempo que ha sido escamoteado.

A pesar de estar algo apartado de la ruta jacobea, muchos peregrinos se desviaban hasta Aberin, después de pasar por Estella, o siguiendo la ruta original por Villatuerta y Villamayor de Monjardín, para visitar una prodigiosa reliquia que, según la leyenda piadosa, los templarios habían traído de Jerusalén. Pues, cuando la ciudad cayó en manos del sultán Saladino (1187), las reliquias de la Casa Madre del Temple, sita en el Monte del Templo junto al octogonal santuario de la Cúpula de la Roca, se dispersaron por sus encomiendas de oriente y occidente...
Desde el primer comendador registrado, frey Aimerich de Estuga (1225), hasta el último, frey Tomás de Aberin (1304), pasando por frey Arnal Garín (1234), frey Bernat de Montlor (1257), o frey Arnalt de Castelví (1275, los catorce comendadores conocidos, de Aberin, celebraron los oficios religiosos y desfilaron procesionalmente, portando en sus manos la preciosa reliquia a la que acudían devotos de numerosas y lejanas tierras: el milagroso Lignum Crucis.
   
La notable capilla templaria de Aberin, elevada a fines del s.XII, corresponde al momento de transición entre románico y gótico. Consta de una sola nave de altos muros reforzados por contrafuertes, con bóveda apuntada, ábside curvo, fortificada torre rectangular a poniente, y sencilla portada al costado sur.
El conjunto resulta muy sobrio, con la tímida excepción de los capiteles de la puerta sur, las ventanas absidales y las columnas interiores, todo ello con esculturas a base de elementos vegetales, frutos, animales del bestiario, y una solitaria representación de la mitología evangélica: la pequeña "anunciación" del pórtico meridional. Aunque, esta severidad decorativa, se dulcificaba un tanto en el interior, mediante abundantes frescos góticos, hoy perdidos y sustituidos por pinturas neoclásicas.
En este santuario, de una austeridad casi cisterciense, destacaría como una estrella en la noche el relicario Lignum Crucis.

La preciosa joya, consiste en la típica cruz patriarcal tan querida a los santuarios del Temple: Ponferrada (León), Caravaca de la Cruz (Murcia), Zamarramala (Segovia), etc. En Aberin, se trata de una pieza de orfebrería gótica que guardaba en su base una astilla del "Árbol de la Vida", aquel que, según la mitología judeo-cristiana, fue plantado por Adán y del cual se sacó la madera para hacer la cruz del Galileo.
Cuando la encomienda fue entregada a la Orden de San Juan, hacia 1312, la reliquia pasó también a su poder. Hasta que, en fecha indeterminada, dicha joya fue llevada al templo de San Miguel, en Estella, donde se conserva y es mostrada en ocasiones excepcionales.
Este pio despojo, ha propiciado el olvido de las tradiciones relativas a la reliquia templaria, de modo que únicamente sobreviven vagos recuerdos, recogidos de labios de los más ancianos del lugar. Se cuenta que, cuando plagas o tormentas amenazaban las cosechas, la cruz era llevada hasta la torre, y desde allí el sacerdote templario la mostraba a los cuatro puntos cardinales, mientras salmodiaba la oración que exorcizaba el peligro de insectos o granizo. Tradición que continuaron los Sanjuanistas, al "heredar" la encomienda templaria.
Dicen los viejos del lugar, que el graffiti de peregrino, sito en una columna de la portada, representa al "perdido" Lignum Crucis, habiendo sido tallado allí, como agradecimiento y exvoto, por un peregrino al que había concedido una gracia milagrosa. Este no es, sino uno de los "misterios" que encierra esta capilla pues, curiosamente, tal graffiti es similar al de la portada sur de San Miguel, en Estella, donde actualmente se "custodia" la reliquia templaria.

Una antigua leyenda popular, con diversas variantes, cuenta que Miguel de Oteiza había estudiado artes mágicas en las cátedras del Diablo, en el tiempo que se preparaba para sacerdote. A cambio de sus enseñanzas, el Maligno exigía de sus pupilos el pago "en especie", entregando una parte de su cuerpo. El de Oteiza, astuto al par que burlón, entregó su sombra, la cual sólo volvía a él cuando celebraba la misa y se retiraba al terminar. Le tomó gran ojeriza el Demonio, por aquella burla, y procuraba fastidiarlo de mil maneras.  
Nombrado capellán de la encomienda templaria de Aberin, un día acudieron a él los vecinos "para que espantase la truena". Miguel tomó el Lignum Crucis, subió a la torre y, desde las almenas, vio que, entre dos negros nubarrones preñados de granizo, estaban sentados el Diablo y su vendida sombra. El capellán, alzando en una mano la milagrosa cruz y sosteniendo en la otra el libro de "esconjurar", leyó en voz alta el ritual para exocizar el nublado. Al terminar la última palabra, Demonio y sombra se precipitaron a tierra, junto con todo el granizo, y se perdieron por una humeante grieta abierta en el suelo, sin causar daño alguno a las cosechas.
En acción de gracias, Martín de Oteiza, grabó en la portada del templo, utilizando la propia reliquia, aquella tosca cruz que hoy vemos gastada por el tiempo. Y dicen que el maligno nunca más volvió a molestarlo, aunque jamás le devolvió su sombra...

Otro enigma, se esconde en este tabernáculo templario del Lignum Crucis. En el interior de la nave, justo donde el muro norte se une al ábside, existe una pequeña estancia sin vanos, en la cual hay unos escalones que descienden del techo, sin venir de ninguna parte, y se hunden en el suelo, sin ir a parte alguna. ¿Se trata de una comunicación, cegada en la actualidad, que une un hipotético paso de ronda sobre las bóvedas, con una ignota cripta bajo el ábside? 
Los arqueólogos y arquitectos, que han estudiado el templo, así lo creen, sobre todo pensando en otros ejemplos navarros coetáneos, como Orísoain, San Martín de Unx, o Gallipienzo. Apoyan estas hipótesis, los diversos pasadizos subterráneos encontrados por los vecinos: túneles que descienden desde el templo de la encomienda, hacia la parte baja de la villa, por el lado sur, y que, al estar parcialmente cegados, se usaron como bodegas.
Como era de esperar, las buenas gentes no se han privado de transmitir toda clase de leyendas sobre tales túneles, incluida una sobre el tesoro del Temple...
También existe la posibilidad, de que pasadizos y cripta conformen dos conjuntos independientes, utilizándose aquellos como parte del sistema defensivo en caso de asedio, y ésta para fines litúrgicos o funerarios. Igualmente, pudiera ser que la cripta pertenezca a un templo anterior al actual, como sucede en Gallipienzo.

Muchas sorpresas y misterios encierran todavía la encomienda de Aberin y su Capilla de los Caballeros, parece que aquí se manifieste de forma sutil esa "dualidad" tan cara al Temple, quizá reflejada simbólicamente en dos capiteles de su portada sur. En ellos, sendos y fieros leones afrontados, unen una de sus patas delanteras, en actitud de proteger a dos sonrientes personajes, que se agazapan bajo sus cuerpos. ¿Aluden a esa doble finalidad, material-económica, y espiritual-devocional de la encomienda? ¿Exoterismo y esoterismo? ¿El Lignum Crucis, como símbolo jerárquico del Comendador, al tiempo que talismán mágico-milagroso?
Quizá algún día, quienes pueden y saben se decidan a excavar el subsuelo del templo, para sacar a la luz esa cripta y esos pasadizos subterráneos, donde quizá, solo quizá, duerme un sueño de siglos el tesoro del Temple custodiado por la sombra de Miguel de Oteiza...

Salud y fraternidad.

viernes, 8 de julio de 2011

Nuestra Señora de las Candelas ¿Virgen Negra de Navarra...?

Ermita de San Miguel, templo del viejo Monasterio, una y mil veces reconstruido sobre tierra sagrada. [Villatuerta, Navarra].

El Camino Jacobeo original que venía desde Puente la Reina, tras rebasar Lorca atravesaba Vilatorta -"villa torcida", hoy Villatuerta-, en dirección al cenobio de Irache, y pasaba ante el Monasterio de San Miguel. Si en la parroquial de Villatuerta, los peregrinos, habían venerado la pila bautismal donde recibió las aguas el prodigioso san Veremundo, en este apartado arrabal tenían una reliquia infinitamente más poderosa.
El pequeño altozano conocido como "Cuesta del Moro", a la sombra del imponente Montejurra, es un lugar cuya sacralidad se pierde en las nieblas del pasado más remoto. La comarca fue romanizada, hacia el s.IV, nombrándola Degium. Sobre el santuario celtíbero-vascón, los latinos alzaron un templo a sus divinidades, cristianizado después por los visigodos.
Por estos alrededores, en el s.IX, tejieron sus historias y leyendas, gentes como la estirpe musulmana de los Banu Qasi;  el mismísimo Carlomagno, que tuvo serios enfrentamientos con el caudillo autóctono Furro; o el monarca navarro Sancho Garcés II quien, tras expulsar a los moros, favoreció la restauración del Monasterio de San Miguel  y su pequeño templo de estilo prerrománico.
Cuando la monarquía crea el burgo nuevo de Estella-Lizarra, desviando el Camino Jacobeo tradicional, aquel ramal antiguo, que pasaba por el Monasterio de San Miguel, no dejó de ser transitado. Los peregrinos daban un rodeo, porque allí, desde tiempo inmemorial, se veneraba una milagrosa imagen de Nuestra Señora, bajo la advocación "de las Candelas".

Interior de la ermita de San Miguel, sin nada que recuerde su pasado esplendor.

En la actualidad, aunque el lugar está apartado, y el desolado templo carece de mobiliario e imágenes, aparentando un triste abandono, no debemos llamarnos a engaño. Para los modernos peregrinos continúa siendo sagrado, aunque de una sacralidad muy peculiar, como dijimos en nuestro artículo anterior sobre los "milladoiros". Sin embargo, nadie recuerda ya aquella imagen medieval de la Virgen. Y si no hubiese sido por una "milagrosa" casualidad, nosotros tampoco habríamos sabido de su existencia. 
En agosto de 1982, durante una de nuestras peregrinaciones por el Camino Jacobeo, quiso el destino que fuésemos a solicitar información en cierta casa de Obanos (Navarra), que resultó ser la del párroco. Así, entablamos relación con el erudito sacerdote don Santos Beguiristáin Eguilaz (1908-1994). Y, entre las muchas noticias inéditas que nos proporcionó, sobre este reino, incluyó las de esta "Candelaria", con dos viejas fotos de la Virgen. Las dos únicas fotos que, al parecer, existen de tal imagen, y que proceden del fabuloso archivo del estudioso don José Esteban Uranga (1898-1978).
Una imagen, que debió ser creada a mediados del s.XII, en tiempos del rey García Ramírez (1134-1150), para sustituir otra anterior, deteriorada, o de menor calidad artística.

Imagen de Nuestra Señora de las Candelas, s.XII, tal como se encontraba hacia 1900. [Ermita de San Miguel, Villatuerta, Navarra].

La milagrosa imagen de Nuestra Señora de las Candelas, una "Candelaria", que recibía fervoroso culto en el Monasterio de San Miguel de Vilatorta, es una obra maestra de la imaginería románica peninsular, del s.XII. Se trata de una pieza de madera forrada con planchas de plata, que en los lados correspondientes al trono se adorna con relieves de temática mariana, enmarcados por piedras semipreciosas.
La costumbre de enriquecer las imágenes marianas, forrándolas de plata, fue muy comun en la Navarra medieval. Los ejemplares más antiguos, parecen ser las vírgenes de Irache y la Catedral de Pamplona, atribuidas al artesano documentado, en 1145, en el Libro Becerro de Irache, como "Rainalt aurifax", el orfebre Rainaldo, quizá originario del Languedoc. Éste, o su ayudante, Rogel Fure, pudieron ser los autores de la imagen de Nuestra Señora de las Candelas, igual de preciosa, pero menos elaborada que las dos anteriores.  
Quizá el divino Niño, de Vilatorta, portase una filacteria, a semejanza del de Irache, donde leemos: "Puer natus est nobis, venite adoremos. Ego sum alpha et omega. Primus movissimus Dominus". Pero no podemos saberlo, porque el Niño ha desaparecido. Y la Virgen, también...
  
Imagen de Nuestra Señora de las Candelas, vista lateral, donde se aprecian los relieves del trono.

Hacia 1900, la ermita de San Miguel de Vilatorta se encontraba en estado ruinoso, y la imagen mariana, abandonada entre sus desolados muros, había perdido el Niño y las manos. Poco después fue llevada a la parroquial de Villatuerta, donde se la fotografió en su sacristía, pero no para restaurarla, sino para malvenderla. Todo ello, con el "nihil obstat" de fray José López Mendoza y García, obispo de Pamplona entre 1899 y 1923, famoso por los "píos latrocinios" que cometió en su diócesis con el patrimonio artístico.
En el diario "El Demócrata Navarro", del 8 de diciembre de 1911, apareció un artículo titulado "Por Navarra ¿Sólo en la brecha?", donde, bajo el seudónimo Claro Navarro, este autor denunciaba el nefasto y reiterado proceder de su eminencia en el terreno patrimonial, dejando constancia de la desaparición de nuestra Candelaria: "Queda sentado, y nadie ha desmentido, que se ha vendido una virgen (creo que bizantina) de Villatuerta..."

Nuestra Señora de Irache, s.XII, "hermana" de la Candelaria de Villatuerta. [Monasterio de Irache, Navarra].

De este modo, se eliminó una peculiar devoción de los peregrinos jacobeos, cuyo culto tradicional no era todo lo ortodoxo que la autoridad deseaba, pues sus rituales y leyendas apuntaban a una antigua Virgen Negra, por más que se hubiese blanqueado su piel. Veamos algunos de tales indicios:
-Los peregrinos le ofrecían velas verdes, iguales a la que sostenía en su mano.
-Se afirmaba que las imágenes de Irache y Villatuerta eran "hermanas", porque "estaban hechas del mismo tronco".
-Su santuario se alza sobre uno anterior, celtibero-vascón y romano, quizá dedicado a las aguas.
-Está asociada, al igual que su "hermana" de Irache, con el prodigioso san Veremundo.
-Justo a cinco kilómetros, se encuentra la importante encomienda del Temple en Aberin.
-No mucho más lejos, está el imponente Montejurra, tejido de mitos ancestrales.
-La tradición dice que la mandó hacer Sancho Garcés I, en el s.X, otorgándole así mayor antigüedad de la que realmente posee.
-Era objeto de un culto pétreo relacionado con los "milladoiros". 
Y otros muchos detalles, que alargarían este artículo más de lo aconsejable.

Altar antiguo, con reconstrucción virtual de la Candelaria, tal como debía estar hacia 1900, poco antes de su desaparición.

Hay un indicio más, sobre el desaparecido "color negro" de estas imágenes románicas. Lo frecuente, era que estuviesen completamente chapadas en plata, incluidos rostro y manos. Existen noticias, en tal sentido, sobre la imagen de Irache: "Un abad de Dicastillo -custodio de la imagen- permitió por ignorancia, que unos industriales se llevasen la plata de las caras y las manos -de la Virgen y el Niño-, porque estaban negras, a cambio del colorido que hoy las afea", según escribió el estudioso don Vicente Lampérez.
A lo cual, cabe objetar una sospecha: ¿Es que el resto de la plata no estaba negra, sólo manos y rostros? ¿Si lo estaba y pudo limpiarse, por qué no se pudieron limpiar rostros y manos? ¿O es que el color negro de manos y rostros era intencionado, porque se trataba de una Virgen Negra? ¿Sucedió otro tanto, con Nuestra Señora de las Candelas de Villatuerta?
  
Moderno altar, donde los milladoiros han sustituido a la perdida imagen de Nuestra Señora de las Candelas. ¿Una Virgen Negra?

Esta imagen de la Candelaria, si como todos los indicios señalan, era una Virgen Negra, representaría el sincretismo del viejo culto a la Madre Tierra, en su manifestación de "piedra negra", meteórica, venida del cielo, al igual que todas las imágenes negras medievales. Al haber desaparecido la Virgen, que ahora estará en el salón de algún ricacho caprichoso, embalada en el sótano de cualquier museo extranjero, o en la cámara acorazada de algún banquero codicioso, no podemos concretar más.
Aunque aquí, parece haberse producido una especia de "justicia poética". Al eliminar la imagen de Nuestra Señora, negra o no, el lugar ha sido devuelto a su legítima y primigenia propietaria, la Madre Piedra. Porque, a pesar del "anatema sic veneratoribus lapidum...", donde reinaba la Virgen de la vela verde, ahora reinan los "milladoiros", esos montoncitos de guijarros en que habitan los múltiples espíritus de la Madre Naturaleza.

 Salud y fraternidad.

martes, 5 de julio de 2011

Milladoiros, piedras con espíritu...

"Pedra dos Cadrís", roca "sagrada" que cura los dolores de espalda. [Muxía, A Coruña].

Desde la Costa de Dalmacia, hasta el Cabo Norte de Noruega, pasando por todas las tierras de Europa, encontramos diversas piedras, ya sean enormes rocas o pequeños montículos de guijarros, que la humanidad venera por su carácter sagrado. Y ello, desde la noche de los tiempos, hasta la actualidad...
Artemidoro de Efeso, que visitó la costa oeste peninsular, a fines del s.I a.C., cuenta que sus celtibéricos habitantes practicaban un curioso culto a las piedras. Realizaban con ellas montículos, a los que dotaban de sacralidad, como por ejemplo los del Cabo San Vicente, de Finisterre, o del Monte Pindo, entre otros. Allí celebraban ritos diurnos, porque estaba prohibido acceder a estos lugares en las horas nocturnas, ya que entonces las divinidades y los espíritus del más allá descendían sobre esas piedras para estar en contacto con el mundo físico.
Esto era lo que les confería su carácter sagrado, pues, al manifestarse en ellas la presencia divina, parte de sus virtudes continuaba impregnándolas. Y esa potencia sagrada, que abarca ámbitos muy variados: fertilizantes, adivinatorios, funerarios, medicinales, podía emanar de ellas, para beneficio de los humanos que las venerasen.
   
"Monxoi", guijarros propiciatorios de la buena suerte. ["Cruz de Ferro", Foncebadón, León].

Cuando el mito judeo-cristiano se expandió por el Imperio Romano, luchando por suplantar a la Antigua Religión, lanzó toda clase de anatemas sobre los cultos pétreos. Los cánones LXXI-LXXIV del Concilio Bracarense (572) prohíben el culto a las piedras, y san Martín de Dumio (510-580) incide sobre lo mismo en su obra De correctione rusticorum (575?). Los concilios de Toledo, XII canon 11 (681), XVI canon 2 (693), y XVIII (710), repiten estas condenas a los "veneratores lapidum", con penosa insistencia, pero evidentemente sin conseguir apenas nada.
El único cambio, consistió en que poco a poco se dejaron de encender velas en tales lugares, para no llamar la atención, aunque se continuaron ofreciendo libaciones. Luego, el culto a las grandes rocas, "megalitos", y a los enormes montículos de piedras, "monxoi", fueron sincretizados al ponerlos bajo la advocación de diversos santos.
El propio san Martín de Dumio, feroz abolicionista de los ritos antiguos, aunque dice en su De correctione rusticorum: "...pues encenderles cirios a las piedras y a los árboles y a las fuentes ¿qué otra cosa es sino veneración del diablo?", acaba sucumbiendo al pragmatismo: "Que se derrumben el menor número posible de lugares paganos, que sobre ellos se pongan reliquias para que se cambie su objetivo".

Milladoiro en la orilla del mar, invocación a los espíritus acuáticos. [Playa das Catedrais, Reinante, Lugo].

Unicamente sobrevivieron en su pureza "pagana", los pequeños montones de piedras, "microlitos", conocidos como "moledros" en Lusitania, "milladoiros" en Galicia, y "miyadorius" en Asturias. Todavía hoy, las gentes creen que si alguien separa del montón una de aquellas piedras, ésta volverá por sí sola a su lugar durante la noche.
Estos pequeños amontonamientos, son la supervivencia del culto a los espíritus de los caminos, de los bosques, y a las almas errantes. Su recurrente florecimiento, da fe de la grandeza histórica y el poder espiritual que evocan.
Los "milladoiros" tienen dos versiones. En una, son pequeños amontonamientos, a modo de minúsculos "monxoi", en las orillas de los caminos o encrucijadas, que los viajeros van construyendo con el transcurso del tiempo al tirar cada cual un guijarro.  En la otra, se trata de pequeñas "columnas" formadas por la colocación de varios guijarros, superpuestos uno sobre otro, tantos como su precario equilibrio lo permita.
Aquí, como en los megalitos, podemos considerar que se trata de "receptáculos espirituales", pues el culto no va dirigido a las piedras, por si mismas, como sustancia material, sino a los espíritus que las habitan y consagran, a las almas difuntas que moran en ellas, al santo o deidad bajo cuya advocación se encuentran.
Al levantar estos "monumentos", humildes, íntimos, personales, los viajeros siempre han pretendido atraerse el favor de los genios de la naturaleza, tanto como apaciguar y alejar de si el peligro de las almas errantes, fijándolas a la piedra, para que no vaguen entre los vivos, o implorar el auxilio de las divinidades mediante unos toscos "atrapa-energías-cósmicas".

Ermita de San Miguel de Vilatorta. [Villatuerta, Navarra].

En la Navarra medieval, el primitivo Camino Jacobeo pasaba por Vilatorta -"villa torcida"-, patria chica de san Veremundo, continuaba junto al Monasterio de San Miguel, y seguía su ruta hacia Irache. Cuando en 1090 el rey creó el nuevo burgo de Estella, un poco al norte de este lugar, el viejo camino quedó como un ramal secundario, donde había un hospital de peregrinos, camino de Lorca, y el pequeño Monasterio de San Miguel, donde se rendía veneración a la milagrosa imagen de Nuestra Señora de las Candelas.
Hoy, la ermita de San Miguel Arcángel, reclinada en la Cuesta del Moro, en las afueras de Villatuerta, es cuanto queda del templo de aquel monasterio que, el rey Sancho "el de Peñalén", dio a Leyre.
A pesar de su humilde aspecto, estamos en un enclave sagrado ancestral. Aquí hubo un adoratorio celtíbero-vascón, sustituido por un templo romano, que a su vez dio paso a uno visigodo, agrandado entre los s.X-XI en estilo prerrománico, para ser restaurado en el románico pleno.

Reconstrucción virtual, del altar antiguo, con NªSª de las Candelas, como debía encontrarse hacia 1900 cuando la imagen fue expoliada. [Ermita de San Miguel, Villatuerta, Navarra].

En este santuario jacobeo, recibía adoración una milagrosa imagen de Nuestra Señora de las Candelas, una "Candelaria", del s.XII, con el Niño en su regazo y una vela verde en la mano derecha...
Por desgracia, la imagen fue malvendida a comienzos del s.XX, alegando su abandono y deterioro. De este modo, se eliminó una peculiar devoción de los peregrinos jacobeos, con ritos tan poco ortodoxos como la erección de "milladoiros", tanto en el exterior como en el interior, del templo. Pero, aunque la devoción se perdió, el rito no sólo no ha muerto, sino que se ha revitalizado con fuerza inusitada...
El amable párroco de Villatuerta, don David Antona Antona, que nos indicó el camino de la ermita, también nos advirtió del singular culto pétreo que íbamos a encontrar en el santuario. Tan singular, que para celebrar los oficios sagrados en su interior, deben desalojar frecuentemente los dos altares de aquellos "milladoiros" que los peregrinos se obstinan en levantar con machacona insistencia. 

Altares, moderno y antiguo, cubiertos de "milladoiros". [Ermita de San Miguel, Villatuerta, Navarra].

Aunque ahora, la mitología judeo-cristiana ha terminado por sincretizar también este sencillo resto de la Antigua Religión. 
Una parte de la creencia popular, indica que la costumbre de levantar "milladoiros" tiene por objeto que, en el día del Juicio Final, los guijarros hablen y den testimonio del cumplimiento del peregrinaje por parte del viajero, motivo por el que es necesario levantar estos amontonamiento pétreos, a modo de "testigos de cargo".
Otra parte, considera que los guijarros simbolizan ciertas almas del purgatorio, que se encuentran allí penando por no cumplir un ofrecimiento espiritual realizado en vida, y que sólo abandonarán tal penitencia si alguien cumple lo que ellos dejaron sin hacer.
Un tercer grupo, piensa que con tales guijarros-exvoto, traídos desde su lugar de procedencia, se liberan las culpas y atren las bendiciones de la divinidad.

Milladoiros sobre el altar nuevo del santuario. [Ermita de San Miguel, Villatuerta, Navarra].

Queda, también, un reducido grupo que continúa perpetuando el rito, sin una finalidad definida. Levantan guijarros, en los "milladoiros", sin saber bien por qué, como si pensaran "cuando otros lo hacen, por algo será..."
Pero, en el fondo, lo que subyace es el ancestral anhelo trascendete de la humanidad primitiva, los guijarros ofrendados a la divinidad, actuarán como amuletos protectores. Una divinidad que, en San Miguel de Vilatorta, adopta la forma de Virgen Negra, la imagen medieval utilizada para sustituir -sincretizar- el viejo culto a la Diosa Madre representada como una piedra negra meteórica.
Porque, mal que nos pese, el alma humana sigue anclada en aquellos temores que nos atenazaban en la noche de los tiempos. Aunque nuestra civilización y cultura parezcan decir lo contrario, somos clanes cavernarios con tecnología digital...

Salud y fraternidad.

viernes, 27 de mayo de 2011

Aberin, un tesoro del Temple en Navarra...

La distribución administrativa, de las posesiones del Temple, no coincidía necesariamente con las fronteras de los reinos en que se encontraban. En el de Navarra, sus bienes estuvieron siempre bajo el gobierno del Maestre Provincial de Provenza y de la Corona de Aragón, primero, y del Maestre de Cataluña, Aragón y Valencia, más tarde. Es decir, que los templarios navarros permanecieron unidos a sus hermanos de la Corona de Aragón, bajo la autoridad de un mismo Maestre Provincial.
Aunque, para mejor gobernar el territorio, Navarra se puso bajo el mando de un Lugarteniente del Maestre, que residía en la casa de Puente la Reina. Uno de los más conocidos, es frey Pedro Tizón, en 1161, que fue abuelo del Consejero del rey navarro y cronista de Las Navas de Tolosa, el arzobispo don Rodrigo Jiménez de Rada (1170-1247).
 
La primera y más importante donación correspondió al rey García Ramírez (1134-1150), a la que siguieron muchas más, que permitieron a la Orden reunir un importante patrimonio, especialmente en la Ribera del Ebro, entre Tudela y Ribaforada, compuesto por numerosas villas, siervos, templos, dominios rurales y un castillo, el de Novillas, obtenido en 1135, que fue la primera sede de una encomienda en Navarra -esta villa, era entonces de dicho reino-.
La mayor expansión ocurrió durante el maestrazgo provincial de Pedro de la Rovera (1141-1158), y sus posesiones se articularon en torno a tres centros principales: Funes y Novilla, al sur, y Puente la Reina, al norte.
No obstante, las sedes encomendatarias fueron variando con el tiempo, en función de su importancia económica y estratégica. Así, en 1186, un documento cita las encomiendas meridionales de Novillas, Ribaforda y Cintruénigo, en la Ribera Baja, donde se concentraban las mayores posesiones agrícolas, y la septentrional de Puente la Reina. A partir del s.XIII, solo tenemos constancia de tres encomiendas: Novillas y Ribaforada, al sur, y Aberin, al norte.
 
Documentos de la primera mitad del s.XII, citan diversas posesiones del Temple en Aberin, es decir, que ya estaban solidamente asentados en la villa cuando, en octubre de 1177, el rey Sancho VI "el Sabio" les concede "la villa y siervos de Aberin". Al poco, el Temple dio fuero a sus habitantes, y lo mejoró por documento del 7 de mayo de 1234.
Aberin, pudo adquirir rango de Encomienda alrededor de 1184, año en que algunos de sus caballeros están presentes en el Capítulo General de Aragón. Tal categoría, le habría sido cedida por el enclave de Puente la Reina, que, al ser residencia del Lugarteniente, actuaría como centro de la administración general sobre sus posesiones navarras, y sede diplomática para las relaciones de la Orden con el reino.
Además, el enclave puentesino, se configuraba como centro espiritual templario, en el Camino Jacobeo, pues a las puertas de su santuario de Nuestra Señora de los Huertos se unían los dos ramales de la ruta peregrina. Y no olvidemos la capilla octogonal de Eunate, con su "cofradía"... Ni el Cristo de la Pata de Oca... 
 
Así pues, el valor de Aberin no radica en lo espiritual, o "esotérico", sino en lo económico. Cosa, por otra parte, que también tiene su interés en el plano histórico, porque el Temple, como toda organización humana, no vivía sólo de elucubraciones filosóficas o religiosas. Tenía un ejército que mantener, y no uno ocioso sino en campaña, tanto en Palestina como en los reinos ibéricos. Para cuyo buen funcionamiento, dependía de la correcta administración de sus bienes materiales.
Esos bienes, campos de cultivo, rebaños, granjas, casas, regadíos, bosques, pastos, hornos, molinos, etc, se controlaban desde la Encomienda, unidad administrativa que centralizaba las posesiones de una comarca, a la que rendían cuentas y por cuyas normas se regían.
 
Esta de Aberin, es una de esas "encomiendas de retaguardia", que ejercieron su labor, callada y eficazmente, aportando su granito de arena al patromino común de la Orden. Las explotaciones agrícolas, ganaderas, madereras, e incluso inmobiliarias, y la recogida de donativos en los santuarios, proporcionaban unas ganancias económicas nada despreciables, tanto en efectivo como en especie. De modo que, en muchos aspectos, los templarios eran autosuficientes.
Trigo, carne, madera, lana, vino, cera, caballos, hierro, y cuanto pudiera necesitar el Temple, era proporcionado por estas encomiendas rurales que, sabiamente administradas, constituían el verdadero "tesoro" de la Orden.
 
Conocemos los nombres de trece Comendadores de Aberin, el primero citado es frey Aimerich de Estuga, en 1225, y el último frey Tomás, en 1304. Algunos, tuvieron dos mandatos no consecutivos, como frey Guillém de Alcalá en 1258 y 1266. Quien más duró en el cargo, fue frey Arnal Garín, que asistió al Capítulo General de Monzón, en 1234, y todavía estaba al mando en 1249, cuando el papa Inocencio IV cita la "Encomienda de Aberin" en una bula del 11 de septiembre.
Parece que aquí, los templarios, sustituyeron a una de las muchas "cofradías militares" repartidas por el reino. Los "Cofrades de Aberin", que vivían agrupados en un Monasterio, habían recibido diversos privilegios del abad de Irache, Arnaldo, en 1105. Al tomar posesión del lugar, el Temple, como hizo en Eunate, asimiló a dichos cofrades.
Estos se hicieron cargo de las actividades religiosas, como el culto de "Lignum Crucis", y de las labores asistenciales del albergue-hospital, muy seguramente atendido por "sorores", o "freiras", mujeres cofrades. 
 
El conjunto arquitectónico, se alza sobre una loma, por cuya ladera sur se encarama el caserío, a su alrededor los cultivos se distribuyen en terrazas que bajan al valle. Los edificios de la Encomienda, de dos plantas, estaban integrados en un recinto cuadrangular, amurallado, con torreones esquineros, en cuyo ángulo sureste se alza el templo, de fines del s.XII, dotado de una gran torre rectangular fortificada.
Dentro del conjunto, alrededor de un patio con pozo central, se agrupan los diversos edificios estructurados en crujías, como la residencia del Comendador, el dormitorio de los caballeros, las cocinas, el refectorio, la enfermería, y diversas estancias acordes con la función agrícola: granero, bodega, almacen de aperos, cuadras, etc.
Varios pasadizos, subterráneos, parten del conjunto y van a parar a ciertas viviendas sitas al sur de la loma... Bajo las terrazas del lado occidental, permanece oculto un aljibe similar al de Artaiz. También existe una estructura octogonal, camuflada entre las casas, que pudo ser un palomar.
 
Entre 1307 y 1312, la Orden del Temple es disuelta y sus posesiones redistribuidas. El 27 de julio de 1313, el portero real, Miguel de Salinas, toma posesión de la Encomienda de Aberin, en nombre del Prior sanjuanista Pedro de Chalderach, por orden del Lugarteniente del Gobernador, Hugo de Visac, y pasa a depender de su Encomienda de Bargota.
El conjunto fortificado, templo-granja, sufrió diversas reformas para adaptarlo a las necesidades de sus nuevos propietarios, aunque su estructura básica permaneció inalterada. Los peores deterioros, ocurrieron con la desamortización y las guerras civiles del s.XIX, y con la posterior ocupación por particulares.
A pesar de todo, es el mejor ejemplo de Encomienda rural templaria, estructuralmente hablando, conservado en la Península Ibérica, comparable a la encomienda catalana de Barbens (Lleida), y a las francesas de Le Mas Deu (Rosellón), o La Cavaleríe (Larzac).
Lástima que, al cabo de los siglos, en lugar de ser un  museo vivo de aquella época y gentes, sea tan sólo lo que siempre fue, una explotación rural, anónima y silenciosa.
 
Salud y fraternidad.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Roncesvalles: ¿Tumba del "Magister Goticus"?

"¡Ah, Durandarte, mi buena espada Durandarte, lástima de vos! Voy a morir, y dejaréis de estar a mi cuidado. ¡Pero no caeréis jamás en otras manos!
Roldán tiene ante él una roca parda, da contra ella diez golpes. Gime el acero, mas no se rompe ni mella, al ver que no puede quebrarla se lamenta. Hiere Roldán la parda roca, y quiebra la piedra. Rechina la espada, mas no se astilla ni parte, y rebota hacia los cielos. Cuando advierte que no podrá romperla, le habla con dulzura: ¡Ah Durandarte, no es justicia que caigas en poder de los infieles!
Siente Roldán que la muerte arrebata todo su cuerpo, bajo un pino se tiende sobre la verde hierba. Bajo el cuerpo pone su espada y su olifante. Enarbola hacia Dios el guante derecho. Los ángeles descienden hasta él y toman su mano. Al paraíso se remontan llevando el alma del conde".
(Chançon du Roland, anónimo s.XI). 

Los dos principales pasos de peregrinos, entre la Galia e Iberia, coronaban los Pirineos en Ibañeta y Somport. Cuando en 1134 se produjo la separación de Aragón y Navarra, como reinos independientes, Somport quedó del lado aragonés, e Ibañeta del navarro. El rey García Ramírez, queriendo potenciar la entrada de peregrinos por su joven reino, favoreció el desarrollo del burgo de Roncesvalles, crecido alrededor de su hospital, la Colegiata y la reedificada capilla del Sancti Spíritus, conjunto regido por los Canónigos Regulares de San Agustín.
Esta capilla, es conocida también como "Silo de Carlomagno", por suponerse su origen en el enterramiento de los guerreros carolingios abatidos en el combate del 778, en Roncesvalles, entre ellos Roldán y los doce Pares francos. Además, la tradición decía que allí se custodiaba aquella roca que Roldán partió con su espada, Durandarte, antes de morir. 

Este templo del siglo XII, la construcción más antigua conservada en Roncesvalles, pues los edificios románicos han desaparecido, es considerado el más misterioso del lugar, tanto por su cometido funerario como por las leyendas que allí se materializan.
Su aura de arcano enigma, quedó plasmada en el códice anónimo La Preciosa, conservado en la Colegiata:
"Como dicho templo se halla destinado a recibir difuntos, carnario es llamado. Que legiones de ángeles lo hayan visitado, por dichos de muchos resulta probado, que así a sus peregrinos custodia Santiago".
El edificio actual, es una mezcla de los siglos XII al XVII. De la capilla original queda la estructura interior, cuya cubierta piramidal, quizá rematada antaño por una linterna, sobresale al exterior. La cubierta inferior, apoyada sobre la galería porticada que rodea el edificio, abierta por tres de sus lados, es, al igual que ésta, de 1612.

El "Silo de Carlomagno", alza su estructura cuadrada sobre la cripta, o pozo funerario, cuya bóveda sobresale del pavimento, haciendo que el suelo de la capilla parezca elevarse mediante un podio, que deja al descubierto, por sus laterales la parte superior de la cripta, permitiendo atisbar el interior por un ventanuco abierto en el lado norte. Una escalinata, da acceso a lo que fue el templo primitivo, que ha perdido sus muros laterales y sólo conserva los pilares, en las esquinas, que descargan el peso de la bóveda de crucería.
No fue nunca una capilla funeraria, pues no era templo para enterramiento, sino el recinto sagrado en que tenían lugar los oficios religiosos por los peregrinos fallecidos en el hospital. Estos, eran enterrados en el cementerio hospitalario y, transcurrido un tiempo prudencial, sus despojos eran trasladados al osario, o cripta, del Sancti Spiritus.

Lógicamente, surgen asociaciones de ideas con otras capillas, presuntamente "funerarias", como Eunate y Torres del Río, máxime al contemplar el "claustrillo" que la rodea y le otorga una aparente planta central, o concéntrica. Pero debemos tener en cuenta, que dicho añadido es ya del siglo XVII, sin que sepamos que existiese antes algo similar, y su función era proteger de las inclemencias del tiempo el templo original, "escondido" en su interior.
Entre sus muchas reformas, modificaciones y añadidos, el edificio sumó, al mito, el enigma. Varios sillares del claustrillo, demuestran que allí se reutilizaron viejas piedras, muy anteriores al siglo XII. En una de ellas, podemos contemplar un gran símbolo solar, céltico, cuya talla se destaca, a medias, embutida entre otras piedras.

Un misterio, menos antiguo pero no menos curioso, se halla en el pilar izquierdo de la capilla original. Tras un óculo gótico, se adivina el hueco que disimula, oculto en la penumbra, el busto de un personaje, tocado con la cogulla, que junta las manos en oración.
¿Quién es, este sujeto, y por qué mereció el honor de figurar en lugar tan preeminente? Hay quien afirma, que se trata del enterramiento del célebre Bardo de Itzaltzu, un trovador al que se condenó a morir emparedado, por causa de un horrible crimen del que era inocente...
Sin embargo, si estudiamos con detenimiento la piedra en que se talló el óculo, veremos que, en sus esquinas superiores, tiene grabados dos símbolos reveladores: una escuadra y un mallete, de cantero. ¡Se trata de un Magister constructor! ¿Pero, quién?

La actual Colegiata de Roncesvalles, iniciada hacia 1209 y consagrada en 1220, fue construida por canteros del norte de Francia, posiblemente del taller que trabajó en Notre Dame de París, y es uno de los primeros edificios del gótico "île de France" en los reinos hispanos, que inspiró en la propia Navarra el templo de Santiago en Sangüesa. De su claustro gótico, arruinado en 1600, se afirmaba que era mejor que el de la seo iruñesa, pues fue labrado por un mazonero de maestría superior.
¿Estamos ante la tumba del "Magister Goticus", el compañero constructor que dirigió las magníficas obras de Roncesvalles? El rostro del cantero, borrado por el paso del tiempo, permanece mudo, tan sólo la escuadra y el mallete nos susurran un eco de su historia perdida.

Salud y fraternidad.

domingo, 1 de mayo de 2011

Leyendas del Camino: "Eunate. Piedra de Luna y Espejo de Agua".

Cuentan los más viejos del lugar, según oyeron narrar a sus abuelos, cómo ciertos monjes ignorados -que unos dicen ser templarios y otros simples monjes-, mientras construían su convento de Eunate, en la vieja Navarra, hubieron de parar las obras porque el abad ordenó al Magister constructor, que era de su Orden, acudir a otro monasterio para cierta reparación urgente.
Maldita la gracia que hizo a todos, especialmente al cantero, ya que aquel había iniciado los trabajos, de una portada, que pretendía fuese su obra maestra. Aunque, como le debía obediencia al superior, dejó el trabajo apenas iniciado y marchó a donde se le reclamaba.
Pasó el tiempo y el templo de Eunate seguía inacabado, mas como el hermano constructor no regresaba, buscaron alguien capaz de finalizar la obra. En un monte cercano, vivía un viejo gigante, de aquella antigua raza de los jentilak, expertos en el trabajo de la piedra. Y aunque estaba ya retirado, aceptó el encargo por no enemistarse con los monjes.
  
El viejo cantero jentilak, en menos tiempo del que se tarda en contarlo, acarreó piedras con un saco a sus espaldas, talló los sillares, los colocó en su lugar, y dio forma a las preciosas figuras de la inconclusa portada nordeste, dejándola hecha un primor.
Pero he aquí, que al poco regresó el monje constructor, cuya ausencia se había debido a una larga enfermedad. Éste, al ver que un intruso había puesto la mano sobre su obra, acabándola, protestó airadamente ante el abad, y ante cuantos quisieron oír sus quejas. Tanto alboroto armó, que el superior, en parte por congraciarse con él, y en parte por castigar su soberbia, propuso al artesano realizar otra puerta similar, que daría al claustro del monasterio. Eso sí, con la condición de que había de ser, cuanto menos, tan preciosa como la creada por el viejo jentilak, porque, en caso contrario, castigarían su pecado de vanidad con la expulsión del convento.

El maestro cantero, comprendió que se había metido en un callejón sin salida, pues se consideraba incapaz de superar, ni tan siquiera igualar, el trabajo del anciano gigante. Tan desesperado andaba, que recurrió a una lamiñak, mujer sabia -hechicera o bruja, dicen otros-, que vivía junto a la cercana fuente Nequea. No sabemos como la convenció, pero ella se avino a prestarle ayuda, aconsejándole de esta guisa:
Amontona cuanta piedra necesites, para tu obra, frente a la portada que hizo el jentilak. Luego ve a la fuente Nequea, pues allí vive cierta serpiente que guarda en su boca una "piedra de Luna", la cual sólo descuida cuando entra en el agua, pues la deja sobre la hierba mientras se baña. Róbasela y, en la próxima noche de san Juan, llena un cuenco de oro con agua de la fuente, pon dentro la piedra, y colócate ante la portada que talló el gigante. Espera entonces a que salga la Luna, ilumine la portada y ésta se refleje en el agua del cuenco. Repite entonces estas palabras "Argizai amandre santue -Luna abuela santa-. Por el poder de todas las lamiñaku, de tu piedra y de su agua, crezca una hermosa puerta de piedra". Tan sólo, ten cuidado de no agitar el agua del cuenco y obtendrás tu deseo. Luego no olvides traerme la "piedra de Luna", pues no exijo otro pago por mi consejo.

El Magister constructor, siguió punto por punto las indicaciones de aquella lamiñak. Cuando llegó la noche del día propicio, se situó en el lugar adecuado, tomó el cuenco con agua, sumergió allí la piedra de Luna, y cuando Argizai, la Madre Luna, iluminó la portada, recitó el conjuro. Entonces, la imagen pétrea reflejada en el agua del cuenco por la luz de la Luna, se proyectó sobre las piedras amontonadas enfrente como si de un espejo se tratase. Así, las figuras de la primera portada quedaron grabadas en los sillares de la segunda, cual si la hubiesen tallado hábiles canteros, pero lógicamente invertida respecto a la original, por el efecto espejo causado por el agua.
Sólo tenía un fallo, no era exáctamente idéntica, porque en el momento crucial del conjuro, el relente de la noche hizo temblar al monje constructor, se agitó de forma imperceptible el agua del cuenco, y ello provocó las diferencias que hoy apreciamos.

Cuando a la mañana siguiente, el Magister mostró su trabajo al abad y compañeros, reconocieron todos que su obra no desmerecía en nada de la ejecutada por el jentilak. Y alabaron al cabo tanta astucia, pasando por alto su vanidosa arrogancia, pues, arrepentido de su actitud inicial, les confesó los métodos de que se había valido para ejecutar la obra.
Pero, al poco, el viejo jentilak se enteró de la jugarreta del constructor, y preso del más fiero enojo se dirigió al monasterio, donde, sin respetar a rey ni a roque, arrancó la portada espejo de un manotazo, mandándola por los aires hasta dos leguas de distancia, yendo a caer sobre la aldea de Olcoz. Y si no causó una desgracia, fue porque en el tímpano tenía una rueda o sello mágico -que algunos llaman crismón-, mandado tallar por el abad, para santificar una obra que había sido fruto de prácticas mágicas. Los aldeanos de Olcoz, aprovecharon aquella portada, caída del cielo, para edificar a su alrededor el templo del pueblo. 

Todavía hoy, a pesar del deterioro sufrido por la piedra, es posible descubrir en ambas portadas los personajes que participaron en esta leyenda. Entre las once figuras de Olcoz y las trece de Eunate, encontramos, presididas por el rostro de Argizai, la Madre Luna, al jentilak con su saco de piedras al hombro, al Magister constructor con el plano de la portada en sus manos, a la mujer sabia, lamiñak, con una serpiente bebiendo en un cuenco, e incluso podemos reconocer al abad de aquellos monjes -o Maestre de los templarios, según otros-, con el manto sujeto por una curiosa fíbula.
Aunque los académicos, Argizai perdone su incredulidad, se empeñen en afirmar que todo ello son cuentos de viejas, sin valor ni interés alguno.  

Nosotros, no sabemos si eso es lo que sucedió, porque hace muchos siglos que ocurrió todo, pero así nos lo han contado y así lo repetimos. Como se lo repitieron, unos a otros, los peregrinos que hacían este Camino por fervor al santo Jacques, patrón de canteros y constructores, devoto de amandre Argizai, viejo compadre de gigantes jentilak, y antiguo amigo de las lamiñaku. Todos los cuales, abrieron para él este Camino de las Estrellas, esta ruta del Finis terrae mundi...
Todavía hoy, en noches despejadas y con plenilunio, Argizai amandre santua, se eleva protectora sobre el valle en que desconocidos monjes -que unos dicen ser templarios, y otros simples monjes-, alzaron el enigmático templo de Eunate, para deleite de nuestro espíritu e intelecto.

Salud y fraternidad.